El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Mes: Xuño, 2019

ESA LUZ INFANTIL

Paseo de descompresión en esta ciudad que hoy me resulta especialmente ajena.

Y al fondo de la calle, la mirada es arrastrada hacia el cielo aún azul, aún diurno, subiendo por una masiva escalera de nubes, envuelta en una luz infantil, que me transporta más de treinta años atrás, hacia otro cielo azul, con otra masiva escalera de nubes, elevándose sobre las vías del tren que te llevaban lejos de Ferrol.

Era una luz misteriosa y profética, que anunciaba desarraigos y viajes y lejanías para ese niño que crecía entre aspiraciones heroicas y ansias de aventura.

Es como si ese niño pudiese presentir, al dejarse confundir por aquella luz, toda la melancolía que el dolor de la vida le tenía destinada.
Un anuncio de cruz
que condena y previene,
que aplasta y prepara.

La inmensidad de la condición humana se me vuelve a hacer presente en esta luz infantil y eterna, mientras paseo por las calles del puente de hierro a través del cual trato de llegar al otro lado del acantilado, donde me esperan los míos.

Qué solo estoy sin ellos.

Mientras paseo en varios mundos a la vez, una mujer, que trata de aparentar varias derrotas menos de las que su rostro refleja, combatiendo a la desesperada contra su propia soledad, me pregunta cuál es el libro que llevo en la mano.

-Es una agenda -respondo, sonriendo con toda la amabilidad de la que soy capaz, sin detenerme.

Y sigo caminando hacia el hostal, desvanecida ya la luz eterna e infantil, sumergido en la profecía cumplida.

Tratando de atisbar entre la niebla el final del puente de hierro.

UNA DE ESAS IMÁGENES INSOPORTABLES

Es una de esas imágenes insoportables.

Porque Valeria tenía un año y once meses, casi la misma edad de Ana Ofelia.
Supongo que por eso se me hace insoportable.

Es una de esas imágenes que te hacen dar gracias a Dios
y maldecirlo
en el mismo pensamiento.

Porque sabes lo que son ese año y once meses:

se ha quedado dormida sobre tu pecho
se ha reído con tus bromas
ha bailado contigo por las mañanas.

Se te ha roto el alma al ver su dolor tras un accidente mínimo.
Y ha sido ella la que te ha consolado
rodeando tu cuello con sus bracitos
al ver cómo lloras de preocupación.

Un año y once meses.

Harías cualquier cosa por ella.
Arriesgarías cualquier frontera
cualquier dragón
por darle un futuro.

Es una de esas imágenes insoportables.
De esas que te hacen escribirle a su madre para decirle que la amas
y que la vida sin ellas es una broma absurda.

Es una de esas imágenes insoportables
que habría que graparse en la frente
para verla cada vez que te enfrentes
a un espejo.

Para saber lo que el mundo es
lo que te puede dar
lo que te puede quitar.

Para acostumbrarte a soportar
lo que no quieres ni imaginar.

Porque es una de esas imágenes insoportables.

LA TIERRA PROMETIDA

Los cinco se preparaban para acompañar a la familia Santangelo a la Santas Ruinas, a la misa por Todos los Fieles Difuntos.

Maria insistió en que Iván viajase con ella y con sus hijas en la furgoneta que conducía su marido. Iván aceptó con cara de resignación, tras pedir permiso con la mirada a Abraham.

Lope, mientras tanto, observaba a José desde su montura.

-¿Estás seguro de que quieres venir? -le preguntó, sin mirarle a la cara.

José siguió con la mirada perdida. Dejó escapar un suspiro de cansancio antes de contestar.

-No. Pero voy.

José picó espuelas y su caballo se puso en movimiento con desgana.

Abraham les miró un momento, antes de seguirles y ponerse en marcha con el resto de la caravana.

Maria decidió que Iván se sentaría entre Fatima, que quedaría a su izquierda, y Giovanna, que estaría a la derecha. La matriarca vigilaría toda la escena desde el asiento de atrás, en el que iba acompañada por una hermana suya y una de sus cuñadas, ambas muy sonrientes y dicharacheras.

