LA MÁXIMA AUSENCIA DE ESTILO

por El Responsable

Tras la clase, Ramos-Hollande salió del aula rodeado de varios alumnos. Patricia se encontraba entre ellos, escuchando las explicaciones literarias del profesor. Absortos todos, profesor y alumnos, en el tema tratado; sin apenas darse cuenta de lo que ocurría alrededor; arriesgándose a tropezar por no prestar demasiada atención al suelo por el que pisaban.

Se cruzaron con una columna de la milicia universitaria, uniformada, que se dirigía hacia los patios interiores del campus. El profesor ni se percató de su presencia; pero un par de alumnos que le estaban escuchando desapareció sin despedirse al cruzar miradas con los milicianos.

-…todo gran clásico de la historia de la literatura -seguía explicando Ramos-Hollande- es una respuesta a la pregunta fundamental de todo ser humano: ¿qué hago con mi existencia? ¿Qué se supone que debo hacer con mi existencia? ¿Qué es una existencia buena? ¿Qué es una existencia feliz? De forma explícita o tácita, toda gran novela responde a esa pregunta. Ha de responderla. Bolaño decía que cada gran obra de la historia de la literatura era una plasmación del sentido común de la humanidad. Los clásicos de la literatura universal son el sentido común de la humanidad. Yo estoy completamente de acuerdo con esta definición.

Antes de salir a los patios, repletos de gente, otro par de oyentes se alejaron del grupo; Patricia se despidió de uno de ellos, que le hizo un gesto casi clandestino con la cabeza.

-…por eso toda gran novela debe arriesgar una respuesta final que se enfrente con esa cuestión y cerrar así el círculo de sentido de toda la narración. Una novela que carezca de esa espina dorsal que la sustente de principio a fin, una novela que carezca de un argumento que se resuelva en algún momento, no tiene por qué ser una mala novela, pero nunca podrá ser una buena novela. Y no podrá ser una buena novela, no por carencias técnicas o estilísticas del escritor; será una mala novela por… cobardía. Que, en cierto sentido, si queréis, es la máxima ausencia de estilo -Ramos-Hollande se quedó pensativo durante unos instantes-. Sí, así es, ciertamente: no hay mayor fallo estilístico que ser cobarde. En la vida y en la literatura. Que son la misma cosa, pero de distinta manera. Como el dios de los cristianos, que es la misma cosa, pero de tres formas distintas. Pues igual ocurre con vida y literatura.

Patricia notó las miradas de reojo y los cuchicheos, según iban avanzando por el empedrado de los patios.

-He ahí la importancia del argumento principal, la necesidad de que haya un hilo narrativo fundamental en toda novela. Pero tampoco podemos obligar al lector a ver un mero desfile de escenas sin contenido propio, simplemente para llevarlo al truco final que el argumento general de nuestra historia busca. Las escenas son como motivos o temas musicales que tenemos que ir incorporando a la melodía principal. Son variaciones del tema principal, que pueden alejarse más o menos de la espina dorsal de nuestra obra, pero ni deben tener vida propia… o exenta, más bien… ni deben ser una mera concatenación causal de actos, juegos meramente formales o estructurales que el escritor disponga con el único fin de su mero lucimiento egótico. Porque el final de un libro es importante. Pero sólo puede serlo cuando es la culminación adecuada de todo el edificio que hemos ido construyendo. Como en la vida, el final, el fin, la muerte, ha de ser la culminación de todos los sentidos que hemos tratado de encarnar. Y por eso cada escena es relevante y tiene su peso y su importancia. Cada escena, cada detalle, ha de ser cuidado. ¿Qué es un gran cuadro, una bella pintura, sin los matices que la hacen posible? Por ello, en cada escena se debe palpar la tensión que fluye del argumento principal, se debe mostrar otra faceta del sentido único que lo soporta todo. Pues en cada momento de nuestra existencia ha de estar presente aquello que le da sentido a todo. Aquello que explicará el final. Nuestro final. Y el final de todo.

Patricia se descubrió sola con el profesor, en medio de los patios. Estaban completamente rodeados por milicianos y activistas. Se preparaba un nuevo desfile, en honor de los primeros caídos en la guerra.

Ramos-Hollande salió de su ensimismamiento y fue consciente del lugar en el que se encontraban. Se quedó quieto y miró alrededor, clavando los ojos en aquellos que le miraban a él. Muy pocos le aguantaban la mirada. Pero un joven miliciano de pelo rapado sí lo hizo.

Permanecieron así, mirándose el uno al otro, durante unos segundos que a Patricia le parecieron interminables. Finalmente, agarró al profesor del brazo, y tiró de él para sacarlo de allí.

Mientras Patricia y el profesor abandonaban los patios por otra puerta, la masa de milicianos y activistas comenzaba a desfilar en dirección contraria.

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