SOMEONE TO KNOW YOU TOO WELL

Me declaro un experto en divorcios.

Mi primer destino como funcionario interino de la administración de justicia fue en un juzgado de familia de Madrid. Durante dos años asistí a docenas de divorcios, modificaciones de medidas y disputas por gastos extraordinarios.

Para coronar mis conocimientos, yo mismo me divorcié hace tres años. Gracias a Dios, la ley había cambiado en España, y ya no era estrictamente necesario divorciarse en un juzgado. Así que pude divorciarme a través de notario, evitando la triste posibilidad de que mis antiguos compañeros tramitasen mi divorcio.

Cuando asistimos a la primera reunión con el abogado que iba a llevar nuestro divorcio de mutuo acuerdo, me di cuenta de que yo conocía a ese hombre. Cosa poco extraña, teniendo en cuenta mi par de años en el juzgado de familia. Más extraordinario fue descubrir que yo había escrito el nombre de ese abogado en mi diario, cuando le vi actuar en mi juzgado, poco antes de cesar yo de aquel primer puesto.

Cuando uno ve juicios reales, se da cuenta de lo falsas que son en cierto sentido las películas sobre juicios y abogados. En realidad, hay muy pocos abogados que le llamen a uno la atención. Hay muy pocos que marquen realmente la diferencia. Aquél lo era. Y por eso escribí su nombre en mi diario. Creo que sólo lo hice un par de veces, durante aquellos dos años en Familia.

Pues ese hombre, cuyo nombre había escrito años antes en mi diario, llevó mi divorcio. Lo había elegido Laura, porque su despacho había llevado un asunto de su madre. Una de esas casualidades que tanto trabajo cuesta creer que sean meras casualidades. No le dimos excesivos problemas, fue un divorcio muy fácil de resolver. Sin hijos y sin bienes que repartir. Un matrimonio sin apenas matrimonio, se podría decir.

Acabo de ver Marriage Story, en Netflix. Dos veces. Una película extraordinaria sobre un divorcio. Con un guión formidable y unas actuaciones de primer nivel. Scarlett Johansson demuestra lo gran actriz que es. Y Adam Driver…

Adam Driver.

Madre mía, Adam Driver. Gracias a esta película, nadie se acordará de Star Wars.

Lo está diciendo mucha gente y yo estoy completamente de acuerdo. Varias escenas de esta película van a quedar para la historia del cine. Para la historia del arte. Para la historia de la verdad humana.

Os la recomiendo encarecidamente. Entre otras cosas, porque, a pesar de todo, no es una película que caiga en la desesperación. Es una película sobre lo terrible que es, casi siempre, aprender las lecciones cruciales de la vida. Pero que sólo a través de ese aprendizaje, uno puede ser mejor. Y, por lo tanto, alcanzar algo de felicidad.

Pero siempre asumiendo los errores cometidos.

No hay otro camino.