El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

JUST A CAR CRASH AWAY

El señor de la Casa de Rilo rezaba el rosario de rodillas, frente a la ventana de su habitación, con la mirada anclada en el horizonte.

Oyó el ruido apurado de pasos en la madera del pasillo, así que no le asustó el portazo que su hija Frances dio al entrar en el cuarto. Dejando escapar el aire lentamente de sus pulmones, se puso de pie sin demasiada prisa y se giró. Un par de miembros de su guardia personal le miraban desde el pasillo con cara de sorpresa y sin saber qué hacer. Con un gesto, Xoán les ordenó que cerraran la puerta y les dejaran solos.

Frances miraba a su padre con rostro iracundo, resollando nerviosa. Xoán esperó a que su hija dijera algo.

-Acabo de dejar en mi habitación al padre de mi hija, despidiéndose de ella -empezó Frances, manteniendo controlado el volumen de su voz con un gran esfuerzo de voluntad-, porque, al parecer, tú le has dado permiso para irse con Joan en su delirante expedición suicida.

Xoán se quedó mirando a su hija, con expresión de no entender qué veía ella de extraño en lo que le había contado.

-¿De repente has decidido deshacerte de todas las personas que suponen un incordio y una mácula en tu piadosa y devota casa? -preguntó Frances, elevando la voz.

Xoán se acercó a su hija en dos pasos rápidos. Consiguió dominar a tiempo su mano, que ya estaba preparada para abofetear a Frances.

-¡Sí, venga, padre! ¡Pégame! -gritó Frances-. Siempre ha sido tu única respuesta a todos los problemas.

Xoán bajó la mirada e inspiró profundamente. Volvió a mirar fijamente a su hija, antes de hablar.

-Frances, todos estos años dando vueltas por el mundo que tanto deseabas conocer no han servido para nada, al parecer; no has aprendido nada; sigues echando en cara a los demás lo que sólo tus impulsivas acciones provocan -Xoán hizo una pausa-. Si realmente quieres que Ramiro de Mar, un hombre de los pies a la cabeza, al que admiro profundamente y por el que ya siento un gran cariño y respeto; si quieres, digo, que el padre de tu hija permanezca con nosotros, sólo tú puedes hacer que tal cosa ocurra.

Frances cerró la boca, tensas las mandíbulas, y siguió mirando a su padre con enojo. Pero permaneció callada.

-Yo, hija mía, me siento incapaz de negar a un hombre de su calidad la posibilidad de vivir una existencia digna, acorde con todo aquello en lo que cree.

-¿También actuaba acorde con todo aquello en lo que cree cuando me dejó preñada? -contestó Frances, visiblemente alterada.

Su padre no pudo evitar sonreír y miró a su hija con los ojos muy abiertos.

-Yo pensaba que tú prácticamente lo habías violado…

Frances se agarró las manos y se dio la vuelta.

Xoán suspiró.

-Frances, ese hombre te ama. Y tú quieres obligarle a vivir una vida insoportable…

-¡Yo no quiero eso! -gritó Frances, dándose la vuelta-. Quiero que disfrute de su hija tanto como yo. Y que ayude a educarla…

-¿Y cómo va a hacer eso, Frances, si ni siquiera puede entrar cuando quiere en la habitación de su hija, que es la tuya, porque antes ha de pedirte permiso, no vaya a ser que no estés visible? ¿Cómo te sentirías tú en su lugar? ¿Cómo te sentirías viviendo en una casa ajena, dudando de tu autoridad como padre, sintiendo que vives de prestado? -Xoán elevó el tono de su voz-. ¿Cómo vivir bajo el mismo techo de la persona a la que amas, con la que compartes una de las cosas más sagradas que puedes compartir con alguien, un hijo, sin desesperar a cada minuto, sin volverte loco, porque ni siquiera puedes acariciar a esa persona? -la mirada de Xoán se perdió por unos momentos en un punto invisible.

-¿Y por eso le tienes que dar permiso para correr hacia su muerte? -preguntó Frances, con lágrimas en los ojos.

Xoán miró a su hija con honda tristeza.

-Qué más quisiera yo, Frances, que manteneros a todos vosotros aquí, a salvo bajos mis alas. ¿Qué otra cosa quiere un padre? Pero no puedo obligar a hombres hechos y derechos, perfectamente conscientes de las decisiones que están tomando, a vivir como niños por el resto de sus vidas. Han escogido el honor y la gallardía. Y ante tal decisión sólo puedo callar. Por más que me duela. Por más que sepa que quizá no vuelva a verles jamás -Xoán hizo una pausa-. Que quizá no vuelva a ver a mi hijo…

Frances vio cómo rebosaban los enrojecidos ojos de su padre y un par de surcos húmedos se iban abriendo paso a través de las arrugas de su rostro.

-Padre… -susurró Frances, acercándose a él, y acariciándole la cara, limpiándole las lágrimas, mientras ella seguía llorando-. Padre, lo siento mucho. Siento mucho haberte hecho daño. Siento mucho haberme marchado como lo hice. Siento mucho todo… todo.

Xoán abrazó a su hija y le besó la frente con ternura melancólica.

-Pobre Ramiro, Frances, pobre Ramiro… -susurró-. No podías haber elegido mejor hombre como padre de mi nieta. De verdad que no. Qué pena, qué pena, Señor…

-Lo sé, padre -respondió Frances, sollozando-. Pero no me puedo casar con él, padre. No le amo -Frances se ahogaba-. Y no creo que pueda amar nunca a un hombre… A ninguno…

Xoán apartó un poco a su hija y la miró con gesto extrañado.

