NIHILISMO Y CACAO

por El Responsable

“-¿Qué es Bazárov? -sonrió Arcadi-. ¿Desea, tío, que le diga qué es exactamente Bazárov?

-Hazme ese favor, querido sobrino.

-Pues es un nihilista.

-¿Cómo? -preguntó Nicolái Petróvich, mientras que su hermano se quedaba inmóvil dejando suspendido en el aire el cuchillo con un trozo de mantequilla pendiendo sobre su filo.

-Es un nihilista -repitió Arcadi.

-Nihilista -pronunció Nicolái Petróvich-. ¿Término, que según tengo entendido, procede del latín nihil, nada; palabra que se refiere a la persona que… no reconoce nada?

-Dirás, la persona que no respeta nada -continuó Pável Petróvich y se dispuso nuevamente a untar el pan de mantequilla.

-El que siempre tiene un punto de vista crítico para todo -señaló Arcadi.

-¿Y no es lo mismo? -preguntó Pável Petróvich.

-No, no es lo mismo. Un nihilista es la persona que no se inclina ante ningún tipo de autoridad, el que no acepta ningún principio de fe, por mucho respeto que éste le infunda.

-¿Y eso está bien? -le interrumpió Pável Petróvich.

-No, no está bien.

-Depende de quién se trate, tío. Para unos, está bien, y para otros, no.

-Vaya. Veo que eso no es para nosotros. Somos gente del siglo pasado, que suponemos que sin principios -Pável Petróvich pronunciaba esa palabra con suavidad, al estilo francés, mientras que Arcadi, por el contrario, pronunciaba principio apoyándose más en la primera sílaba-, sí, sin principios, no se puede ni respirar ni dar un paso. Vous avez changé tout cela [han cambiado ustedes todo], que Dios os conceda salud y todos los honores, que a nosotros ya sólo nos queda admiraros. ¿No es cierto… caballeros?

-Nihilistas -pronunció Arcadi con claridad y precisión.

-Sí. Antes había hegelianos, y ahora, nihilistas. Habría que ver cómo vivirían ustedes en el vacío, en un espacio ausente de aire. Y ahora hermano, Nicolái Petróvich, haz el favor de llamar para que nos sirvan, que ha llegado la hora de tomarme el cacao.”

Padres e hijos, de Iván Turguénev; Cátedra, 2017; pgs. 96-97.

“Estudiante nihilista”, de Ilya Repin (1883)

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