El sosiego acantilado

NON MEA VOLUNTAS

EL FUEGO PURIFICADOR DE SAN VICENTE BIBLIOTECARIO

-¿Por qué se fue José de la Casa de Simou? -preguntó Iván, en voz baja, a Lope.

La luz de la hoguera permitía a Abraham limpiar su rifle; no hizo ningún gesto, a pesar de que había oído perfectamente la pregunta. Lope dejó por un momento de afilar su cuchillo de combate y buscó con la mirada a José, que conversaba con el ángel negro sobre un risco situado a unos cincuenta metros; después miró a Iván.

-¿Por qué no se lo preguntas tú mismo? -preguntó a su vez Lope, mientras volvía a afilar su cuchillo.

-Lo hice… pero justo entonces me dispararon -respondió Iván-. De todos modos, no sé si me hubiese respondido…

-Seguramente no -opinó Lope.

Iván se quedó callado y miró hacia donde se encontraban José y el ángel. La mujercita alada miraba el Egeo desde uno de los hombros del mutante.

-A pesar de sus modales, creo que, en el fondo, José es un buen hombre… -dijo Iván.

Lope volvió a mirar al chaval. Abraham seguía limpiando su arma. Lope guardó su cuchillo y se sentó más cerca de Iván.

-José era muy parecido a ti, cuando tenía tus años -empezó Lope-. Sólo que mejor en todos los aspectos.

Iván no se esperaba el tono de aquel comentario. Abraham no pudo evitar sonreír, aunque siguió a lo suyo.

-Era el guerrero con más talento natural que yo haya conocido -continuó Lope-. Era, además, bondadoso y justo. Valiente. Siempre dispuesto a ayudar. Siempre dispuesto a servir. A tu edad, era ya también uno de los miembros más cultivados de la Casa de Simou: el tiempo que no empleaba en aprender a luchar, lo pasaba leyendo. Demasiado, quizá. O puede que el problema no estuviese en lo mucho que leía, sino en qué cosas leía… -Lope calló por un momento-. Las lecturas que teníamos a nuestras disposición, por otro lado… A los dos nos gustaba mucho Tolkien, como a ti -dijo Lope, con una sonrisa melancólica; Iván también sonrió-. Recuerdo una carta de Tolkien que leí hace mucho tiempo y que, por alguna razón, nunca he olvidado; me llamó la atención en su momento, porque hablaba de la imposibilidad que sentía para escribir una continuación de El Señor de los Anillos.

-¿Por qué le resultaba imposible? -preguntó Iván con vivo interés.

-Porque no le quedaría más remedio que hablar de la rápida corrupción del hombre cuando sólo conoce el bienestar y la paz. Lo cual, a Tolkien, le resultaba algo demasiado triste y deprimente de contar.

-Ciertamente, resulta más grato hablar de heroicidades que de mediocridades -dijo Iván.

Lope miró al chaval y volvió a sonreír con melancolía. Bajó la vista al suelo.

-Yo he llegado a la conclusión de que Tolkien se equivocaba -siguió Lope-. El mal ha de ser sacado a la luz, para que pueda ser conocido, previsto. Para que uno sepa reconocer peligros que, en caso contrario, le resultarían invisibles hasta que le estallasen en su propia cara. Hablar del mal puede ser deprimente, pero es necesario. Es necesario entender, lo antes posible, lo bajo que puede llegar a caer el ser humano, cualquier ser humano; incluso aquellos llamados a dirigir el destino de los mejores. Incluso aquellos que no tienen más enemigo que el hastío y el aburrimiento, en medio de la mayor de las abundancias. Una buena educación ha de insistir en la facilidad con que el ser humano se convierte en traidor.

-¿Para evitar que nos convirtamos en traidores? -preguntó Iván.

-Claro. Pero quizá haya algo más importante aún: evitar que la traición que suframos algún día nos derrote completamente y nos haga renegar de todo aquello que, en el fondo, amamos de verdad.

Lope calló. Iván se quedó con la mirada fija en su rostro.

-¿De qué habláis? -preguntó José, que llegaba en ese momento.

-De Tolkien -contestó Iván-. ¿Y los humanoides?

-Estirando las alas -contestó José-. ¿Has leído algo más en tu vida, aparte de Tolkien? -preguntó a su vez, con ironía.

-Claro que sí -respondió Iván, sonriente-. Aunque a veces creo que no necesito más que leerle a él. Que Dios me perdone, pero en ocasiones hasta me sobra la Biblia. Me gusta más el Ainulindalë que el Génesis.

-¡Eh, chaval! -exclamó jocoso José-. Como te oiga Abraham decir esas barbaridades te vas a quedar sin cena.

Todos sonrieron, incluso Abraham.

-La verdad es que yo también prefiero el Ainulindalë -comentó, dejando por un momento su tarea.

