LAS FELICIDADES

por El Responsable

La felicidad se dice de muchas maneras. Y por ello es necesario matizar.

Me referiré a dos tipos de felicidad, aunque es probable que haya más. Un ejemplo del primer tipo me vino a la memoria tras sentir hace unos días una felicidad del segundo tipo; porque la peculiaridad de éste me hizo presente la extrema diferencia con respecto a aquél. Hasta el punto de resultar extraño dar un mismo nombre a ambos hechos.

Mi recuerdo me devolvió a los veinte años, sentado en los sillones de la sala Morocco. A mi lado está uno de mis mejores amigos, o quizá dos. Descansamos un momento, agotados. Delante de nosotros, a pocos metros, sigue bailando en completo estado de alegría el resto de nuestra gente; entre ellos, mi novia de aquel entonces, que ríe luminosa mientras comenta algo con una de mis mejores amigas.

No sé si les digo algo a los que están a mi lado. O simplemente nos miramos. Y lo sabemos. Todo es perfecto. La eternidad es esto.

Así se sienten los dioses.

El segundo tipo de felicidad lo sentí, como ya he dicho, hace unos días. Sentado junto a Bea y mi hija en el sofá de nuestra pequeña casa, tuve la repentina necesidad de abrazarlas a ambas a la vez. Todo parecía perfecto, como hace veinte años; pero, al mismo tiempo, o quizá justo después de esa sensación de plenitud, inmediatamente me vi angustiado por la fragilidad de todo aquello, por la extrema debilidad de aquella belleza, por la fugacidad de aquel momento, tan precioso, pero de eternidad tan exigua. Una felicidad preñada de miedo e impotencia.

Así no se sienten los dioses.

Así se sienten los mortales.

Y lloré, feliz y aterrado.

Agradecido y minúsculo.