CONTRA LOS MESÍAS

por El Responsable

Supongo que ya no le reventaré a nadie la historia si me pongo a hablar del final de la serie Juego de Tronos. En cualquier caso, si aún queda alguien por ahí fuera que no lo haya visto, que deje de leer ahora mismo.

Aunque las dos últimas temporadas me gustaron más bien poco (en cuanto los guionistas dejaron de hacer pie en los libros escritos por George R. R. Martin), he de reconocer que el final me pareció muy bueno. Frente a la opinión general.

Porque la opinión general era una mezcla de victimismo feminista y de incapacidad para asumir la caída final de la heroína protagonista; que estaba llamada a cambiar el mundo, y acabó siendo asesinada por el hombre que la amaba (heteropatriarcal violencia de género, nada menos) para evitar su transformación definitiva en la tirana genocida que ya estaba empezando a ser.

Aunque la moraleja final de toda la saga no era más que un buen resumen (brutal y honestamente presentado en el asalto a Desembarco del Rey) de lo que la historia humana ha contemplado cientos de veces (la corrupción que en el ser humano produce el ejercicio del poder, a pesar de todas las buenas intenciones -o precisamente por ellas-), las masivas críticas a los guionistas no dejaron de llamar mi atención.

Llegué a la conclusión de que a las masas mimadas de Occidente no les gusta saber que los Reyes Magos son los padres. No les gusta tener que asumir que los mesías que prometen cielos en la tierra suelen ser el prólogo de infiernos prodigiosos. Necesitan seguir creyendo en que el rey Arturo construirá Camelot. Que existe el ser humano incorruptible, capaz por mera voluntad de no caer, de no equivocarse. De cambiarlo todo. De dar un sentido definitivo a nuestras vidas.

Cuando uno sueña con ese tipo de hombres y mujeres, es normal que la mediocridad circundante le acabe deprimiendo. Hasta verse obligado a comprarse un perro. O un gato.

Y aunque todo cristiano debería tener grabado en su ADN que el reino prometido no es de este mundo, son precisamente algunos cristianos, y la civilización cristiana en proceso de secularización, los más proclives a perderse en todo tipo de mesianismos.

Pero los relatos sobre grandes monarcas de la tradición judeo-cristiana, cuando no son convenientemente edulcorados precisamente por intereses mesianistas, siempre han hecho hincapié en la humanidad torpe (no pocas veces pecaminosa y criminal) de los protagonistas. David, Salomón, Arturo. Los tres cometen errores impropios de lo que se espera de ellos.

Y eso es exactamente lo que deberíamos esperar de un hombre o una mujer en el poder. Eso es lo que no nos debería sorprender encontrar en la acción de un hombre o una mujer. Porque, en el fondo, sabemos que eso es lo que podemos esperar de nosotros mismos. No echemos en hombros ajenos la carga que nuestras espaldas nunca serían capaces de soportar.

Yo, como San Gilberto, creo que la democracia es el ideal político más generoso y más fundamentalmente cristiano. La generosidad del que no rehúye su responsabilidad, a pesar de sus evidentes limitaciones y debilidades; la generosidad del que entiende las limitaciones y debilidades de los demás y, a pesar de ello, los reconoce como sujetos responsables, con la dignidad suficiente para tener su propia voz.

La ciudadanía no se puede confundir con una mera tabla de derechos a reclamar por el simple hecho de existir. La democracia nació en la antigua Grecia exigida por los soldados que sangraban en los campos de batalla todos los veranos. La ciudadanía implica sacrificios.

Y el primer ídolo a sacrificar en el altar de la libertad es el de los meros mesías humanos.

Por eso me gusta tanto el final de Juego de Tronos.