El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Mes: Outubro, 2018

LOS ACANTILADOS MÁS VERTIGINOSOS

“Nuestras sociedades,

al huir del sufrimiento, lo negativo, el miedo, la impaciencia, lo trágico, la melancolía, el silencio, la penumbra, lo invisible,

desertan de las civilizaciones sublimes.

Se asustan ante los acantilados más vertiginosos, en el interior de las selvas más profundas. Rechazan las alegrías más angustiantes, las más anhelantes, las más bellas, que están siempre en el riesgo de pérdida y de muerte.”

Las sombras errantes, de Pascal Quignard; El cuenco de plata, 2014; pg. 135.

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CERVANTES, EL RESENTIDO

Abraham fue el primero en ver el mar Adriático, pero apenas le prestó atención. Enseguida tiró de las riendas para que su caballo encarase la cuesta abajo hacia el litoral. Gruesas pieles negras le protegían del frío viento que corría por las montañas que estaban atravesando. Al norte, unas enormes nubes oscuras empezaban a extenderse por el cielo.

El siguiente en pasar el alto fue Iván, que se sintió extraño al verse a caballo nuevamente sobre unos acantilados.

Tras él cruzaron, manteniendo cierta distancia entre sus monturas, Thomas y José. Lope cerraba la marcha y cuidaba del sexto caballo, que cargaba con buena parte de la comida.

Iván se cubrió la cabeza con la gruesa capucha de su abrigo y se giró para ver cómo se encontraba el anciano teólogo. Thomas no parecía sentir el frío, aunque su rostro reflejaba preocupación; Iván se retrasó un poco para cabalgar a su lado.

-¿Se encuentra bien, Maestro? -le preguntó.

A Thomas le costó salir de su ensimismamiento.

-Me gustaría saber cómo están las cosas en Atenas -admitió, sonriendo con amabilidad a Iván-. No dejo de tener la sensación de haber abandonado a mis amigos…

Iván guardó silencio y dirigió la mirada hacia el mar. Thomas observó al joven.

-¿Echas de menos tu casa, Iván? -preguntó el anciano.

-Sí, claro -respondió-. Pienso mucho en mi madre, sobre todo. Con todas estas noticias… -Iván fijó la mirada en las nubes-. Me inquieta ser un motivo más de preocupación para ella.

-Por lo que se cuenta de tu madre, no creo que sea una mujer frágil -comentó Thomas-. Sin duda es digna representante de la familia a la que pertenecéis.

Iván miró al anciano y sonrió levemente.

-Por lo que veo, usted conoce la historia de mi padre, Maestro -dijo Iván.

-Así es -confirmó Thomas, con rostro serio-. Naciendo en una familia como la tuya, me temo que uno está obligado a estar en boca de todos, aunque no lo quiera.

Iván no dijo nada y trató de prestar atención a lo que hacía su caballo.

-Es admirable, sin embargo, la alegría de tu espíritu, Iván -continuó el anciano-. Es la mejor prueba de lo especial que debe de ser formar parte de la Casa de Rilo.

Iván sonrió fugazmente.

-¿Sabes, Iván? A los cristianos se nos ha acusado en muchas ocasiones de ser una religión de resentidos -explicó Thomas-. Resentidos contra el mundo real por lo que no nos da, aspiramos a recibir nuestra recompensa en un mundo de fantasía al que sólo llegaremos si rechazamos en esta vida todo aquello que, en el fondo, realmente queremos.

-Eso suena a Nietzsche -dijo Iván, sin mirar a Thomas.

-¿Has leído a Nietzsche?

-Mi madre y mi bisabuelo John insistieron en ello. Pero no me gusta demasiado.

Thomas se quedó callado un momento, antes de continuar.

-Desde luego, es una lectura incómoda -admitió el teólogo-. Sobre todo para un cristiano. Pero también fundamental, me atrevería a decir. Un fuego que debemos atravesar. Porque el resentimiento es un peligro real de nuestra creencia. Sobre todo cuando uno se equivoca y cree en promesas que nuestro Dios nunca hizo. A Dios sólo le toca estar a la altura de lo prometido cuando muramos, no antes. Por eso no tiene demasiado sentido enfadarse con Él durante nuestro paso por este valle de lágrimas, por más que nos haga sufrir. Oh, pero nos puede hacer sufrir tanto, ¿verdad? Y, ¿cómo no echarle en cara ese sufrimiento a un todopoderoso dios de amor? Es precisamente eso, nuestra creencia en un dios que es amor, lo que nos hace tan susceptibles a los cristianos de convertirnos en unos resentidos.

-Como José -dijo Iván, en voz baja.

Thomas calló y miró a Iván, al que parecía molestar algo.

-Y si un hombre como José ha acabado así… -añadió Iván; pero no fue capaz de continuar.

-La tragedia del resentido es que vive sólo para despreciar aquello que le resulta imposible alcanzar -dijo Thomas-. Su sobreactuado desprecio de lo que, en el fondo, más fervientemente desea, es un mero engaño a sí mismo; para tratar de soportar su incapacidad de estar a la altura de eso mismo que desea. Pero el resentido sabe perfectamente que aquello que menosprecia es algo superior. Y en su burla de aquello que ama, lo despreciado acaba siendo alabado de una manera que, en ocasiones, le será incluso difícil de igualar a sus más fervientes defensores -Thomas calló un momento, antes de continuar-. El Quijote siempre me ha parecido un ejemplo perfecto de esto. Cervantes siempre me ha parecido un hombre profundamente resentido; pero en su esfuerzo por reírse de las aspiraciones más elevadas del mundo en el que vivía, lo único que acaba consiguiendo es hacer una defensa inigualable de las mismas. Llamar al Quijote El Caballero de la Triste Figura es una forma de mofarse de su personaje y de lo que éste representa; pero, a pesar de los esfuerzos cervantinos, o, irónicamente, precisamente por ellos, para nosotros, los lectores, no hay orden más elevada de caballería, ni título más digno. El resultado final de la obra en la historia de la literatura está tan alejado de las pretensiones iniciales del autor, está tan por encima de sus motivaciones, que no podemos hacer otra cosa que entender que el Quijote ha sacado lo mejor de Cervantes, a pesar de él mismo. La creencia de Cervantes en esos valores era tan grande, que ni su propio resentimiento pudo derribarlos. Y mira que lo intenta con ardor. Cuántas veces te ríes al ver sufrir al Quijote, por sus majaderías y estupideces; pero siempre llega un momento en que ya no lo podemos soportar más. Y nos enfadamos con Cervantes, porque lo consideramos cruel. El Quijote no merece sufrir así. Porque su locura es la locura de todo el que quiere ser mejor y superar la cotidiana mediocridad del mundo que le rodea. Hasta Nietzsche, furioso azote de compasivos y misericordiosos, se enfadó con Cervantes por ese exceso de humillación del Quijote. Y esa victoria del Quijote sobre su autor, acaba siendo la victoria de la mejor parte del alma de Cervantes sobre su propio resentimiento.

