LA TIERRA PROMETIDA

por El Responsable

Los cinco se preparaban para acompañar a la familia Santangelo a la Santas Ruinas, a la misa por Todos los Fieles Difuntos.

Maria insistió en que Iván viajase con ella y con sus hijas en la furgoneta que conducía su marido. Iván aceptó con cara de resignación, tras pedir permiso con la mirada a Abraham.

Lope, mientras tanto, observaba a José desde su montura.

-¿Estás seguro de que quieres venir? -le preguntó, sin mirarle a la cara.

José siguió con la mirada perdida. Dejó escapar un suspiro de cansancio antes de contestar.

-No. Pero voy.

José picó espuelas y su caballo se puso en movimiento con desgana.

Abraham les miró un momento, antes de seguirles y ponerse en marcha con el resto de la caravana.

Maria decidió que Iván se sentaría entre Fatima, que quedaría a su izquierda, y Giovanna, que estaría a la derecha. La matriarca vigilaría toda la escena desde el asiento de atrás, en el que iba acompañada por una hermana suya y una de sus cuñadas, ambas muy sonrientes y dicharacheras.

Iván permanecía muy tieso en su asiento, como si el respaldo quemara. De vez en cuando se atrevía a lanzar miradas cortas a diestra y siniestra, donde siempre encontraba un par de ojos anhelando su atención. Giovanna fue la primera que se atrevió a preguntar a Iván por las aventuras que había corrido hasta entonces. Iván empezó a contar lo que habían vivido, perdiendo poco a poco la timidez, para gran alegría y satisfacción de todas las mujeres que lo rodeaban. Evidentemente, muchas cosas se las guardaba. Pero eso no impedía que el relato fuera de gran interés para las dos jóvenes, ansiosas de novedades curiosas. Aunque Fatima permanecía callada, escuchando con atención, su mirada era intensa, y conseguía poner un poco nervioso a Iván. La narración del encuentro con los humanoides impresionó sobremanera a las dos hermanas. Incluso Fatima se animó a hacer preguntas al respecto.

Poco a poco, el grupo se fue acercando a las ruinas que habían visto el día anterior. Se unieron a la enorme masa de peregrinos que recorría las calles de la antigua ciudad, en dirección al río.

Al aproximarse a sus aguas, vieron que su columna no era la única que avanzaba hacia la colina que se elevaba en la otra orilla; otras procesiones multitudinarias ocupaban los diversos puentes que salvaban la corriente.

Thomas se acercó a la furgoneta y le hizo gestos a Iván para que mirase lo que tenían ante ellos.

-Las Santas Ruinas -dijo el teólogo, sonriente.

Iván no pudo evitar echarse hacia delante en su asiento, tratando de ver mejor. Las mujeres se rieron de su reacción.

-Bajemos todos -ordenó Maria con entusiasmo.

Iván apenas pudo esperar a salir y estuvo a punto de caerse, pero Fatima le ayudó a recuperar el equilibrio, con un exceso de contacto corporal que produjo una embriagadora vergüenza en ambos jóvenes.

Aunque Thomas insistía en señalar aquello que más merecía su interés, a Iván le costó desprender su atención de Fatima.

-El Vaticano, Iván -dijo el anciano.

El joven se quedó parado en medio de la barahúnda, cada vez más densa y apelmazada. Recordó las bellas ilustraciones que había visto de niño en Rilo y no pudo evitar que las lágrimas invadiesen sus mejillas: allí apenas permanecían unos restos ínfimos de los antiguos edificios, columnas fracturadas como astillas de mármol, embadurnados de un extraño color ceniza oscuro, que parecía desprender brillos metálicos al contacto con el exiguo sol.

Thomas dejó de sonreír al ver las lágrimas de Iván. José también se fijó en el joven y se vio obligado a apartar la vista para evitar contaminarse con su emoción.

Lope observaba las Ruinas con sereno interés. Abraham buscaba algo con la mirada.

-Seguidme -dijo el monje al grupo.

Abraham se puso en cabeza y empezó a abrir camino entre la multitud, que se apartaba a su paso, respetando el hábito de Monje Buscador.

Se fueron acercando a un pequeño edificio que parecía estar más completo que el resto, con buena parte del techo aún milagrosamente intacto. En su interior expuesto a la intemperie, los sacerdotes se preparaban para iniciar la misa por Todos los Fieles Difuntos.

Iván se fijó en los restos de pintura del interior de las paredes.

-Ahí estaba el Juicio Final -le dijo Thomas.

Iván apenas pudo percibir algunas figuras confusas. Era difícil relacionar lo que veía con sus recuerdos de estudiante. Además, cada vez resultaba más complicado moverse entre el gentío. Sintió el cuerpo de Fatima apretarse al suyo, obligada por las circunstancias. Ambos jóvenes se miraron, invadidos un mínimo instante por un rubor delicioso.

Enseguida apartaron las miradas y se obligaron a prestar atención a lo que ocurría alrededor del altar, donde la ceremonia parecía a punto de comenzar.

José se fijó en lo que quedaba del techo: vio a Adán, solo, su dedo suspendido en el aire. Dios había desaparecido.

Perdió la noción del tiempo mientras miraba hacia lo alto. Cuando se quiso dar cuenta, una inmensa masa humana se arrodillaba desde el altar hasta más allá del río, en todas direcciones. Sintiéndose ridículo por ser el único que permanecía de pie, se arrodilló.

