El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Mes: Setembro, 2018

DEBATE ELECTORAL

El joven Peras saludó efusivamente al viejo Thomas cuando le vio llegar al atestado foro. Se lo indicó a su acompañante, un hombre alto, de cuerpo trabajado en gimnasio, de unos cuarenta años, vestido de palio blanco. Su pelo moreno, que ya empezaba a escasear, estaba cortado al antiguo modo romano. Cuatro formidables esclavos negros formaban su guardia personal. Regaló una amplia y sincera sonrisa al iluminador cuando éste llegó hasta ellos.

-Querido Adonis, me alegro de verle -dijo Thomas, abriendo los brazos.

-El placer es mío, Maestro- respondió, mientras abrazaba al viejo-. ¿Ha venido a ver el espectáculo? Me resulta raro encontrarle en estos tumultos.

-Necesitaba salir un poco de casa y despejar la cabeza. Últimamente, tengo demasiadas cosas en las que pensar…

Adonis vio con preocupación que el viejo bajaba la mirada al suelo y amenazaba con ensimismarse en medio del barullo de la plaza.

-Entiendo, Maestro -dijo Adonis-. Los tiempos obligan a muchas y profundas reflexiones. Esperemos que las elecciones de este sábado no nos pongan aún más melancólicos -Adonis sonrió a Thomas, mientras le cogía suavemente del brazo-. Acompáñenos a mis asientos, estaremos más cómodos y tranquilos, y seguiremos mejor el debate.

Thomas, sujeto por Adonis y Peras, se dejó llevar hasta unas gradas cercanas, hechas de mármol blanco y protegidas del sol por unas telas de color beis. La policía ateniense se inclinó ante Adonis y dejó acceder al grupo a las bancadas.

Mientras se sentaban, Peras hizo una señal a Adonis con la cabeza.

-Ahí está Sonshu Agamenón -dijo, con la mirada fija unos cincuenta metros más allá, en la misma grada en la que estaban ellos.

Thomas también miró en aquella dirección. Vio a un hombre gordo, con el pelo rapado al modo neo-arriano, de pie, con las manos abiertas hacia el cielo. Parecía estar rezando. Estaba rodeado de otros hombres con el pelo rapado y mujeres que también compartían un mismo corte de pelo, en su caso dejando media melena suelta. Vestían sencillas túnicas blancas y sus caras parecían desconocer la sonrisa desde hacía años.

Poco a poco, la masa se fue desplazando hacia los laterales del ágora, dejando vacío el centro de la plaza. Hacia allí se dirigió uno de los curiales de la polis, vestido con la toga oficial de los funcionarios.

Cuando llegó al centro, alzó los brazos, pidiendo silencio al público presente.

-Siendo mediodía, la divina polis ateniense convoca a sus ciudadanos para que discutan en público, con la sola fuerza de sus palabras, sobre todo aquello que se deba tener en cuenta para votar adecuadamente en las divinas elecciones del próximo sábado -clamó el curial-. Que todos los dioses bendigan a la divina Atenas.

-¡Atenas! -gritó el público al unísono.

Thomas se fijó en que los neo-arrianos no habían gritado con los demás. Tampoco él lo había hecho.

Pronunciada la presentación del debate, el curial salió de la plaza. Un murmullo de expectación se empezó a levantar, mientras el foro esperaba que alguien se decidiese a tomar la palabra.

Finalmente, vieron avanzar a un hombre alto y delgado, de piel blanquísima y corto pelo rubio, vestido con una sencilla túnica de color celeste.

-Demóstenes Yusuf, el imán de Atenas -comentó Peras.

Se volvió a hacer el silencio, mientras el hombre ocupaba su lugar en el centro de la plaza.

-Ciudadanos atenienses, me dirijo a vosotros, en el nombre de Dios, en esta hora difícil. Todos sabemos lo que lleva ocurriendo en las polis de la Liga durante las últimas décadas, todos sabemos a qué nos arriesgamos en las elecciones del sábado. Lo que tantos siglos costó construir, una civilización de respeto y tolerancia entre todas las minorías que habitamos alrededor de este mar bendito por Dios, nos arriesgamos este sábado a dar un paso más hacia el abismo que ya se ha abierto en tantos otros lugares. El abismo que se abrió hace poco en la gloriosa Estambul, que Dios la guarde por siempre.