-¡Pero bueno! -exclamó de nuevo José-. ¡Pero en manos de quién estamos! Necesitas un confesor ahora mismo, Abri. Mientras lo buscas, yo me quedaré al mando. Te esperamos aquí, comiendo jabalí y libando bebidas espirituosas.

-Mañana seguiremos nuestro camino -dijo Abraham, de nuevo serio-. Iván ya está recuperado.

Todos miraron a Abraham.

-Eres un cortarrollos insoportable -dijo José-. ¿Cómo va a estar recuperado, si la fiebre incluso le hace blasfemar? ¿No acabas de oír lo que ha dicho sobre Tolkien y la Biblia?

Lope e Iván sonrieron.

-¿Qué libro de Tolkien volverías a leer, José? -preguntó de repente Iván.

La pregunta sorprendió a José, que se quedó pensando.

-Ninguno -respondió-. Creo que Tolkien está sobrevalorado.

Iván miró a Lope, que se miraba los dedos.

-A veces pienso que San Vicente Bibliotecario quizá se equivocó al conservar sus libros en vez de los del pobre C. S. Lewis -dijo José, sin alegría.

-Pero ese escritor era hereje -dijo Iván-. Pertenecía a una secta que aprobaba el divorcio, nada menos.

-Así es -intervino Lope-. Y, sin embargo, conocemos los testimonios de no pocos católicos, todos grandes figuras del pensamiento romano, que afirman la belleza y verdad de muchas obras del tal C. S. Lewis. Los pocos y minúsculos fragmentos que nos han llegado de este autor se deben a la admiración que despertó entre tantos buenos católicos. Incluso en el propio Tolkien, antes de que su amistad se enfriara.

-San Vicente hizo lo que hizo durante la Caída -dijo Iván, un poco desconcertado-. Supongo que en un momento así, cuando ves lo que ha sufrido la Creación por los desmanes de los hombres, sólo quieres que sobreviva lo más puro, lo que realmente tiene poder para curar al mundo. Por eso quemó tantos libros. Por eso quemó los libros de C. S. Lewis.

Al callar Iván, nadie más habló.

Lope hizo amago de decir algo, pero al final permaneció en silencio.

-Quizá el problema está en creer que la pureza salvará a alguien -dijo José, mientras buscaba en el cielo a los dos humanoides-. Los seres humanos tienen que aprender a vivir con la suciedad, no con la pureza.

Iván miró a José y después miró a Lope. Ninguno le miraba a él.

De repente sintió unos besitos en la oreja derecha y no pudo evitar reír por las cosquillas.

ABADESA Y SEÑORA

Apenas entraba un rayo de luz en la sala circular que culminaba la torre. Varios guerreros de la Casa de Rocamadour, vestidos con sus típicos ropajes en tonos beis, vigilaban con la mirada perdida el desarrollo de la audiencia que su Abadesa y Señora había dado a los enviados del Principal de Masalia Nova.

Sentada en una humilde silla de madera, la máxima autoridad de Rocamadour escondía las manos en las amplias mangas de su hábito pardo. Contemplaba circunspecta a sus dos invitados, dejando la expresión de emociones al cuidado del monje que se encontraba de pie a su lado.

-¿Tan necesaria considera la ayuda de la Liga su Excelencia el Principal? -preguntó el monje, mostrando no poca sorpresa-. Nos acaban de decir vuesas mercedes que podemos contar con el apoyo de la Casa de Simou y la Gran Comuna para unirnos a la Casa de Penn Ar Bed en una guerra contra la Unión. ¿No sería una alianza lo suficientemente sólida como para prescindir de las exigencias de los neo-arrianos de Estambul? Exigencias tan estrambóticas, por otro lado.

El obispo Pierre, con cara de no saber qué decir, miró dubitativo a su compañero de embajada, el filósofo Georg.

-El apoyo de la Gran Comuna será básicamente económico y material -contestó el consejero del Principal, manteniendo los brazos cruzados sobre su torso erguido-; las Casas de Simou y Rocamadour, por razones evidentes, tampoco pueden aportar demasiadas tropas a esta guerra; la Casa de Penn Ar Bed peleará hasta el último hombre, pero por una mera cuestión de supervivencia. Eso deja a Masalia Nova como único aliado con capacidad de proporcionar un número suficiente de soldados para esta campaña…

-Mercenarios -matizó el monje.

-Mercenarios, eso es -confirmó el consejero, un poco molesto por la corrección-. Y mercenarios ofrece también la Liga. Así como varios batallones de Unificadores.

-Batallones de fanáticos neo-arrianos -volvió a matizar el monje.

-Ciertamente, nuestro bando necesitará soldados fanáticos, capaces de contrarrestar la superioridad numérica del enemigo; que tampoco anda mal de fanatismo, por otro lado; sin embargo, si la Casa de Rocamadour es capaz de proporcionar 25.000 guerreros, entonces podremos prescindir de la oferta de Estambul -respondió el filósofo, con una mueca burlona.

