El sosiego acantilado

NON MEA VOLUNTAS

HA MUERTO LA MADRE DE BRIAN

Descanse en paz, Terry Jones.

Y en su honor, una de mis escenas favoritas de los Monty Python (muy al caso de ciertos temas que hemos comentado en los últimos días).

EL ESTADO Y YO: LA CLASE DE ÉTICA

En mi época, el pin parental se llamaba la clase de ética.

Hasta que llegué a Madrid, el año que empezaba 6º de EGB (a los 11 años), no pude ir a clase de Ética; porque en mi colegio público ferrolano, no sé muy bien por qué, la única opción que teníamos era la clase de Religión.

En cuanto tuve posibilidad opté por ir a Ética, para gran alegría de mi madre, ella misma una de esas ateas recalcitrantes producidas por decenas de miles en los innumerables colegios de monjas que atestaban la España franquista.

Unos años antes, mi madre ya me había dado la opción de no hacer la Comunión, a pesar de la oposición de mi abuela. La misa de los domingos siempre me había parecido una estúpida pérdida de tiempo; y la única que se empeñaba en llevarme a la fuerza, aprovechando los fines de semana que, de vez en cuando, pasaba en su casa, era mi tía Marisa.

El caso es que recuerdo muchos domingos madrileños esperando, solo y aburrido, a que mis amigos salieran de misa. Amigos que, por supuesto, iban a clase de Religión en el colegio.

En el mío, sólo íbamos a Ética una chica, testigo de Jehová, y yo. El número se amplió durante los años de instituto, aunque seguíamos estando en franca minoría.

Pero si ahora echo la vista atrás y pienso en todos aquellos amiguitos que iban a clase de Religión y a misa los domingos, me siento como el ángel de Klee observando desde los cielos las ruinas de la destrucción total.

Prácticamente el único que mantiene cierta disposición a lo transcendental y religioso, el único chaval que a estas alturas de su vida se siente libre para investigar en su tradición cristiana sin que le produzca una inmediata urticaria alérgica, soy yo.

Por eso nunca he podido entender, incluso durante mis años de catolicismo militante, la pugna de la Conferencia Episcopal por mantener a toda costa la clase de Religión en la enseñanza pública. Bueno, sí que puedo entenderlo, pero no con sus explicaciones. Puedo entender la gran cantidad de puestos de trabajo de profesor de religión que desaparecerían; el dinero que perderían las instituciones católicas que organizan los cursos que acreditan como profesor de religión.

Teniendo en cuenta nuestra historia, no resulta extraño el mimetismo revanchista que uno percibe entre la progresía española actual. Es éste un país, tanto a la derecha como a la izquierda del espectro político, que cree fervientemente en la eficacia casi absoluta de la educación estabulada a la hora de determinar las conductas de los futuros ciudadanos.

Mucho me temo que el asunto es bastante más complicado.

Pero una de las supersticiones más arraigadas en el hombre moderno es su creencia en la posibilidad de arrancar de las manos de la mera providencia los quicios del destino humano, para controlarlos a su gusto.

Tendrán que volver a cambiar los dioses, antes de que los hombres sueñen de un modo distinto.

En Compostela

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