El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Mes: Maio, 2019

LA CULPA DE TODO LA TIENE LA HERENCIA JUDEOCRISTIANA (bis)

Así que, además de ir a tiendas de juguetería erótica y hablar abiertamente de qué cosas nuevas nos gustaría probar, decidimos empezar a grabar en vídeo nuestros encuentros sexuales. Vernos como si fuésemos actores porno nos excitaba mucho y nos animó a innovar y a dejarnos llevar. Desde que lo hacemos, el sexo ha mejorado notablemente y ha pasado de ser algo monótono a convertirse en una aventura. Nunca pensé que algo tan sencillo podría ser tan beneficioso. No solo tenemos mejor sexo, sino que siento que como pareja somos aún más fuertes de lo que lo éramos antes.

Luis, 50 años, empresario. El resto del artículo, aquí.

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LA CULPA DE TODO LA TIENE LA HERENCIA JUDEOCRISTIANA

Leyendo artículos sobre el suicidio de la trabajadora de IVECO, me encuentro con este comentario de un experto en derecho digital: Nuestra sociedad es heredera de una cultura judeocristiana en la que la sexualidad de las mujeres no está bien considerada y la perspectiva social es distinta para ellas y ellos. A unas se las machaca y a otros se les jalea.

Tras el pasmo inicial, trato de buscarle sentido a lo dicho por el experto. Si no me equivoco en la traducción, la suicida sería una heredera judeocristiana; sólo heredera, se entiende, porque de ser judeocristiana plena no se habría grabado a sí misma en actitud pornográfica; pero sí lo suficiente como para que, una vez difundido el vídeo en cuestión, haya sentido la presión insoportable de todo el atavismo proveniente de su oscura herencia. La cual la habría cargado con un excesivo sentimiento de culpa y vergüenza.

Ergo, de no ser por esa herencia, a la mujer le daría absolutamente igual que el vídeo se difundiese, y ahora mismo seguiría viva.

Para empezar, hay que dejar claro que aún se desconocen muchos datos sobre el caso en cuestión. Al parecer, la mujer no quería que el marido se enterase de que el vídeo se había hecho de dominio público. El marido se enteró el viernes; ella se mató al día siguiente. Desconocemos el contenido del vídeo, aunque algunas informaciones hablan de que la mujer salía sola en él; es decir, se masturbaba. Desconocemos quién lo compartió en WhatsApp; se habla de una anterior pareja de la suicida, pero también es posible que lo hiciese ella misma por error. Desconocemos el estado de la relación entre la mujer y su marido. Desconocemos, en definitiva, los secretos de la vida sentimental de la suicida.

Herencias aparte, si uno no tiene demasiadas ganas de que nadie le vea masturbándose, especialmente en esta era telemática, lo más práctico es que no se grabe a sí mismo haciéndolo. Mucho menos, que después le envíes el vídeo a alguien. Aunque, claro, si no es para enviárselo a alguien, ¿para qué diablos te vas a grabar masturbándote? Salvo que seas el mismo Narciso reencarnado. Que, la verdad, bien pensado, tampoco es que escaseen.

Pero volvemos a lo de siempre. Y ya aburre. La Era de las Liberaciones no sabe vivir a la altura de sus propios preceptos. Y entonces le echa la culpa al moribundo, lo cual no deja de ser irónico. Al parecer, la vergüenza la inventó el judeocristianismo. Debieron de ser judeocristianos los que le afearon a Diógenes que se masturbase en público por las calles de Atenas unos tres siglos y medio antes de que crucificasen a Cristo; los que le dijeron que esas cosas era mejor hacerlas en casa.

Y es que la relación de sexo e intimidad merece una discusión más profunda que la ofrecida por los expertos en derecho digital.

Pero la época sigue a lo suyo: banalizar el trato con dioses y demonios.

El resultado, en este caso, es el siguiente: cinco años después de grabarse a sí misma masturbándose, sus dos hijos se quedan sin madre.

Pero ya saben, la culpa de todo la tiene Yoko Ono.

TODOS LOS MUERTOS

Según se iban acercando, se encontraban con más gente. Pronto se vieron rodeados de cientos de personas que caminaban en grupos en su misma dirección: hacia el océano de ruinas que se extendía ante ellos.

