HUIR

por El Responsable

Patricia desayunaba sin ganas cuando su madre entró en la cocina.

-Buenos días, hija -saludó, de buen humor-. ¿Y esa cara? ¿Mala noche?

Patricia negó con la cabeza y se quedó mirando su tazón de leche, sin decidirse a llevárselo a la boca.

La criada entró en la cocina y le preguntó algo a su jefa. Patricia no les prestó atención. La mujer se fijó entonces en la muchacha y se acercó a ella.

-¿Se ha quedado fría la leche, señorita? -preguntó con voz dulce-. ¿Quiere que se la caliente?

-No, Thomasine, gracias -respondió Patricia-. Es que no tengo mucha hambre.

-Mmm -refunfuñó la mujer-. Usted lee demasiado, señorita; tiene que estudiar menos por las noches y dormir más. Tanto leer la está poniendo melancólica.

La Primera Magistrada comía una manzana, mientras observaba divertida la regañina de su criada a su hija.

-¿Es eso cierto, Patricia? -preguntó su madre, con una sonrisa pícara en la cara-. ¿Estás melancólica? ¿No te habrás enamorado?

Thomasine miró a Patricia con un gesto de sorpresa. Pero la cara de la muchacha daba a entender que el comentario de su madre le parecía una soberana tontería.

-Mamá, intenta no comportarte como una de esas madres de las obras de teatro para adolescentes…

La Primera Magistrada torció su sonrisa y tiró el resto de la manzana a la basura.

-Me voy -dijo, tras limpiarse las manos-. Tengo un estado libre que liderar.

Se acercó a su hija, le apretó juguetona la cara entre sus manos, y le dio un beso en la frente. Patricia no cambió su gesto taciturno.

Cuando sonó la puerta de la calle al cerrarse, Patricia seguía con la mirada sumergida en la leche.

-No me puedo creer que una muchacha inteligente y bella como usted no empiece cada día con ganas de comerse el mundo, señorita -comentó Thomasine, mientras se preparaba para empezar a planchar-. Si yo hubiese tenido de joven las oportunidades que usted tiene, creo que no podría dejar nunca de sonreír.

Patricia se quedó mirando a su criada, una mujer de unos sesenta años, cuyo rostro aún mostraba una vitalidad envidiable. Llevaba el pelo gris recogido en un pañuelo y vestía completamente de negro, en recuerdo de su difunto marido.

-¿Tan aburrido era vivir en la Casa de Penn Ar Bed? -preguntó Patricia, que apoyaba la cabeza lánguidamente sobre la mano derecha, mientras trataba de desmenuzar migas en la mesa con una uña de su otra mano.

Thomasine se mostró un poco sorprendida por la pregunta; no era un tema de conversación común en aquella casa.

-La única gran emoción que sentí durante los años que viví allí me la produjo el momento en que me marché -respondió la criada-. No es fácil vivir sabiendo exactamente, desde que tienes conciencia, cómo va a ser el resto de tu vida. El aburrimiento también puede matar.

Patricia se quedó pensando en las palabras de Thomasine. Una miga se partió en pedazos bajo su dedo.

-¿La señorita no tiene ningún sueño que perseguir? -preguntó la criada-. Por Dios, si tiene usted toda la vida por delante. Tantas cosas por hacer, por descubrir.

Patricia se echó hacia atrás en la silla y se apoyó en el respaldo, al tiempo que se cruzaba de brazos.

-Sí, el mundo está lleno de diversiones… -comentó Patricia con la mirada perdida.

-Y no sólo diversiones -dijo Thomasine-. También hay muchas cosas por las que luchar. ¡Mire a su madre! Todo lo que está haciendo por la Unión, por todos nosotros. Para mí es un auténtico honor trabajar para ella.

Patricia resopló, como si de repente se sintiese agotada.

-Sí, así se divierte mi madre -dijo-. Otros hacen deporte, salen a bailar por las noches… Mi madre se entretiene siendo poderosa.

A Patricia le hizo gracia su propio comentario y dejó escapar un bufido con aspiraciones a risa.

-Su madre es un ejemplo para todas las mujeres del mundo -dijo Thomasine, un poco enfadada.

Patricia se levantó de la mesa y abandonó la cocina sin despedirse de la mujer.

Como no tenía clase hasta la tarde, decidió salir a pasear por el centro de Nan. Las calles estaban atestadas de gente, coches y carros, caballos y mulas. Los vendedores de periódicos gritaban sus titulares en una tensa competencia por el espacio sonoro; casi todos hacían referencia a la futura guerra. El barrio financiero de Nan, sin embargo, no parecía sentir demasiado temor ante las funestas perspectivas ofrecidas por la prensa; o quizá precisamente por lo que ésta presagiaba, la atmósfera era más febril, si cabe, entre los trabajadores de los grandes bancos y corporaciones de la Unión. Toda la maquinaria de la sociedad de Nan parecía en efervescencia, dispuesta, incluso con alegría, a encarar los escollos sin ningún miedo a la derrota.

