El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Mes: Novembro, 2019

TRINIDAD

Los soles danzando alrededor

de un padre que regala

y un hijo que retorna.

SOTUTAKO LOREAK EZ DIRA USAINTZEN

Los vacíos que limitan las palabras:

oración muda
-silencio sacrificial-
súplica de sentido.

Que no sea yo el que hable.
Te lo ruego, que no sea yo el que hable.

 

UN CHISTE DE BILL MAHER

La rica sopa de pescado del 7 Sillas me transportó proustianamente cinco años atrás, a la costa cantábrica donde descubrí lo que era la poliorcética; y donde empecé a perseguir la luz de un faro cuyo destello me hizo naufragar como nunca.

La poliorcética es una forma complicada de discutir, necesaria cuando toda discusión anterior se ha manifestado inútil. El ingenio retórico es sustituido por el ingenio tecnológico. Pero antes de llegar a tales rigores, cabe explorar todas las vías posibles del combate dialéctico.

Una de las formas de argumentación clásicas de Occidente es la reducción al absurdo. En la disputa dialéctica suele tener un efecto demoledor, porque las reducciones al absurdo, cuando están bien construidas, suelen ser muy graciosas. Y que nos hagan reír es una de las cosas que más agradecemos los seres humanos.

Será por ello que me cae bastante bien el señor Bill Maher. Porque el señor Bill Maher es muy gracioso y tiene una fabulosa capacidad para mostrar lo absurdas que son muchas opiniones; no sólo de sus rivales políticos, los republicanos estadounidenses, sino también entre su propio bando demócrata. Hillary Clinton, por ejemplo, nunca se ha atrevido a ir a su programa; a pesar de que sí lo han hecho las máximas estrellas conservadoras de las guerras culturales estadounidenses: Ben Shapiro, Steve Bannon, Alex Marlow… Fueron a discutir. Y discusión es lo que hubo.

Sí, me cae muy bien Bill Maher. Es un tipo coherente y valiente. Y muy gracioso. Tienes que serlo, para hacer reír así a todo un Monty Python.

EL GRUPO PRISA ES CÁNCER

Hablaba ayer del buen periodismo ya casi desaparecido y hoy toca hablar del “periodismo” realmente existente.

Veo en la edición digital de El País este artículo; el título me resulta tan ridículo que me veo obligado a leer el resto del panfleto.

Juntar en un texto el nombre de Yiannopoulos con los epítetos homófobo y racista tiene el recorrido siguiente, que yo les voy a contar, por si no lo saben: Milo Yiannopoulos está casado con un hombre de raza negra.

Porque Milo Yiannopoulos es homosexual, a pesar de considerarse también católico. Es uno de los personajes más contradictorios e interesantes de los que han tomado parte en las guerras culturales del occidente anglosajón.

Desde mi punto de vista, Yiannopoulos es una persona extraordinariamente inteligente y, al mismo tiempo, posee un ego que roza el desorden psicopático; pero reducir a individuo tan peculiar y poliédrico a la vulgar categoría de ultraderechista (palabra que, a este paso, va a servir para definirnos a todos y, por lo tanto, para no definir nada) es para que el juntaletras que ha escrito este bodrio sea condenado al infierno de la estupidez eterna.

Si quieren conocer un poco mejor al señor Yiannopoulos, les recomiendo esta entrevista mantenida hace no mucho con Jordan Peterson. Seguro que les servirá para hacerse una idea más cercana a la verdad de quién es Milo Yiannopoulos. Porque el artículo de El País sólo sirve para vivir en una realidad muy simple y muy falsa.

RUGBY Y LITERATURA

Alguien de exquisito gusto me envía este maravilloso artículo periodístico. Ese periodismo deportivo (periodismo, en general) que resulta ya tan escaso y que parece borrar la frontera entre el mero periodismo y la alta literatura.

Espero que también vosotros disfrutéis de esta pequeña obra maestra de Nacho Hernández, al que prestaremos especial atención en El Sosiego Acantilado a partir de ahora.

NIEVA EN LOTHLÓRIEN

El temporal ha llegado a Lothlórien. Quién sabe si mañana podremos cruzar el Manzanal, cuya autopista lucía hoy blanca como un glaciar.

La mínima posibilidad de no poder pasar  en casa el fin de semana me agrieta el alma.

El temporal ha llegado a Lothlórien, trayendo noticias de las oposiciones, que seguramente no acabarán antes de abril. Contaba con poder leer algo distinto a una ley procesal en febrero. La noticia me congela más que el viento helado.