Los cinco jinetes permanecían en silencio, absortos en lo que sucedía a su alrededor. Iván se dio cuenta de que aquellos grupos de gente eran, en la mayoría de los casos, familias enteras, que procesionaban vestidos completamente de negro, portando todo tipo de adornos con flores de una amplia variedad de colores y formas; pudo ver, desde un niño que apenas sabía andar, que llevaba entre sus deditos una simple margarita, hasta un grupo de hombres que cargaban sobre sus espaldas pesados tronos formados por miles de flores.

Lope vio cómo uno de estos grupos se detenía entre los restos de unos muros que, hace mucho tiempo, habían pertenecido a una casa o edificio. Y allí mismo, en el suelo quebrado de aquellos antiguos hogares, depositaban sus ofrendas florales. Y la mayoría rezaba, al menos unos instantes.

Y de repente, fueron conscientes de que las ruinas de la ciudad muerta volvían a estar habitadas por miles de vivos que venían a recordar a sus antepasados, en el día de Todos los Santos.

José se fijó en una pareja joven, probablemente recién casados. Ella se arrodillaba para depositar un hermoso ramo de rosas blancas, mientras él permanecía de pie, con el sombrero sujeto entre las manos. Cuando ambos se persignaron, José bajó la mirada.

Un hombre de unos sesenta años, que parecía ser el patriarca de una numerosa familia, se fijó en los cinco jinetes y se acercó a Abraham, que encabezaba el grupo.

-Veo que es usted un monje buscador -dijo el hombre, fijándose en el blasón que llevaba el abrigo negro de Abraham-. ¿Puedo preguntarle a que se debe su presencia hoy aquí, hermano? Parecen un poco perdidos, la verdad.

-Le agradezco el interés, señor -respondió Abraham-. Nos dirigimos a las Santas Ruinas, pero ha coincidido nuestra llegada con este día sagrado.

-Hoy no se puede entrar en las Santas Ruinas, hermano -dijo el hombre-. Y mañana estarán completamente dedicadas a la conmemoración de los Fieles Difuntos. Si necesitan un lugar en el que pasar las próximas dos noches, mi familia se sentirá honrada de proporcionarles un techo.

Abraham agradeció el ofrecimiento con una inclinación de cabeza y bajó del caballo. Los otros cuatro hicieron lo mismo. Abraham se los presentó al patriarca, que dijo llamarse Khaled Santangelo. Formaban parte de la Casa de Colonna, pero su señor no se encontraba ahora mismo en sus tierras, ocupado en ciertos asuntos al norte. A pie, los cinco se unieron a la familia, en su regreso tras la ofrenda.

Iván observaba a los miembros de aquella populosa familia con tranquila curiosidad. No tardó en darse cuenta de que él también era objeto de no pocas miradas. Y descubrió a una linda muchacha, rubia, alta y de ojos verdes, que le miraba fijamente, mientras otra muchacha de edad parecida le cuchicheaba al oído, entre sonrisas tímidas.

José observaba la escena; su rostro fue cambiando poco a poco, hasta que se convirtió en una mueca amarga.

Lope bajó la cabeza y suspiró.

Pronto llegaron a una explanada que parecía haber sido utilizada como aparcamiento por todas las familias que habían venido a las ruinas. Se podían ver toda clase de vehículos: caballos, burros, mulos, llamas, carros tirados por cualquiera de los anteriores, carros tirados por viejos coches, motos, furgonetas, camiones…

La familia de Khaled empezó a montar en los suyos, que componían una pequeña flota de transporte en sí misma. Los cinco volvieron a subir entonces a sus caballos y trotaron tras el carro en el que se había montado el patriarca.

Iván vio cómo las dos muchachas se montaban en una furgoneta sin dejar de mirarle y sonreír. El joven bajó la mirada, con las mejillas incendiadas de color.

La caravana se fue haciendo más pequeña, según las diversas ramas de la familia Santangelo se iba desviando hacia sus casas particulares. Iván no puedo evitar vigilar la furgoneta de las muchachas; y sentirse aliviado al comprobar que no se desviaba y que continuaba en su misma dirección, hacia la gran casa de campo que se veía al fondo del camino.

Campos de cultivo en barbecho se extendían alrededor. Una docena de casas salpicaban el paisaje aquí y allá. Pequeños grupos de árboles se amontonaban sobre las colinas. El cielo era de un gris ceniza y estaba empezando a llover, justo cuando llegaron a la casa del patriarca.