Siguió con poco interés el oficio, deseando que terminase lo antes posible. Lo cual no ocurrió demasiado pronto. Aprovechó el momento de la comunión para retirarse del lugar que ocupaba y moverse hacia una zona menos densamente ocupada. Se encontró caminando entre los bellos árboles de un parque muy bien cuidado. Supuso que ahí habían estado, otrora, los famosos jardines vaticanos. Paseó tranquilamente, olvidado de todo.

De repente, una imagen cruzó su mente, y su cara forzó una mueca de dolor. Hizo un movimiento de negación con la cabeza y entonces vio a Lope a su lado. La sorpresa le ayudó a recuperar el control.

-Te vas a perder la comunión -dijo al gigante.

-Te vas a perder tú -respondió Lope.

José no pudo evitar sonreír. Miró a Lope un momento, sacudió la cabeza con un rictus irónico, y volvió a pasear.

Lope le siguió, silencioso, mirando al suelo.

Cuando volvieron al edificio, encontraron a Abraham y a Thomas hablando seriamente con varios monjes y obispos. Iván le explicaba algo a las dos hermanas, señalando la pared del Juicio Final, mientras eran concienzudamente observados por Maria y compañía.

Abraham, al verles llegar, se despidió de sus contertulios, y se acercó a ellos acompañado de Thomas.

-Tenemos que hablar -dice, sin dejar de andar, esperando que los demás le sigan-. Traed a Iván.

Los cuatro siguen a Abraham, que sólo se detiene al llegar al muro de piedra que impide caer al río.

Cuando los cuatro llegan a su altura, el pensamiento de Abraham parece morar en otra dimensión.

Iván mira a Thomas, sin atreverse a romper el silencio; el anciano le devuelve una mirada preocupada.

-El Concilio no será aquí -dice Abraham, finalmente.

José rechista, mientras Iván abre exageradamente la boca.

-¿Demasiado riesgo? -pregunta Lope.

Thomas y Abraham afirman con la cabeza.

-Al parecer, una Casa se ha ofrecido a acoger el Concilio -dice Abraham-. Sin duda alguna, podrá proporcionar seguridad a los asistentes.

-¿Qué Casa? -pregunta José.

-Rilo -responde Thomas.

Todos miran a Iván, cuyos ojos amenazan con apoderarse de la totalidad de su rostro.

-Regreso al hogar, muchacho -dice José, palmeándole el pecho amistosamente.

Lope sonríe.

-Pero tardaremos en llegar -continúa Abraham-. A partir de ahora, iremos andando. Y evitaremos los caminos principales.

-Ah, perfecto -replica José-. Supongo que pueden esperar por nosotros hasta la próxima Caída.

-Todos los participantes harán lo mismo, José -explica Thomas, sonriendo-. Es una cuestión de seguridad. En cualquier caso, el Concilio comenzará el Lunes de Pascua. Tenemos tiempo de sobra.

-Genial -dice José, jocoso-. Espero que tengas dinero suficiente para pagarme las horas extra, querido Abri.

Abraham ni siquiera mira a José.

-El obispo nos ha invitado a comer -dice el monje-. Haced el favor de comportaros.

Abraham empieza a andar en dirección a la derruida capilla. Los otros cuatro le siguen. José va el último, haciendo gestos burlones que nadie ve.

La comida y su sobremesa se extienden con facilidad hasta el temprano atardecer. Maria y los suyos están encantados de poder compartir mesa con el Obispo Ahmed, gracias a su relación con los cinco compañeros. Mientras Lope intenta evitar que José se beba otra copa de vino y Abraham comparte información con otros miembros de su Orden, Iván deja de prestar atención por un momento a las hermanas para fijarse en el teólogo, que tiene la vista clavada en el cielo.

Iván sigue su mirada y se da cuenta de que está anocheciendo: se está produciendo un infinito parto de estrellas sobre ellos.

-La Vía Láctea -dice José, que también está mirando hacia el cielo.

-El Camino de Santiago -dice Thomas, a su vez, sonriendo a Iván.

Lope pone la mano sobre el hombro de Abraham, para llamarle la atención sobre lo que se está perdiendo.

Los cinco miran hacia arriba.

-Considerando la inmensidad del teatro que Dios creó para nuestras representaciones, esos millones de soles y galaxias tan alejados unos de otros, uno se ve tentado a pensar que lo que el Señor quiere de nosotros es que viajemos sin parar, hasta el final de los tiempos -el anciano iluminador hace una pausa antes de continuar-. Un éxodo eterno. Siempre en camino. Siempre buscando. Siempre en camino de una tierra prometida. Siempre a la aventura; es decir, siempre a lo que venga. A lo que no está claro qué vaya a ser. Sin miedo, hacia el caos del futuro. En nuestras pequeñas arcas, naves espaciales quizá algún día. Dejando atrás, sin que merezca una simple mirada por nuestra parte, el pasado tortuoso en el que nos enfangamos. Una minúscula comunidad en perpetuo estado de huida, en perpetua búsqueda de paz y descanso.

Thomas calló un momento. Bajó la mirada un breve instante, antes de volver a elevarla al cielo y continuar hablando:

-Pero quizá el descanso y la paz sean para nosotros, pobres criaturas de Dios, paradójicamente, el estar constantemente en camino. Quizá la tierra prometida sea el camino. Y lo que se va aprendiendo en él.

José bajó la mirada. Se sirvió otra copa de vino, sin que Lope tratase de detenerle, se levantó de la mesa, y se fue en dirección al parque en el que había estado durante la misa.

Abraham le vio marchar y suspiró.

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