Pienso en mis libros, mis diarios, que al no caber en nuestro pequeño piso, llevan casi un año exiliados en ciertos trasteros de alquiler a las afueras de Madrid.

Hastiado de tener la existencia repartida en pedazos por el mundo.

Nacho, enfadado, me envía un artículo sobre el último Premio Cervantes. Tras leerlo, entiendo su enfado, pero a mí el día sólo me da para ver incrementado el nivel de melancolía. Otro premio político, coyuntural.

A la mierda los premios, la verdad.

Otro dialoguista. Me aburren los dialoguistas. Para mí, o son cobardes, o pretenden que los demás lo seamos. Sin que se note.

La única identidad que me interesa es la de la belleza que he de enseñar a mi hija.

Hoy, hace dieciséis años, mientras buscaba alguna película para alquilar en el videoclub del barrio, el móvil empezó a sonar. Era mi madre, tenía que volver a casa enseguida: mi abuela estaba muerta en la cama. Salí corriendo. Al llegar a casa, encontré la puerta abierta, el buen vecino del piso de abajo en el umbral con cara de circunstancias. Se escuchaba a mi madre en el salón, llorando sin límite, como nunca he visto llorar a nadie. Se pasó un día entero llorando de esa manera. Mi abuela yacía en la cama, inerte, el cuerpo contorsionado, la cara una mueca retorcida por la agonía final, espero que corta.

Hoy, hace seis años, murió mi querido tío Antonio. Mis queridos viejos. Mis formidables viejos. Qué cruel fue la vida con ellos y, sin embargo, si me acuerdo de ellos, los recuerdo riendo.

España es un país cruel… 

Lo más coherente, entonces, señor Margarit, es que rechace el premio. Digo yo.

Pero no me haga mucho caso.

Es que hoy llegó el temporal a Lothlórien
y tengo el alma saturada de nieve.

EMPAPADO EN LEJÍA

El día que cumplí catorce años una banda estadounidense publicó su segundo disco. Nevermind, lo titularon.

El suicidio de Kurt Cobain ocurrió cuando yo encaraba la recta final de 3º de BUP, casi un año después de la muerte por sobredosis de mi padre. Su música no me había llamado especialmente la atención, entonces.

Fue el curso siguiente, en COU, cuando empecé a interesarme por Nirvana. Y el interés inicial fue literario, no musical. Leí o escuché en algún sitio que la música grunge venida de Seattle contenía letras existencialistas; y a mí el existencialismo me estaba resultando interesante desde la lectura del San Manuel Bueno, mártir, que era lectura obligatoria en la asignatura de Literatura. Así que le pedí a mi amigo Jesús que me pasase el Nevermind, a ver de qué iba aquéllo exactamente.

Y Jesús me pasó una cinta en la que estaban grabadas sólo las nueve primeras canciones del Nevermind. Hasta que me compré el CD años después con el disco completo, mi Nevermind siempre terminaba con el Lounge Act.

No puedo medir exactamente el impacto que produjo ese disco, toda la música de Nirvana, en aquel momento de mi vida. Es muy difícil encontrar las palabras para explicarlo.

Angustiado por la posibilidad cierta de que la existencia no tuviera ningún tipo de sentido, incapaz de ver más allá del absurdo evidente de todo, los versos de Cobain me permitían verbalizar mis pensamientos y sentimientos; y su música me permitía gritar. Y era tan necesario gritar… Era tan necesario sacar ese desquiciamiento de las entrañas y hacerlo de alguna forma estética, bella y apasionada, honesta y brutal.

Poder cantar esas canciones a voz en grito, poder exorcizar mis demonios en esas cotidianas catarsis ante el radiocasete, en la soledad de mi habitación, me proporcionaron una compañía que ningún ser humano a mi alrededor fue capaz de igualar.

Kurt Cobain, el joven genio suicida, fue uno de los músicos que me permitieron atravesar aquellos oscuros momentos de mi adolescencia en la compañía suficiente para poder alcanzar costas más seguras.

Me sigue emocionando cada vez que veo una actuación suya en YouTube, me sigue impactando su sucia pureza, su bello rostro de ángel caído, esa voz que parece salir de lo más profundo y verdadero del alma humana.

Esas palabras repletas de sentido en su aparente incoherencia. Esa agonía nacida de un enfrentamiento directo y descarnado con lo absurdo.

Versos que nunca han dejado de ser verdad, a través de todas mis metamorfosis. Que me recuerdan lo que está bien. Que me regalan vida, desde su origen suicida.