Thomas no dijo nada más. Iván permaneció en silencio.

Las nubes ya se habían adueñado completamente del cielo. Empezaba a llover.

Iván se giró un momento hacia atrás: la mirada de José se perdía, vagabunda, entre las piedras del camino.

JUST A CAR CRASH AWAY

El señor de la Casa de Rilo rezaba el rosario de rodillas, frente a la ventana de su habitación, con la mirada anclada en el horizonte.

Oyó el ruido apurado de pasos en la madera del pasillo, así que no le asustó el portazo que su hija Frances dio al entrar en el cuarto. Dejando escapar el aire lentamente de sus pulmones, se puso de pie sin demasiada prisa y se giró. Un par de miembros de su guardia personal le miraban desde el pasillo con cara de sorpresa y sin saber qué hacer. Con un gesto, Xoán les ordenó que cerraran la puerta y les dejaran solos.

Frances miraba a su padre con rostro iracundo, resollando nerviosa. Xoán esperó a que su hija dijera algo.

-Acabo de dejar en mi habitación al padre de mi hija, despidiéndose de ella -empezó Frances, manteniendo controlado el volumen de su voz con un gran esfuerzo de voluntad-, porque, al parecer, tú le has dado permiso para irse con Joan en su delirante expedición suicida.

Xoán se quedó mirando a su hija, con expresión de no entender qué veía ella de extraño en lo que le había contado.

-¿De repente has decidido deshacerte de todas las personas que suponen un incordio y una mácula en tu piadosa y devota casa? -preguntó Frances, elevando la voz.

Xoán se acercó a su hija en dos pasos rápidos. Consiguió dominar a tiempo su mano, que ya estaba preparada para abofetear a Frances.

-¡Sí, venga, padre! ¡Pégame! -gritó Frances-. Siempre ha sido tu única respuesta a todos los problemas.

Xoán bajó la mirada e inspiró profundamente. Volvió a mirar fijamente a su hija, antes de hablar.

-Frances, todos estos años dando vueltas por el mundo que tanto deseabas conocer no han servido para nada, al parecer; no has aprendido nada; sigues echando en cara a los demás lo que sólo tus impulsivas acciones provocan -Xoán hizo una pausa-. Si realmente quieres que Ramiro de Mar, un hombre de los pies a la cabeza, al que admiro profundamente y por el que ya siento un gran cariño y respeto; si quieres, digo, que el padre de tu hija permanezca con nosotros, sólo tú puedes hacer que tal cosa ocurra.

Frances cerró la boca, tensas las mandíbulas, y siguió mirando a su padre con enojo. Pero permaneció callada.

-Yo, hija mía, me siento incapaz de negar a un hombre de su calidad la posibilidad de vivir una existencia digna, acorde con todo aquello en lo que cree.

-¿También actuaba acorde con todo aquello en lo que cree cuando me dejó preñada? -contestó Frances, visiblemente alterada.

Su padre no pudo evitar sonreír y miró a su hija con los ojos muy abiertos.

-Yo pensaba que tú prácticamente lo habías violado…

Frances se agarró las manos y se dio la vuelta.

Xoán suspiró.

-Frances, ese hombre te ama. Y tú quieres obligarle a vivir una vida insoportable…

-¡Yo no quiero eso! -gritó Frances, dándose la vuelta-. Quiero que disfrute de su hija tanto como yo. Y que ayude a educarla…

-¿Y cómo va a hacer eso, Frances, si ni siquiera puede entrar cuando quiere en la habitación de su hija, que es la tuya, porque antes ha de pedirte permiso, no vaya a ser que no estés visible? ¿Cómo te sentirías tú en su lugar? ¿Cómo te sentirías viviendo en una casa ajena, dudando de tu autoridad como padre, sintiendo que vives de prestado? -Xoán elevó el tono de su voz-. ¿Cómo vivir bajo el mismo techo de la persona a la que amas, con la que compartes una de las cosas más sagradas que puedes compartir con alguien, un hijo, sin desesperar a cada minuto, sin volverte loco, porque ni siquiera puedes acariciar a esa persona? -la mirada de Xoán se perdió por unos momentos en un punto invisible.

-¿Y por eso le tienes que dar permiso para correr hacia su muerte? -preguntó Frances, con lágrimas en los ojos.

Xoán miró a su hija con honda tristeza.

-Qué más quisiera yo, Frances, que manteneros a todos vosotros aquí, a salvo bajos mis alas. ¿Qué otra cosa quiere un padre? Pero no puedo obligar a hombres hechos y derechos, perfectamente conscientes de las decisiones que están tomando, a vivir como niños por el resto de sus vidas. Han escogido el honor y la gallardía. Y ante tal decisión sólo puedo callar. Por más que me duela. Por más que sepa que quizá no vuelva a verles jamás -Xoán hizo una pausa-. Que quizá no vuelva a ver a mi hijo…

Frances vio cómo rebosaban los enrojecidos ojos de su padre y un par de surcos húmedos se iban abriendo paso a través de las arrugas de su rostro.

-Padre… -susurró Frances, acercándose a él, y acariciándole la cara, limpiándole las lágrimas, mientras ella seguía llorando-. Padre, lo siento mucho. Siento mucho haberte hecho daño. Siento mucho haberme marchado como lo hice. Siento mucho todo… todo.

Xoán abrazó a su hija y le besó la frente con ternura melancólica.

-Pobre Ramiro, Frances, pobre Ramiro… -susurró-. No podías haber elegido mejor hombre como padre de mi nieta. De verdad que no. Qué pena, qué pena, Señor…

-Lo sé, padre -respondió Frances, sollozando-. Pero no me puedo casar con él, padre. No le amo -Frances se ahogaba-. Y no creo que pueda amar nunca a un hombre… A ninguno…

Xoán apartó un poco a su hija y la miró con gesto extrañado.

