ANGER IS A GIFT

por El Responsable

Dos sombras cruzaron el claro y llegaron apresuradamente hasta los árboles de la orilla que se inclinaban sobre el río. Se agacharon junto a unos arbustos. Hasta el ruido de sus propias respiraciones agitadas les asustaba, temiendo que fueran escuchadas por los guardias de frontera.

-Este es el punto de encuentro. Ahora sólo queda esperar –susurró el hombre-. ¿Está bien?

La mujer descubrió el bulto que llevaba en brazos: una manita de bebé emergió juguetona entre las telas que la envolvían. Asintió nerviosa con la cabeza, sin atreverse a decir una palabra.

De repente, escucharon un chapoteo en el río: era una pequeña barca que se acercaba con dos figuras, una de las cuales remaba. La otra permanecía acuclillada en la proa, prestando atención a cualquier movimiento en la orilla hacia la que se acercaban. Vestían completamente de negro, guantes y pasamontañas incluidos.

La figura de la proa desembarcó en cuanto la quilla tocó tierra.

-Maurice –dijo, mirando hacia los árboles.

-Sí, sí –dijo el hombre, mientras ayudaba a la mujer a salir de su escondite.

-Rápido, síganme; los guardias están a medio kilómetro, pero no tardarán en volver a pasar por aquí –dijo el encapuchado.

Llegados a la barca, entre Maurice y el remero ayudaron a subir a la mujer. Cuando ya estaba sentada, Maurice se dio la vuelta para ver dónde estaba el otro encapuchado.

Y entonces lo vio.

Su cuerpo estaba tirado en el suelo, con un enorme cuchillo clavado en el cuello. Un guardia de Penn Ar Bed se acercaba rápidamente a la barca, medio agachado, tratando de sorprenderlos, otro cuchillo en su mano derecha.

Maurice sólo pudo abrir los ojos con desmesura, incapaz de reaccionar.

Escuchó un sonido sordo tras él e, inmediatamente, vio caer al agua el cuerpo del guardia, con un agujero rojo en medio de la frente. Se dio la vuelta y vio cómo el remero encapuchado guardaba en su sobaquera una pistola con silenciador. Enseguida se puso a remar hacia la otra orilla, lo que casi acaba con Maurice en el agua. Finalmente, consiguió sentarse y abrazar a la mujer, que trataba de controlar sus sollozos. Maurice miró otra vez hacia la orilla que dejaban atrás; hacia el cuchillo en el cuello del encapuchado que había dicho su nombre.

-Mierda –dijo el remero.

Más guardias aparecieron, armados con rifles. Las balas empezaron a silbar alrededor de la barca. Fuego de respuesta se empezó a escuchar desde la orilla hacia la que se dirigían. Maurice trataba de cubrir con su cuerpo todo lo posible a la mujer.

El tiroteo se había convertido en un estruendo cuando llegaron al otro lado. Media docena de encapuchados disparaban protegidos tras los troncos de los árboles. Otro par de figura negras les ayudaron a desembarcar.

Maurice escuchó un rugido que se aproximaba por el bosque. De repente, tres vehículos todoterreno hicieron su aparición. La mujer y él fueron escoltados hasta el segundo de ellos, mientras un par de encapuchados hacía fuego de cobertura para que sus compañeros fueran montando.

Finalmente, los tres vehículos salieron a toda velocidad, alejándose lo más rápido posible del río.

El encapuchado sentado en la plaza de copiloto se quitó el pasamontañas y se dio la vuelta. Maurice se sorprendió al ver que era apenas un adolescente.

-Ya ha pasado lo peor -dijo el joven-. ¿Se encuentran ustedes bien?

Maurice tardó en responder. Y lo hizo con la cabeza, asintiendo nervioso.

-No -dijo la mujer.

Maurice no entendió. El joven tampoco.

-¿Está herida, señora? -preguntó.

Maurice empezó a palparla. Ella empezó a llorar.

-No, yo no estoy herida… -dijo, entre sollozos.

Maurice notó que sus pies se pegaban al suelo del coche.

El segundo vehículo giró un poco a la derecha y se detuvo. Poco después se detenían los otros dos. Las puertas se abrieron y empezaron a bajar encapuchados, preguntándose qué ocurría.

Una puerta se abrió en el segundo coche. Un sonido inhumano se escuchó entonces en el bosque, como si unos pulmones chirriasen al tratar sin éxito de gritar todo lo posible. El joven desencapuchado bajó del coche y se quedó de pie, con los brazos en jarras. Dejó que su mirada se perdiera en la oscuridad del bosque. Después la dirigió hacia el río. Y más allá.

Y dejó que la ira lo poseyese por entero.

Y en su infinita furia, sintió que su vida era plena y desbordante de sentido.

Y se juró a sí mismo que la próxima vez que cruzase ese río, nada en la Casa de Penn Ar Bed quedaría en pie.

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