FIDELIDAD

por El Responsable

Unos golpes en la puerta de su habitación despertaron a Fernando. La luz de la luna llena proporcionaba contornos exiguos a los objetos. Se levantó y abrió la puerta. Asier, el mayordomo de la casa, apareció ante él con rostro serio. Fernando tomó aire.

-¿Otra vez? -preguntó.

El sirviente asintió.

Fernando cogió una bata y salió de su habitación. Asier se quedó de pie, junto a la puerta, viendo cómo se alejaba; después se acercó a la ventana del pasillo y fijó su mirada en algo que estaba ocurriendo fuera de la casa.

Fernando salió al Jardín de Árboles que se encontraba en la parte posterior. Había sido construido por uno de los primeros señores de Simou, no mucho tiempo después de la Caída. Los trancos firmes de Fernando hicieron revolotear la hojarasca otoñal que se acumulaba en el suelo.

La presencia de los robles le anunciaron que estaba llegando a su destino. Tras estos, un inmenso castaño se elevaba sobre un claro en el que la luna iluminaba una lápida, haciéndola brillar como si fuera de plata. Y allí postrado, rodeado por los erizos abiertos de las castañas ya maduras, encontró a su señor, Santiago, llorando e hipando mientras sostenía en una de sus manos una botella vacía de vino.

Fernando se detuvo un momento. Su rostro permanecía inmutable.

El señor de hombres se giró y lo vio.

-Mi fiel Fernando… -dijo, en un sollozo lastimero-. ¿Por qué me sigues siendo fiel, Fernando?

El caballero se acercó y trató de levantar a su señor.

-¡No, no!… -se negó Santiago-. No merezco tu ayuda, no merezco nada…

Fernando dejó de intentarlo y vio cómo Santiago se arrastraba por la tumba, hasta apoyarse sobre la lápida. Soltó entonces la botella, que rodó sobre la piedra hasta caer al suelo, y con la mano libre empezó a acariciar las letras talladas.

-No merezco seguir vivo, Fernando… -gimió.

Fernando no cambió su expresión.

-Eso no está en su mano decidirlo, señor.

Santiago se giró, clavando en su vasallo unos ojos dementes.

-¡¿Ah, no?! ¡¿Ah, no?! -volvió a coger la botella, la rompió sobre la tumba, y con el casco roto amenazó con cortarse el cuello-. ¿Y qué puede hacer Dios contra mi mano? ¡¡Dime!! ¿Qué puede hacer Dios ahora mismo contra mi mano?

Fernando no se movió. Segundos después, Santiago soltó el casco roto, y, sollozando, volvió a sentarse junto a la lápida.

-Soy un cobarde, soy un cobarde… -repetía-. Soy incapaz de impartir justicia, cuando el culpable soy yo…

-Dios ya le ha perdonado, señor.

Santiago fulminó a Fernando con la mirada.

-¿Y tú que sabes? -gritó-. ¿Qué paz puede traer la mera confesión tras este crimen?

Santiago señaló con ambas manos la tumba, de pie sobre ella.

-Aún son visibles los efectos de la Caída, del Segundo Diluvio… -continuó-. ¡Y nosotros, los mejores de entre los hombres de Dios, somos capaces de hacer esto! ¡¡¡Esto!!!

Fernando bajó la mirada un momento.

-Pero Dios nos va a volver a castigar, sí señor -insistió Santiago, con los ojos muy abiertos, sin parpadear-. Ya está preparando otro diluvio de mierda y dolor para castigarnos. ¡Y yo soy el culpable! ¡Yo, nacido y criado para ser ejemplar, para guiar hombres, para impartir justicia divina!

Dirigió su mirada a Fernando. Se fue acercando a él, lentamente, con gesto angustiado.

-¿Cómo os voy a guiar yo, Fernando, entre el dolor que se avecina? ¿Cómo?

Fernando miró a su señor fijamente a los ojos.

-Cumpliré sin dudar cualquier orden que me dé, mi señor Santiago -dijo el vasallo, seco-. Porque tengo la certeza de que cualquier orden que me dé será justa y adecuada a los mandamientos de Dios.

Santiago desvió la mirada, titubeante y afligida.

-Y si la Divina Providencia tiene a bien reclamar mi vida en los acontecimientos que se aproximan -continuó Fernando- no podré gozar alegría mayor que morir a su servicio, mi señor.

Santiago volvió a mirar a su caballero a los ojos. Fernando le sostuvo la mirada.

Santiago se giró un momento hacia atrás, hacia la tumba. Enderezó su espalda, bajó la mirada y apoyó una mano en el hombro de Fernando.

-Ayúdame a limpiar esto, por favor -pidió Santiago-. Y después regresaremos a nuestras habitaciones.

-Por supuesto, mi señor.

Bajo el claro de luna, vasallo y señor se pusieron a recoger cristales rotos.

Y del castaño cayó otro erizo, sobre la tumba; y el fruto que guardaba rodó, liberado por la caída, hasta la base de la lápida.

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