El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Mes: Marzo, 2019

JORDAN PETERSON Y LOS BERRINCHES DE NUESTROS HIJOS

Jordan Peterson se pasa la vida diciendo no, yo no he dicho eso; yo lo que he dicho es… Y así una y otra vez, hasta el infinito y más allá.

Llega un momento en que ya uno se tiene que reír, pero supongo que debe de ser bastante agotador estar constantemente destruyendo la caricatura en la que tanta gente parece querer convertirte. Basta con ver un puñado de sus intervenciones, de una cierta duración, para entender que Jordan Peterson no es un fascista que promueve la ejecución pública de drag queens y la esclavización de las mujeres. Pero supongo que hay un montón de gente que no se quiere arriesgar a entender que lo que hacen sus propias cabezas no tiene demasiado que ver con pensar.

En fin, gracias a Dios, Jordan Peterson es, probablemente, el hombre más paciente desde Job, así que, por ahora, no hay otra cosa mejor que hacer que seguir disfrutando de sus vídeos.

Hoy he descubierto el que os enlazo más abajo; el cual, como padre de una nena de casi 19 meses, me ha interesado sobremanera. Tiene subtítulos en inglés, por cierto.

Espero que sea de vuestro interés. Un saludo.

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UN MONTÓN DE ENLACES

Supongo que, a estas alturas, ya todo el mundo conoce a Jordan Peterson. Yo lo hice a través del blog de Ángel. Y he vuelto a ver vídeos suyos en YouTube también por culpa de Ángel y todas esas entradas que está dedicando en los últimos días a ese trío de formidables humoristas y héroes de la civilización occidental que son Peter Boghossian, James Lindsay y Helen Pluckrose.

El caso es que, en esos vídeos que Ángel enlazaba, YouTube te sugería entrevistas a, y conferencias de, Jordan Peterson. Y me he pegado un pequeño atracón en los dos últimos días.

Si aún no lo conocéis, os lo recomiendo, por supuesto. Me cuesta trabajo pensar en algún ser humano vivo que encarne mejor que él el concepto de sentido común.

Supongo que lo que más me impresiona de él es su honestidad. Y su compromiso con la búsqueda y defensa de la verdad. Emociona y da esperanza. Os enlazo más abajo un vídeo de un acto reciente en Australia (subtitulado en español, aunque el inglés de Jordan Peterson es maravillosamente comprensible), en compañía de Dave Rubin, otra persona que vale la pena conocer. Pero también me gustaría que vierais este vídeo en el que un creyente musulmán le plantea una serie de cuestiones; la forma en que se plantean las preguntas y la forma en que Jordan Peterson las responde, el completo despliegue de la interacción entre estos dos seres humanos, me parece de una belleza civilizatoria casi insoportable.

En fin, ha sido un gran día, a Dios gracias. Por la mañana, Bea recibió en su oficina el encargo que hice el domingo en Iberlibro:

Estoy muy contento, porque es realmente complicado encontrar los libros de cuentos de Andrew Lang a un precio aceptable, aunque sean usados (como es el caso).

En breve haré el primer intento de leerle a Ana Ofelia un cuento antes de acostarse; me mueve más el entusiasmo que la razón, porque seguramente es aún demasiado pequeña para tales menesteres. Pero bueno, tampoco me pondré demasiado pesado.

A Andrew Lang lo he conocido a través de uno de los pocos blogs que sigo con asiduidad: De libros, padres e hijos, bitácora dedicada a lo que su nombre indica, desde una perspectiva cristiana (católica, en concreto). Mantengo profundas y larguísimas discusiones silenciosas en el interior de mi cabeza con el autor por no pocas de sus entradas, discusiones que han tenido gran influencia en muchas cosas escritas por mí en los últimos meses. Pero son polémicas que agradezco sobremanera, pues me resultan fértiles. Y no puedo hacer otra cosa que dároslo a conocer y recomendar su lectura frecuente. Sobre todo si sois padres.

En fin, un saludo berciano.

UNA BRISA TENUE

Hay verdad.

 

Pero no en el huracán que parte montañas.

Pero no en el terremoto.

Pero no en el fuego.

 

La verdad susurra como una brisa tenue.

 

La verdad pregunta.

 

¿Qué haces aquí?, pregunta la verdad.

 

Los titanes se agitan y tú permaneces atento.

¿Qué haces aquí?, susurra de nuevo la verdad.

 

Insisto, respondes.

 

No alcanzas a entender el siguiente susurro.

 

Las serpientes se agitan y tú insistes.

 

Atento
entre explosiones de galaxias
a las sutilezas del murmullo.

 

Amando
entre fábricas de nada
los suspiros misteriosos del mundo.

 

LA NUEVA SOMBRA

La puerta bajo el porche estaba abierta, pero la casa se hallaba a oscuras. Los sonidos habituales del atardecer parecían haber desaparecido, sólo había un suave silencio, un silencio mortal. Entró, algo extrañado. Llamó, pero no hubo respuesta. Se detuvo en el estrecho pasadizo que recorría la casa y le pareció que la oscuridad lo envolvía: ni un destello de la luz del crepúsculo del mundo de fuera brillaba allí. De repente lo olió, o creyó olerlo, aunque le pareció que iba de dentro hacia fuera: sintió el antiguo Mal y lo reconoció como lo que era.

La nueva sombra, de J.R.R. Tolkien; en Historia de la Tierra Media. Los Pueblos de la Tierra Media; Minotauro, 2002; pg. 475.

