LA HIJA PRÓDIGA

por El Responsable

-Padre, suplico tu perdón -dijo Frances, arrodillada, con el rostro caído hacia el suelo, mientras sostenía en brazos a su hija.

El señor de Rilo se erguía ante ella en medio de la gran sala, con gesto serio, ambos rodeados sólo por sus familiares más cercanos.

Xoán puso las manos sobre los hombros de su hija y la ayudó a ponerse nuevamente en pie.

-Tuyo es, hija mía.

La abrazó y la besó; y al hacerlo, un largo suspiro salió de su pecho, como si se estuviera desinflando un inmenso dolor. Frances se dejaba hacer, la cara apoyada en el amplio pecho de su padre. Xoán se fijó entonces en el pequeño bebé que dormía en los brazos de su hija.

-Esta es Juana, padre, tu nieta -dijo Frances.

Xoán acarició con uno de sus dedazos la naricita de la niña, que se despertó justo en ese momento.

-Señor, yo también suplico su perdón -se escuchó de repente; se trataba de Ramiro de Mar, que se había arrodillado ante Xoán con las dos rodillas y la frente clavadas en el suelo-. Soy el único responsable de la deshonra de su hija, de haber traído una niña al mundo sin cumplir con los mandatos de Dios. Queda mi ser a su merced, haga de mí lo que fuere menester. Aceptaré con gusto hasta el más humillante y doloroso de los castigos.

La declaración de Ramiro dejó pasmado a Xoán. Aliénor fulminó a su hija con la mirada. Joan abrió mucho los ojos y Jeanne contuvo la respiración.

El tatarabuelo John sonrió, como si le estuviesen contando la travesura de un niño.

Frances también sonrió y chasqueó la lengua.

-No le hagas caso, padre -dijo, en tono socarrón-. Yo soy bastante más responsable que él de la existencia de esta preciosidad… Se puede decir que prácticamente lo violé…

Todos miraron estupefactos a Frances; quien, al ver sus caras, no pudo evitar echarse a reír. Joan, incapaz de controlarse, se unió a la risa de su hermana mayor.

Ramiro se mantenía de rodillas, con los brazos caídos, sin saber dónde fijar la mirada, que trataba de esconderse entre las maderas del suelo.

Jeanne, con los ojos muy abiertos, se había llevado ambas manos a la boca; y en esa postura vio cómo su madre se plantaba furiosa entre su marido y Frances, poniendo fin a las risas de ésta.

-¿No piensas hacer nada para proteger la dignidad de tu Casa? -casi le gritó Aliénor a su esposo.

Xoán miró a su mujer como si fuera la primera vez en la vida que le echaba la vista encima.

-¿Y bien? -insistió, furiosa, Aliénor-. ¿Va a ser ésta la heredera de tu Casa?

Xoán fue incapaz de decir nada. Pero Frances sí lo hizo.

-Por supuesto que no. No pienso ser la Señora de la Casa de Rilo. Renuncio a mis derechos en este mismo instante. Sólo he vuelto para vivir tranquila y criar a mi hija.

El silencio permitió escuchar al viento marino colándose por los pisos superiores de la gran casa.

Xoán, entre las nieblas de su estupor, volvió a descubrir la presencia arrodillada de Ramiro, que parecía sufrir un tormento espiritual insoportable. Ofreciéndole una mano, le ayudó y obligó, al mismo tiempo, a ponerse en pie.

-¿Quieres que te dé mi permiso para casarte con este hombre? -preguntó a su hija.

Frances miró a Ramiro con profunda dulzura y le acarició una mejilla.

-No, padre -respondió, con voz serena pero firme-. No me quiero casar con este hombre magnífico. No lo amo. Pero quiero que viva aquí, con nosotros, y que vea crecer a su hija, y que sea el padre que merece ser.

Escuchado esto, el tatarabuelo John hizo un gesto al mayordomo de la gran casa, mientras se acercaba a sus descendientes.

-Creo que, por ahora, hemos quedado ahítos de emociones y noticias -dijo, sonriendo-. Los viajeros seguramente querrán descansar un poco en sus habitaciones, antes de la cena. Aunque quizá prefieran cenar en ellas; eso queda a su albedrío. Mientras tanto, busquemos todos un poco de serenidad, con la ayuda de Dios y todos los santos, para no dar más motivos de inspiración a dramaturgos y juglares.

Dicho esto, varios sirvientes empezaron a llevarse el equipaje de los recién llegados.

Frances cogió cariñosa una mano de Ramiro y le obligó a seguirla, en la misma dirección que los sirvientes.

Jeanne salió casi corriendo detrás de su madre, que se dirigía furibunda hacia una de las puertas laterales.

Joan se quedó donde estaba, de pie, mirando a su padre, que no se había movido. Y que ahora levantaba la vista al cielo, para sólo encontrar el techo de su casa.

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