Los cinco fueron conducidos por unos sirvientes hacia las habitaciones de invitados. Tendrían que dormir cuatro en dos habitaciones y uno sin compañía.

-Yo duermo solo -dijo José.

-Muy bien -aceptó Abraham-. Yo dormiré con el Maestro.

Lope e Iván se miraron y sonrieron.

-Una cama caliente… -dijo Iván-. Dios, bendito seas.

-Hemos sido invitados a cenar con la familia -dijo Abraham-. Podemos descansar hasta entonces. Y, por favor, que nadie le falte al respeto a nuestro anfitrión esta vez.

José se metió en su habitación y cerró la puerta sin decir nada.

Abraham entró en la suya, seguido de Thomas.

Lope e Iván se volvieron a mirar, sin sonreír. Entraron en la habitación. Austeramente decorada, las paredes apenas lucían el crucifijo que gobernaba la estancia. Lope se acercó a la única ventana, para cerrarla. La escasa luz hizo necesario encender un par de velas. Lope dejó a un lado sus cosas, se quitó las botas y se tumbó sin preámbulos en la cama. Iván aprovechó para rezar. Lope se adormeció con el bisbiseo de las oraciones del joven.

En la habitación de al lado, José lloraba en silencio, sentado sobre el lecho.

Unas horas más tarde, Abraham lo encontró dormido en posición fetal, vestido, la cama sin abrir.

-Prepárate, se acerca la hora de la cena -dijo Abraham.

José se dio la vuelta y Abraham vio sus ojos aún enrojecidos, los surcos de lágrimas en la cara sin lavar. Abraham miró a José. José no miró a Abraham. Abraham, sin salir de la habitación, cerró la puerta tras de sí.

-¿Prefieres quedarte aquí? -preguntó.

-Quizá sí… -balbuceó José-. Sí, creo que será mejor.

Abraham asintió con la cabeza.

-Diré que te traigan la cena a la habitación.

-Gracias… -respondió José, en voz casi ininteligible.

Abraham se quedó de pie, mirando a José, que había inclinado la cabeza.

El monje se acercó a la cama, se sentó junto a José y lo abrazó. José empezó a llorar desconsoladamente entre los brazos de Abraham. Estuvo a punto de decir algo, pero prefirió continuar callado, abrazando y acariciando a José, que temblaba al sollozar.

-Métete en la cama y sigue durmiendo -dijo Abraham, cuando José se tranquilizó un poco.

Abraham le ayudó a quitarse las botas y a meterse, vestido, entre las sábanas.

Le echó una última mirada antes de salir de la habitación. José le daba la espalda, su rostro vuelto hacia la ventana del fondo. Abraham salió de la habitación y se dirigió hacia la de Lope e Iván, para despertarles.

Cuando llegaron al salón principal de la casa encontraron dos mesas preparadas para unos cuarenta comensales, incluyendo a los visitantes. En una de las mesas cenarían los mayores y en la otra los más pequeños. Khaled Santangelo les presentó a su anciana madre, a su mujer Maria, a sus tres hijos, a sus dos hijas, diez nietos y algún que otro hermano o cuñado con su correspondiente parentela.

Iván descubrió entonces que las dos jóvenes muchachas que le habían estado mirando eran Fatima y Giovanna, las hijas pequeñas de su anfitrión. Fatima, la rubia, alta y de ojos verdes, tenía dieciocho años; su hermana Giovanna, morena, un poco más baja y de ojos azules, tenía dieciséis. A Maria, la madre de ambas, le hizo gracia sentar a Iván entre sus hijas, para gran alborozo de éstas, y no poca alegría -interior- de Iván.

Cuando Khaled supo la razón por la cual los cinco se encontraban allí, su rostro se tensó ligeramente.

-Sí, sabía de la convocatoria del Concilio -dijo, tras escuchar a Abraham-. También sé que los sacerdotes de las Santas Ruinas están bastante preocupados por la misma.

-¿Por qué razón? -preguntó Thomas.

-Últimamente, se han visto demasiados personajes extraños por estas tierras… -dijo Khaled, bajando la voz, e inclinándose hacia el maestro iluminador-. Los sacerdotes dudan de la seguridad de la cita.

