EL PRÍNCIPE

por El Responsable

Siguiendo el hilo de la última entrada del blog de Ángel y los comentarios allí realizados, rebusco en mis archivos digitales para recuperar esta cita del libro de Churchill sobre la Segunda Guerra Mundial:

[extracto de una conversación mantenida por Churchill y Stalin en Moscú, el verano de 1942]

-Dígame –pregunté-: las tensiones de esta guerra, ¿han sido tan malas para usted como llevar a cabo la política de las granjas colectivas?

Este tema enardeció en seguida al mariscal.

-No, no –dijo-; la política de las granjas colectivas fue una lucha terrible.

-Me imaginé que le habría parecido mal –le dije- porque no se trataba de un puñado de miles de aristócratas o grandes terratenientes sino de millones de hombres humildes.

-Diez millones –dijo, alzando las manos-. Fue espantoso. Duró cuatro años. Era absolutamente necesario para Rusia si queríamos evitar hambrunas periódicas labrar la tierra con tractores. Teníamos que mecanizar nuestra agricultura. Cuando entregábamos tractores a los campesinos todos quedaban estropeados al cabo de pocos meses. Las únicas que podían ocuparse de los tractores eran las granjas colectivas que tenían talleres. Nos costó mucho explicárselo a los campesinos. No tenía sentido discutir con ellos. Cuando uno le ha dicho a un campesino todo lo que tiene que decirle él dice que tiene que ir a su casa a consultarlo con su mujer, y tiene que consultarlo con su pastor.

Nunca había oído esta expresión en este contexto.

-Después de consultarlo con ellos siempre responde que no quiere granjas colectivas y que prefiere arreglárselas sin los tractores.

-¿Eran los que llamaban kulaks?

-Sí –respondió, aunque sin repetir la palabra; y añadió, tras una pausa-: Fue todo muy malo, y difícil, pero necesario.

-¿Qué ocurrió?

-Pues –dijo-, que muchos aceptaron lo que les proponíamos. A algunos les dimos su propia tierra para que la cultivaran, en la provincia de Tomsk o en la provincia de Irkutsk, o más al norte, pero la gran mayoría fueron muy impopulares y sus trabajadores los eliminaron.

Hubo una pausa considerable; después añadió:

-No sólo hemos incrementado considerablemente el suministro de provisiones sino que hemos mejorado la calidad de los cereales de forma inconmesurable. Antes se cultivaban todo tipo de cereales. Ahora nadie está autorizado a sembrar más que el cereal soviético estándar, de un extremo a otro del país. Si alguien no lo hace recibe un duro castigo. Esto supone otro gran incremento de las provisiones.

Apunto estos recuerdos a medida que me vienen a la memoria, así como la fuerte impresión que me produjo en ese momento pensar en millones de hombres y mujeres eliminados o desplazados para siempre. Sin duda llegará una generación que desconozca sus miserias, pero seguro que tendrá más que comer y bendecirá el nombre de Stalin. No repetí la máxima de Burke: Si no puedo tener reforma sin injusticia prefiero que no haya reforma. A nuestro alrededor se estaba librando una guerra mundial así que parecía inútil moralizar en voz alta.”

            La Segunda Guerra Mundial, de Winston S. Churchill; La Esfera de los Libros, 2002, vol. II; pgs. 177-178.