5 DÍAS

por El Responsable

El señor de Penn Ar Bed se dejaba salpicar por las olas que rompían en el acantilado. Contemplaba con gesto neutro la furia del océano, desatado bajo un cielo de cemento. El viento jugaba a hacerle perder el equilibrio, pero el señor lo evitaba apoyando la pierna derecha en la roca que se encontraba ante él. Su caballo, a unos pocos metros, comía la hierba minúscula que crecía entre las piedras.

Así encontró Joan a su abuelo, justo cuando empezaba a llover. Su montura agitó molesta la cabeza, al sentir las primeras gotas de agua.

Auguste se cubrió con la capucha de su largo abrigo, de un oscuro color verde, y se alejó del borde del acantilado, hacia su caballo.

Joan esperó a que montara, mientras se cubría con su capucha de color azul marino. Cuando su abuelo llegó a su altura, Joan picó espuelas y tiró de las riendas para trotar junto a él.

-Sigue con la misma idea, abuelo -dijo Joan.

Auguste miró a su nieto durante un instante mínimo y torció el gesto.

-El futuro próximo viene repleto de oportunidades de morir -dijo el señor, con tono molesto-; no sé por qué tiene tanta prisa en hacerlo. Más que valor, veo impiedad en su determinación.

Joan se quedó callado, con la mirada baja.

-Te permito ese rostro triste sólo en mi compañía, Joan -continuó su abuelo-. Que los vasallos no vean nunca tal cosa. Ha llegado el momento de exigir mucho de ellos; así que debemos exigirnos mucho más aún a nosotros mismos.

-Por supuesto, abuelo -dijo Joan, levantando el rostro-. Lo siento.

El señor de la Casa de Penn Ar Bed puso al galope su caballo y Joan hizo lo mismo. Un rayo iluminó el cielo sobre los acantilados.