PÓLEMOS

por El Responsable

Incómodo por la visión de tantos barcos atascando la bahía, decidió dirigir su mirada hacia las montañas. Los picos de algunas de ellas ya estaban nevados.

La mansión del Principal era el punto más elevado de Masalia Nova, construida sobre los restos de una antigua iglesia católica.

-Disculpe la tardanza, Empresario Erik -dijo el Principal, entrando casi a la carrera en la terraza, seguido de varios consejeros-, pero, como puede imaginar, son momentos especialmente agitados.

La respuesta fue una escueta sonrisa de comprensión. Uno de los consejeros señaló la mesa cercana al Empresario.

-El contrato está listo para ser firmado -dijo el Principal, desplomándose en su silla-, sólo necesita su lectura y su firma.

El Empresario se acercó sin prisa a la mesa, se sentó con la espalda rígida, y empezó a leer el documento sosteniéndolo con su mano izquierda.

Cuando estaba leyendo la tercera página del contrato, el Empresario detuvo su lectura a la mitad del papel, con la mirada fija en una frase.

El Principal y los consejeros, impacientes, esperaron a que el Empresario hiciera algún comentario. El Empresario los miró uno a uno.

-Veo que se ha incluido una cláusula de penalización por abandono del campo de batalla -dijo al fin.

-Es lo acostumbrado en este tipo de contratos -explicó un negro gordo con varios dientes de oro.

El Empresario permaneció callado, mirando fijamente al consejero que acababa de hablar.

-Mi Empresa nunca ha abandonado el campo de batalla -dijo, dejando el contrato de nuevo en la mesa-. No firmaré.

Los consejeros parpadearon y miraron todos a la vez al Principal, que había dejado reposar la nariz sobre la mano derecha, tapándose la boca. El Principal miró al negro gordo, que se dispuso a hablar.

-Podemos excluir la cláusula -dijo el consejero-, pero la oferta se reducirá un veinticinco por ciento.

El Empresario sonrió e hizo ademán de necesitar una pluma.

Firmado el contrato, los consejeros salieron corriendo con el papel hacia otro lugar del edificio.

El Principal se quedó sentado en la mesa con el Empresario, observándolo con curiosidad, mientras éste parecía perdido en sus propios pensamientos. Unos esclavos se acercaron, con comida y bebida.

-Erik el Rojo, es usted el empresario más peculiar con el que me he encontrado -dijo el Principal, antes de darle un largo trago a su copa de vino tinto-. No parece estar demasiado preocupado por el dinero.

El Empresario sonrió, con la mirada baja.

-Lo justo y necesario -respondió-; tengo que pagar a mis trabajadores.

El Principal se llevó a la boca una aceituna.

-Me han dicho que es usted un fervoroso adorador de Marte -preguntó al Empresario-; y que nunca perdería la oportunidad de participar en una guerra como ésta.

-Me temo que le han informado mal -respondió con una sonrisa excesivamente educada-, la religión no es una de mis debilidades. Aunque sí es cierto que creo que la guerra es padre y rey de todo.

El Principal sonrió mientras cortaba un trozo de solomillo.

-¿Qué debilidades puede tener un hombre como usted, me pregunto? -inquirió, antes de meterse el trozo de carne en la boca.

-La belleza de poder contemplar a un hombre realmente valiente, que no huirá nunca de sus adversarios -dijo el Empresario, levantándose de la silla.

El Principal se sorprendió al ver que su invitado se disponía a marcharse.

-¿Cómo puede ser eso una debilidad? -le volvió a preguntar.

Erik el Rojo se despidió con una exigua reverencia y se dirigió hacia la salida, echándole una última mirada al atestado puerto de Masalia Nova.