La Abadesa y Señora observó al filósofo Georg un momento, antes de hablar.

-¿El obispo Pierre realmente ve con buenos ojos la propuesta de Estambul? -preguntó finalmente al acompañante de Georg.

El obispo katejónico de Masalia Nova se quedó pensativo un momento, demorando su respuesta.

-Abadesa y Señora, si he de ser sincero, ahora mismo sólo soy capaz de ver enemigos por todas partes… -dijo el sacerdote, mientras acariciaba de forma inconsciente la enorme cruz dorada que colgaba sobre su pecho-. Ambos hemos hablado en muchas ocasiones, en persona y por escrito, sobre el peligro que estaba creciendo al norte. Y ambos sabemos lo que está en juego aquí, mucho más que la mera política de nuestro siglo. La última vez que se permitió crecer un cáncer como éste, sin extirparlo antes, el mundo estuvo a punto de fenecer.

La Abadesa y Señora volvió a quedar meditabunda, como si se hubiese olvidado de sus invitados.

-Lo que ustedes proponen es combatir un cáncer con otro cáncer -dijo el monje-. ¿Quién sabe a qué tipo de catástrofes nos puede conducir un mundo gobernado por neo-arrianos? De hecho, ni siquiera sabemos si el resultado de las elecciones de Estambul conducirán a toda la Liga Panhelénica, finalmente, a una guerra civil.

-Aporten más soldados a la alianza y podremos prescindir de Estambul, hermano Karl -insistió Georg.

-Sabe perfectamente que eso es imposible… -dijo el monje.

-Por supuesto que lo sé; la Unión es la sanguijuela que, con su mera existencia, le está robando la vida, en forma de súbditos, a todas las Casas de los alrededores… -explicó Georg.

-¡Y a ustedes! -exclamó el hermano Karl-. O si no, ¿por qué tanto interés en iniciar esta empresa bélica?

-Cierto -confirmó el filósofo, sin alterarse-. También para nosotros es cuestión de vida o muerte acabar con esta sanguijuela. Y para ello, necesitamos soldados. Es por ello que la oferta de Estambul resulta tan… beneficiosa.

-La oferta de Estambul es una estupidez, que sólo un loco desquiciado puede plantear -replicó el monje.

-Desde mi punto de vista -dijo Georg, en el mismo tono monocorde que había estado utilizando-, sólo un loco desquiciado podría rechazar esa oferta. Alguien que le da más importancia a las meras palabras que a la supervivencia física.

La Abadesa y Señora elevó una ceja y miró fijamente al filósofo, antes de responder:

-¿Y qué esperaba usted, de unos simples cristianos?

Georg suspiró con desgana, mientras el obispo Pierre dejaba de manosear la cruz para empezar a mesarse la barba.

-Pensar que un concilio católico se atreverá a alterar el Credo, con el único objeto de tener más posibilidades de vencer en una guerra humana, es delirar -añadió la Abadesa y Señora, mientras se ponía en pie.

-Entonces sólo nos queda esperar la invasión de la Unión -dijo Georg, mientras se miraba las uñas de la mano derecha.

-Sea -respondió lacónica la mujer.

-Pero no podemos permitir que la Palabra de Dios desaparezca de la faz de la Tierra -dijo el obispo Pierre, nervioso.

-Hasta donde nos es conocido, la práctica de la religión cristiana está permitida dentro de la Unión -dijo el hermano Karl.

-¿Durante cuánto tiempo? -preguntó Georg.

-Quizá más del que usted piensa, si evitamos esta guerra -dijo el monje.

-Por lo tanto su plan es no hacer nada y esperar que nuestros conquistadores sean misericordiosos con nuestras formas de vivir; así las cosas, no sé por qué no abandonan ya estas tierras y emigran al norte -dijo Georg.

Todos miraron al monje, incluso algún miembro de la guardia.

-Dadas las actuales circunstancias, no puedo aconsejar de otro modo a mi Abadesa y Señora -dijo el hermano Karl, con un hilo de voz.

Georg hizo un gesto de burla al escuchar al monje. Meneó la cabeza, negando, como si se viera obligado a aceptar que era imposible dejar de oír estupideces.

La Abadesa y Señora se había vuelto a sentar, perdida en sus pensamientos. De repente, volvió a ponerse de pie, para dirigirse a los dos emisarios.

-Pronto enviaré una respuesta por escrito a su Excelencia. Señores, les agradezco su visita. Espero que sea de provecho para todos. Y especialmente para Dios.

La Abadesa y Señora se dirigió hacia las escaleras, seguida por el hermano Karl y un par de guerreros.

Georg se acercó a contemplar la vista desde una de las ventanas, mientras el obispo Pierre permanecía sentado, ensimismado, agarrado a su cruz.

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