ABADESA Y SEÑORA

por El Responsable

Apenas entraba un rayo de luz en la sala circular que culminaba la torre. Varios guerreros de la Casa de Rocamadour, vestidos con sus típicos ropajes en tonos beis, vigilaban con la mirada perdida el desarrollo de la audiencia que su Abadesa y Señora había dado a los enviados del Principal de Masalia Nova.

Sentada en una humilde silla de madera, la máxima autoridad de Rocamadour escondía las manos en las amplias mangas de su hábito pardo. Contemplaba circunspecta a sus dos invitados, dejando la expresión de emociones al cuidado del monje que se encontraba de pie a su lado.

-¿Tan necesaria considera la ayuda de la Liga su Excelencia el Principal? -preguntó el monje, mostrando no poca sorpresa-. Nos acaban de decir vuesas mercedes que podemos contar con el apoyo de la Casa de Simou y la Gran Comuna para unirnos a la Casa de Penn Ar Bed en una guerra contra la Unión. ¿No sería una alianza lo suficientemente sólida como para prescindir de las exigencias de los neo-arrianos de Estambul? Exigencias tan estrambóticas, por otro lado.

El obispo Pierre, con cara de no saber qué decir, miró dubitativo a su compañero de embajada, el filósofo Georg.

-El apoyo de la Gran Comuna será básicamente económico y material -contestó el consejero del Principal, manteniendo los brazos cruzados sobre su torso erguido-; las Casas de Simou y Rocamadour, por razones evidentes, tampoco pueden aportar demasiadas tropas a esta guerra; la Casa de Penn Ar Bed peleará hasta el último hombre, pero por una mera cuestión de supervivencia. Eso deja a Masalia Nova como único aliado con capacidad de proporcionar un número suficiente de soldados para esta campaña…

-Mercenarios -matizó el monje.

-Mercenarios, eso es -confirmó el consejero, un poco molesto por la corrección-. Y mercenarios ofrece también la Liga. Así como varios batallones de Unificadores.

-Batallones de fanáticos neo-arrianos -volvió a matizar el monje.

-Ciertamente, nuestro bando necesitará soldados fanáticos, capaces de contrarrestar la superioridad numérica del enemigo; que tampoco anda mal de fanatismo, por otro lado; sin embargo, si la Casa de Rocamadour es capaz de proporcionar 25.000 guerreros, entonces podremos prescindir de la oferta de Estambul -respondió el filósofo, con una mueca burlona.

La Abadesa y Señora observó al filósofo Georg un momento, antes de hablar.

-¿El obispo Pierre realmente ve con buenos ojos la propuesta de Estambul? -preguntó finalmente al acompañante de Georg.

El obispo katejónico de Masalia Nova se quedó pensativo un momento, demorando su respuesta.

-Abadesa y Señora, si he de ser sincero, ahora mismo sólo soy capaz de ver enemigos por todas partes… -dijo el sacerdote, mientras acariciaba de forma inconsciente la enorme cruz dorada que colgaba sobre su pecho-. Ambos hemos hablado en muchas ocasiones, en persona y por escrito, sobre el peligro que estaba creciendo al norte. Y ambos sabemos lo que está en juego aquí, mucho más que la mera política de nuestro siglo. La última vez que se permitió crecer un cáncer como éste, sin extirparlo antes, el mundo estuvo a punto de fenecer.

La Abadesa y Señora volvió a quedar meditabunda, como si se hubiese olvidado de sus invitados.

-Lo que ustedes proponen es combatir un cáncer con otro cáncer -dijo el monje-. ¿Quién sabe a qué tipo de catástrofes nos puede conducir un mundo gobernado por neo-arrianos? De hecho, ni siquiera sabemos si el resultado de las elecciones de Estambul conducirán a toda la Liga Panhelénica, finalmente, a una guerra civil.

-Aporten más soldados a la alianza y podremos prescindir de Estambul, hermano Karl -insistió Georg.

-Sabe perfectamente que eso es imposible… -dijo el monje.

-Por supuesto que lo sé; la Unión es la sanguijuela que, con su mera existencia, le está robando la vida, en forma de súbditos, a todas las Casas de los alrededores… -explicó Georg.

-¡Y a ustedes! -exclamó el hermano Karl-. O si no, ¿por qué tanto interés en iniciar esta empresa bélica?

-Cierto -confirmó el filósofo, sin alterarse-. También para nosotros es cuestión de vida o muerte acabar con esta sanguijuela. Y para ello, necesitamos soldados. Es por ello que la oferta de Estambul resulta tan… beneficiosa.

-La oferta de Estambul es una estupidez, que sólo un loco desquiciado puede plantear -replicó el monje.

-Desde mi punto de vista -dijo Georg, en el mismo tono monocorde que había estado utilizando-, sólo un loco desquiciado podría rechazar esa oferta. Alguien que le da más importancia a las meras palabras que a la supervivencia física.

La Abadesa y Señora elevó una ceja y miró fijamente al filósofo, antes de responder:

-¿Y qué esperaba usted, de unos simples cristianos?

Georg suspiró con desgana, mientras el obispo Pierre dejaba de manosear la cruz para empezar a mesarse la barba.

-Pensar que un concilio católico se atreverá a alterar el Credo, con el único objeto de tener más posibilidades de vencer en una guerra humana, es delirar -añadió la Abadesa y Señora, mientras se ponía en pie.

-Entonces sólo nos queda esperar la invasión de la Unión -dijo Georg, mientras se miraba las uñas de la mano derecha.

-Sea -respondió lacónica la mujer.

-Pero no podemos permitir que la Palabra de Dios desaparezca de la faz de la Tierra -dijo el obispo Pierre, nervioso.

-Hasta donde nos es conocido, la práctica de la religión cristiana está permitida dentro de la Unión -dijo el hermano Karl.

-¿Durante cuánto tiempo? -preguntó Georg.

-Quizá más del que usted piensa, si evitamos esta guerra -dijo el monje.

-Por lo tanto su plan es no hacer nada y esperar que nuestros conquistadores sean misericordiosos con nuestras formas de vivir; así las cosas, no sé por qué no abandonan ya estas tierras y emigran al norte -dijo Georg.

Todos miraron al monje, incluso algún miembro de la guardia.

-Dadas las actuales circunstancias, no puedo aconsejar de otro modo a mi Abadesa y Señora -dijo el hermano Karl, con un hilo de voz.

Georg hizo un gesto de burla al escuchar al monje. Meneó la cabeza, negando, como si se viera obligado a aceptar que era imposible dejar de oír estupideces.

La Abadesa y Señora se había vuelto a sentar, perdida en sus pensamientos. De repente, volvió a ponerse de pie, para dirigirse a los dos emisarios.

-Pronto enviaré una respuesta por escrito a su Excelencia. Señores, les agradezco su visita. Espero que sea de provecho para todos. Y especialmente para Dios.

La Abadesa y Señora se dirigió hacia las escaleras, seguida por el hermano Karl y un par de guerreros.

Georg se acercó a contemplar la vista desde una de las ventanas, mientras el obispo Pierre permanecía sentado, ensimismado, agarrado a su cruz.

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