Pero antes de que pudiese preguntar nada, Frances le besó en la mejilla y se fue corriendo de la habitación.

FIDELIDAD

Unos golpes en la puerta de su habitación despertaron a Fernando. La luz de la luna llena proporcionaba contornos exiguos a los objetos. Se levantó y abrió la puerta. Asier, el mayordomo de la casa, apareció ante él con rostro serio. Fernando tomó aire.

-¿Otra vez? -preguntó.

El sirviente asintió.

Fernando cogió una bata y salió de su habitación. Asier se quedó de pie, junto a la puerta, viendo cómo se alejaba; después se acercó a la ventana del pasillo y fijó su mirada en algo que estaba ocurriendo fuera de la casa.

Fernando salió al Jardín de Árboles que se encontraba en la parte posterior. Había sido construido por uno de los primeros señores de Simou, no mucho tiempo después de la Caída. Los trancos firmes de Fernando hicieron revolotear la hojarasca otoñal que se acumulaba en el suelo.

La presencia de los robles le anunciaron que estaba llegando a su destino. Tras estos, un inmenso castaño se elevaba sobre un claro en el que la luna iluminaba una lápida, haciéndola brillar como si fuera de plata. Y allí postrado, rodeado por los erizos abiertos de las castañas ya maduras, encontró a su señor, Santiago, llorando e hipando mientras sostenía en una de sus manos una botella vacía de vino.

Fernando se detuvo un momento. Su rostro permanecía inmutable.

El señor de hombres se giró y lo vio.

-Mi fiel Fernando… -dijo, en un sollozo lastimero-. ¿Por qué me sigues siendo fiel, Fernando?

El caballero se acercó y trató de levantar a su señor.

-¡No, no!… -se negó Santiago-. No merezco tu ayuda, no merezco nada…

Fernando dejó de intentarlo y vio cómo Santiago se arrastraba por la tumba, hasta apoyarse sobre la lápida. Soltó entonces la botella, que rodó sobre la piedra hasta caer al suelo, y con la mano libre empezó a acariciar las letras talladas.

-No merezco seguir vivo, Fernando… -gimió.

Fernando no cambió su expresión.

-Eso no está en su mano decidirlo, señor.

Santiago se giró, clavando en su vasallo unos ojos dementes.

-¡¿Ah, no?! ¡¿Ah, no?! -volvió a coger la botella, la rompió sobre la tumba, y con el casco roto amenazó con cortarse el cuello-. ¿Y qué puede hacer Dios contra mi mano? ¡¡Dime!! ¿Qué puede hacer Dios ahora mismo contra mi mano?

Fernando no se movió. Segundos después, Santiago soltó el casco roto, y, sollozando, volvió a sentarse junto a la lápida.

-Soy un cobarde, soy un cobarde… -repetía-. Soy incapaz de impartir justicia, cuando el culpable soy yo…

-Dios ya le ha perdonado, señor.

Santiago fulminó a Fernando con la mirada.

-¿Y tú que sabes? -gritó-. ¿Qué paz puede traer la mera confesión tras este crimen?

Santiago señaló con ambas manos la tumba, de pie sobre ella.

-Aún son visibles los efectos de la Caída, del Segundo Diluvio… -continuó-. ¡Y nosotros, los mejores de entre los hombres de Dios, somos capaces de hacer esto! ¡¡¡Esto!!!

Fernando bajó la mirada un momento.

-Pero Dios nos va a volver a castigar, sí señor -insistió Santiago, con los ojos muy abiertos, sin parpadear-. Ya está preparando otro diluvio de mierda y dolor para castigarnos. ¡Y yo soy el culpable! ¡Yo, nacido y criado para ser ejemplar, para guiar hombres, para impartir justicia divina!

Dirigió su mirada a Fernando. Se fue acercando a él, lentamente, con gesto angustiado.

-¿Cómo os voy a guiar yo, Fernando, entre el dolor que se avecina? ¿Cómo?

Fernando miró a su señor fijamente a los ojos.

-Cumpliré sin dudar cualquier orden que me dé, mi señor Santiago -dijo el vasallo, seco-. Porque tengo la certeza de que cualquier orden que me dé será justa y adecuada a los mandamientos de Dios.

Santiago desvió la mirada, titubeante y afligida.

-Y si la Divina Providencia tiene a bien reclamar mi vida en los acontecimientos que se aproximan -continuó Fernando- no podré gozar alegría mayor que morir a su servicio, mi señor.

Santiago volvió a mirar a su caballero a los ojos. Fernando le sostuvo la mirada.

Santiago se giró un momento hacia atrás, hacia la tumba. Enderezó su espalda, bajó la mirada y apoyó una mano en el hombro de Fernando.

-Ayúdame a limpiar esto, por favor -pidió Santiago-. Y después regresaremos a nuestras habitaciones.

-Por supuesto, mi señor.

Bajo el claro de luna, vasallo y señor se pusieron a recoger cristales rotos.

Y del castaño cayó otro erizo, sobre la tumba; y el fruto que guardaba rodó, liberado por la caída, hasta la base de la lápida.

LA TEOLOGÍA, SIERVA DE LA LITERATURA

El otoño parecía haber llegado también a Atenas. Lope observaba llover sobre los campos de la inmensa finca de Adonis, desde el amplio salón en el que se encontraban todos reunidos. Una bellísima esclava mulata de ojos verdes, que difícilmente alcanzaba los veinte años de edad, se acercó al gigante para ofrecerle bebida. Lope rehusó con un movimiento de cabeza y una fugaz sonrisa, devolviendo de forma casi instantánea la mirada a los campos empapados.

La muchacha se acercó entonces hasta el sofá donde se sentaban José e Iván, que conversaban con Peras. Los tres aceptaron la invitación y cogieron un vaso de la bandeja; Peras con una leve sonrisa, Iván tratando de no mirar demasiado fijamente a la joven, José mirándola con gozosa admiración; y la siguió mirando mientras la muchacha se alejaba de ellos, en dirección al sofá más cercano a la chimenea, donde hablaban, con rostro serio, Abraham, Thomas y Adonis. Ninguno de los tres quiso beber, así que la esclava se retiró del salón, bajo la atenta y tenaz mirada de José. Cuando ya resultó imposible seguir mirándola, José volvió a hacer caso a lo que Peras estaba diciendo.

