LA TEOLOGÍA, SIERVA DE LA LITERATURA

por El Responsable

El otoño parecía haber llegado también a Atenas. Lope observaba llover sobre los campos de la inmensa finca de Adonis, desde el amplio salón en el que se encontraban todos reunidos. Una bellísima esclava mulata de ojos verdes, que difícilmente alcanzaba los veinte años de edad, se acercó al gigante para ofrecerle bebida. Lope rehusó con un movimiento de cabeza y una fugaz sonrisa, devolviendo de forma casi instantánea la mirada a los campos empapados.

La muchacha se acercó entonces hasta el sofá donde se sentaban José e Iván, que conversaban con Peras. Los tres aceptaron la invitación y cogieron un vaso de la bandeja; Peras con una leve sonrisa, Iván tratando de no mirar demasiado fijamente a la joven, José mirándola con gozosa admiración; y la siguió mirando mientras la muchacha se alejaba de ellos, en dirección al sofá más cercano a la chimenea, donde hablaban, con rostro serio, Abraham, Thomas y Adonis. Ninguno de los tres quiso beber, así que la esclava se retiró del salón, bajo la atenta y tenaz mirada de José. Cuando ya resultó imposible seguir mirándola, José volvió a hacer caso a lo que Peras estaba diciendo.

-…así que, aunque reconozco que también me gusta leer buenas novelas (y algunas novelas, por supuesto, son de lectura obligatoria, incluso para un filósofo), yo creo que la abstracción propia del lenguaje filosófico es más… adecuada, para expresar la verdad. Por eso la filosofía puede ser sierva de la teología. Cosa que nunca se ha dicho de la literatura.

Iván se quedó callado, sopesando lo que acababa de oír. José hizo un gesto de burla, antes de darle un buen trago a su vaso.

-¿No está usted de acuerdo, don José? -preguntó Peras, que había visto su mueca.

-Dios santo, si me vuelves a llamar don José, me echaré a correr desnudo bajo la lluvia, exigiéndole al cielo a voz en grito que me parta un rayo… -respondió José-. Y no, no estoy de acuerdo. Como no lo está tu propia religión, cuyo fundamento es, precisamente, una novela. No otra cosa son los Evangelios. Así que no, la literatura no puede ser sierva de la teología, porque, de hecho, la teología es sierva de la literatura.

Iván sonrió al escuchar a José y miró a Peras, que no parecía tener respuesta a lo que acababa de oír.

-¿Está usted…? Perdón… ¿Estás diciendo que la religión es un puro cuento? -acertó a preguntar Peras, tras unos momentos de duda.

-No con tono peyorativo, aunque yo no crea en ese cuento como parecéis creer todos vosotros -respondió José-. Tú has dicho que el abstracto lenguaje filosófico es más adecuado para expresar verdades que la mera literatura. Yo lo que te digo es que no hay obra filosófica que se pueda acercar a quinientos estadios a la redonda de la potencia de verdad que puede albergar una buena obra literaria.

Peras no parecía demasiado convencido, así que José continuó.

-Tú puedes tratar de explicarle a alguien lo que es el bien y lo que es el mal, qué tiene que hacer, qué no tiene que hacer… que si tienes que obrar como si la máxima de tu voluntad pueda servir como ley universal y todas esas patochadas… Yo te reto a que compares cualquier definición filosófica de imperativos categóricos con la narración del Evangelio de San Juan sobre la mujer adúltera -José se quedó callado un momento y bajó la mirada hasta la mano que sujetaba el vaso, reposada sobre el cojín del sofá-. Desde mi punto de vista, esa narración es literatura total. Y, por lo tanto, total verdad. Ese dios, que se agacha, aburrido del barullo inquisidor de los expertos en la ley, y se pone a escribir relajadamente en el suelo. Es el único momento de los Evangelios en que le vemos escribir. Pero no sabemos lo que ha escrito, no conocemos la literalidad de su respuesta. Ni siquiera podemos tener claro que sea una respuesta a los expertos en la ley. Quizá, simplemente, se está entreteniendo, ignorando el alboroto de esas personas tan doctas. Y al final, las palabras que dice… -la mirada de José se quedó fija en un punto invisible-. Y uno nota, uno sabe, como sabe que el sol está ahí cuando lo ve en medio del firmamento, que esas palabras son… otro sol; uno que existe en el mismo centro del universo, pero que nunca se apagará, así pasen todos los siglos del mundo. Con el majestuoso sosiego que sólo puede tener el que todo lo sabe, porque él mismo ha dictado las reglas del juego, aplasta con un susurro de verdad todo el vocerío de los leguleyos de la moral. Y, graciosamente despistado de lo que ocurre a su alrededor, se levanta sorprendido de que los amantes de los códigos penales hayan hecho caso de una ley cuyas palabras puede borrar el simple paso del viento, escrita como está en la humilde arena del suelo. Y le dice a la mujer, cara a cara, que lo vuelva a intentar otra vez, sin hacer trampas -José se llevó el vaso a la boca y le dio otro trago-. Sólo un dios puede escribir literatura de ese nivel. Y para escribir a ese nivel, los dioses saben que sólo la literatura funciona. Porque la abstracción de los conceptos, en su borrado de los rostros concretos e individuales que aman, sufren y pecan, es el principio de todas las mentiras.