Así termina uno de los tres esbozos del único relato que Tolkien trató de escribir situando la acción en un tiempo posterior (algo más de un siglo) al del final de El Señor de los Anillos. En sus propias palabras, escritas el 13 de mayo de 1964, se trataba de una historia siniestra y deprimente. Como que tratamos de Hombres, es inevitable que nos centremos en el rasgo más lamentable de su naturaleza: su rápida saciedad con el bien.

A pesar de que nunca escribió más de una docena de páginas, llama la atención que llegase a realizar hasta tres intentos. Este relato le acompañó durante casi veinte años (el último borrador es de 1968). Y según su biógrafo Humphrey Carpenter, meditar sobre el mismo llegaba a quitarle el sueño.

Para mí, son páginas fascinantes. Básicamente, se trata de la conversación entre un viejo soldado, capitán bajo las órdenes de Faramir, y un amigo de su hijo, de ocupación desconocida (aunque el viejo cree que se dedica a comerciar con madera). El relato destaca, no sólo por este fugaz apunte de economía real (son muy raros los personajes comerciantes en los relatos de Tolkien), sino también porque es el único caso que yo conozco en que dos habitantes de la Tierra Media tienen una discusión en la que se incluye un plano teológico (de la teología inventada por Tolkien, evidentemente).

El viejo soldado es un creyente, básicamente por haber conocido y luchado contra el mal de Mordor. El joven comerciante, sospechoso en el relato de formar parte de una conspiración contra el reinado del hijo de Aragorn, habla como un nihilista de Turguénev.

Pero la narración se detiene ante la presencia del Mal. Ante el reconocimiento de la presencia del Mal. El viejo soldado se sorprendía al principio del relato por su perseverancia: Profundas en verdad son las raíces del Mal -dijo Borlas-, y la savia negra fluye con fuerza en su interior. Ese árbol no morirá nunca. Por mucho que lo talen los hombres, volverá a brotar en cuanto se den la vuelta. Ni siquiera en la Fiesta de la Tala habría que colgar el hacha.

El viejo soldado parece uno de esos hombres honestamente buenos, convencidos de la pureza  de sus creencias, incapaces de concebir el mal en su propia alma salvo por culpable dejadez propia. Un hombre humildemente en gracia.

Nunca he dudado de la existencia de tales hombres. De hecho, creo haber conocido a algunos. Pocos, por supuesto. Extraordinarios.

Tengo la sensación de que Tolkien era un poco así. Aunque consciente también de las limitaciones de una excesiva inocencia: ¡Ay! -se queja el viejo del relato- todos cometemos errores. No me considero sabio, joven, excepto quizás en lo poco que se puede aprender con el paso de los años. Gracias a los cuales sé demasiado bien que quienes tienen buena intención pueden hacer más daño que los que dejan las cosas estar.

Reconocer el mal y callar. La frontera del misterio. Como los coches negros de lunas tintadas que recorren las calles de la Santa Teresa de Bolaño, a cuyos ocupantes nunca vemos.

El mal encarnado. El hombre malo. Ese misterio.

Tengo un recuerdo bastante claro del primer momento de mi vida en que fui conscientemente malo y disfruté con ello. Era niño y aún vivía en Ferrol. Creo que era Nochebuena. Íbamos a cenar en casa y después nos acercaríamos a casa de la abuela de mi amigo Richi, para juntarnos con toda su familia (nuestras madres eran muy amigas).

Mi madre había preparado gambas al ajillo, plato que me encantaba. No sé exactamente cómo se desarrolló la escena, pero recuerdo que le hice un feo a mi madre, precisamente por las gambas. Recuerdo ser plenamente consciente de que le estaba haciendo daño a mi madre adrede.

Y cuando vi que mi madre lloraba, me sentí turbado por mi propio poder. Era una turbación placentera. Me sentía poderoso por ser capaz de hacer llorar a mi madre. Y ese sentimiento me hacía sentir bien.

El mal encarnado. El niño malo. Ese misterio.

Desde muy temprano en mi vida he tenido claro que yo necesitaba practicar la bondad. No era algo que me saliese de forma natural, era algo que me suponía un esfuerzo consciente.

Cada vez que he bajado la guardia, durante mi vida, el sufrimiento se ha extendido a mi alrededor.

Creo que el Cristianismo está pensado para el común de los mortales que, como yo, tienen que combatir constantemente contra una multitud de demonios. Jesús pasa buena parte de los Evangelios combatiendo demonios, cosa a la que la Iglesia Católica de los últimos cincuenta años trató de prestar menor atención. No es extraño, se puede pensar, que la Iglesia esté ahora como está.

No hay que ocultar el mal. No hay que callar su descripción. No hay que eliminar a los monstruos de los cuentos infantiles. Hay que enseñar a los niños a luchar contra ellos. Hay que enseñar a los niños que los monstruos te pueden poseer y obligarte a hacer lo que ellos quieren. Que si uno no está en guardia día y noche, se puede convertir en orco.

En el documental Examen de conciencia podemos ver la entrevista realizada a un cura abusador de niños. Creo que es algo que toda persona debería ver. Desde luego, no es agradable. Es siniestro y deprimente. Como toda la situación actual en la Iglesia Católica. Como toda la situación actual en el mundo. Como toda la historia humana.

Toda persona debería ver la película Spotlight. Toda persona debería ver el documental The Keepers.

Todo joven cristiano debería ser consciente del poder del mal, de lo que el mal es capaz de hacer. Es la única manera de descubrirlo, de saber enfrentarlo. Aún sabiendo que, en muchísimas ocasiones, uno perderá. En su vida mortal. Como la hermana Cesnik.

Que el mal lo puede corromper todo, porque en todo corazón puede morar.

Y que el principal deber de un hombre es combatir contra los demonios de su propia alma.

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