Se empezaron a escuchar gritos desde el público, a favor y en contra de lo que estaba diciendo el orador. Thomas se fijó en que algunos de los neo-arrianos que se sentaban cerca de ellos hacían gestos de enfado bastante vehementes.

-Ahora que la Liga estaba creciendo -prosiguió el imán-, aferrada a unos valores comunes, compartidos desde nuestra diversidad de creencias y opiniones, henos aquí a las puertas del triunfo democrático de la tiranía: tiranía humana y tiranía divina.

Thomas, Adonis y Peras giraron sus cabezas para mirar a los neo-arrianos, que se escandalizaban y gritaban en las gradas. También los que se encontraban entre el público de a pie. Sólo el gordo Agamenón parecía mantener la calma.

-¡Conciudadanos atenienses! -continuó Demóstenes, elevando el tono de su voz-. ¿Permitiréis que vuestros vecinos sean molestados y perseguidos por venerar a dioses distintos de los vuestros? ¿O por no venerar a ninguno? Dios nos libre de tal impiedad, porque si no volveremos a merecer otro Castigo. Y quizá éste sea el definitivo.

Terminado el discurso, Demóstenes Yusuf se dirigió de nuevo hacia la grada, tras provocar una apretada y estruendosa división de opiniones entre el público. Algunos neo-arrianos discutían acaloradamente con los ciudadanos que tenían al lado. La policía ateniense empezó a tomar posiciones.

Entonces Sonshu Agamenón bajó de la grada y se dirigió al centro de la plaza. Se hizo un silencio sepulcral. Ya en posición, dirigió la mirada al cielo, y volvió a rezar con las palmas abiertas hacia arriba. Terminada la oración, se dispuso a hablar.

-¡Criaturas de Dios! Acabamos de escuchar las sorprendentes palabras de un clérigo musulmán, quien, al parecer, pretende darnos lecciones de amor y de tolerancia a las creencias de los demás. Si no fuera pecaminosa tanta desfachatez e hipocresía, resultaría hasta graciosa -los ojos rasgados de Sonshu se cerraron aún más al sonreír con sarcasmo-. ¡Oíd bien, criaturas del Dios Único! Los principales causantes de que el mundo a ese otro lado del Egeo quedara prácticamente arrasado; los que, precisamente por su diversidad, estallaron en una guerra civil musulmana que provocó la muerte de decenas de millones; los que arrasaron algunas de las ciudades más bellas del mundo…

El alboroto entre el público aumentaba de forma exponencial, según Sonshu avanzaba en su discurso.

-¡Los musulmanes! ¡La causa, nada menos, de que exista el Cráter! -bramó Agamenón.

Esto fue demasiado para los correligionarios de Demóstenes Yusuf, que empezaron a pegarse con los neo-arrianos junto a los que se encontraban, haciendo actuar con diligencia a la policía, mientras el imán trataba de calmar a los suyos.

-Sí, criaturas de Dios -continuó-, el Verdadero Dios castigó al mundo a través de los herejes más numerosos, haciendo de ellos la herramienta para hacer desaparecer vuestra amada Jerusalén. ¡Para que no volváis a confundir el amor a las criaturas con el amor y la adoración que debéis a vuestro Verdadero Dios! ¡Ni ciudades santas, ni santos profetas! ¡Nada santo, salvo el Dios Uno y Todo!