Pero antes de que pudiese preguntar nada, Frances le besó en la mejilla y se fue corriendo de la habitación.

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FIDELIDAD

Unos golpes en la puerta de su habitación despertaron a Fernando. La luz de la luna llena proporcionaba contornos exiguos a los objetos. Se levantó y abrió la puerta. Asier, el mayordomo de la casa, apareció ante él con rostro serio. Fernando tomó aire.

-¿Otra vez? -preguntó.

El sirviente asintió.

Fernando cogió una bata y salió de su habitación. Asier se quedó de pie, junto a la puerta, viendo cómo se alejaba; después se acercó a la ventana del pasillo y fijó su mirada en algo que estaba ocurriendo fuera de la casa.

Fernando salió al Jardín de Árboles que se encontraba en la parte posterior. Había sido construido por uno de los primeros señores de Simou, no mucho tiempo después de la Caída. Los trancos firmes de Fernando hicieron revolotear la hojarasca otoñal que se acumulaba en el suelo.

La presencia de los robles le anunciaron que estaba llegando a su destino. Tras estos, un inmenso castaño se elevaba sobre un claro en el que la luna iluminaba una lápida, haciéndola brillar como si fuera de plata. Y allí postrado, rodeado por los erizos abiertos de las castañas ya maduras, encontró a su señor, Santiago, llorando e hipando mientras sostenía en una de sus manos una botella vacía de vino.

Fernando se detuvo un momento. Su rostro permanecía inmutable.

El señor de hombres se giró y lo vio.

-Mi fiel Fernando… -dijo, en un sollozo lastimero-. ¿Por qué me sigues siendo fiel, Fernando?

El caballero se acercó y trató de levantar a su señor.

-¡No, no!… -se negó Santiago-. No merezco tu ayuda, no merezco nada…

Fernando dejó de intentarlo y vio cómo Santiago se arrastraba por la tumba, hasta apoyarse sobre la lápida. Soltó entonces la botella, que rodó sobre la piedra hasta caer al suelo, y con la mano libre empezó a acariciar las letras talladas.

-No merezco seguir vivo, Fernando… -gimió.

Fernando no cambió su expresión.

-Eso no está en su mano decidirlo, señor.

Santiago se giró, clavando en su vasallo unos ojos dementes.

-¡¿Ah, no?! ¡¿Ah, no?! -volvió a coger la botella, la rompió sobre la tumba, y con el casco roto amenazó con cortarse el cuello-. ¿Y qué puede hacer Dios contra mi mano? ¡¡Dime!! ¿Qué puede hacer Dios ahora mismo contra mi mano?

Fernando no se movió. Segundos después, Santiago soltó el casco roto, y, sollozando, volvió a sentarse junto a la lápida.

-Soy un cobarde, soy un cobarde… -repetía-. Soy incapaz de impartir justicia, cuando el culpable soy yo…

-Dios ya le ha perdonado, señor.

Santiago fulminó a Fernando con la mirada.

-¿Y tú que sabes? -gritó-. ¿Qué paz puede traer la mera confesión tras este crimen?

Santiago señaló con ambas manos la tumba, de pie sobre ella.

-Aún son visibles los efectos de la Caída, del Segundo Diluvio… -continuó-. ¡Y nosotros, los mejores de entre los hombres de Dios, somos capaces de hacer esto! ¡¡¡Esto!!!

Fernando bajó la mirada un momento.

-Pero Dios nos va a volver a castigar, sí señor -insistió Santiago, con los ojos muy abiertos, sin parpadear-. Ya está preparando otro diluvio de mierda y dolor para castigarnos. ¡Y yo soy el culpable! ¡Yo, nacido y criado para ser ejemplar, para guiar hombres, para impartir justicia divina!

Dirigió su mirada a Fernando. Se fue acercando a él, lentamente, con gesto angustiado.

-¿Cómo os voy a guiar yo, Fernando, entre el dolor que se avecina? ¿Cómo?

Fernando miró a su señor fijamente a los ojos.

-Cumpliré sin dudar cualquier orden que me dé, mi señor Santiago -dijo el vasallo, seco-. Porque tengo la certeza de que cualquier orden que me dé será justa y adecuada a los mandamientos de Dios.

Santiago desvió la mirada, titubeante y afligida.

-Y si la Divina Providencia tiene a bien reclamar mi vida en los acontecimientos que se aproximan -continuó Fernando- no podré gozar alegría mayor que morir a su servicio, mi señor.

Santiago volvió a mirar a su caballero a los ojos. Fernando le sostuvo la mirada.

Santiago se giró un momento hacia atrás, hacia la tumba. Enderezó su espalda, bajó la mirada y apoyó una mano en el hombro de Fernando.

-Ayúdame a limpiar esto, por favor -pidió Santiago-. Y después regresaremos a nuestras habitaciones.

-Por supuesto, mi señor.

Bajo el claro de luna, vasallo y señor se pusieron a recoger cristales rotos.

Y del castaño cayó otro erizo, sobre la tumba; y el fruto que guardaba rodó, liberado por la caída, hasta la base de la lápida.

Quod Vidimus

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The Wanderer

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En Compostela

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De libros, padres e hijos

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A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester

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Blog de Literatura. Grandes encuentros

Al Servicio de su Majestad

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