Iván permanecía muy tieso en su asiento, como si el respaldo quemara. De vez en cuando se atrevía a lanzar miradas cortas a diestra y siniestra, donde siempre encontraba un par de ojos anhelando su atención. Giovanna fue la primera que se atrevió a preguntar a Iván por las aventuras que había corrido hasta entonces. Iván empezó a contar lo que habían vivido, perdiendo poco a poco la timidez, para gran alegría y satisfacción de todas las mujeres que lo rodeaban. Evidentemente, muchas cosas se las guardaba. Pero eso no impedía que el relato fuera de gran interés para las dos jóvenes, ansiosas de novedades curiosas. Aunque Fatima permanecía callada, escuchando con atención, su mirada era intensa, y conseguía poner un poco nervioso a Iván. La narración del encuentro con los humanoides impresionó sobremanera a las dos hermanas. Incluso Fatima se animó a hacer preguntas al respecto.

Poco a poco, el grupo se fue acercando a las ruinas que habían visto el día anterior. Se unieron a la enorme masa de peregrinos que recorría las calles de la antigua ciudad, en dirección al río.

Al aproximarse a sus aguas, vieron que su columna no era la única que avanzaba hacia la colina que se elevaba en la otra orilla; otras procesiones multitudinarias ocupaban los diversos puentes que salvaban la corriente.

Thomas se acercó a la furgoneta y le hizo gestos a Iván para que mirase lo que tenían ante ellos.

-Las Santas Ruinas -dijo el teólogo, sonriente.

Iván no pudo evitar echarse hacia delante en su asiento, tratando de ver mejor. Las mujeres se rieron de su reacción.

-Bajemos todos -ordenó Maria con entusiasmo.

Iván apenas pudo esperar a salir y estuvo a punto de caerse, pero Fatima le ayudó a recuperar el equilibrio, con un exceso de contacto corporal que produjo una embriagadora vergüenza en ambos jóvenes.

Aunque Thomas insistía en señalar aquello que más merecía su interés, a Iván le costó desprender su atención de Fatima.

-El Vaticano, Iván -dijo el anciano.

El joven se quedó parado en medio de la barahúnda, cada vez más densa y apelmazada. Recordó las bellas ilustraciones que había visto de niño en Rilo y no pudo evitar que las lágrimas invadiesen sus mejillas: allí apenas permanecían unos restos ínfimos de los antiguos edificios, columnas fracturadas como astillas de mármol, embadurnados de un extraño color ceniza oscuro, que parecía desprender brillos metálicos al contacto con el exiguo sol.

Thomas dejó de sonreír al ver las lágrimas de Iván. José también se fijó en el joven y se vio obligado a apartar la vista para evitar contaminarse con su emoción.

Lope observaba las Ruinas con sereno interés. Abraham buscaba algo con la mirada.

-Seguidme -dijo el monje al grupo.

Abraham se puso en cabeza y empezó a abrir camino entre la multitud, que se apartaba a su paso, respetando el hábito de Monje Buscador.

Se fueron acercando a un pequeño edificio que parecía estar más completo que el resto, con buena parte del techo aún milagrosamente intacto. En su interior expuesto a la intemperie, los sacerdotes se preparaban para iniciar la misa por Todos los Fieles Difuntos.

Iván se fijó en los restos de pintura del interior de las paredes.

-Ahí estaba el Juicio Final -le dijo Thomas.

Iván apenas pudo percibir algunas figuras confusas. Era difícil relacionar lo que veía con sus recuerdos de estudiante. Además, cada vez resultaba más complicado moverse entre el gentío. Sintió el cuerpo de Fatima apretarse al suyo, obligada por las circunstancias. Ambos jóvenes se miraron, invadidos un mínimo instante por un rubor delicioso.

Enseguida apartaron las miradas y se obligaron a prestar atención a lo que ocurría alrededor del altar, donde la ceremonia parecía a punto de comenzar.