-…así que, aunque reconozco que también me gusta leer buenas novelas (y algunas novelas, por supuesto, son de lectura obligatoria, incluso para un filósofo), yo creo que la abstracción propia del lenguaje filosófico es más… adecuada, para expresar la verdad. Por eso la filosofía puede ser sierva de la teología. Cosa que nunca se ha dicho de la literatura.

Iván se quedó callado, sopesando lo que acababa de oír. José hizo un gesto de burla, antes de darle un buen trago a su vaso.

-¿No está usted de acuerdo, don José? -preguntó Peras, que había visto su mueca.

-Dios santo, si me vuelves a llamar don José, me echaré a correr desnudo bajo la lluvia, exigiéndole al cielo a voz en grito que me parta un rayo… -respondió José-. Y no, no estoy de acuerdo. Como no lo está tu propia religión, cuyo fundamento es, precisamente, una novela. No otra cosa son los Evangelios. Así que no, la literatura no puede ser sierva de la teología, porque, de hecho, la teología es sierva de la literatura.

Iván sonrió al escuchar a José y miró a Peras, que no parecía tener respuesta a lo que acababa de oír.

-¿Está usted…? Perdón… ¿Estás diciendo que la religión es un puro cuento? -acertó a preguntar Peras, tras unos momentos de duda.

-No con tono peyorativo, aunque yo no crea en ese cuento como parecéis creer todos vosotros -respondió José-. Tú has dicho que el abstracto lenguaje filosófico es más adecuado para expresar verdades que la mera literatura. Yo lo que te digo es que no hay obra filosófica que se pueda acercar a quinientos estadios a la redonda de la potencia de verdad que puede albergar una buena obra literaria.

Peras no parecía demasiado convencido, así que José continuó.

-Tú puedes tratar de explicarle a alguien lo que es el bien y lo que es el mal, qué tiene que hacer, qué no tiene que hacer… que si tienes que obrar como si la máxima de tu voluntad pueda servir como ley universal y todas esas patochadas… Yo te reto a que compares cualquier definición filosófica de imperativos categóricos con la narración del Evangelio de San Juan sobre la mujer adúltera -José se quedó callado un momento y bajó la mirada hasta la mano que sujetaba el vaso, reposada sobre el cojín del sofá-. Desde mi punto de vista, esa narración es literatura total. Y, por lo tanto, total verdad. Ese dios, que se agacha, aburrido del barullo inquisidor de los expertos en la ley, y se pone a escribir relajadamente en el suelo. Es el único momento de los Evangelios en que le vemos escribir. Pero no sabemos lo que ha escrito, no conocemos la literalidad de su respuesta. Ni siquiera podemos tener claro que sea una respuesta a los expertos en la ley. Quizá, simplemente, se está entreteniendo, ignorando el alboroto de esas personas tan doctas. Y al final, las palabras que dice… -la mirada de José se quedó fija en un punto invisible-. Y uno nota, uno sabe, como sabe que el sol está ahí cuando lo ve en medio del firmamento, que esas palabras son… otro sol; uno que existe en el mismo centro del universo, pero que nunca se apagará, así pasen todos los siglos del mundo. Con el majestuoso sosiego que sólo puede tener el que todo lo sabe, porque él mismo ha dictado las reglas del juego, aplasta con un susurro de verdad todo el vocerío de los leguleyos de la moral. Y, graciosamente despistado de lo que ocurre a su alrededor, se levanta sorprendido de que los amantes de los códigos penales hayan hecho caso de una ley cuyas palabras puede borrar el simple paso del viento, escrita como está en la humilde arena del suelo. Y le dice a la mujer, cara a cara, que lo vuelva a intentar otra vez, sin hacer trampas -José se llevó el vaso a la boca y le dio otro trago-. Sólo un dios puede escribir literatura de ese nivel. Y para escribir a ese nivel, los dioses saben que sólo la literatura funciona. Porque la abstracción de los conceptos, en su borrado de los rostros concretos e individuales que aman, sufren y pecan, es el principio de todas las mentiras.

José volvió a bajar la mirada, junto con el vaso. Peras era incapaz de responder nada. Iván miraba fijamente a José, como si estuviese adivinando un secreto.

También Lope miraba a José, pues había escuchado lo que había dicho. Las miradas de ambos se cruzaron; antes de volver a separarse, un par de segundos después, como si una vergüenza común les impidiese mirarse demasiado rato a los ojos.

En el silencio que habían provocado las palabras de José, se hizo presente la otra conversación.

-…aún falta medio año para el inicio del Concilio -decía Adonis-, así que pueden permanecer en mi casa todo el tiempo que consideren necesario.

-Se lo agradezco mucho -dijo Abraham-, pero, visto lo visto, me preocupa la situación en la que pueda quedar Atenas tras las elecciones de este fin de semana. No quiero arriesgarme a que el Maestro se quede en una ciudad con tantos aspirantes a asesinos, en estado de preguerra civil. De hecho, tampoco le recomendaría a ustedes que se quedaran aquí.

Thomas miró con gesto preocupado a Adonis.

-Tiene usted toda la razón, es mejor que saquen lo antes posible al Maestro de la ciudad -dijo Adonis-. En cuanto a mí, mi sitio está aquí, pase lo que pase. Aunque quizá sea adecuado que mi sobrino Peras vuelva durante una temporada a casa de sus padres -añadió, mirando un momento hacia el otro sofá-. ¿Cómo piensan viajar?

-Creo que dejaremos aquí la furgoneta y, si fuere posible, le compraremos unos caballos -dijo Abraham-. Haremos el viaje sin prisa, tratando de alejarnos de las vías más concurridas.

-Cuidaremos de su furgoneta; y pueden coger todos los caballos que necesiten de mis cuadras -ofreció Adonis.

-Considere entonces la furgoneta como un trueque por los caballos y quedaremos en paz -respondió Abraham.

Adonis aceptó con un movimiento de cabeza.

-Aunque los negocios ya no van tan bien como solían, unos caballos no significan mucho problema para esta casa -añadió, sonriendo-. Por supuesto, también les proporcionaremos comida y otras cosas necesarias para el viaje.

Abraham agradeció a Adonis su ofrecimiento. Y se giró con gesto de sorprendido enojo al escuchar la pregunta que José lanzaba desde su sillón.

-¿Los esclavos ya no trabajan como solían?

