UN HIERRO EN EL CAMPO

por El Responsable

Cuando el sacerdote abrió la ventanilla del confesionario, vio resplandecer en la oscuridad un par de ojos verdes, enmarcados por unos párpados arrugados.

-Ave María purísima -se escuchó decir a una voz grave de hombre.

El sacerdote tardó un poco más de lo normal en responder.

-Sin pecado concebida… -dijo, dubitativo.

Trató de atisbar algo más de aquel rostro en la oscuridad. Sólo pudo percibir un destello de plata en la larga cabellera del penitente.

-Padre, confieso que he pecado -dijo la voz, firme.

Los ojos del sacerdote permanecieron sin parpadear más tiempo de lo normal.

-Que el Dios uno y trino te proporcione la humildad necesaria para arrepentirte como es menester… -articuló con voz trémula.

-Señor, Tú lo sabes todo, sabes que Te quiero -respondió el penitente, haciendo una pausa antes de continuar-. Mi última confesión fue hace un par de semanas. Pero he vuelto a pecar. He dado orden de secuestrar a un hombre. Y una vez traído hasta mí, lo he degollado con mi propio cuchillo.

El sacerdote bajó la cabeza y se quedó en silencio.

-¿Qué te llevó a cometer tan horrendo pecado, hijo? -preguntó, tras unos segundos espesos.

-La defensa de todo aquello que Dios me obliga a proteger -respondió sin dudar la voz.

El sacerdote se quedó callado. Los músculos de su rostro se tensaron.

-Hijo mío, dedica el día de hoy a la oración. Ayuna hasta el anochecer. Prescinde de todo contacto con los hombres, a no ser que resulte estrictamente necesario.

-Así lo haré, Padre -respondió la voz-. En la medida de lo posible.

-Por supuesto… -se le escapó al sacerdote, que tosió un poco para recomponerse-. ¿Te arrepientes, entonces, de tu pecado?

-Sí, Padre -respondió la voz, casi suspirando.

El sacerdote volvió a quedarse en silencio, con la mirada perdida. Los ojos verdes salieron de la oscuridad en la que se habían ocultado por un momento y se clavaron en el rostro del cura.

-…mmm, sí… yo te absuelvo de tus pecados, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

-Amén -contestó la voz, tras la fugaz aparición de una mano que trazaba una cruz en medio de la oscuridad.

-Puedes ir en paz -susurró el sacerdote.

Los ojos verdes volvieron a desaparecer y en su lugar aparecieron dos manos orantes. Poco después, el penitente se levantaba y salía del confesionario.

El sacerdote dejó pasar unos segundos antes de hacer lo mismo. Al salir, pudo ver la alta figura del señor Auguste que se recortaba en la claridad del umbral de entrada a la iglesia, justo antes de que la puerta se cerrase, y la leve luz de las velas volviese a reinar en el templo.

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