José se fijó en lo que quedaba del techo: vio a Adán, solo, su dedo suspendido en el aire. Dios había desaparecido.

Perdió la noción del tiempo mientras miraba hacia lo alto. Cuando se quiso dar cuenta, una inmensa masa humana se arrodillaba desde el altar hasta más allá del río, en todas direcciones. Sintiéndose ridículo por ser el único que permanecía de pie, se arrodilló.

Siguió con poco interés el oficio, deseando que terminase lo antes posible. Lo cual no ocurrió demasiado pronto. Aprovechó el momento de la comunión para retirarse del lugar que ocupaba y moverse hacia una zona menos densamente ocupada. Se encontró caminando entre los bellos árboles de un parque muy bien cuidado. Supuso que ahí habían estado, otrora, los famosos jardines vaticanos. Paseó tranquilamente, olvidado de todo.

De repente, una imagen cruzó su mente, y su cara forzó una mueca de dolor. Hizo un movimiento de negación con la cabeza y entonces vio a Lope a su lado. La sorpresa le ayudó a recuperar el control.

-Te vas a perder la comunión -dijo al gigante.

-Te vas a perder tú -respondió Lope.

José no pudo evitar sonreír. Miró a Lope un momento, sacudió la cabeza con un rictus irónico, y volvió a pasear.

Lope le siguió, silencioso, mirando al suelo.

Cuando volvieron al edificio, encontraron a Abraham y a Thomas hablando seriamente con varios monjes y obispos. Iván le explicaba algo a las dos hermanas, señalando la pared del Juicio Final, mientras eran concienzudamente observados por Maria y compañía.

Abraham, al verles llegar, se despidió de sus contertulios, y se acercó a ellos acompañado de Thomas.

-Tenemos que hablar -dice, sin dejar de andar, esperando que los demás le sigan-. Traed a Iván.

Los cuatro siguen a Abraham, que sólo se detiene al llegar al muro de piedra que impide caer al río.

Cuando los cuatro llegan a su altura, el pensamiento de Abraham parece morar en otra dimensión.

Iván mira a Thomas, sin atreverse a romper el silencio; el anciano le devuelve una mirada preocupada.

-El Concilio no será aquí -dice Abraham, finalmente.

José rechista, mientras Iván abre exageradamente la boca.

-¿Demasiado riesgo? -pregunta Lope.

Thomas y Abraham afirman con la cabeza.

-Al parecer, una Casa se ha ofrecido a acoger el Concilio -dice Abraham-. Sin duda alguna, podrá proporcionar seguridad a los asistentes.

-¿Qué Casa? -pregunta José.

-Rilo -responde Thomas.

Todos miran a Iván, cuyos ojos amenazan con apoderarse de la totalidad de su rostro.

-Regreso al hogar, muchacho -dice José, palmeándole el pecho amistosamente.

Lope sonríe.

-Pero tardaremos en llegar -continúa Abraham-. A partir de ahora, iremos andando. Y evitaremos los caminos principales.

-Ah, perfecto -replica José-. Supongo que pueden esperar por nosotros hasta la próxima Caída.

-Todos los participantes harán lo mismo, José -explica Thomas, sonriendo-. Es una cuestión de seguridad. En cualquier caso, el Concilio comenzará el Lunes de Pascua. Tenemos tiempo de sobra.

-Genial -dice José, jocoso-. Espero que tengas dinero suficiente para pagarme las horas extra, querido Abri.

Abraham ni siquiera mira a José.

-El obispo nos ha invitado a comer -dice el monje-. Haced el favor de comportaros.

Abraham empieza a andar en dirección a la derruida capilla. Los otros cuatro le siguen. José va el último, haciendo gestos burlones que nadie ve.