Todos miraron a José con los ojos muy abiertos. Lope suspiró. Iván se llevó la mano a la boca y se la estrujó. A Thomas se le dibujó una sonrisilla fugaz.

Adonis miró a José con rostro serio.

-Quizá alguno de mis esclavos fuera cazado por usted -respondió.

José sonrió al escuchar la respuesta.

-Ciertamente, los cristianos dejamos mucho que desear -dijo; y levantando su copa, añadió-. Pero que nunca nos falte un poco de alcohol para ahogar los quejidillos de nuestra conciencia. O un mucho.

Abraham se levantó, caminó un par de pasos, y desde el centro del salón se dirigió a José.

-Te exijo que pidas perdón ahora mismo a nuestro anfitrión.

José y Abraham se miraron. Segundos después, José dejaba el vaso en la mesa, se ponía de pie, y se acercaba hasta el lugar donde se sentaba Adonis.

-Le ruego encarecidamente que acepte mis disculpas -dijo José-. Mi falta de educación no tiene excusa.

-Y yo le ruego que disculpe mi destemplada respuesta -dijo Adonis, a su vez-. Soy el menos adecuado para juzgar la forma en que otros se ganan la vida.

Ambos inclinaron la cabeza. José miró a Abraham y salió del salón.

Lope se dio la vuelta para mirar de nuevo cómo llovía, mientras dejaba escapar otro suspiro.

OBNOXII

“La fundación de iglesias en las fincas planteó de inmediato el problema de quiénes ejercerían allí como sacerdotes. Ser eclesiástico (sacerdote o diácono) equivalía a ponerse el cinturón de la orden clerical. La frase aludía a las antiguas palabras cingulum militiae, el cinturón militar que había distinguido a los miembros de la burocracia imperial. Con el uso de esos términos, las cartas del papa [Gelasio] demuestran que la difusión del cristianismo había llevado al campo a otro nivel más de personas privilegiadas. Los lugareños con iniciativa estaban muy felices de unirse al clero para convertirse en miembros de esa nueva clase privilegiada. De esa manera, amenazaban con socavar el control que los terratenientes tenían sobre sus vidas. Gelasio se enteró de que muchos de los que se convirtieron en sacerdotes y en diáconos habían sido esclavos, y muchos más habían sido obnoxii -campesinos vinculados para siempre a la finca en la que estaban registrados como contribuyentes- el estatus clerical los liberaba de esas ataduras.  Eso sucedió en una época en la que los terratenientes del sur de Italia dependían de su habilidad para controlar una gran reserva de trabajo servil por deudas para producir la cosecha anual a la que estaba supeditada su riqueza.

Aunque severo a la hora de limitar los derechos de los fundadores laicos, Gelasio apoyaba a los terratenientes con entusiasmo en lo que se refería al control de sus campesinos. La ordenación sacerdotal no debía convertirse en una válvula de escape para los esclavos y los campesinos atados a la tierra. En el 494, Gelasio dijo a los obispos del Mezzogiorno que

[…] prácticamente todos se quejan de cómo aquí y allá los esclavos y los campesinos hereditarios, atados a la tierra, huyen de la dependencia legal de las fincas con el pretexto de abrazar la vida religiosa.

Había que poner fin a esa situación,

[…] por temor a que parezca que una práctica asociada con el nombre del cristianismo es la causa de una infracción de los derechos de los demás y de la subversión de la publica disciplina (el orden de la sociedad tal como lo establece la ley) […]. Tampoco ha de permitirse que la dignidad del ministerio sacerdotal quede empañada por personas sujetas a semejantes obligaciones.

Por el ojo de una aguja. La riqueza, la caída de Roma y la construcción del cristianismo en Occidente (350-550 d.C.), de Peter Brown; Acantilado, 2016; pgs. 932-933.

EL HERMANO DEL SEÑOR

Y llegaron su madre y sus hermanos y, quedándose fuera, mandaron a por él, llamándole. Y la gente estaba sentada a su alrededor, y le dijeron: “¡Mira! Tu madre y tus hermanos están fuera, buscándote”. Y respondiendo les dijo: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?”. Y mirando en torno a los que estaban sentados a su alrededor, en corro, dijo: “He aquí mi madre y mis hermanos. Pues cualquiera que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

Evangelio según San Marcos 3, 31-35

hermanos [adelphoi]. Este término supone que, después del nacimiento de Jesús, su madre, María, concibió y dio a luz más hijos, lo cual es compatible con Lc 2, 7 (su hijo primogénito) y Mt 1, 25 (José y María no mantuvieron relaciones sexuales hasta después del nacimiento de Jesús). La postura oficial de la Iglesia católica defiende, sin embargo, que María se mantuvo perpetuamente virgen y, en esa línea, a partir del siglo IV d. C., los teólogos católicos y algunos protestantes (¡como Martín Lutero y Juan Calvino!) han opinado que aquellos a quienes el Nuevo Testamento llama hermanos de Jesús son de hecho primos (san Jerónimo) o hermanastros, hijos que tuvo José en un matrimonio anterior (san Epifanio). Sin embargo, actualmente la mayoría de los estudiosos, incluyendo un número creciente de católicos, prefieren una interpretación literal de hermanos.

Esta última postura se asienta en buenas razones, mientras que las alternativas carecen de argumentos convincentes para defenderse.

a) Sobre la hipótesis de los hermanos de Jesús como hermanastros. En el Nuevo Testamento, fuera de nuestro pasaje y del pasaje paralelo de 6, 3, adelphos es un término de familia que se refiere prácticamente siempre a un hermano en sentido estricto, con la única excepción importante de Mc 6, 17 // Mt 14, 3, donde tiene el sentido de medio hermano, es decir, de alguien con quien se comparte sólo uno de los padres biológicos (el padre o la madre), y no de hermanastro, es decir un hermano por matrimonio de uno de sus padres, sin relación biológica. Además, no hay ninguna evidencia independiente para hablar de un matrimonio previo de José.

b) Sobre la hipótesis de los hermanos de Jesús como primos. En toda la Biblia sólo hay un caso en que la palabra hermano tenga este sentido (1 Cr 23, 22) y se trata de un caso en el que el significado queda claro por el contexto inmediato, cosa que no sucede en modo alguno en Mc 3, 31-35. Además, la lengua griega tiene una palabra clara y sin ambigüedades para referirse a primo, la palabra anepsios (cf. Col 4, 10), y aquí se hubiera empleado probablemente esa palabra si se hubiera tratado de primos. La aplicación de esta hipótesis de los primos de Jesús exige que se trace una complicada e improbable genealogía, en la que una hermana de María -llamada también María, por más coincidencia- se casó con un hombre llamado Cleofás (Jn 19, 25), o Alfeo (Mc 3, 18; cf. 6, 3; 15, 40). Por otra parte, como ha puesto de relieve J. P. Meier, el impacto retórico de nuestro pasaje (Mc 3, 35) quedaría considerablemente debilitado en el caso de que adelphos se tomara como primo.”