-¿A quién le podría resultar de interés un concilio, no siendo cristiano? -preguntó Iván.

-Ahora mismo, joven, tal y como están las cosas en el mundo, casi a cualquier persona -respondió Khaled-. Estamos al borde de la guerra al oeste y al este… Las decisiones que se tomen en el Concilio pueden afectar a los equilibrios de fuerzas de ambos conflictos.

-¿Qué noticias hay de la Liga? -preguntó Thomas, con rostro preocupado.

-Los neo-arrianos perdieron las elecciones en Atenas -respondió Khaled, provocando la sonrisa en el rostro del teólogo-, pero eso sólo ha polarizado aún más la situación: tras las elecciones, Atenas se ha convertido en la cabeza del partido anti-arriano; Estambul y Atenas mueven sus hilos ante una inminente guerra civil dentro de la Liga. Constantemente nos llegan noticias de violencia en alguna de sus ciudades.

El rostro de Thomas volvió a ensombrecerse.

-Qué peste, los neo-arrianos -comentó Hachim, el hermano menor de Khaled-. También se sospecha de ellos, con respecto al Concilio. Los sacerdotes creen que podrían intentar influir en los asistentes. Al parecer, muchos obispos katejónicos son favorables a un acercamiento. Pero esa gente odia a los cristianos. Sólo nos quieren para hacerse más fácilmente con el poder.

-¿Y qué ganarían los katejónicos con tal alianza? -preguntó Iván.

-Por un lado, tranquilidad -respondió Thomas-; vivir en ciudades donde los neo-arrianos son numerosos, como tú mismo pudiste comprobar en Atenas, empieza a resultar insoportable. Por otro, no se puede negar que muchos creyentes katejónicos quieren aprovechar la violencia neo-arriana para deshacerse de otras comunidades religiosas, con las que compiten en las ciudades por el mercado de fieles: politeístas, judíos, musulmanes…

Un silencio cayó sobre la mesa. Que sólo fue roto cuando Isabella, la mujer de Khaled, se dirigió a Iván.

-¿No es usted muy joven para estar involucrado en este tipo de aventuras?

Las dos hermanas miraron fijamente a Iván, llenas de curiosidad. Lope no pudo evitar sonreír.

-Quizá sí, un poco… -balbuceó Iván-. Aspiro a formar parte de la Santa Orden de la Búsqueda, y me encuentro en mi año de discernimiento.

La respuesta de Iván provocó una profunda decepción en las caras de las dos muchachas y una decepción bastante mejor controlada en la cara de su madre.

-¿Le puedo preguntar a qué Casa pertenece? -preguntó la mujer-. Por su acento, supongo que proviene de alguna Casa española.

-Así es -respondió Iván-. Pertenezco a la Casa de Rilo.

-¿A alguna familia que podamos conocer? -insistió la madre de las muchachas, aún con los rostros sombríos.

-Iván es hijo de Jeanne, la hija pequeña de Xoán, señor de la Casa de Rilo -intervino Abraham, con tono seco-. Su padre, también llamado Iván, llegó a ser el señor de la Casa rusa de Rogozhin, poco antes de su trágica y temprana muerte.

Iván tragó saliva y trató de sonreír. Todas las miradas se habían clavado en él. Casi todas mostraban una profunda sorpresa y admiración.

-Oh -dijo Maria, que tenía los ojos muy abiertos-. Qué pena, entonces, que sangre tan pura y noble se vea destinada a hacer voto de castidad…

Khaled fulminó a su mujer con la mirada, pero ésta no hizo el menor caso de su marido.

-Bueno, aún me tienen que aceptar en la Orden… -balbuceó Iván.

-Pues si al final la cosa no llega a buen puerto, aquí estaremos encantados de recibirle para que se recupere de la decepción -dijo Maria, con la mejor de sus sonrisas-. Esta tierra posee unos fantásticos bosques donde la caza abunda; y mis hijas estarán encantadas de proporcionarle una agradable compañía, ¿a que sí, muchachas?

Fatima y Giovanna miraron a su madre deseando que se callase de una vez, pero tratando de forzar una sonrisa para rescatar la dignidad del momento. Khaled suspiró y trató de iniciar una conversación con Abraham y Thomas, para no verse obligado a seguir escuchando a su mujer. Iván siguió sufriendo el acoso de la matriarca. Lope comía en silencio, entretenido con los apuros de su joven compañero.

