El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

ENERGÍA

El taller de experimentos de la Facultad de Arqueo-Ingeniería era bastante parecido al almacén de cualquier chatarrero de Nan. Una luz amarilla y sucia se colaba por unos ventanales demasiado cercanos al techo como para hacer cómoda su limpieza; así que casi nunca se limpiaban. Unas placas con tubos fluorescentes, sujetas al lejano techo por unos largos cables, colgaban sobre las mesas de trabajo.

Al entrar en el taller, la Primera Magistrada sólo encontró a una persona. La única que deseaba encontrar.

A pesar del ruido de la puerta al abrirse, aquella figura siguió enfrascada en lo que estaba haciendo.

Uno de los guardaespaldas de la Primera Magistrada tosió, antes de anunciar su presencia.

-La Primera Magistrada de la Unión de Repúblicas del Loira. ¡En pie!

El personaje dio un respingo y giró lentamente la cabeza, con los brazos aún apoyados en la mesa. Unas gafas protectoras cubrían sus ojos, que los hacían desmesuradamente grandes.

La Primera Magistrada no pudo evitar un esbozo de sonrisa. La controló rápidamente y se aproximó a la mesa, con la mano extendida.

-Es un honor conocerle, Profesor Artaud –la Primera Magistrada tomó entre sus manos la mano derecha del hombre y la sacudió con energía-. Estamos profundamente satisfechos con su trabajo; el Consorcio Empresarial me ha comunicado que sus últimos avances son muy significativos; puede que no tardemos en tener una primera planta de construcción de coches. La primera que funcionará desde el Gran Colapso. Se ha ganado usted el respeto y la admiración de todos, Profesor.

El hombre se puso de pie y se quitó las gafas. La única parte de su cara que no estaba sucia era precisamente la que habían cubierto éstas. Era incapaz de articular palabra: la presencia de la Primera Magistrada le imponía, no sólo por el título; le sacaba la cabeza, una cabeza que se mantenía aún bella, con unos luminosos ojos azules y una brillante melena rubia recogida en un moño barroco. Vestía un traje ceñido, de un oscuro azul marino.

Cuando fue capaz de reaccionar, el hombrecillo empezó a mirar ansiosamente a su alrededor.

-¿Busca algo, profesor? –preguntó la mujer.

-Un asiento, señora, pero es que todo está tan sucio por aquí… -contestó, angustiado.

-No se preocupe, no vamos a quedarnos; quiero que me acompañe a un lugar.

El hombrecillo miró a la mujer un momento, parpadeando. Se quitó el delantal que llevaba puesto con el emblema de la Unión y se metió rápidamente en un cuartito que había en un lateral del taller. Un par de minutos después salía del cuartito con la cara lavada y el pelo pegado a la cabeza como si se lo hubiese peinado con aceite.

La Primera Magistrada tuvo que controlar otra sonrisilla y le hizo un gesto para que la siguiese. Y el Profesor, por supuesto, la siguió.

El coche los sacó rápidamente de Nan, atravesando los polígonos industriales que se acumulaban a las afueras de la ciudad. Columnas de humo salían de buena parte de los ortoedros grises situados a ambos lados de la carretera.

-El Consorcio le va a otorgar un premio en metálico, por supuesto –dijo la Primera Magistrada, mientras contemplaba la salida de los trabajadores de algunas fábricas-. Además, la empresa SUS le pagará un porcentaje del beneficio que obtenga con la venta de los coches.

El Profesor, sin saber qué decir, sonrió dulcemente a la Primera Magistrada.

-Querían contratarle, pero les he dicho que tal cosa era imposible –continuó-. Necesito sus conocimientos para algo mucho más importante. Ya sabe, los empresarios sólo son capaces de pensar en el dinero…

Ahora fue la mujer la que sonrió al hombrecillo.

Habían dejado atrás los polígonos de Nan y el coche cruzaba una llanura de un color verde sucio, sin árboles, con algunos arbustos rompiendo de vez en cuando la monotonía plana del paisaje.

Media hora más tarde, el coche se adentró en una zona boscosa.

-Supongo que es usted un firme defensor de la Revolución, ¿verdad? –preguntó la Primera Magistrada.

El hombrecillo asintió con vehemencia.

-Por supuesto, no podría ser de otra manera –continuó la mujer-. ¿Qué sería de usted y de mí sin la Revolución, verdad? Seguiríamos siendo simples esclavos, sin posibilidad de hacer todo lo que estamos haciendo ahora. Seguiríamos atados a los deseos egoístas de hombres mediocres -la Primera Magistrada hizo una pequeña pausa, perdida de repente en recuerdos lejanos-. Sí, hay que proteger a la Revolución; hay que proteger a la Unión. Y ha llegado el momento de que usted, Profesor, le dé a la Revolución la posibilidad de seguir existiendo, de vencer a sus enemigos.

El hombrecillo parpadeó y siguió escuchando muy atento a la Primera Magistrada.

-Como usted sabrá, el número de nuestros enemigos crece con el paso de los días; estamos rodeados de ellos, de hecho. Para derrotarlos, para impedir su avance, necesitamos toda la energía de nuestros ciudadanos, toda la energía que nos puedan proporcionar. Para que nosotros, los líderes, podamos usar esa energía con el fin de seguir creciendo, sin miedo a nada ni a nadie. Para incrementar nuestra frágil libertad común.

El coche se detuvo. La Primera Magistrada invitó al Profesor a bajar. El hombrecillo, dubitativo, y un poco temeroso, lo hizo. En el lado de la carretera en que se había detenido el coche, una primera hilera de árboles tapaban un claro inmenso que se extendía en forma de valle. Y en el fondo del valle, había un enorme edificio con algunas zonas derrumbadas.

