EXIGENCIAS Y DEBILIDADES

por El Responsable

El señor de Rilo contemplaba el océano junto al limonero, la melena bailando al son de la primera brisa otoñal. Bailaba también la capa azul marino que se había puesto para cuidarse del fin del calor. Las manos entrelazadas a la espalda, se fijó por un momento en sus cabellos danzarines, cada vez menos rubios, cada vez más blancos.
Suspiró, soltando el aire lentamente.
Descubrió a su padre cuando ya casi estaba a su lado. El tatarabuelo John saludó a su hijo con una leve inclinación de cabeza y siguió caminando hasta la tumba de su mujer.
Xoán siguió a su padre con la mirada. Le serenaba verlo rezar ante la tumba de su madre, como si fuese un refugio de orden en el inmenso caos en el que parecía estar convirtiéndose el mundo en las últimas semanas.
Xoán devolvió la mirada al mar. Su padre se acercó y se sentó en una piedra a su lado.
-¿Te ha dicho Joan que ha llegado un mensajero? –preguntó el señor de Rilo.
El anciano asintió en silencio, mientras prestaba atención al cielo encapotado.
-¿Por qué a nadie le resulta extraño o molesto que las Casas se estén aliando con esclavistas para enfrentarse a la Unión? –preguntó Xoán, sin saber muy bien si dirigía la pregunta a su padre o al horizonte-. ¿Creen acaso que si los estados esclavistas siguen creciendo nos respetarán más que la Unión?
John miró a su hijo, antes de fijarse nuevamente en el cielo.
-Me temo que el mundo vuelve a ser lo que siempre ha sido. Siento mucho que sea así, pero te ha tocado a ti vivir estos tiempos –el anciano hizo una pausa-. Nuestra forma de vida es incapaz de enfrentarse a estos enemigos. Son más fuertes que nosotros, porque ellos no se exigen lo que nosotros nos exigimos.
Xoán miró a su padre con gesto enfadado.
-¿Qué es eso que nos exigimos, que nos hace tan vulnerables?
-Nos exigimos a Dios, hijo mío –respondió su padre, sonriendo-. ¿Qué otra cosa?
Xoán miró de nuevo hacia el horizonte y suspiró.
-Ninguna solución a este problema te parecerá bien, hijo, por el simple hecho de que este problema no tiene solución –continuó el anciano-. Humana, al menos.
El tatarabuelo John permaneció en silencio durante un rato.
-¿Qué vas a hacer con el padre de tu nieta? –preguntó, finalmente.
-Al parecer, es un guerrero experimentado; trabajó como mercenario; así que he decidido que forme parte de mi guardia personal.
El anciano asintió con la cabeza.
-Quizá, con el tiempo, Frances entre en razón… -continuó Xoán.
Su padre sonrió burlón.
-Lo dudo –dijo-. Aunque con esta muchacha nunca se sabe… ¿Has arreglado las cosas con Joan?
-Más o menos –respondió, bajando la cabeza-. Le he dicho que quiero que sea mi heredero. Eso ha apaciguado las cosas. Pero él parece tener otros planes más inmediatos. Quiere viajar a Penn Ar Bed, para ayudar a su abuelo. Me ha pedido que le ceda cincuenta caballeros voluntarios. Aún no he respondido.
El anciano bajó también la mirada y su gesto se entristeció.
-¿Vas a darle permiso?
-Ojalá pudiera decirle que no. No quiero mandar ya a mi hijo a la muerte.
Los dos hombres callaron y miraron hacia el horizonte. Empezaba a lloviznar. Xoán ayudó a su padre a levantarse y ambos se dirigieron lentamente hacia la Gran Casa.
-Que Dios nos tenga en su regazo –rezó el tatarabuelo John, en un susurro que se diluyó en la fina lluvia.

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