CERVANTES, EL RESENTIDO

por El Responsable

Abraham fue el primero en ver el mar Adriático, pero apenas le prestó atención. Enseguida tiró de las riendas para que su caballo encarase la cuesta abajo hacia el litoral. Gruesas pieles negras le protegían del frío viento que corría por las montañas que estaban atravesando. Al norte, unas enormes nubes oscuras empezaban a extenderse por el cielo.

El siguiente en pasar el alto fue Iván, que se sintió extraño al verse a caballo nuevamente sobre unos acantilados.

Tras él cruzaron, manteniendo cierta distancia entre sus monturas, Thomas y José. Lope cerraba la marcha y cuidaba del sexto caballo, que cargaba con buena parte de la comida.

Iván se cubrió la cabeza con la gruesa capucha de su abrigo y se giró para ver cómo se encontraba el anciano teólogo. Thomas no parecía sentir el frío, aunque su rostro reflejaba preocupación; Iván se retrasó un poco para cabalgar a su lado.

-¿Se encuentra bien, Maestro? -le preguntó.

A Thomas le costó salir de su ensimismamiento.

-Me gustaría saber cómo están las cosas en Atenas -admitió, sonriendo con amabilidad a Iván-. No dejo de tener la sensación de haber abandonado a mis amigos…

Iván guardó silencio y dirigió la mirada hacia el mar. Thomas observó al joven.

-¿Echas de menos tu casa, Iván? -preguntó el anciano.

-Sí, claro -respondió-. Pienso mucho en mi madre, sobre todo. Con todas estas noticias… -Iván fijó la mirada en las nubes-. Me inquieta ser un motivo más de preocupación para ella.

-Por lo que se cuenta de tu madre, no creo que sea una mujer frágil -comentó Thomas-. Sin duda es digna representante de la familia a la que pertenecéis.

Iván miró al anciano y sonrió levemente.

-Por lo que veo, usted conoce la historia de mi padre, Maestro -dijo Iván.

-Así es -confirmó Thomas, con rostro serio-. Naciendo en una familia como la tuya, me temo que uno está obligado a estar en boca de todos, aunque no lo quiera.

Iván no dijo nada y trató de prestar atención a lo que hacía su caballo.

-Es admirable, sin embargo, la alegría de tu espíritu, Iván -continuó el anciano-. Es la mejor prueba de lo especial que debe de ser formar parte de la Casa de Rilo.

Iván sonrió fugazmente.

-¿Sabes, Iván? A los cristianos se nos ha acusado en muchas ocasiones de ser una religión de resentidos -explicó Thomas-. Resentidos contra el mundo real por lo que no nos da, aspiramos a recibir nuestra recompensa en un mundo de fantasía al que sólo llegaremos si rechazamos en esta vida todo aquello que, en el fondo, realmente queremos.

-Eso suena a Nietzsche -dijo Iván, sin mirar a Thomas.

-¿Has leído a Nietzsche?

-Mi madre y mi bisabuelo John insistieron en ello. Pero no me gusta demasiado.

Thomas se quedó callado un momento, antes de continuar.

-Desde luego, es una lectura incómoda -admitió el teólogo-. Sobre todo para un cristiano. Pero también fundamental, me atrevería a decir. Un fuego que debemos atravesar. Porque el resentimiento es un peligro real de nuestra creencia. Sobre todo cuando uno se equivoca y cree en promesas que nuestro Dios nunca hizo. A Dios sólo le toca estar a la altura de lo prometido cuando muramos, no antes. Por eso no tiene demasiado sentido enfadarse con Él durante nuestro paso por este valle de lágrimas, por más que nos haga sufrir. Oh, pero nos puede hacer sufrir tanto, ¿verdad? Y, ¿cómo no echarle en cara ese sufrimiento a un todopoderoso dios de amor? Es precisamente eso, nuestra creencia en un dios que es amor, lo que nos hace tan susceptibles a los cristianos de convertirnos en unos resentidos.

-Como José -dijo Iván, en voz baja.

Thomas calló y miró a Iván, al que parecía molestar algo.

-Y si un hombre como José ha acabado así… -añadió Iván; pero no fue capaz de continuar.

-La tragedia del resentido es que vive sólo para despreciar aquello que le resulta imposible alcanzar -dijo Thomas-. Su sobreactuado desprecio de lo que, en el fondo, más fervientemente desea, es un mero engaño a sí mismo; para tratar de soportar su incapacidad de estar a la altura de eso mismo que desea. Pero el resentido sabe perfectamente que aquello que menosprecia es algo superior. Y en su burla de aquello que ama, lo despreciado acaba siendo alabado de una manera que, en ocasiones, le será incluso difícil de igualar a sus más fervientes defensores -Thomas calló un momento, antes de continuar-. El Quijote siempre me ha parecido un ejemplo perfecto de esto. Cervantes siempre me ha parecido un hombre profundamente resentido; pero en su esfuerzo por reírse de las aspiraciones más elevadas del mundo en el que vivía, lo único que acaba consiguiendo es hacer una defensa inigualable de las mismas. Llamar al Quijote El Caballero de la Triste Figura es una forma de mofarse de su personaje y de lo que éste representa; pero, a pesar de los esfuerzos cervantinos, o, irónicamente, precisamente por ellos, para nosotros, los lectores, no hay orden más elevada de caballería, ni título más digno. El resultado final de la obra en la historia de la literatura está tan alejado de las pretensiones iniciales del autor, está tan por encima de sus motivaciones, que no podemos hacer otra cosa que entender que el Quijote ha sacado lo mejor de Cervantes, a pesar de él mismo. La creencia de Cervantes en esos valores era tan grande, que ni su propio resentimiento pudo derribarlos. Y mira que lo intenta con ardor. Cuántas veces te ríes al ver sufrir al Quijote, por sus majaderías y estupideces; pero siempre llega un momento en que ya no lo podemos soportar más. Y nos enfadamos con Cervantes, porque lo consideramos cruel. El Quijote no merece sufrir así. Porque su locura es la locura de todo el que quiere ser mejor y superar la cotidiana mediocridad del mundo que le rodea. Hasta Nietzsche, furioso azote de compasivos y misericordiosos, se enfadó con Cervantes por ese exceso de humillación del Quijote. Y esa victoria del Quijote sobre su autor, acaba siendo la victoria de la mejor parte del alma de Cervantes sobre su propio resentimiento.

Thomas no dijo nada más. Iván permaneció en silencio.

Las nubes ya se habían adueñado completamente del cielo. Empezaba a llover.

Iván se giró un momento hacia atrás: la mirada de José se perdía, vagabunda, entre las piedras del camino.

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