El Evangelio según Marcos (Mc 1-8), de Joel Marcus; Sígueme, 2010; pgs. 312-313.

IRONÍAS TEOCRÁTICAS

“La Cartago vándala mostraba precisamente lo que aún podía hacer un Estado despiadado. Hasta donde sabemos, el Estado vándalo no se basaba en un acuerdo tácito entre los romanos locales y la corte bárbara, a diferencia de los godos de Burdeos y de Toulouse. Los principales terratenientes romanos del África proconsular y de Bizacena fueron desposeídos abruptamente a fin de dejar un glacis en torno al interior de Cartago, ocupado solamente por guerreros vándalos.

Peor aún: los vándalos no ocultaban el hecho de que eran arrianos, y no cristianos católicos. Al cabo de una década, exiliaron a los obispos católicos por considerarlos herejes. Los vándalos incluso recurrieron a las leyes antidonatistas que habían impuesto el exilio a los obispos donatistas después del año 411. Los gobernantes vándalos aplicaron esas mismas leyes al clero católico. Por una extraña ironía del destino, no del todo inmerecida, muchos amigos de [San] Agustín (en particular Posidio de Calama, su biógrafo) terminaron sus vidas en Italia, como exiliados. Los habían expulsado de sus ciudades por las leyes en contra de la herejía que ellos mismos habían solicitado treinta años antes para desterrar a sus rivales donatistas.”

Por el ojo de una aguja. La riqueza, la caída de Roma y la construcción del cristianismo en Occidente (350-550 d.C.), de Peter Brown; Acantilado, 2016; pg. 793.

HUIR

Patricia desayunaba sin ganas cuando su madre entró en la cocina.

-Buenos días, hija -saludó, de buen humor-. ¿Y esa cara? ¿Mala noche?

Patricia negó con la cabeza y se quedó mirando su tazón de leche, sin decidirse a llevárselo a la boca.

La criada entró en la cocina y le preguntó algo a su jefa. Patricia no les prestó atención. La mujer se fijó entonces en la muchacha y se acercó a ella.

-¿Se ha quedado fría la leche, señorita? -preguntó con voz dulce-. ¿Quiere que se la caliente?

-No, Thomasine, gracias -respondió Patricia-. Es que no tengo mucha hambre.

-Mmm -refunfuñó la mujer-. Usted lee demasiado, señorita; tiene que estudiar menos por las noches y dormir más. Tanto leer la está poniendo melancólica.

La Primera Magistrada comía una manzana, mientras observaba divertida la regañina de su criada a su hija.

-¿Es eso cierto, Patricia? -preguntó su madre, con una sonrisa pícara en la cara-. ¿Estás melancólica? ¿No te habrás enamorado?

Thomasine miró a Patricia con un gesto de sorpresa. Pero la cara de la muchacha daba a entender que el comentario de su madre le parecía una soberana tontería.

-Mamá, intenta no comportarte como una de esas madres de las obras de teatro para adolescentes…

La Primera Magistrada torció su sonrisa y tiró el resto de la manzana a la basura.

-Me voy -dijo, tras limpiarse las manos-. Tengo un estado libre que liderar.

Se acercó a su hija, le apretó juguetona la cara entre sus manos, y le dio un beso en la frente. Patricia no cambió su gesto taciturno.

Cuando sonó la puerta de la calle al cerrarse, Patricia seguía con la mirada sumergida en la leche.

-No me puedo creer que una muchacha inteligente y bella como usted no empiece cada día con ganas de comerse el mundo, señorita -comentó Thomasine, mientras se preparaba para empezar a planchar-. Si yo hubiese tenido de joven las oportunidades que usted tiene, creo que no podría dejar nunca de sonreír.

Patricia se quedó mirando a su criada, una mujer de unos sesenta años, cuyo rostro aún mostraba una vitalidad envidiable. Llevaba el pelo gris recogido en un pañuelo y vestía completamente de negro, en recuerdo de su difunto marido.

-¿Tan aburrido era vivir en la Casa de Penn Ar Bed? -preguntó Patricia, que apoyaba la cabeza lánguidamente sobre la mano derecha, mientras trataba de desmenuzar migas en la mesa con una uña de su otra mano.

Thomasine se mostró un poco sorprendida por la pregunta; no era un tema de conversación común en aquella casa.

-La única gran emoción que sentí durante los años que viví allí me la produjo el momento en que me marché -respondió la criada-. No es fácil vivir sabiendo exactamente, desde que tienes conciencia, cómo va a ser el resto de tu vida. El aburrimiento también puede matar.

Patricia se quedó pensando en las palabras de Thomasine. Una miga se partió en pedazos bajo su dedo.

-¿La señorita no tiene ningún sueño que perseguir? -preguntó la criada-. Por Dios, si tiene usted toda la vida por delante. Tantas cosas por hacer, por descubrir.

Patricia se echó hacia atrás en la silla y se apoyó en el respaldo, al tiempo que se cruzaba de brazos.

-Sí, el mundo está lleno de diversiones… -comentó Patricia con la mirada perdida.

-Y no sólo diversiones -dijo Thomasine-. También hay muchas cosas por las que luchar. ¡Mire a su madre! Todo lo que está haciendo por la Unión, por todos nosotros. Para mí es un auténtico honor trabajar para ella.

Patricia resopló, como si de repente se sintiese agotada.

-Sí, así se divierte mi madre -dijo-. Otros hacen deporte, salen a bailar por las noches… Mi madre se entretiene siendo poderosa.

A Patricia le hizo gracia su propio comentario y dejó escapar un bufido con aspiraciones a risa.

-Su madre es un ejemplo para todas las mujeres del mundo -dijo Thomasine, un poco enfadada.

Patricia se levantó de la mesa y abandonó la cocina sin despedirse de la mujer.