La comida y su sobremesa se extienden con facilidad hasta el temprano atardecer. Maria y los suyos están encantados de poder compartir mesa con el Obispo Ahmed, gracias a su relación con los cinco compañeros. Mientras Lope intenta evitar que José se beba otra copa de vino y Abraham comparte información con otros miembros de su Orden, Iván deja de prestar atención por un momento a las hermanas para fijarse en el teólogo, que tiene la vista clavada en el cielo.

Iván sigue su mirada y se da cuenta de que está anocheciendo: se está produciendo un infinito parto de estrellas sobre ellos.

-La Vía Láctea -dice José, que también está mirando hacia el cielo.

-El Camino de Santiago -dice Thomas, a su vez, sonriendo a Iván.

Lope pone la mano sobre el hombro de Abraham, para llamarle la atención sobre lo que se está perdiendo.

Los cinco miran hacia arriba.

-Considerando la inmensidad del teatro que Dios creó para nuestras representaciones, esos millones de soles y galaxias tan alejados unos de otros, uno se ve tentado a pensar que lo que el Señor quiere de nosotros es que viajemos sin parar, hasta el final de los tiempos -el anciano iluminador hace una pausa antes de continuar-. Un éxodo eterno. Siempre en camino. Siempre buscando. Siempre en camino de una tierra prometida. Siempre a la aventura; es decir, siempre a lo que venga. A lo que no está claro qué vaya a ser. Sin miedo, hacia el caos del futuro. En nuestras pequeñas arcas, naves espaciales quizá algún día. Dejando atrás, sin que merezca una simple mirada por nuestra parte, el pasado tortuoso en el que nos enfangamos. Una minúscula comunidad en perpetuo estado de huida, en perpetua búsqueda de paz y descanso.

Thomas calló un momento. Bajó la mirada un breve instante, antes de volver a elevarla al cielo y continuar hablando:

-Pero quizá el descanso y la paz sean para nosotros, pobres criaturas de Dios, paradójicamente, el estar constantemente en camino. Quizá la tierra prometida sea el camino. Y lo que se va aprendiendo en él.

José bajó la mirada. Se sirvió otra copa de vino, sin que Lope tratase de detenerle, se levantó de la mesa, y se fue en dirección al parque en el que había estado durante la misa.

Abraham le vio marchar y suspiró.

CRIATURAS DE DIOS

El gusano va creciendo dentro de la mantis religiosa.

De nada sirve al insecto su dura coraza de quinina.

Cuando llega el momento, el nematomorfo adulto toma control del sistema nervioso central y obliga a su anfitrión a tirarse al agua.

El gusano abandona entonces el cuerpo de la mantis, para vivir plenamente su vida de gusano.

Vacía y muerta queda la bella e inútil forma de la mantis religiosa:
insospechado continente
(mas perfecto hogar)
de su enemigo.

MONAQUISMO AGGIORNADO

Inquirido el abad sobre alguna oración que resultase especialmente útil a la hora de establecer una adecuada relación con Dios, el anciano respondió:

-Pues tras rezar Vísperas, yo suelo coger el bajo, el hermano Peter se pone a la batería, los hermanos Yuyi y Chirben cogen las guitarras, y toda la comunidad canta junta “Una persona sospechosa” -el anciano hizo una pausa-. No hay mejor forma de recordar que todos somos pecadores.

EJERCICIOS ESPIRITUALES PARA SANTOS MODERNOS

-Espiritualmente hablando… ¿en qué momento se encuentra ahora mismo?

El bloguero reaccionario permaneció unos segundos callado, tratando de establecer contacto directo con el logos.

-Estoy intentando mejorar mi nivel de humildad -respondió el guerrero cultural, la mirada fija en un plano existencial superior.

El entrevistador, haciendo ostensibles esfuerzos para no dejar que se notase su emoción, y a riesgo de obtener un conocimiento excesivo para su limitado intelecto, se atrevió a preguntar:

-¿Y cómo se entrena la humildad?

El último héroe de Occidente sonrió y dijo:

-Pues escucho a los Punsetes, claro. En bucle.

LA RISA DE DIOS

Una de las cosas que más refuerzan mi fe es que Dios se ría de mí.