-Por cierto, mamá -dijo Giovanna, la hija menor de Khaled-, ¿cómo era aquella historia que nos contaron hace un tiempo, de una de las hijas del señor de la Casa de Rilo? ¿Que había vuelto a casa o algo así?…

Iván abrió muchos los ojos y los clavó en la madre de Giovanna.

-Oh, sí, qué tonta, no haberlo recordado antes -dijo la mujer, al borde de la risa-. Resulta que Frances de Rilo, su tía, si no me equivoco -Iván asintió con la cabeza-, volvió a Rilo hace unos meses.

Iván se quedó estupefacto.

-¿Estaba bien? ¿Se encuentra bien mi tía? -preguntó Iván, repentinamente nervioso. Lope, Abraham y Thomas también se quedaron expectantes.

-Oh, sí, perfectamente -respondió Maria, quitando importancia al asunto-. El caso es que no volvió sola.

-¿No volvió sola…? -preguntó Iván, extrañado.

-Dios santo, mujer -comentó exasperado Khaled-, ¿puedes acabar de contar el asunto de una vez? ¿No ves que tienes al joven en vilo?

La mujer miró con desdén a su marido, antes de continuar.

-Al parecer, regresó con un hijo recién nacido y el padre del mismo -dijo Maria-. ¿Hace mucho que no la ve?

-De hecho, no la conozco… -dijo Iván, con la mirada perdida-. Justo estábamos volviendo a Rilo desde Rogozhin cuando mi tía se fue. Yo aún era un bebé.

Maria y sus hijas se quedaron con ganas de escuchar más, pero Iván bajó la mirada y permaneció en silencio.

-Como ya les he dicho, mañana se celebrará en las Santas Ruinas la misa por los Fieles Difuntos -dijo Khaled, tratando de animar un poco el ambiente-. Si quieren, podemos ir juntos hasta allí; aunque supongo que a ustedes les ofrecerán unos asientos mejores de los que a nosotros nos está permitido optar.

-Aunque tal cosa fuere cierta, creo que preferiremos quedarnos en su compañía -dijo Abraham-. Ya habrá tiempo de contemplar con calma las Santas Ruinas. Hemos llegado muy pronto. El Concilio no comenzará hasta finales de marzo.

-Oh, pues será magnífico gozar de su compañía -dijo Maria, dirigiendo una sonrisa cómplice a sus hijas-. Y pueden contar con que serán bienvenidos en esta casa durante todo el tiempo que pasen aquí.

Fatima y Giovanna sonrieron a los invitados, mirando de reojo con cierto apuro a su madre.

La cena finalizó sin más novedad y los invitados regresaron a sus habitaciones, aunque la mujer de Khaled pretendía estirar la jornada junto a la chimenea. Pero Abraham rehusó la invitación con perfecto tacto, aunque no tan perfecto desde el punto de vista de doña Maria, que le dijo a sus hijas más tarde que aquel monje era una mala influencia para Iván.

Ya en las habitaciones, Lope abrió la puerta de José. Abraham intercambió miradas con el gigante.

-Duerme -dijo Lope, mientras cerraba la puerta con cuidado.

Se despidieron hasta el día siguiente y se metieron en sus respectivas habitaciones.

Iván permanecía serio. Se arrodilló ante su cama, para rezar. Lope rezó también y esperó a que Iván terminase.

-¿Estás bien, chaval? -preguntó Lope, sentado en la cama, con la espalda apoyada en la pared de la almohada.

-Sí -respondió Iván, suspirando al mismo tiempo-. Estoy pensando, simplemente. En cosas.

-¿Quieres hablar de ellas? -volvió a preguntar Lope.

-No lo sé… Es el día de Todos los Santos. Todos tenemos muertos a los que recordar. O en los que pensar -Iván hizo una mueca-. Y también hay vivos en los que pensar y recordar. Y no sé, Lope… Hacerme monje buscador…

El gigante bajó la mirada. Jugueteó con la cruz de su rosario.

-A tu año de discernimiento aún le quedan muchos meses por delante, Iván. Y no sólo la Orden tiene que tomar una decisión. Tú también tienes que aclararte. Quizá tu vocación no sea convertirte en monje buscador -Lope se quedó callado y miró a Iván antes de continuar-. ¿Crees que echas demasiado de menos a tu familia?