José volvió a bajar la mirada, junto con el vaso. Peras era incapaz de responder nada. Iván miraba fijamente a José, como si estuviese adivinando un secreto.

También Lope miraba a José, pues había escuchado lo que había dicho. Las miradas de ambos se cruzaron; antes de volver a separarse, un par de segundos después, como si una vergüenza común les impidiese mirarse demasiado rato a los ojos.

En el silencio que habían provocado las palabras de José, se hizo presente la otra conversación.

-…aún falta medio año para el inicio del Concilio -decía Adonis-, así que pueden permanecer en mi casa todo el tiempo que consideren necesario.

-Se lo agradezco mucho -dijo Abraham-, pero, visto lo visto, me preocupa la situación en la que pueda quedar Atenas tras las elecciones de este fin de semana. No quiero arriesgarme a que el Maestro se quede en una ciudad con tantos aspirantes a asesinos, en estado de preguerra civil. De hecho, tampoco le recomendaría a ustedes que se quedaran aquí.

Thomas miró con gesto preocupado a Adonis.

-Tiene usted toda la razón, es mejor que saquen lo antes posible al Maestro de la ciudad -dijo Adonis-. En cuanto a mí, mi sitio está aquí, pase lo que pase. Aunque quizá sea adecuado que mi sobrino Peras vuelva durante una temporada a casa de sus padres -añadió, mirando un momento hacia el otro sofá-. ¿Cómo piensan viajar?

-Creo que dejaremos aquí la furgoneta y, si fuere posible, le compraremos unos caballos -dijo Abraham-. Haremos el viaje sin prisa, tratando de alejarnos de las vías más concurridas.

-Cuidaremos de su furgoneta; y pueden coger todos los caballos que necesiten de mis cuadras -ofreció Adonis.

-Considere entonces la furgoneta como un trueque por los caballos y quedaremos en paz -respondió Abraham.

Adonis aceptó con un movimiento de cabeza.

-Aunque los negocios ya no van tan bien como solían, unos caballos no significan mucho problema para esta casa -añadió, sonriendo-. Por supuesto, también les proporcionaremos comida y otras cosas necesarias para el viaje.

Abraham agradeció a Adonis su ofrecimiento. Y se giró con gesto de sorprendido enojo al escuchar la pregunta que José lanzaba desde su sillón.

-¿Los esclavos ya no trabajan como solían?

Todos miraron a José con los ojos muy abiertos. Lope suspiró. Iván se llevó la mano a la boca y se la estrujó. A Thomas se le dibujó una sonrisilla fugaz.

Adonis miró a José con rostro serio.

-Quizá alguno de mis esclavos fuera cazado por usted -respondió.

José sonrió al escuchar la respuesta.

-Ciertamente, los cristianos dejamos mucho que desear -dijo; y levantando su copa, añadió-. Pero que nunca nos falte un poco de alcohol para ahogar los quejidillos de nuestra conciencia. O un mucho.

Abraham se levantó, caminó un par de pasos, y desde el centro del salón se dirigió a José.

-Te exijo que pidas perdón ahora mismo a nuestro anfitrión.

José y Abraham se miraron. Segundos después, José dejaba el vaso en la mesa, se ponía de pie, y se acercaba hasta el lugar donde se sentaba Adonis.

-Le ruego encarecidamente que acepte mis disculpas -dijo José-. Mi falta de educación no tiene excusa.

-Y yo le ruego que disculpe mi destemplada respuesta -dijo Adonis, a su vez-. Soy el menos adecuado para juzgar la forma en que otros se ganan la vida.

Ambos inclinaron la cabeza. José miró a Abraham y salió del salón.

Lope se dio la vuelta para mirar de nuevo cómo llovía, mientras dejaba escapar otro suspiro.

Advertisements