Como no tenía clase hasta la tarde, decidió salir a pasear por el centro de Nan. Las calles estaban atestadas de gente, coches y carros, caballos y mulas. Los vendedores de periódicos gritaban sus titulares en una tensa competencia por el espacio sonoro; casi todos hacían referencia a la futura guerra. El barrio financiero de Nan, sin embargo, no parecía sentir demasiado temor ante las funestas perspectivas ofrecidas por la prensa; o quizá precisamente por lo que ésta presagiaba, la atmósfera era más febril, si cabe, entre los trabajadores de los grandes bancos y corporaciones de la Unión. Toda la maquinaria de la sociedad de Nan parecía en efervescencia, dispuesta, incluso con alegría, a encarar los escollos sin ningún miedo a la derrota.

Patricia no era impermeable a ese entusiasmo colectivo y empezó a sentirse menos apagada según avanzaba por las calles, sorteando excrementos de caballo y coches atascados.

Por fin llegó hasta su destino, la librería La Thrace. Al entrar, como siempre, penetró en una nube de incienso y tabaco de Latakia. Humbert, el dueño, fumaba y leía sentado tras el mostrador. Saludó a Patricia con una cálida sonrisa y continuó leyendo. Un par de personas más se encontraban en ese momento en el interior de la librería, investigando entre sus anaqueles; subiendo por las escaleras de caracol hacia las estanterías superiores, que se elevaban hasta el alto techo amarillo.

Patricia se sumergió en aquel pequeño universo de caoba y empezó a pasear la mirada por los lomos y las portadas, fijándose en las últimas novedades, acudiendo a su cita inicial con la sección de Historia, para acabar escudriñando hasta el último rincón de la librería.

Tras el primer reconocimiento general, Patricia regresó a la sección de Historia, y cogió un libro.

-Magnífica elección -dijo una voz-. Pero no se lo diré a Michel, porque odia a ese historiador: son compañeros de departamento en la Facultad. Y seguro que le entristecería saber que a su alumna favorita le resulta interesante.

Patricia descubrió a Ramos-Hollande junto a ella. La muchacha sonrió y saludó al escritor.

-¿Me permites regalártelo? -dijo Peter.

-Oh, no, por favor, no es necesario… -protestó Patricia.

-Mejor aún, si no hay necesidad -replicó el escritor-. Así no lo entenderás como un favor que estás obligada a devolver. A pesar de lo cual, aceptaré encantado cualquier invitación a café y cruasanes que me puedas hacer en los próximos instantes.

-Por supuesto, profesor -dijo Patricia, divertida.

-Fantástico; paguemos, pues, y vayamos a por ese café.

Patricia salió a la calle con el libro regalado bajo el brazo, acompañada de Ramos-Hollande. Se había levantado un viento frío, que agitaba el largo flequillo del escritor.

-Este otoño viene especialmente invernal, por lo que se ve -comentó burlón-. Pero conozco un sitio magnífico para estos casos. Seguro que ya tienen la chimenea encendida.

Efectivamente, en el Café Aurore ya habían encendido la chimenea. Patricia pudo sentir el agradable olor de la madera ardiendo, antes de notar cómo su cuerpo se caldeaba rápidamente. Se sentaron en dos mullidos sillones, uno enfrente del otro, junto al fuego. Un camarero de uniforme les tomó nota y no tardó en volver con sus cafés y los cruasanes. Ahora Patricia sí sentía apetito.

La conversación comenzó por las clases en la Universidad, mostrando Ramos-Hollande especial interés por los profesores que tenía Patricia. A su vez, el escritor le habló a ella de algunos alumnos que le estaban sorprendiendo gratamente por su inteligencia y talento para la escritura. La conversación continuó en el ámbito de la literatura y tomó un pequeño desvío a través de los viajes que cada uno había hecho o quería hacer.

Finalmente, fue necesario hacer un descanso, que ambos se tomaron de la misma manera: posando la mirada en la danza del fuego.

-¿Crees que la Unión vencerá a Penn Ar Bed? -preguntó de repente Patricia, sin desviar la mirada de las llamas.

-Por supuesto -respondió Peter-. ¿Qué diablos puede hacer una aldea neolítica contra un estado industrial?

Patricia dejó de mirar el fuego y bajó la mirada hasta el suelo. Peter la observó con interés.

-No parece producirte demasiada alegría mi profecía -comentó el escritor.

-No parece producirme demasiada alegría nada -dijo Patricia, elevando las cejas-. Todo el mundo a mi alrededor parece entusiasmado por vivir en la Unión, en este preciso momento histórico, con tantos retos interesantes por los que luchar.

-¿Todo el mundo? -preguntó Ramos-Hollande.

-Salvo vosotros… -respondió Patricia, sonriendo.

El escritor también sonrió.

-¿Qué buscas, Patricia?

-No lo sé. Sólo sé que no busco… todo eso.

Ramos-Hollande se quedó un momento callado, mirando a Patricia, que volvía a dejarse hipnotizar por el fuego.

-Es realmente un momento formidable para los habitantes de la Unión, Patricia -dijo Peter-. Forman parte de un estado joven, repleto de energía; repleto de un montón de personas ansiosas de poder, gloria y dinero. Y, aunque la Unión está rodeada de enemigos, éstos son más bien ridículos. Quizá todos juntos puedan suponer algún tipo de problema, pero no durante mucho tiempo. La Unión ha apostado al caballo ganador. Antes que nadie. Así que vencerá.

-Pero, ¿es bueno que la Unión venza? -preguntó Patricia.

Ramos-Hollande no pudo evitar sonreír al oír la pregunta.

-¿Te hago gracia? -Patricia parecía enojada-. ¿Sólo digo tonterías?

-Por supuesto que no, Patricia. Haces exactamente las preguntas que han de hacerse.

Patricia miró al escritor con gesto dubitativo, sin saber si hablaba en serio.

-El mundo ya se precipitó una vez en el abismo, montado en el mismo caballo ganador -continuó Ramos-Hollande-. No parece que hayamos aprendido demasiado de aquello. Aquí estamos, repitiendo los mismos errores.

-Pero, ¿qué hacer, entonces? ¿Cómo evitarlo? ¿Cómo… cómo salir de… esto?

A Patricia le costaba encontrar las palabras. Tenía la sensación de que era incapaz de hacerse entender.