-Sí, creo que sí. Demasiado para alguien que se está preparando para ser monje buscador…

-Y las muchachas te producen mucha curiosidad… -dijo Lope, dejando escapar una sonrisa.

Iván también sonrió.

-Supongo que también demasiada curiosidad… Pero tampoco es algo en lo que esté pensando todo el día. Sólo que… -Iván buscaba las palabras adecuadas-…que creo que me gustaría enamorarme, algún día, y formar una familia. Me gusta ser parte de una familia. Me gusta mi familia.

-Bueno, como tampoco tienes que tomar la decisión esta noche -dijo Lope, en tono distendido-, creo que es mejor que ahora mismo nos dispongamos a dormir.

Iván sonrió y comenzó a desvestirse para meterse en cama.

Lope apagó la vela y la oscuridad puso fin al día.

Pintura de Manuel Castillero Ramírez.

LA RAZÓN PRINCIPAL DE QUE EL MUNDO NO SEA UN LUGAR MEJOR

Romántico paradójico
añoro mi presente.

Lo que podría ser
y no es
en este ahora sin igual
que se me regaló.

Yo soy la razón principal de que el mundo no sea un lugar mejor.

DE MOMENTO (acción de gracias de un hombre pequeño)

Gracias por la longitud de esta obra de teatro.
Por su generosa cantidad de actos.

Gracias por el sabor del suelo
por la suciedad del charco.

Por tus bromas incomprensibles
por el dolor insoportable
que aún no he soportado.

Gracias por tener otra máscara dispuesta
cada vez que una de mis vidas pasadas
era hallada muerta.

Gracias por prohibirme
gracias por juzgarme
gracias por tus castigos
gracias por condenarme.

Gracias por confundirme
gracias por cegarme
gracias por hundirme
gracias por levantarme.

Gracias por hablar bajito
casi en susurros.
Por
en ocasiones
callarte.

Gracias por amarme
a tu manera
a veces tan desagradable.

Te ruego no me pruebes hasta el punto
de volver a leer estas líneas
obligado a retractarme.

Envíame sólo tribulaciones
te suplico
a la altura de mis posibilidades.

Soy hombre pequeño
y seguramente una tragedia
me haría odiarte.

Gracias, mi Dios, mi padre,
arbitrario dictador de mi existencia
absurdo misterio de mis días
luz escasa para mis tareas.

Gracias, mi Dios.
Por ahora, todo ha tenido sentido.

De momento, todo valió la pena.

 

EL CUERPO NECESARIO

“El problema crucial, a la hora de plantearse el peso de la conducta en la evolución de las especies, es saber si los efectos Baldwin realmente ocurren; saber cuál es su peso real en los procesos evolutivos. El profesor Sánchez González, junto con el profesor Loredo, explican qué es el efecto Baldwin, o sea, la selección orgánica, en un artículo reciente: “Organic selection supposes that, during their lifetime, organisms make new adaptations (things they learn or new habits they acquire) which have a positive effect on their survival. Although these habits are not directly passed on to their descendants, they can continue through other means (i. e. by repeating individual learning, imitating, facilitating or instructing). These new habits could be, for instance, new migratory routes or new ways to obtain food. They change to some extent the ‘style of life’ of the group (new climate conditions, new predators, new food sources, etc.). In the long term, hereditary changes which occur will be selected if they fit this ‘style of life’ and strengthen the persistence and efficiency of those habits (enhancing temperature regulation, predator detection, food exploitation, etc.).”[1]

Aunque el efecto Baldwin vuelve a ser tenido en consideración por muchos teóricos de la evolución, Sánchez González y Loredo critican a aquellos autores que hacen una interpretación restrictiva de la selección orgánica, en último término mecanicista, eliminando precisamente la problematicidad irreductible de la conducta animal.