Ven como tú eres
lleno de barro
empapado en lejía…

LA SEMILLA DE MOSTAZA, JUAN CLÍMACO Y LAS CUATRO ESTACIONES

Aprovechando que la nena duerme, os escribo para deciros que la última entrada del proyecto-blog La Semilla de Mostaza me ha resultado interesante y, sobre todo, lúcida.

Así que, más allá de las precauciones mostradas, seguiré prestando especial atención al devenir de sus andanzas y aventuras. Quién sabe, quizá un Juan Rilo se encuentre entre ellos.

Por otro lado, también he de recomendaros el nuevo blog de un conocido mío, seminarista católico, que nos irá ofreciendo un relato con cada nueva estación del año. Por ahora, tenemos un Cuento de Verano y un Cuento de Otoño. Están muy bien escritos y creo que pueden ser de vuestro agrado.

Y ya que estamos hablando de las estaciones, he de referirme a mi último descubrimiento musical: la violinista moldava Alexandra Conunova, que me tiene sorbido el seso con esta maravillosa interpretación de la eterna obra de Vivaldi. Espero que os guste tanto como a mí.

LA VIDA RURAL

…del Mundo sólo se sale muerto…

 

Cuando le di la vuelta a su DNI, vi que era de Madrid.

Traté de adivinar su historia: harto de la artificial y angustiosa existencia en la cosmópolis, había decidido volver a empezar huyendo al campo, tratando de proporcionar a su pequeña familia una vida rural, lo más alejada posible de las locuras del mundo contemporáneo.

Se había comprado una casa en una pequeña aldea berciana y ahora trataba de disfrutar de su huida del mundo, criando a su hija en un entorno más sano.

Pero aquel día le había tocado ir al juzgado, junto a su mujer, para testificar contra su vecino; el cual se dedicaba a maltratar a los animales de su propia granja. Tras recriminárselo en cierta ocasión, la convivencia se había transformado en un pequeño infierno.

Unos días antes de ir a testificar, se había declarado un incendio en la parte posterior de su idílica casa de campo. Tenían la firme sospecha de que el culpable había sido su vecino. La mujer reconoció que pasaba miedo, por ella y por los suyos.

La mejor manera de perder cualquier tipo de idealismo con respecto a la vida en el campo es, seguramente, trabajar en los juzgados de una zona rural. Aunque, probablemente, trabajar en unos juzgados es la mejor manera de perder cualquier tipo de idealismo con respecto al ser humano, en general.

Pero uno acaba llegando a la conclusión de que pensar que pueda existir algún tipo de barrera natural a la maldad humana entre hortalizas y árboles frutales es un pensamiento más bien infantil.

De hecho, el primer relato de nuestra tradición cristiana nos lo avisa desde el principio: la mismísima Caída que condenó al género humano sucedió nada más y nada menos que en el Jardín del Edén. No podía haber nada más rural y menos moderno.

Pero el caso es que, ahí donde se halle un ser humano, es siempre posible encontrar el mal.

Conflictos sobre lindes, sobre herencias de fincas, que si tu hijo con la moto me asusta a las ovejas, que si aquel señor enfadado con el vecino le ha matado al perro de un escopetazo, que si mi tatarabuelo ya pasaba desde antes de la guerra por ese camino que has cerrado…

La vida rural.

Hace unos días, se declaró un incendio en una casa de un pueblo situado en el Valle del Silencio. Por la falta de cobertura telefónica, los bomberos tardaron media hora más de lo necesario en acudir; consiguieron llegar justo cuando el fuego se extendía a una segunda casa.

En el Valle del Silencio falla la cobertura y es difícil contarle al mundo, a través de un blog, lo fácil que resulta estar cerca de Dios cuando uno se aleja del ruido del mundo moderno.

Pero lo que no deberían olvidar aquellos a los que les resulta tan difícil ser buenos cristianos en las ciudades es que, quizá, cuando desaparezca de sus vidas el ruido de la urbe postmoderna, lo que quede no sea el dulce diálogo directo con Dios. Quizá lo que quede ni siquiera sea el silencio.

Quizá lo único que quede es el constante y desquiciado grito de todos los demonios que todo ser humano, por el mero hecho de serlo, lleva dentro.

Sean cautos y tengan presente esta posibilidad. Porque del Mundo sólo se sale muerto.

Quod Vidimus

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The Wanderer

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En Compostela

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De libros, padres e hijos

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A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester

Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

plan zeta

apología de mí mismo