Los neo-arrianos estallaron en exclamaciones enloquecidas, incendiando aún más los ánimos del resto de atenienses presentes. Thomas pudo ver que los neo-arrianos que tenían cerca se habían puesto de pie y coreaban al unísono su credo:

En Todo hay Verdad

La Verdad es Todo

Nada fuera de Todo

La Verdad es Una

Nada fuera de Uno

Nada fuera de Dios

-¡Criaturas de Dios! -continuó Sonshu-. Nosotros no os vamos a mentir. No vamos a alabar la bendita diversidad, porque nosotros venimos a prometer que haremos todo lo posible para acabar con ella. El Verdadero Dios no quiere diversidad: quiere un único pueblo dominando el mundo entero bajo sus divinos preceptos. Dadnos el poder para que este reino de Dios pueda construirse en la tierra. Dadnos Atenas, para seguir construyendo un imperio de Dios. Un imperio único, en el que ninguna disensión, en el que ninguna diferencia, nos haga correr el riesgo de volver a ser justamente castigados por el Verdadero Dios. ¡No lo olvidéis, vosotros! -Sonshu señaló al público con su índice derecho, mientras iba girando sobre sí mismo-. Antes que atenienses, antes que cualquier otra cosa… ¡sois criaturas del Verdadero Dios!

Tras este último grito, Sonshu abandonó el centro de la plaza. Enseguida fue rodeado por una cohorte de sus seguidores, armados con porras y bastones de madera. La policía apenas podía controlar ya las múltiples peleas que se habían desatado entre el público.

Adonis hizo una señal a sus esclavos y agarró reciamente a Thomas para sacarlo del tumulto. Volaban piedras y otros proyectiles por todas partes. Un cascote impactó en la sien de uno de los negros, haciéndole caer redondo al suelo. El grupo detuvo su huida, mientras dos compañeros del esclavo lo cogían para llevárselo.

De repente, se vieron rodeados por un grupo de neo-arrianos; el cuarto esclavo negro se interpuso y desenvainó su machete para defender a su amo. Mató a un par de ellos, antes de ser derribado por una mera cuestión numérica. Adonis y Peras desenvainaron sus cuchillos y se pusieron delante de Thomas, para protegerlo. Los otros dos esclavos negros dejaron a su compañero sangrando en el suelo, para proteger también a su amo. Pero el número de neo-arrianos parecía crecer constantemente.

-¡Malditos cristianos! -gritó uno de ellos, antes de lanzarse al ataque y ser ensartado por el machete de uno de los esclavos.

El resto siguió a su mártir, como una manada de lobos hambrientos.

Pero entonces aparecieron Abraham, Lope, José e Iván.

-¡Ajá! ¡Puntuales y oportunos como un ángel negro sin pilila! -gritó José, al tiempo que reía histéricamente.

Los cuatro compañeros comenzaron a clavar, cortar, sajar y matar a diestro y siniestro, hasta hacer huir al último neo-arriano.

Adonis, Thomas y Peras miraron a los cuatro recién llegados sin entender. Al darse la vuelta empapados en sangre, pensaron que ahora les tocaba el turno a ellos tres.

José se acercó al viejo iluminador.

-¿No se acuerda de mí? -dijo; en su cara, bañada en rojo, sólo se distinguían el blanco de los ojos y el de los dientes, pues José sonreía como un demente-. Vine a conocerle hace unos veinte años. José de Simou. Soy un gran admirador suyo. Apenas ha cambiado, se cuida usted bien. Y menos mal que no ha cambiado, porque si no, no le habría reconocido. Y ahora estarían todos ustedes muertos.

José se calló y tensó aún más su sonrisa. Iván se acercó, le ofreció un pañuelo, y le hizo un gesto para que se limpiase la cara.

-Oh, vaya… -dijo José-. Menuda pinta debo de tener… espero no haberles asustado.

Abraham se acercó a Thomas.

-Maestro, tenemos que salir de aquí -dijo.

-Sí, sígannos a mi casa, por favor -dijo Adonis-. Pero tenemos que llevar también los cuerpos de esos dos esclavos.

Lope cargó con el negro muerto, mientras los otros dos esclavos llevaban al compañero que había recibido el impacto en la cabeza.

Mientras salían del ágora, Abraham seguía hablando con Thomas.

-Maestro, nos ha enviado la Santa Orden de la Búsqueda para llevar la copia del Evangelio a la Casa de Latakia -explicó Abraham, cuando ya pudieron dejar de correr.

Thomas, que trataba de recuperar el aliento, miró sorprendido a los recién llegados.