Patricia no era impermeable a ese entusiasmo colectivo y empezó a sentirse menos apagada según avanzaba por las calles, sorteando excrementos de caballo y coches atascados.

Por fin llegó hasta su destino, la librería La Thrace. Al entrar, como siempre, penetró en una nube de incienso y tabaco de Latakia. Humbert, el dueño, fumaba y leía sentado tras el mostrador. Saludó a Patricia con una cálida sonrisa y continuó leyendo. Un par de personas más se encontraban en ese momento en el interior de la librería, investigando entre sus anaqueles; subiendo por las escaleras de caracol hacia las estanterías superiores, que se elevaban hasta el alto techo amarillo.

Patricia se sumergió en aquel pequeño universo de caoba y empezó a pasear la mirada por los lomos y las portadas, fijándose en las últimas novedades, acudiendo a su cita inicial con la sección de Historia, para acabar escudriñando hasta el último rincón de la librería.

Tras el primer reconocimiento general, Patricia regresó a la sección de Historia, y cogió un libro.

-Magnífica elección -dijo una voz-. Pero no se lo diré a Michel, porque odia a ese historiador: son compañeros de departamento en la Facultad. Y seguro que le entristecería saber que a su alumna favorita le resulta interesante.

Patricia descubrió a Ramos-Hollande junto a ella. La muchacha sonrió y saludó al escritor.

-¿Me permites regalártelo? -dijo Peter.

-Oh, no, por favor, no es necesario… -protestó Patricia.

-Mejor aún, si no hay necesidad -replicó el escritor-. Así no lo entenderás como un favor que estás obligada a devolver. A pesar de lo cual, aceptaré encantado cualquier invitación a café y cruasanes que me puedas hacer en los próximos instantes.

-Por supuesto, profesor -dijo Patricia, divertida.

-Fantástico; paguemos, pues, y vayamos a por ese café.

Patricia salió a la calle con el libro regalado bajo el brazo, acompañada de Ramos-Hollande. Se había levantado un viento frío, que agitaba el largo flequillo del escritor.

-Este otoño viene especialmente invernal, por lo que se ve -comentó burlón-. Pero conozco un sitio magnífico para estos casos. Seguro que ya tienen la chimenea encendida.

Efectivamente, en el Café Aurore ya habían encendido la chimenea. Patricia pudo sentir el agradable olor de la madera ardiendo, antes de notar cómo su cuerpo se caldeaba rápidamente. Se sentaron en dos mullidos sillones, uno enfrente del otro, junto al fuego. Un camarero de uniforme les tomó nota y no tardó en volver con sus cafés y los cruasanes. Ahora Patricia sí sentía apetito.

La conversación comenzó por las clases en la Universidad, mostrando Ramos-Hollande especial interés por los profesores que tenía Patricia. A su vez, el escritor le habló a ella de algunos alumnos que le estaban sorprendiendo gratamente por su inteligencia y talento para la escritura. La conversación continuó en el ámbito de la literatura y tomó un pequeño desvío a través de los viajes que cada uno había hecho o quería hacer.

Finalmente, fue necesario hacer un descanso, que ambos se tomaron de la misma manera: posando la mirada en la danza del fuego.

-¿Crees que la Unión vencerá a Penn Ar Bed? -preguntó de repente Patricia, sin desviar la mirada de las llamas.

-Por supuesto -respondió Peter-. ¿Qué diablos puede hacer una aldea neolítica contra un estado industrial?

Patricia dejó de mirar el fuego y bajó la mirada hasta el suelo. Peter la observó con interés.

-No parece producirte demasiada alegría mi profecía -comentó el escritor.

-No parece producirme demasiada alegría nada -dijo Patricia, elevando las cejas-. Todo el mundo a mi alrededor parece entusiasmado por vivir en la Unión, en este preciso momento histórico, con tantos retos interesantes por los que luchar.

-¿Todo el mundo? -preguntó Ramos-Hollande.

-Salvo vosotros… -respondió Patricia, sonriendo.

El escritor también sonrió.

-¿Qué buscas, Patricia?

-No lo sé. Sólo sé que no busco… todo eso.

Ramos-Hollande se quedó un momento callado, mirando a Patricia, que volvía a dejarse hipnotizar por el fuego.

-Es realmente un momento formidable para los habitantes de la Unión, Patricia -dijo Peter-. Forman parte de un estado joven, repleto de energía; repleto de un montón de personas ansiosas de poder, gloria y dinero. Y, aunque la Unión está rodeada de enemigos, éstos son más bien ridículos. Quizá todos juntos puedan suponer algún tipo de problema, pero no durante mucho tiempo. La Unión ha apostado al caballo ganador. Antes que nadie. Así que vencerá.

