TIEMPO DE COSECHA

por El Responsable

Ada vio llegar a la comitiva, haciendo visera con su mano sobre los ojos, cegada por el sol bajo del atardecer. Una luz dorada coloreaba los campos recién segados. Los campesinos de la Casa de Simou, reunidos en grupos para disfrutar de un descanso bien merecido tras un duro día de trabajo, se ponían en pie para saludar el paso de su señor Santiago por delante de sus casas. Éste correspondía con un leve gesto de cabeza. Alguno se acercaba a ofrecer bebida o viandas a los caballeros, que éstos rechazaban con agradecida educación.

A Ada le gustó la combinación del marrón oscuro de sus ropajes con la calidez de la moribunda luz del día. Salió corriendo hacia el interior de la casa, haciendo ladrar nervioso a Yuri, para anunciar a su padre que se acercaba el señor.

No hizo falta, porque los ladridos de Yuri habían llamado la atención de Luis, que apareció en el umbral de la puerta secándose las manos con un trapo. Ada vio cómo el rostro de su padre se ponía repentinamente serio.

Y notó la tensión en el mismo rostro cuando la comitiva se detuvo delante de su casa, y el fiel Fernando descendió primero de su caballo para ayudar a su señor.

Luis tomó aire y se acercó a la valla de su finca. Antes de que Fernando lo hiciese, Luis abrió la puerta de la valla y franqueó el paso a su señor, saludándolo con una leve inclinación de cabeza.

-Me alegro de verte, Luis -dijo Santiago, mientras se quitaba los guantes-. Ya no recuerdo la última vez.

-¿Quiere entrar en casa, mi señor, o prefiere hacerme reproches de pie, delante de todos mis vecinos? -preguntó Luis.

Ada abrió mucho los ojos al escuchar a su padre. Santiago sonrió con una única comisura y miró sus guantes.

-Si tienes unas sillas, podemos sentarnos fuera -respondió el señor-. La tarde está realmente bella.

Ada sonrió al escuchar las palabras de Santiago; también a ella le parecía que la tarde era preciosa.

Luis llevó a su señor hasta una mesa que tenía delante de la casa, protegida por un pequeño y coqueto cobertizo.

-Ah, espléndido -dijo satisfecho Santiago-. Qué agradable será hablar aquí.

Luis le dijo a Ada que fuera a buscar viandas y cerveza. Santiago sonrió complacido al escuchar aquello. Tomó asiento, mientras Fernando permanecía de pie, a su lado, con las manos cogidas a la espalda. Con un gesto, pidió a Luis que también se sentara.

-¿A qué debo el honor, mi señor? -preguntó Luis, serio.

-Le prometí a tu hermano que cuidaría de vosotros y os prestaría especial atención durante su ausencia. Así que aquí estamos. ¿Qué tal está resultando la cosecha?

-Bien, a Dios gracias. ¿Ha recibido alguna noticia de Lope?

-No -contestó Santiago, mientras tamborileaba con los dedos sobre la mesa-. Ni buena ni mala.

Luis se quedó pensativo, con gesto preocupado.

-¿Me echas en cara que le diera esa misión? -preguntó Santiago-. Tu hermano es un guerrero. El mejor guerrero de Simou. Cuando la Orden de Buscadores pide algo, un señor está obligado a ofrecer lo mejor que tiene, Luis.

Señor y vasallo se miraron.

-¿Quiere mi señor que conversemos sobre las obligaciones de la nobleza? -preguntó Luis.

Fernando tomó aire y bajó la cabeza. Santiago se quedó mirando a Luis, con una sonrisa estropeada en la boca.

-Piensa que, si no estuviera ahora mismo de misión, no me quedaría más remedio que enviarlo, junto a 199 caballeros más, a la guerra -dijo Santiago.

Luis puso gesto de no entender.

-¿De qué guerra habla? -preguntó.

-Masalia Nova nos ha pedido ayuda para atacar a la Unión; así que he decidido enviar 200 caballeros de Simou -respondió Santiago.

Luis elevó las cejas. En ese momento llegó Ada con la comida y la bebida.

-¡Ah, espléndido! -exclamó el señor, con aire despreocupado.

El propio Santiago llenó los vasos de cerveza y se los pasó a Luis y a Fernando. Luis ni siquiera hizo amago de agarrar el suyo. Santiago le dio un largo trago a su cerveza y picó algo de fiambre. Miró de reojo el rostro pensativo de su vasallo.

-Luis, tus opiniones eran muy valoradas en las asambleas de la Casa -dijo Santiago-. Me temo que se acercan días complicados y no quiero prescindir de tu presencia; ni de tu consejo.

Luis miró a su señor, con los brazos cruzados.

-¿Es eso así? -preguntó-. Pues entonces ahí va el primero: no participe de ningún modo en esa guerra.

-¿Qué guerra? -se le escapó a Ada.

Con un gesto de su padre, la niña supo que tenía que meterse en casa.

-¿Crees que no me gustaría, Luis? ¿Piensas que tengo muchas ganas de implicarme en este conflicto? Pero el conflicto está demasiado cerca; y acabará afectándonos de todos modos. Rocamadour y la Gran Comuna también van a participar.

-¿Por qué ahora? -preguntó molesto Luis.

-Supongo que piensan que es más fácil enfrentarse a un león cuando aún es cachorro…

-¿Conocen el futuro, acaso? ¿Ya saben que la Unión acabará siendo un león?

-No lo sé, Luis; tampoco es demasiado importante, ahora mismo. Porque este animal ya es lo suficientemente peligroso. Auguste de Penn Ar Bed también me ha pedido ayuda. Su situación es realmente desesperada.

-¡Y a quién le puede extrañar tal cosa! -Luis se levantó, muy agitado; Fernando dejó su vaso en la mesa, sin perderle de vista-. Sólo a un estúpido se le podía ocurrir la idea de prohibir a sus vasallos irse de sus tierras. No ha hecho más que echar leña al fuego.

Santiago hizo un gesto de asentimiento resignado.

-El caso es que esto es lo que hay -dijo el señor, levantándose y poniéndose los guantes-. Esperemos que nuestros 200 caballeros sean suficientes y el buen Dios no exija aún más de nosotros. Esperemos que todos esos se equivoquen, y el cachorro acabe siendo un gato.

Luis vio cómo su señor se quedaba callado, contemplando el enrojecer del horizonte.

-Pero te ruego, Luis -dijo Santiago, sin dejar de mirar la puesta de sol-, que no abandones a tu señor y a tu Casa en estos momentos.

Fernando miró fijamente a Luis, antes de seguir a Santiago, que se dirigía de nuevo al camino.

Ada salió de casa y se acercó a su padre, cuando ya la comitiva se introducía en las primeras oscuridades del anochecer. Le cogió la mano, pero Luis no se dio cuenta de que lo hacía.

Aunque era en ella, por encima de cualquier otra cosa, en lo que más pensaba en ese preciso momento.

“Una pesada carga”, de Arthur Hacker