TELÉMACO

por El Responsable

En la foto salimos desenfocados, augurio de confusión y errancia.

Éramos niños y éramos como niños. Nos sabíamos predestinados, concebidos en la mente de Dios, ya desde la eternidad, hasta siempre. El uno para el otro.

No había dudas. Hasta que las hubo. Y fuimos expulsados (primera vez, de tantas) del Paraíso.

Nos reencontramos, muchas vidas después, en la cueva de nuestros fracasos. Alimañas apenas, desfigurados por las cicatrices.

Y desde el delirio de nuestras soledades nos aventuramos en los terrenos de la locura, persiguiendo una estrella desquiciada, eco cacofónico de nuestros dioses infantiles.

Y bajo la estrella encontramos un portal precioso e inmerecido. Decidimos refugiarnos allí. Y que fuera lo que Dios quisiera.

Y mil veces pienso, mientras la observo abrazada a nuestra hija, ¿y si aquel niño desenfocado hubiese sabido amar como un hombre? ¿Y si el hombre naciente hubiese sabido seguir creyendo como el niño moribundo?

Porque sigo creyendo, a pesar de la suciedad cometida, en morir a su lado. En que se muera a mi lado. En que seamos una sagrada familia. Para los nuestros. Para los que nos trajeron. Para la que trajimos. Para los que, Dios mediante, traigamos. Para siempre.

En embellecer nuestro pequeño portal, donde la estrella parece menos desquiciada, incipiente armonía reverberando desde nuestros dioses infantiles.

Para que esto se esté dando así, de esta manera, entonces… ¿fue todo necesario?

¿Realmente hacían falta nuestras odiseas?

Y lo más importante:
¿eres tú, Telémaco,
por fin?