OASIS DE HORROR

por El Responsable

Frances daba el pecho a Juana, sentada en la cama de su habitación. Sus hermanos Joan y Jeanne contemplaban la escena; él de pie en medio de la estancia; ella sentada junto a Frances, con la barbilla apoyada en su hombro. Una luz lechosa se colaba por la ventana.

La mirada de Frances se detenía en cada detalle de aquella habitación, pues cada uno de ellos era fuente copiosa de recuerdos. Era extraño dar el pecho a su hija en aquel lugar; como si dos épocas de su vida, completamente alejadas la una de la otra por una eternidad de experiencias, se hubiesen mezclado de forma imperfecta y deslavazada en ese trozo de mundo. El único nexo de unión entre ambas era precisamente aquel espacio; y su cuerpo, a través de todas sus metamorfosis de niña a madre, habitándolo.

Saciada Juana, se quedó casi instantáneamente dormida. Frances dejó que Jeanne la llevase a su cuna. Joan decidió sentarse en una silla, haciendo crepitar el suelo de madera al moverse.

-¿Y bien? -preguntó Jeanne, aunque sin dejar de mirar a su sobrina-. ¿Qué conclusión sacas de tus viajes, hermana?

Frances dejó que su mirada huyese por la ventana, hasta el mar.

-Un saber amargo, me temo -dijo, con una sonrisa triste-. El mundo, monótono y pequeño, hoy, ayer, mañana, siempre, nos hace ver nuestra imagen: un oasis de horror en un desierto de aburrimiento…

-Eso me suena bolañesco… -comentó Joan, tratando de recordar.

-Te suena bolañesco porque eres alérgico a la poesía y para ti la literatura sólo se compone de novelas de miles de páginas -dijo Jeanne, fingiendo tono de reproche-. Es la cita inicial de 2666; pero es un verso de El viaje de Baudelaire.

-Cierto –concedió su hermano-. ¿Puedo preguntar cómo te has ganado la vida?

-Institutriz para hijas de esclavistas –respondió Frances, con una sonrisa agria, al tiempo que bajaba la mirada-. Se puede decir que nuestro amor a la literatura me salvó del hambre…

Sus hermanos esbozaron una leve sonrisa.

-¿Dónde? –preguntó Jeanne.

-Oh, en multitud de lugares, casi siempre por Levante… -respondió Frances, mientras volvía a dirigir su mirada hacia el mar-. Pero a Ramiro lo conocí en La Meca. Él trabajaba de guardaespaldas del mismo amo que me había contratado a mí.

-¡La Meca! –exclamaron sus dos hermanos al unísono.

Frances sonrió.

-¿Cómo es? –preguntó Joan, con vivo interés.

-Una ruina, como casi todo el resto del mundo –respondió Frances, bajando la mirada al suelo-. Dominado por esclavistas crueles e ignorantes. Y ahora con esa peste neo-arriana extendiéndose por todas partes… Cada vez había más violencia en las calles. Por eso decidimos marcharnos. No creo que la guerra tarde en llegar a Oriente.

-Quizá tampoco tarde en desatarse en Occidente, hermana –comentó Joan, serio.

Frances le miró con gesto de no entender.

-¿Te acuerdas de la revolución anti-esclavista que ocurrió en el norte de Francia, cuando nosotros éramos niños? –dijo Jeanne; Frances asintió con la cabeza-. Durante todos estos años la revolución se ha extendido a muchas otras ciudades; y hace no mucho se federaron, creando la Unión de Repúblicas del Loira. Desde hace cierto tiempo, existe una tensión creciente entre la Unión y la Casa de Penn Ar Bed.

-¡Pobre abuelo! –exclamó Frances-. ¿Y cómo está la situación ahora mismo?

-El abuelo decretó hace poco la prohibición a sus vasallos de abandonar la Casa; como casi todas las demás, está perdiendo población, porque los siervos prefieren vivir en repúblicas, o como ciudadanos libres en estados esclavistas. En el caso de Penn Ar Bed es aún peor, porque el régimen democrático de la Unión resulta muy atractivo. Y su territorio está completamente taponado por las fronteras con la Unión. La Unión o el mar…

Frances miró alternativamente a sus dos hermanos, con gesto interrogador.

-¿Y a vosotros os parece bien lo que ha hecho el abuelo Auguste? –les preguntó.

-Sí –respondió Joan.

-No –respondió Jeanne.

-Ya… –dijo Frances, quedándose pensativa-. Yo no sé qué pensar, la verdad. Desde luego, el abuelo ha de estar desesperado, si ha tomado una decisión así… ¿Qué tal se ha tomado madre todo esto?

Los rostros de sus hermanos fueron respuesta suficiente.

-Hay muchos nervios en la Casa de Rilo, últimamente –dijo Jeanne, cogiendo una mano de Frances entre las suyas-. Tenemos que hacer lo posible por mantenernos unidos. Vienen tiempos duros. Así que me alegro mucho de que hayas vuelto a casa, hermana.

Frances acarició a Jeanne, y miró a Joan, que le sonrió con ternura.

-¿Llegaste a ver el Cráter, Frances? –preguntó Joan, inclinándose hacia delante en la silla.

Frances bajó la cabeza y asintió.

-Me conocéis bien y sabéis que no soy la más pía de las mujeres, pero… -la mirada de Frances volvió a huir hacia el mar-. Es difícil explicar lo que siente uno al contemplar aquello. Es… bueno, pues eso: un oasis de horror en un desierto de aburrimiento… -dijo, forzando una sonrisa triste-. Es la Nada. La Nada del hombre. La que sólo él puede crear…

Los tres hermanos se quedaron callados. Joan se quedó con la mirada perdida entre las maderas del suelo. Jeanne apretó la mano de su hermana y se la llevó a la boca para besarla.

-Haremos lo posible para protegernos de esa Nada, aquí, la familia, la Casa –dijo a Frances-. Juntos, con la ayuda de Dios.

Frances miró a su hermana con inmenso cariño y finalmente la acercó a sí para abrazarla. Joan se puso de pie, se acercó a ellas, y acarició el pelo de ambas.

A través de la ventana, un sol sin luz se ponía en el horizonte.

“Retrato de una muchacha”, de Arthur Hacker (1896)

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