-Pero, ¿es bueno que la Unión venza? -preguntó Patricia.

Ramos-Hollande no pudo evitar sonreír al oír la pregunta.

-¿Te hago gracia? -Patricia parecía enojada-. ¿Sólo digo tonterías?

-Por supuesto que no, Patricia. Haces exactamente las preguntas que han de hacerse.

Patricia miró al escritor con gesto dubitativo, sin saber si hablaba en serio.

-El mundo ya se precipitó una vez en el abismo, montado en el mismo caballo ganador -continuó Ramos-Hollande-. No parece que hayamos aprendido demasiado de aquello. Aquí estamos, repitiendo los mismos errores.

-Pero, ¿qué hacer, entonces? ¿Cómo evitarlo? ¿Cómo… cómo salir de… esto?

A Patricia le costaba encontrar las palabras. Tenía la sensación de que era incapaz de hacerse entender.

-Creo; insisto, creo, porque no tengo nada claro todo lo que te voy a decir; creo, pues, que la única rebelión coherente contra el mundo actual es negarse a ser productivo, en la medida de lo posible. Es decir: hay que obligarse a ser un fracasado. Lo que toda la gente a nuestro alrededor entiende que es fracasar: o sea, no tener éxito. No tener mucho dinero, no tener mucho sexo, no tener mucho poder. Que no te conozca todo el mundo. No buscar la admiración de todo el mundo. Amar a unos pocos seres; porque sólo unos pocos seres podrán ser atendidos adecuadamente por ti. Limitarnos voluntariamente, para potenciarnos en los que están más cerca de nosotros. Huir de la fama, huir de la gloria. Huir de las largas distancias. Huir de los grandes destinos. De los grandes negocios, de las grandes batallas. Huir, nada más. Huir, con aquellos que amas.

Patricia miraba a Ramos-Hollande con los ojos muy abiertos. Profundamente sorprendida de escuchar lo que había escuchado, como si la burbujeante lava de su alma hubiese encontrado un modo de salir al mundo y comunicarle lo que pensaba de él. No es simplemente que estuviera de acuerdo con el escritor; es que lo que acababa de decir era su exacta forma de ver las cosas.

Peter terminó su café, aunque ya se había quedado frío. Algo se removía aún dentro de Patricia.

-Pero, ¿no somos un poco ridículos? -preguntó al escritor-. Mi criada se fue de Penn Ar Bed hace veinticinco años, antes de que estuviese prohibido, y vive muy feliz trabajando para nosotros, orgullosa de su ciudadanía, alegre de que sus cuatro hijos hayan prosperado en Nan. ¿No somos ridículos con nuestras melancolías? ¿Cuántos seres humanos hay en el mundo que se cambiarían ahora mismo por nosotros, por vivir nuestras vidas?

-Por supuesto, hay millones -admitió Ramos-Hollande-. Hay millones dispuestos a ser millonarios, millones dispuestos a subir todo lo posible por la escalera del poder, millones dispuestos a follarse a otros millones. No digo que haya que abandonar la Unión. La Unión puede proporcionar la felicidad a muchos, como estoy seguro que también lo puede hacer una Casa, o una polis esclavista. Aquello de lo que hay que huir, Patricia, está en todas partes. Porque va con nosotros. Somos nosotros mismos. Lo que podemos llegar a ser, si no huimos constantemente del caos de nuestros deseos. Sólo la renuncia y el sacrificio nos permiten huir. Y sólo esta huida puede salvar al mundo.

Patricia se reclinó sobre el sillón, absorta en las palabras de Ramos-Hollande.

-El problema de la Unión, su caballo ganador -continuó el escritor-, es que este caballo ganador es, precisamente, desquiciar todos los deseos. Prometer a todo el mundo que ella puede otorgarles todos sus deseos, si están dispuestos a perseguirlos apasionadamente, locamente. Todo está a nuestro alcance. Todo es posible en la Unión. Nada te será vedado, nada te será prohibido. Basta desear algo para que este algo sea bueno. Toda la Unión es una máquina inmensa que trabaja con un único combustible: el deseo desatado. Por eso vencerá cualquier batalla, por eso es más fuerte que cualquier otra sociedad humana. Por eso no tiene rival -Ramos-Hollande hizo una pausa y se recogió el flequillo con una mano-. Por eso, quizá, acabe siendo el desencadenante del apocalipsis definitivo del ser humano.

-¿Qué esperanza queda, entonces? -musitó apenas Patricia.

-Sólo un dios puede salvarnos, me temo -respondió Peter, con una sonrisa apagada.

Los dos se quedaron callados durante un largo rato. El camarero se acercó, echó un par de maderos más al fuego y recogió su mesa.

-Venga, vamos a la Universidad -dijo Peter, levantándose-. Los dos tenemos faena esta tarde.

Patricia cogió el libro que le había regalado, se abotonó bien el abrigo, y salió a la calle tras el escritor.

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