Cuando uno cree ser causa de una carcajada cósmica que se expande por las galaxias, haciendo eco en la materia oscura y pegando saltos cuánticos entre agujeros negros de masa infinita, no le queda más remedio que inferir la existencia de un ser superior, al que le ha hecho mucha gracia la estupidez y soberbia propias.

Ese ser burlón es Dios.

Si a mí me hubiesen dicho hace no mucho tiempo que en estos momentos estaría intelectualmente fascinado por un profesor universitario de psicología, él mismo psicólogo clínico, hubiese sido yo el que se hubiese carcajeado hasta el infinito.

Creo que todos conocéis ya que, buena parte de mis años de estudiante de Filosofía, los pasé siendo discípulo de Juan Bautista Fuentes, quien era a su vez discípulo de Gustavo Bueno. De hecho, se puede decir que el profesor Fuentes era el experto buenista en el ámbito de la psicología: el encargado de aplicar la Teoría del Cierre Categorial (la teoría de la ciencia de Gustavo Bueno) a la psicología académica.

El resultado de la crítica que mi maestro hacía de la ciencia psicológica era que ésta no podía ser considerada una ciencia estricta. Así que la mayor parte de los alumnos del profesor Fuentes nos tomábamos a coña cualquier cosa con pretensiones de rigor científico que saliese de boca de un psicólogo; y solíamos considerar a éstos meros curas laicos, ridícula imitación del sacramento de la confesión para los decadentes y depresivos habitantes del Occidente postmoderno.

Convertimos en cliché, hasta transformarlo en broma, repetir la siguiente exposición de principios: pertenezco a una escuela de pensamiento que considera que la psicología ni es, ni puede llegar a ser, un saber científico.

Cuando alguna vez te encontrabas con alguien que realmente había tenido una buena experiencia acudiendo a algún tipo de terapia psicológica, le mirabas de reojo, con cierta desconfianza, pensando que aquel pobre había sido engañado por otro charlatán.

Aún así, podíamos llegar a admitir la posibilidad de que un psicólogo realmente resultase beneficioso para alguien; pero, matizábamos, sólo será así en la medida en que dicho psicólogo sea “buena persona”. Es decir, sería beneficioso por bueno, no por psicólogo.

Y si los psicólogos nos parecían un horror, los psicoanalistas eran directamente demonios encarnados. Todo lo que provenía de Freud olía a azufre. Aprendida su crítica en las clases de mi maestro, no valía la pena perder mucho más tiempo con ellos.

¿En qué punto me encuentro ahora mismo? Pues comiéndome los dedos por no poder ponerme a leer a Carl Jung, entre otras cien mil cosas que me dan ganas de leer y ver y conocer tras haber dejado entrar en mi vida al psicólogo Jordan Peterson.

¿Lo escucháis? Es la risa de Dios.

Aunque también es obligado reconocer que, el señor Peterson, por sus lecturas y por sus intereses, no puede ser considerado un mero profesor de Psicología. De hecho, él mismo hace unas críticas a ciertos aspectos de la academia psicológica y psiquiátrica que le acercan no poco a mi maestro Fuentes.

En realidad, el señor Peterson es un filósofo en el sentido estricto del término, si se acepta la definición de Filosofía que los discípulos de Gustavo Bueno consideramos canónica: un saber de segundo grado; el cual sólo es posible alzándose sobre el dominio de una amplia multitud de saberes de primer grado; en el caso de Jordan Peterson: la psicología, la biología, neurología, psiquiatría… pero también teología, literatura, antropología, mitología…

He ahí la clave de la potencia de su pensamiento: esa amalgama de conocimientos diversos tan difíciles de encontrar a la vez en un mismo individuo. Y el hecho de que esos conocimientos son realmente cruciales, fundamentales para realizar las preguntas críticas para todo ser humano.

Todo ello con la intención apasionada de buscar la Verdad; de desentrañar la esencia de la Bondad, para así poder encarnarla.

Dios, no te rías tanto; en el fondo no estábamos tan equivocados.