En el fondo, late la cuestión siguiente: si la conducta es algo reducible, o no, a las pautas algorítmicas supuestamente determinadas por la estructura neural del organismo; ni siquiera importaría que esta estructura neural estuviera exclusivamente determinada por la carga genética o por presiones ambientales o por ambas, porque incluso el proceso epigenético sería pensado como una programación del organismo, cuya conducta posterior, madura, se vería controlada por dicho programa (que es, precisamente, el que determina su estructura neural). Por su parte, en la selección orgánica, el planteamiento es absolutamente otro: “Es necesario insistir (…) en que lo característico de la conducta es la ‘elección’. ¿Pero cómo podemos llamar ‘elección’ intencional a un subconjunto de caracteres fenotípicos? Habría que considerar (…) si el papel de la conducta es distinto de cualquier otro rasgo fenotípico.”[2]

En definitiva, la discusión se plantea alrededor del concepto de consciencia; si ésta puede ser atribuible a los animales, en qué medida y con qué gradaciones.

El problema de la consciencia ha sido prácticamente un tabú científico hasta hace poco tiempo: tema demasiado cercano a las vaguedades metafísicas de los filósofos. Pero los científicos están perdiendo el miedo. Buena parte de los neurobiólogos de la Affect Revolution a los que hemos hecho referencia en el anterior capítulo, están tratando el problema de la consciencia. Empiezan a tomar en serio la posibilidad de que los animales también la posean, aunque no evidentemente al mismo nivel que la puede tener el ser humano; así que ya se está empezando a hablar de diversos niveles de consciencia animal, precisamente en relación directa con la complejidad conductual desplegable por el organismo correspondiente.[3] Para comprender la importancia crucial de estos planteamientos, léase este texto de Jaak Panksepp: “In sharing this viewpoint about the sources of consciousness, I am affirming a truism of 20th century behavioral science: Evolution can mold brain functions only by inducing changes that modify the efficacy of behaviors. Affective representations promote certain classes of behavior patterns, and with the additional evolution of various highly differentiated sensory and motor tools, affective states may increasingly provide an internal reference point for more complex abilities. Thus, in complex organisms such as human adults, affective feelings may arise from a build-up of reverberations in the extending SELF-schema, which is experienced as a mounting sense of “force” or “presure” to behave in a certain way. With psychological development, organisms may develop a variety of counterregulatory strategies, ranging from various cognitive-perceptual reorientations to the withholding of behavior patterns. In other words, since the basic emotions provide fairly simpleminded solutions to problems, it would be adaptive for organisms to be able to generate alternative plans. Still, such newly evolved brain abilities may continue to be referenced to the affectively experienced neurodynamic status of the primal SELF. To put it quite simply: Animals may adjust their behaviors by the way the behaviors make them feel.”[4]

El proceso de desarrollo de los progresivos niveles de consciencia en la evolución de las especies es el despliegue de círculos concéntricos cada vez mayores, círculos que simbolizan el campo de posibilidades abierto a las conductas de los organismos.[5] Pero el grado de variabilidad, cada vez mayor, que se va desplegando en la propia evolución y que va aportando a los animales más desarrollados una mayor capacidad para llevar a cabo planes alternativos, hace relevante el análisis de la conducta en cuanto que patrón progresivamente variable. Se abre un espacio que la consciencia debe escoger cómo rellenar. Cuanto más compleja sea dicha consciencia, mayor cantidad de soluciones podrán ser encontradas. Es el despliegue de la flexibilidad al nivel de la conducta.

Al mismo tiempo, los beneficios otorgados por el aumento de la flexibilidad conductual parecen ir imponiendo ciertas condiciones a los cuerpos que sustentan tales propiedades. Es decir, no es sólo que las conductas dependan de los cuerpos de los animales que las realizan; sino que los cuerpos empiezan a depender de las conductas que el animal es capaz de ejecutar. Los cuerpos se transforman para adaptarse a las nuevas conductas. Y se transforman para hacer cada vez mejor las conductas descubiertas.

Lo cuál es muy importante cuando nos planteamos el misterio de la antropogénesis: el hombre se define por su impresionante flexibilidad conductual, sin parangón en nuestro planeta. De tal manera, ¿es casual que tal flexibilidad haya surgido en el linaje de los primates? ¿Es casual que un animal racional deba tener cinco sentidos, un sistema nervioso central, unas manos increiblemente versátiles, un sistema hormonal y neuroquímico como el nuestro?

Realmente, ¿es tan azaroso que tengamos el cuerpo que tenemos?”

Discursos actuales de la Biología: las fronteras de la cuantificación; trabajo final de DEA de Xacinto Fernando Bastida García, dirigido por Juan Bautista Fuentes Ortega; pgs. 49-51.