-Creo; insisto, creo, porque no tengo nada claro todo lo que te voy a decir; creo, pues, que la única rebelión coherente contra el mundo actual es negarse a ser productivo, en la medida de lo posible. Es decir: hay que obligarse a ser un fracasado. Lo que toda la gente a nuestro alrededor entiende que es fracasar: o sea, no tener éxito. No tener mucho dinero, no tener mucho sexo, no tener mucho poder. Que no te conozca todo el mundo. No buscar la admiración de todo el mundo. Amar a unos pocos seres; porque sólo unos pocos seres podrán ser atendidos adecuadamente por ti. Limitarnos voluntariamente, para potenciarnos en los que están más cerca de nosotros. Huir de la fama, huir de la gloria. Huir de las largas distancias. Huir de los grandes destinos. De los grandes negocios, de las grandes batallas. Huir, nada más. Huir, con aquellos que amas.

Patricia miraba a Ramos-Hollande con los ojos muy abiertos. Profundamente sorprendida de escuchar lo que había escuchado, como si la burbujeante lava de su alma hubiese encontrado un modo de salir al mundo y comunicarle lo que pensaba de él. No es simplemente que estuviera de acuerdo con el escritor; es que lo que acababa de decir era su exacta forma de ver las cosas.

Peter terminó su café, aunque ya se había quedado frío. Algo se removía aún dentro de Patricia.

-Pero, ¿no somos un poco ridículos? -preguntó al escritor-. Mi criada se fue de Penn Ar Bed hace veinticinco años, antes de que estuviese prohibido, y vive muy feliz trabajando para nosotros, orgullosa de su ciudadanía, alegre de que sus cuatro hijos hayan prosperado en Nan. ¿No somos ridículos con nuestras melancolías? ¿Cuántos seres humanos hay en el mundo que se cambiarían ahora mismo por nosotros, por vivir nuestras vidas?

-Por supuesto, hay millones -admitió Ramos-Hollande-. Hay millones dispuestos a ser millonarios, millones dispuestos a subir todo lo posible por la escalera del poder, millones dispuestos a follarse a otros millones. No digo que haya que abandonar la Unión. La Unión puede proporcionar la felicidad a muchos, como estoy seguro que también lo puede hacer una Casa, o una polis esclavista. Aquello de lo que hay que huir, Patricia, está en todas partes. Porque va con nosotros. Somos nosotros mismos. Lo que podemos llegar a ser, si no huimos constantemente del caos de nuestros deseos. Sólo la renuncia y el sacrificio nos permiten huir. Y sólo esta huida puede salvar al mundo.

Patricia se reclinó sobre el sillón, absorta en las palabras de Ramos-Hollande.

-El problema de la Unión, su caballo ganador -continuó el escritor-, es que este caballo ganador es, precisamente, desquiciar todos los deseos. Prometer a todo el mundo que ella puede otorgarles todos sus deseos, si están dispuestos a perseguirlos apasionadamente, locamente. Todo está a nuestro alcance. Todo es posible en la Unión. Nada te será vedado, nada te será prohibido. Basta desear algo para que este algo sea bueno. Toda la Unión es una máquina inmensa que trabaja con un único combustible: el deseo desatado. Por eso vencerá cualquier batalla, por eso es más fuerte que cualquier otra sociedad humana. Por eso no tiene rival -Ramos-Hollande hizo una pausa y se recogió el flequillo con una mano-. Por eso, quizá, acabe siendo el desencadenante del apocalipsis definitivo del ser humano.

-¿Qué esperanza queda, entonces? -musitó apenas Patricia.

-Sólo un dios puede salvarnos, me temo -respondió Peter, con una sonrisa apagada.

Los dos se quedaron callados durante un largo rato. El camarero se acercó, echó un par de maderos más al fuego y recogió su mesa.

-Venga, vamos a la Universidad -dijo Peter, levantándose-. Los dos tenemos faena esta tarde.

Patricia cogió el libro que le había regalado, se abotonó bien el abrigo, y salió a la calle tras el escritor.

CONCILIO

Marie, Abadesa y Señora de Rocamadour, a las iglesias:

Hermanos en la fe, pidiendo la intercesión de Nuestra Señora Santa María Virgen del Monte Carmelo, rogando por la protección de Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Lisieux, Santa Teresa Benedicta de la Cruz y San Juan Benedicto de Rocamadour, me dirijo a vosotros en esta grave hora, con la más honda preocupación.

Creo que somos todos conscientes de que el mundo que hasta ahora habíamos conocido, está cambiando. Aunque los retos que los fieles de Cristo tuvieron que soportar tras la Caída fueron de tal calibre que sólo se puede explicar su superación gracias a la ayuda divina y de todos los santos, lo cierto es que la situación en la que quedó el mundo hizo factible el resurgimiento de formas de vida que el estado de cosas anterior había hecho imposible.

La creación de las Casas, o la propia vida en poblaciones de un tamaño drásticamente menor, permitieron de nuevo la existencia de comunidades organizadas en base a nuestra fe. Lo cual fue bueno, no sólo para nosotros, sino también para el mundo, el cual ayudamos a reconstruir. Coepitque Noe agricola plantare vineam.

Pero el mundo ha vuelto a crecer en la misma dirección que lo había hecho antes de la Caída. Y las comunidades de fieles, ahora como entonces, vuelven a estar en serio peligro.

Si nos atenemos a lo que la Historia nos enseña, nada podemos esperar del desarrollo de estos acontecimientos, que amenazan con volver a repetir lo que ya todos conocemos, quién sabe si esta vez de forma definitiva.

Así las cosas, son muchas las dudas que se nos plantean a todos los fieles sobre qué actitud hemos de tomar ante las nuevas circunstancias: si es necesario cambiar algo en nuestras comunidades para intentar superar el nuevo desafío, si es nuestra obligación enfrentarnos con todas las armas a nuestra disposición a este enemigo, o simplemente intentar sobrevivir en los huecos que nos vaya dejando el desarrollo de la Historia.

Es por ello que, en base a la autoridad que me otorga mi condición de Abadesa y Señora de Rocamadour, convoco a Concilio Católico a todas las comunidades y congregaciones de fieles; y con tal objeto, les exhorto a que envíen sus representantes a las Santas Ruinas, para iniciar las sesiones el próximo Lunes de Pascua.

Que sea todo para mayor gloria de Dios.

A Día de Hoy

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