Pues no deja de ser cierto que, la única manera de ser un buen psicólogo, es ser una buena persona.

[El vídeo tiene subtítulos en español que hay que activar en el menú de ajustes]

LA MÁXIMA AUSENCIA DE ESTILO

Tras la clase, Ramos-Hollande salió del aula rodeado de varios alumnos. Patricia se encontraba entre ellos, escuchando las explicaciones literarias del profesor. Absortos todos, profesor y alumnos, en el tema tratado; sin apenas darse cuenta de lo que ocurría alrededor; arriesgándose a tropezar por no prestar demasiada atención al suelo por el que pisaban.

Se cruzaron con una columna de la milicia universitaria, uniformada, que se dirigía hacia los patios interiores del campus. El profesor ni se percató de su presencia; pero un par de alumnos que le estaban escuchando desapareció sin despedirse al cruzar miradas con los milicianos.

-…todo gran clásico de la historia de la literatura -seguía explicando Ramos-Hollande- es una respuesta a la pregunta fundamental de todo ser humano: ¿qué hago con mi existencia? ¿Qué se supone que debo hacer con mi existencia? ¿Qué es una existencia buena? ¿Qué es una existencia feliz? De forma explícita o tácita, toda gran novela responde a esa pregunta. Ha de responderla. Bolaño decía que cada gran obra de la historia de la literatura era una plasmación del sentido común de la humanidad. Los clásicos de la literatura universal son el sentido común de la humanidad. Yo estoy completamente de acuerdo con esta definición.

Antes de salir a los patios, repletos de gente, otro par de oyentes se alejaron del grupo; Patricia se despidió de uno de ellos, que le hizo un gesto casi clandestino con la cabeza.

-…por eso toda gran novela debe arriesgar una respuesta final que se enfrente con esa cuestión y cerrar así el círculo de sentido de toda la narración. Una novela que carezca de esa espina dorsal que la sustente de principio a fin, una novela que carezca de un argumento que se resuelva en algún momento, no tiene por qué ser una mala novela, pero nunca podrá ser una buena novela. Y no podrá ser una buena novela, no por carencias técnicas o estilísticas del escritor; será una mala novela por… cobardía. Que, en cierto sentido, si queréis, es la máxima ausencia de estilo -Ramos-Hollande se quedó pensativo durante unos instantes-. Sí, así es, ciertamente: no hay mayor fallo estilístico que ser cobarde. En la vida y en la literatura. Que son la misma cosa, pero de distinta manera. Como el dios de los cristianos, que es la misma cosa, pero de tres formas distintas. Pues igual ocurre con vida y literatura.

Patricia notó las miradas de reojo y los cuchicheos, según iban avanzando por el empedrado de los patios.

-He ahí la importancia del argumento principal, la necesidad de que haya un hilo narrativo fundamental en toda novela. Pero tampoco podemos obligar al lector a ver un mero desfile de escenas sin contenido propio, simplemente para llevarlo al truco final que el argumento general de nuestra historia busca. Las escenas son como motivos o temas musicales que tenemos que ir incorporando a la melodía principal. Son variaciones del tema principal, que pueden alejarse más o menos de la espina dorsal de nuestra obra, pero ni deben tener vida propia… o exenta, más bien… ni deben ser una mera concatenación causal de actos, juegos meramente formales o estructurales que el escritor disponga con el único fin de su mero lucimiento egótico. Porque el final de un libro es importante. Pero sólo puede serlo cuando es la culminación adecuada de todo el edificio que hemos ido construyendo. Como en la vida, el final, el fin, la muerte, ha de ser la culminación de todos los sentidos que hemos tratado de encarnar. Y por eso cada escena es relevante y tiene su peso y su importancia. Cada escena, cada detalle, ha de ser cuidado. ¿Qué es un gran cuadro, una bella pintura, sin los matices que la hacen posible? Por ello, en cada escena se debe palpar la tensión que fluye del argumento principal, se debe mostrar otra faceta del sentido único que lo soporta todo. Pues en cada momento de nuestra existencia ha de estar presente aquello que le da sentido a todo. Aquello que explicará el final. Nuestro final. Y el final de todo.