 

[1] “In circles we go. Baldwin’s theory of organic selection and its current uses: a constructivist view”, José Carlos Sánchez González & José Carlos Loredo, en Theory & Psychology, vol. 17 (1): 33-58, 2007; pg. 34. Agradecemos la amabilidad del profesor Sánchez González, que nos hizo llegar este artículo por correo electrónico, el cual ha sido de gran ayuda para el desarrollo de esta investigación (como también lo ha sido su magnífica tesis doctoral, ya citada anteriormente).

[2] “El ‘efecto Baldwin’”; op. cit.; pg. 46.

[3] Es obligado citar el libro de António Damásio, “The feeling of what happens”, Random House, London, 1999 (hay traducción española: “La sensación de lo que ocurre”, Debate, Madrid, 2001). Otro autor muy interesante es el fisiólogo evolutivo australiano Derek Denton, especialmente su libro “The Primordial Emotions: The dawning of consciousness”, Oxford University Press, New York, 2005.

[4] “Affective Neuroscience”; op. cit.; pg. 311.

[5] “(…) la dirección que muestra la evolución es, para Baldwin, el progreso en la plasticidad, en la potencia de acomodación.”; “El ‘efecto Baldwin’”, pg. 187.

LAS ACTIVIDADES SIGNIFICANTES DE ESOS CUERPOS

En la página 32 de mi trabajo final para la obtención del Diploma de Estudios Avanzados en Filosofía, escribía yo:

Aunque poseedor de un vasto conocimiento sobre cualquier tipo de cuestión neurológica, la especialidad de Panksepp es la psiquiatría. Su modo de acercamiento a las cuestiones fundamentales de la emocionalidad humana se ha basado en trabajos de laboratorio fuertemente invasivos con animales. En 1998 aparecía su Affective Neuroscience, que puede ser considerado como el tercer hito de la Affect Revolution acaecida durante la pasada década de los 90.

Mi trabajo se titulaba Discursos actuales de la Biología: las fronteras de la cuantificación. Y el año de estudio, investigación y escritura que dediqué para su redacción fue uno de los más felices de mi vida. Si en algún momento de mi existencia me he sentido efectivamente un filósofo, fue durante aquel año. Y el resultado de aquel año fue un texto que aún me gusta releer de vez en cuando y del que no puedo negar que me siento bastante orgulloso.

Hoy he descubierto que Jordan Peterson considera a Panksepp un genio y que recomienda encarecidamente la lectura de su Affective Neuroscience. En mi trabajo, yo hablaba de Panksepp en el segundo capítulo, dedicado a los debates contemporáneos en el ámbito de la neurobiología. Citaba su obra junto a la de Antonio Damasio y Joseph LeDoux, como tres referentes de un nuevo camino en ese campo de investigación; así, en la página 33:

Insistimos: en estos investigadores no se produce una clausura reduccionista del dualismo de tradición cartesiana, ni de las ambigüedades aristotélicas respecto de los dos intelectos humanos; en estos investigadores está cuajando una concepción del ser humano en la que la somaticidad, los cuerpos de los hombres y las mujeres, recobran completamente su unidad sustancial, resituando los diversos elementos que componen la personalidad humana en una tensa conjugación que se resuelve finalmente en las actividades significantes de esos cuerpos.

Escuchar a Jordan Peterson en la primera conferencia que dedica al estudio de la Biblia me ha traído muchos recuerdos de aquel maravilloso año de estudio universitario. He vuelto a sentir esa intución profunda de que el conocimiento científico en ningún caso imposibilita mi pasión teológica; más bien al contrario, la sitúa en el camino adecuado; sobre todo, paradójicamente, por humilde. Porque la buena ciencia es humilde, pues hace muchos esfuerzos para no hablar sin sentido. La buena ciencia es una de las mejores formas de proteger el misterio, porque pone límites estrictos a lo que un ser humano puede realmente conocer.

Releo el final de aquel trabajo universitario, que ya hice entrada (con unos ligeros retoques) años atrás, y me descubro profundamente cercano a Jordan Peterson. Cuando le escucho hablar, en la misma frase, de la verdad contenida en los cuentos de hadas y del momento de separación evolutiva entre seres humanos y chimpancés, me siento en casa. Y feliz.

No queda otra cosa que buscar en YouTube, reproducir y gozar. A Dios gracias.

Quod Vidimus

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En Compostela

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