La Primera Magistrada bajó la cuesta hacia el fondo del valle, seguida por uno de sus guardaespaldas y el Profesor, que trotaba para intentar seguir el paso de los demás.

Antes de llegar al edificio, el Profesor ya sabía qué era.

-Energía, eso es lo que necesita la Revolución –dijo la Primera Magistrada-. Energía que nadie más tenga. La Revolución es la protectora de las ciencias y la razón. Y las ciencias y la razón protegerán a la Revolución, con su energía.

El hombrecillo, con la boca abierta, miraba alternativamente a la Primera Magistrada y al edificio.

-Pero… pero… -trataba de hablar, aunque las palabras no salían fácilmente- …los Protocolos prohíben…

-He decidido anular los Protocolos, Profesor –dijo la mujer, de repente muy seria.

-Pero… pero… si no me equivoco, y puede que sí me equivoque, los Protocolos sólo los puede anular el MetaParlamento, por mayoría de dos tercios y…

El rostro de la Primera Magistrada se tensó.

-Estoy convencida de que el MetaParlamento anulará los Protocolos, Profesor. No dude ni por un momento que así será –tras decir esto, el rostro de la mujer se dulcificó otra vez-. Mientras tanto, éste será su nuevo lugar de trabajo. Le daremos todas las comodidades que nos pida. Investigue todo lo que desee. Y consíganos la energía que necesitamos para sobrevivir.

El hombrecillo volvió a parpadear y fijó nuevamente la vista en el edificio.

-¿Cuándo he de empezar? –preguntó.

-Mañana –dijo la Primera Magistrada, que ya subía la cuesta para regresar al coche.

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EXIGENCIAS Y DEBILIDADES

El señor de Rilo contemplaba el océano junto al limonero, la melena bailando al son de la primera brisa otoñal. Bailaba también la capa azul marino que se había puesto para cuidarse del fin del calor. Las manos entrelazadas a la espalda, se fijó por un momento en sus cabellos danzarines, cada vez menos rubios, cada vez más blancos.
Suspiró, soltando el aire lentamente.
Descubrió a su padre cuando ya casi estaba a su lado. El tatarabuelo John saludó a su hijo con una leve inclinación de cabeza y siguió caminando hasta la tumba de su mujer.
Xoán siguió a su padre con la mirada. Le serenaba verlo rezar ante la tumba de su madre, como si fuese un refugio de orden en el inmenso caos en el que parecía estar convirtiéndose el mundo en las últimas semanas.
Xoán devolvió la mirada al mar. Su padre se acercó y se sentó en una piedra a su lado.
-¿Te ha dicho Joan que ha llegado un mensajero? –preguntó el señor de Rilo.
El anciano asintió en silencio, mientras prestaba atención al cielo encapotado.
-¿Por qué a nadie le resulta extraño o molesto que las Casas se estén aliando con esclavistas para enfrentarse a la Unión? –preguntó Xoán, sin saber muy bien si dirigía la pregunta a su padre o al horizonte-. ¿Creen acaso que si los estados esclavistas siguen creciendo nos respetarán más que la Unión?
John miró a su hijo, antes de fijarse nuevamente en el cielo.
-Me temo que el mundo vuelve a ser lo que siempre ha sido. Siento mucho que sea así, pero te ha tocado a ti vivir estos tiempos –el anciano hizo una pausa-. Nuestra forma de vida es incapaz de enfrentarse a estos enemigos. Son más fuertes que nosotros, porque ellos no se exigen lo que nosotros nos exigimos.
Xoán miró a su padre con gesto enfadado.
-¿Qué es eso que nos exigimos, que nos hace tan vulnerables?
-Nos exigimos a Dios, hijo mío –respondió su padre, sonriendo-. ¿Qué otra cosa?
Xoán miró de nuevo hacia el horizonte y suspiró.
-Ninguna solución a este problema te parecerá bien, hijo, por el simple hecho de que este problema no tiene solución –continuó el anciano-. Humana, al menos.
El tatarabuelo John permaneció en silencio durante un rato.
-¿Qué vas a hacer con el padre de tu nieta? –preguntó, finalmente.
-Al parecer, es un guerrero experimentado; trabajó como mercenario; así que he decidido que forme parte de mi guardia personal.
El anciano asintió con la cabeza.
-Quizá, con el tiempo, Frances entre en razón… -continuó Xoán.
Su padre sonrió burlón.
-Lo dudo –dijo-. Aunque con esta muchacha nunca se sabe… ¿Has arreglado las cosas con Joan?
-Más o menos –respondió, bajando la cabeza-. Le he dicho que quiero que sea mi heredero. Eso ha apaciguado las cosas. Pero él parece tener otros planes más inmediatos. Quiere viajar a Penn Ar Bed, para ayudar a su abuelo. Me ha pedido que le ceda cincuenta caballeros voluntarios. Aún no he respondido.
El anciano bajó también la mirada y su gesto se entristeció.
-¿Vas a darle permiso?
-Ojalá pudiera decirle que no. No quiero mandar ya a mi hijo a la muerte.
Los dos hombres callaron y miraron hacia el horizonte. Empezaba a lloviznar. Xoán ayudó a su padre a levantarse y ambos se dirigieron lentamente hacia la Gran Casa.
-Que Dios nos tenga en su regazo –rezó el tatarabuelo John, en un susurro que se diluyó en la fina lluvia.

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A Día de Hoy

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