VANAS ESPERANZAS

por El Responsable

Ramiro sintió el viento marino revolviendo en su cabello de color miel. Cerró los ojos y dejó que su imaginación le llevase de regreso a la infancia, a su cama, poco antes de quedarse dormido, mientras su madre le acariciaba la cabeza metiendo los dedos entre su pelo. Por un momento, creyó ser capaz de dormirse de pie, allí, al borde del acantilado.

Pero estos dedos que le acariciaban ahora eran fríos. Frío y otoñal viento marino.

Dirigió su mirada más allá del horizonte, como si fuese capaz de girar con la curvatura del planeta. En la Casa de Mar, ahora estará a punto de comenzar la primavera, pensó.

Bajó la mirada y se sorprendió al verse vestido de azul marino. Le habían dado un traje de guerrero de la Casa de Rilo. Pero aún le resultaba extraño verse en aquel color. En la Casa de Mar, los guerreros vestían de azul celeste.

-Todo es más oscuro -dijo para sí.

Siguió andando al borde del acantilado, mientras se fijaba en un par de barcos de pescadores que faenaban a unos cien metros de las rocas. Se quedó ensimismado observando los trabajos de aquellos hombres con la red que arrastraban entre ambas embarcaciones.

Ramiro despertó de su ensimismamiento al escuchar el sonido de caballos que se acercaban. Vio que se trataba de Joan y su madre, Aliénor. Se quedó parado, esperando su llegada. Al detener los caballos, Ramiro los saludó con una reverencia, que ellos respondieron desde sus monturas, antes de poner pie en tierra.

-¿Nos permite acompañarle en su paseo o prefiere continuar en solitario? -preguntó la matriarca, con exquisita amabilidad-. Hemos salido a airearnos un poco y nos ha sorprendido ver una figura paseando tan cerca del acantilado; al acercarnos, hemos visto que era usted, y hemos querido ofrecerle nuestra compañía. Pero tampoco queremos molestarle, don Ramiro.

-No me molestan en modo alguno -respondió-. Aunque quizá mi espíritu no sea el más adecuado hoy para resultarles una compañía entretenida.

Aliénor sonrió con dulzura.

-Déjenos entonces que seamos nosotros los que le entretengamos -dijo-, aunque tampoco nuestros ánimos gozan de extraordinaria salud. Los tiempos están ciertamente desquiciados.

Ramiro asintió con la cabeza. Los tres caminaron juntos, los recién llegados sujetando las riendas de sus caballos; los cuales les seguían dócilmente, aprovechando cualquier alto para pacer las hierbas escasas del suelo.

-¿Es de su agrado la habitación que le hemos preparado? -preguntó Aliénor.

-Mucho -respondió Ramiro, forzando una sonrisa-. Las vistas son maravillosas.

-Quizá le recuerden su hogar -dijo la mujer.

-El horizonte parece igual siempre, ¿verdad? Lo mire uno desde donde lo mire… Así que, se puede decir que sí, a veces creo estar en la habitación de mi casa, al otro lado de este océano, mirando lo mismo que veo desde aquí… -Ramiro dirigió la mirada hacia el horizonte.

Joan bajó la cabeza, mientras Aliénor escrutaba el rostro del padre de su nieta.

-Juana es una niña preciosa -comentó Joan-. Espero que pueda disfrutar de su paternidad, a pesar de la situación.

Ramiro se giró y miró a Joan a los ojos.

-Disculpe mi brusquedad -continuó Joan-, sólo quería mostrarle mi sincera simpatía, en un momento que le debe de resultar, evidentemente, penoso. Hay pocas cosas más intensas en la vida de un hombre que la experiencia de ser padre y me gustaría que mi sobrina pudiera gozar de la presencia de un padre completamente feliz. Por desgracia, me temo que no es el caso.

Ramiro siguió mirando a Joan durante unos instantes, antes de bajar la mirada y continuar andando.

-Cuando las cosas no se hacen desde un principio como Dios manda -dijo Ramiro, sin dejar de mirar al suelo-, nadie se puede quejar de los resultados.

-La pasión fuerte es un cimiento débil -dijo Aliénor-. Pero, ¿hay acaso debilidad más propia de los hijos de Dios? Frances siempre ha querido vivir a lomos de sus pasiones. Por más vueltas que le he dado, y que seguramente le daré, nunca he llegado a saber cómo hemos podido criar una hija así. Pero es la voluntad de Dios y poco más hay que decir.

Aliénor se acercó a Ramiro y le tomó del brazo.

-Pídale paciencia a Dios -dijo la mujer- y manténgase al lado de ellas, todo lo que Frances le permita. Quizá algún día el corazón de mi hija entenderá…

-La verdad es que trato de no alentar vanas esperanzas -dijo Ramiro, mirando aún al suelo-, para poder centrarme mejor en mis obligaciones. Pero he de reconocer que, a pesar de todo, he sentido la paternidad como un fascinante, e inmerecido, regalo de Dios -y al decir esto se detuvo y miró a Joan a los ojos.

-Sin duda es un regalo -coincidió éste.

-Un hombre no sabe lo poca cosa que puede llegar a ser, hasta que es padre -continuó Ramiro-. La experiencia de ser padre, sobre todo durante estas edades tan tempranas del niño, forja el carácter de uno. El hijo y la madre demandan tanta atención que el ego del padre resulta casi completamente anulado. Es una experiencia formativa de primer orden para cualquier ser humano. Un camino de perfeccionamiento de tal potencia que es difícil encontrar algo parecido. No creo que sea casualidad la importancia que nuestra teología ha otorgado a la familia, a la paternidad, a la maternidad… a la filiación en general. Es la relación que el mismo Dios ha elegido tener con nosotros -Ramiro se quedó callado un momento antes de continuar-. Últimamente, estoy llegando a pensar que sólo el que tiene hijos puede entender realmente al Dios de los Evangelios…

-Creo que mi abuelo John estaría de acuerdo con usted -dijo Joan, sonriendo-. Se ordenó sacerdote cuando enviudó.

Ramiro se quedó pensativo. Aliénor le soltó y pidió ayuda a Joan para montar.

-Me temo que mis obligaciones hacen necesario que vuelva ya a la casa -dijo la matriarca-. ¿Quiere que le enviemos a buscar?

-Se lo agradezco, pero no es necesario -contestó Ramiro, sonriente-. Regresaré tranquilamente a pie.

-Nos veremos entonces en la cena -dijo Joan, también ya montado en su caballo.

Los tres se despidieron y Ramiro se quedó mirando cómo se alejaban los jinetes hacia la mansión de madera oscura. Buscó entonces con la mirada la habitación en la que estarían en ese momento Frances y su hija, aunque no tenía muy claro cuál podría ser.

Sin querer pensar más en ello, volvió a dirigir la vista hacia el mar. Los dos pesqueros seguían con su faena conjunta. Ramiro empezó a andar hacia la casa.

Tratando de no alentar vanas esperanzas.

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