Patricia se descubrió sola con el profesor, en medio de los patios. Estaban completamente rodeados por milicianos y activistas. Se preparaba un nuevo desfile, en honor de los primeros caídos en la guerra.

Ramos-Hollande salió de su ensimismamiento y fue consciente del lugar en el que se encontraban. Se quedó quieto y miró alrededor, clavando los ojos en aquellos que le miraban a él. Muy pocos le aguantaban la mirada. Pero un joven miliciano de pelo rapado sí lo hizo.

Permanecieron así, mirándose el uno al otro, durante unos segundos que a Patricia le parecieron interminables. Finalmente, agarró al profesor del brazo, y tiró de él para sacarlo de allí.

Mientras Patricia y el profesor abandonaban los patios por otra puerta, la masa de milicianos y activistas comenzaba a desfilar en dirección contraria.

UN HIERRO EN EL CAMPO

Cuando el sacerdote abrió la ventanilla del confesionario, vio resplandecer en la oscuridad un par de ojos verdes, enmarcados por unos párpados arrugados.

-Ave María purísima -se escuchó decir a una voz grave de hombre.

El sacerdote tardó un poco más de lo normal en responder.

-Sin pecado concebida… -dijo, dubitativo.

Trató de atisbar algo más de aquel rostro en la oscuridad. Sólo pudo percibir un destello de plata en la larga cabellera del penitente.

-Padre, confieso que he pecado -dijo la voz, firme.

Los ojos del sacerdote permanecieron sin parpadear más tiempo de lo normal.

-Que el Dios uno y trino te proporcione la humildad necesaria para arrepentirte como es menester… -articuló con voz trémula.

-Señor, Tú lo sabes todo, sabes que Te quiero -respondió el penitente, haciendo una pausa antes de continuar-. Mi última confesión fue hace un par de semanas. Pero he vuelto a pecar. He dado orden de secuestrar a un hombre. Y una vez traído hasta mí, lo he degollado con mi propio cuchillo.

El sacerdote bajó la cabeza y se quedó en silencio.

-¿Qué te llevó a cometer tan horrendo pecado, hijo? -preguntó, tras unos segundos espesos.

-La defensa de todo aquello que Dios me obliga a proteger -respondió sin dudar la voz.

El sacerdote se quedó callado. Los músculos de su rostro se tensaron.

-Hijo mío, dedica el día de hoy a la oración. Ayuna hasta el anochecer. Prescinde de todo contacto con los hombres, a no ser que resulte estrictamente necesario.

-Así lo haré, Padre -respondió la voz-. En la medida de lo posible.

-Por supuesto… -se le escapó al sacerdote, que tosió un poco para recomponerse-. ¿Te arrepientes, entonces, de tu pecado?

-Sí, Padre -respondió la voz, casi suspirando.

El sacerdote volvió a quedarse en silencio, con la mirada perdida. Los ojos verdes salieron de la oscuridad en la que se habían ocultado por un momento y se clavaron en el rostro del cura.

-…mmm, sí… yo te absuelvo de tus pecados, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

-Amén -contestó la voz, tras la fugaz aparición de una mano que trazaba una cruz en medio de la oscuridad.

-Puedes ir en paz -susurró el sacerdote.

Los ojos verdes volvieron a desaparecer y en su lugar aparecieron dos manos orantes. Poco después, el penitente se levantaba y salía del confesionario.

El sacerdote dejó pasar unos segundos antes de hacer lo mismo. Al salir, pudo ver la alta figura del señor Auguste que se recortaba en la claridad del umbral de entrada a la iglesia, justo antes de que la puerta se cerrase, y la leve luz de las velas volviese a reinar en el templo.

Quod Vidimus

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The Wanderer

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En Compostela

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De libros, padres e hijos

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A Día de Hoy

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