LA PUERTA DE LA CIUDAD

por El Responsable

En la puerta de la ciudad se abandonaban cadáveres y bebés recién nacidos.

Trabajar en la sala de vistas de un juzgado es vivir atrapado en una eterna repetición de Rashomon.

Sin necesidad de mentir, cada testigo ofrece tal diversidad de matices que uno sólo puede concluir que hay pocas cosas en el mundo más complicadas que la verdad.

La historia de nuestra existencia individual determina tanto nuestras miradas y entendimientos que a veces resulta imposible creer que dos personas estén hablando del mismo hecho.

Nada más tortuoso que el corazón humano y no tiene arreglo: ¿quién puede penetrarlo?

Mientras tanto, a las puertas de la ciudad se siguen acumulando muertos y niños abandonados.

Y niños muertos. Y muertos aún ni siquiera niños. Y niños violados. E infancias destruidas. Y cadáveres de fes.

Y Dios parece haber decicido hacer uso de los tribunales seculares para limpiar su casa, visto que sus sacerdotes han aprovechado la jerarquía institucional para institucionalizar el pecado.

Aprovechemos mientras se siga teniendo claro que está mal. Aunque no siempre ha sido así. Y quizás algunos (¿como se insinúa en Doubt?) ya prevén el retorno a un pasado mejor: aquellos maravillosos siglos griegos en los que bellos y poderosos ciudadanos protegían y educaban a hermosos adolescentes, ayudándoles a promocionarse en sociedad y preparándolos para grandes responsabilidades políticas y militares.

En realidad, es tan clásico lo que sucede en la Iglesia Católica actual…

Todos tienen su verdad, todos cuentan su verdad en el juzgado. Y quizá ninguno mienta. Quizá todos estén equivocados.

Dice el chiste: cuatro polacos, cinco opiniones.

Y en la puerta de la ciudad se amontonan los cadáveres de viejas verdades y se abandonan revoluciones recién nacidas.

Pero, ¿tan difícil es saber dónde está el bien? No creo.

El bien es un leñador, padre de seis hijos, que se lleva a casa un recién nacido abandonado, para criarlo como si fuera suyo.

A cambio de nada.

Advertisements