FURIA

por El Responsable

Como un montaraz entre la niebla, el caballero se acerca desde el horizonte, desde la frontera del mundo.

Y en el mundo sólo están su caballo y él.

Pero cuando obliga a su montura a girar, cuando obliga a la cámara a moverse, como si estuviésemos asistiendo a la encarnación de un ideal estático en la sucia historia humana, vemos que el caballero sobre un hermoso caballo blanco es un oficial de la Alemania nazi.

Y le vemos cabalgar entre los restos ardientes de las máquinas de guerra modernas. Entre los despojos industriales de las ciencias físicas y químicas, entre los resultados del progreso tecnológico, entre los éxitos de la Era de la Razón.

Y desde las sombras, un habitante de las máquinas, un hombre criado entre aceros y motores, se abalanza sobre el caballero y lo mata clavándole su cuchillo en el ojo.

Y este hombre moderno, hijo de su tiempo, se acerca al caballo blanco, y lo acaricia para tranquilizarlo. Hay profundo amor y profunda tristeza en sus caricias. Finalmente, el conductor de tanques empuja al caballo blanco para que se aleje del campo de batalla.

Resignado, lo ve marchar.

No intenta montarlo. No intenta ser lo que no puede ser. Sabe dónde está la verdad, sabe dónde está la belleza. Y sabe que no es tiempo para esa verdad, para esa belleza. Es tiempo de furia y tanques. De ruedas y gasolina. De morir y matar en el mundo de la razón mecánica, en el mundo de los románticos que justifican el infierno que crean porque pretenden ser caballeros magníficos sobre bellos caballos blancos.

Pero el auténtico amor al caballo blanco quizá sea, precisamente, dejarlo marchar. Resignarse a saber que su reino no es de este mundo.

Y no mezclarlo en nuestras luchas cotidianas. Entre los resultados del progreso tecnológico, entre los éxitos de la Era de la Razón.

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