DONDE EL LOGOS SE HACE CARNE

por El Responsable

No recuerdo exactamente cuál era el título de aquella asignatura optativa. Sí recuerdo que Quintín solía hacer el chiste de que le ponía esos nombres a sus asignaturas para asustar a los alumnos y evitar que se apuntasen a sus clases. Es cierto que las clases de Quintín solían estar repletas de gente; y que Quintín nunca anduvo mal de ego, tampoco es falso. La asignatura que dedicaba a los filósofos del barroco europeo, por ejemplo, se llamaba Ontopraxeología, nada menos.

Me apunté a ambas en mi segundo año de carrera, que creo fue el último de Quintín Racionero como docente en la Universidad Complutense, antes de hacerse cargo definitivamente de la cátedra que había ganado en la UNED.

Me parece que el título era Genealogía de la Metafísica. Y básicamente era una historia de la filosofía griega que, combatiendo la típica interpretación, ya muy criticada, de aquélla como un progresivo paso del mythos al logos, trataba de hacerse cargo de todo el logos presente ya, por ejemplo, en la mitología griega.

Así que muchas de las clases consistían en Quintín contándonos un cuento. El cuento era siempre un mito griego. Y tras la narración, Quintín analizaba el contenido del relato y los conceptos que en él se exponían y articulaban.

Lo buen narrador que era Quintín es algo difícilmente describible con palabras. Un regalo del cielo, sin duda alguna.

El caso es que le pedí que fuera mi director de tesis. En segundo de carrera. Y él me aceptó, aunque mi idea de tema de investigación era bastante peregrina: quería hacer lo que él hacía con los mitos griegos, pero aplicándolo a los relatos de la mitología celta. Esperando probablemente que algún día me aburriría de tal tontería, me puso deberes, y me dijo que debería irme de Erasmus a Alemania y estudiar lógica de clases. Empecé a ir a clases de alemán en una academia para completar las muy limitadas que nos impartían en la carrera.

Pero el devenir de la vida me acabó alejando de Quintín. Y tras su marcha a la UNED, poco trato mantuvimos.

Ese interés primero por examinar mitos, lo recuerdo como algo semejante al niño que desmonta un reloj para intentar descubrir cómo funciona; con el resultado lógico y terrible de no descubrir casi nada sobre el funcionamiento de un reloj, que, mientras tanto, ha quedado roto en el proceso.

Aquel estudiante de filosofía se había presentado a un concurso literario de la Complutense con un relato de unas 50 páginas, El Picotazo, que dio a leer a su profesor Quintín Racionero. Creo que le gustó algo, aunque tampoco quedó fascinado, ni mucho menos. Básicamente, porque era bastante malo y pueril. Pero sí me dijo una cosa que, me parece, intentaba ser un halago: me había enfrentado cara a cara con el problema del nihilismo. Y eso le había gustado.

A mis compañeros de Facultad de aquel entonces les parecía un poco ridícula mi idea de tesis. No se lo puedo echar en cara. Al fin y al cabo, nos preparábamos para ser filósofos, no cuentistas.

Existiendo los lenguajes científicos y filosóficos, ¿para qué rebuscar en narraciones mitológicas? ¿Cuánto logos podía morar en un cuento? ¿Y de qué calidad? La mitología griega aún tenía un pase, era la antesala de la filosofía; pero, ¿la mitología celta?…

Había que estudiar las críticas kantianas y dejarse de tonterías. Y lo cierto es que me las leí. Y leer a Kant es la mejor forma de comprender ese sarampión que sacudió Europa durante el siglo XIX, llamado Romanticismo. Encerrados en un cielo abstracto, la elite europea corrió de forma enloquecida en dirección contraria. Reacción desquiciada e histérica a una situación desquiciada y delirante.

Pero también estaba leyendo a Platón y haciéndome cargo de la molesta reaparición en sus diálogos de los mitos, cada vez que las explicaciones de Sócrates no parecían llegar a ningún lado.

Había quiebras en la filosofía que sólo parecían atacables desde la narración.

Mientras tanto, yo seguía bebiéndome los clásicos de la literatura occidental, donde el logos se hacía carne. Donde se continuaba el trabajo de los redactores del canon bíblico. Donde seguía medrando el árbol de la sabiduría de Occidente, su tradición de sentido común.

Para finalmente llegar a la conclusión de que la filosofía es la hermana cobarde de la literatura. Un nihilismo no enfrentado; un miedo a fabular encastillado tras muros de palabras. Terror al error. A decir sí a algo. A perderse. A vivir.

Quizá, por encima de todo, miedo a encontrar.

¿Era eso lo que pulsaba en aquel adolescente ridículo que sólo quería estudiar filosofía para entender mejor cuentos muertos?

¿Es eso lo que nunca cambió? ¿Es eso lo que siempre he sido, a través de todos mis avatares: un detective de relatos?

Y… ¿es, acaso, la vida, otra cosa que un relato de detectives?

Salvajes, por supuesto. Pues no pueden decir que les gusta leer, porque leer es respirar.

Leer es rezar.

Y escribir es perseguir verdad. Su existencia es un éxodo sagrado en busca del Santo Grial, un cáliz tallado en piedra basta, alrededor del cual los narradores dan sentido a sacrificios ancestrales.

Los sacrificios que hacen posible el eterno retorno de lo divino entre los seres que han de morir.

Donde se escancia el vino que nos permite morar
con sosiego
en los acantilados a los que pertenecemos.