El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

MAÑANA

Ramiro de Mar afiló su cuchillo.

Limpió su pistola. Limpió su otra pistola. Las cargó.

Desmontó su escopeta. La volvió a montar. La cargó.

Miró el crucifijo de su madre que presidía la pequeña mesilla de noche.

Miró hacia otro lado. Lo volvió a mirar.

Se arrodilló ante el crucifijo. Rezó.

Ramiro de Mar se acostó, pero no durmió en toda la noche.

Advertisements

DOS DÍAS

Ciento cuarenta y cinco. Ciento cuarenta y seis. Ciento cuarenta y siete. Ciento cuarenta y ocho. Ciento cuarenta y nueve.

Ciento cincuenta.

Se puso en pie y miró sus abdominales en el espejo.

Siguió mirándolos unos segundos más.

Se agachó, cogió el palo que estaba en el suelo, y se golpeó con toda la fuerza de que fue capaz en los abdominales.

Siguió golpeándose. Empezó a sudar. Siguió golpeándose.

Agotado, dejó caer el palo al suelo y se dobló como un ángulo recto.

Mínimamente recuperado, volvió a erguirse y se miró en el espejo.

Seguía teniendo cara de adolescente.

3 DÍAS

UNIÓN

O

MUERTE

Michel Hundt vio la pintada al salir de su primera clase del día, en letras rojas sobre la pared blanca, justo enfrente de su aula.

Algunos alumnos hablaban en corros en el pasillo, mirando alternativamente a la pintada y al profesor.

Michel Hundt bajó la cabeza y caminó hacia su derecha. Al salir del edificio, vio que el campus lucía una enorme cantidad de pancartas. Un grupo de estudiantes se afanaban en colgar otra más entre dos árboles. Otro grupo de estudiantes, en una mesa, recogía alimentos y dinero para los inmigrantes fugitivos de la Casa de Penn Ar Bed.

Michel Hundt creía percibir, a cada momento, miradas de soslayo y cuchicheos herméticos.

Michel Hundt notó cómo le empezaban a sudar las manos cuando pensó en la siguiente clase que tenía que dar, sobre los procesos revolucionarios anteriores al Gran Colapso.

Cuando ya se acercaba a la Facultad de Literatura, en busca de Ramos-Hollande, Michel Hundt decidió que se encontraba mal y se fue a su casa.

CUATRO DÍAS

Mientras sodomizaba a su esclavo de trece años, el filósofo Georg reflexionaba sobre la guerra y la historia.

Resultaba curioso cómo el desarrollo de los acontecimientos tras el Gran Colapso había dispuesto la sincronía de unas comunidades humanas que casi siempre se habían presentado de una forma diacrónica en la historia de la humanidad. No sólo diacrónica, sino prácticamente evolutiva.

El filósofo Georg apenas parecía oír los gemidos de su esclavo -quién sabe si de placer o dolor, quién sabe si ambas cosas a la vez-, mientras le daba vueltas al hecho de que, a pesar de considerar la idea de progreso una mera alucinación de los historiadores, no podía negar la testaruda realidad de que la Unión representaba una figura organizativa con una extraordinaria tendencia a imponerse a cualquier otra forma de sociedad humana que tratase de competir con ella.

Por lo tanto, el filósofo Georg, a punto de eyacular, y mientras aguantaba las ganas de hacerlo, pensó que el resultado de la próxima guerra sólo podía ser uno. Y supuso que, un hombre con sus aptitudes, no tendría demasiado problema en encontrar trabajo en la Unión.

Lo único que echaría de menos serían las facilidades que proporcionaba la esclavitud para ciertos temas. Pero nada que no se pudiese conseguir dentro de la Unión con la adecuada cantidad de dinero.

Y, animado por las posibilidades que se abrían ante él, el filósofo Georg extrajo su pene del ano de su esclavo de trece años y eyaculó sobre su espalda.

5 DÍAS

El señor de Penn Ar Bed se dejaba salpicar por las olas que rompían en el acantilado. Contemplaba con gesto neutro la furia del océano, desatado bajo un cielo de cemento. El viento jugaba a hacerle perder el equilibrio, pero el señor lo evitaba apoyando la pierna derecha en la roca que se encontraba ante él. Su caballo, a unos pocos metros, comía la hierba minúscula que crecía entre las piedras.

Así encontró Joan a su abuelo, justo cuando empezaba a llover. Su montura agitó molesta la cabeza, al sentir las primeras gotas de agua.

Auguste se cubrió con la capucha de su largo abrigo, de un oscuro color verde, y se alejó del borde del acantilado, hacia su caballo.

Joan esperó a que montara, mientras se cubría con su capucha de color azul marino. Cuando su abuelo llegó a su altura, Joan picó espuelas y tiró de las riendas para trotar junto a él.

-Sigue con la misma idea, abuelo -dijo Joan.

Auguste miró a su nieto durante un instante mínimo y torció el gesto.

-El futuro próximo viene repleto de oportunidades de morir -dijo el señor, con tono molesto-; no sé por qué tiene tanta prisa en hacerlo. Más que valor, veo impiedad en su determinación.

Joan se quedó callado, con la mirada baja.

-Te permito ese rostro triste sólo en mi compañía, Joan -continuó su abuelo-. Que los vasallos no vean nunca tal cosa. Ha llegado el momento de exigir mucho de ellos; así que debemos exigirnos mucho más aún a nosotros mismos.

-Por supuesto, abuelo -dijo Joan, levantando el rostro-. Lo siento.

El señor de la Casa de Penn Ar Bed puso al galope su caballo y Joan hizo lo mismo. Un rayo iluminó el cielo sobre los acantilados.

Quod Vidimus

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

The Wanderer

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

En Compostela

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

De libros, padres e hijos

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester

Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

Al Servicio de su Majestad

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

plan zeta

apología de mí mismo

El Rancho de San Ysidro

Peripecias de un aprendiz de campesino