-No, hijo -dijo el viejo-, no habéis venido a llevaros un libro. Es a mí a quien tenéis que llevar. Y no a la Casa de Latakia.

-¿Cómo dice? -preguntó Abraham.

Iván pensó que era la primera vez que lo veía desconcertado.

-Tengo una carta en mi casa para ti, Buscador -contestó Thomas.

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ENERGÍA

El taller de experimentos de la Facultad de Arqueo-Ingeniería era bastante parecido al almacén de cualquier chatarrero de Nan. Una luz amarilla y sucia se colaba por unos ventanales demasiado cercanos al techo como para hacer cómoda su limpieza; así que casi nunca se limpiaban. Unas placas con tubos fluorescentes, sujetas al lejano techo por unos largos cables, colgaban sobre las mesas de trabajo.

Al entrar en el taller, la Primera Magistrada sólo encontró a una persona. La única que deseaba encontrar.

A pesar del ruido de la puerta al abrirse, aquella figura siguió enfrascada en lo que estaba haciendo.

Uno de los guardaespaldas de la Primera Magistrada tosió, antes de anunciar su presencia.

-La Primera Magistrada de la Unión de Repúblicas del Loira. ¡En pie!

El personaje dio un respingo y giró lentamente la cabeza, con los brazos aún apoyados en la mesa. Unas gafas protectoras cubrían sus ojos, que los hacían desmesuradamente grandes.

La Primera Magistrada no pudo evitar un esbozo de sonrisa. La controló rápidamente y se aproximó a la mesa, con la mano extendida.

-Es un honor conocerle, Profesor Artaud –la Primera Magistrada tomó entre sus manos la mano derecha del hombre y la sacudió con energía-. Estamos profundamente satisfechos con su trabajo; el Consorcio Empresarial me ha comunicado que sus últimos avances son muy significativos; puede que no tardemos en tener una primera planta de construcción de coches. La primera que funcionará desde el Gran Colapso. Se ha ganado usted el respeto y la admiración de todos, Profesor.

El hombre se puso de pie y se quitó las gafas. La única parte de su cara que no estaba sucia era precisamente la que habían cubierto éstas. Era incapaz de articular palabra: la presencia de la Primera Magistrada le imponía, no sólo por el título; le sacaba la cabeza, una cabeza que se mantenía aún bella, con unos luminosos ojos azules y una brillante melena rubia recogida en un moño barroco. Vestía un traje ceñido, de un oscuro azul marino.

Cuando fue capaz de reaccionar, el hombrecillo empezó a mirar ansiosamente a su alrededor.

-¿Busca algo, profesor? –preguntó la mujer.

-Un asiento, señora, pero es que todo está tan sucio por aquí… -contestó, angustiado.

-No se preocupe, no vamos a quedarnos; quiero que me acompañe a un lugar.

El hombrecillo miró a la mujer un momento, parpadeando. Se quitó el delantal que llevaba puesto con el emblema de la Unión y se metió rápidamente en un cuartito que había en un lateral del taller. Un par de minutos después salía del cuartito con la cara lavada y el pelo pegado a la cabeza como si se lo hubiese peinado con aceite.

La Primera Magistrada tuvo que controlar otra sonrisilla y le hizo un gesto para que la siguiese. Y el Profesor, por supuesto, la siguió.

El coche los sacó rápidamente de Nan, atravesando los polígonos industriales que se acumulaban a las afueras de la ciudad. Columnas de humo salían de buena parte de los ortoedros grises situados a ambos lados de la carretera.

-El Consorcio le va a otorgar un premio en metálico, por supuesto –dijo la Primera Magistrada, mientras contemplaba la salida de los trabajadores de algunas fábricas-. Además, la empresa SUS le pagará un porcentaje del beneficio que obtenga con la venta de los coches.

El Profesor, sin saber qué decir, sonrió dulcemente a la Primera Magistrada.

-Querían contratarle, pero les he dicho que tal cosa era imposible –continuó-. Necesito sus conocimientos para algo mucho más importante. Ya sabe, los empresarios sólo son capaces de pensar en el dinero…

Ahora fue la mujer la que sonrió al hombrecillo.

Habían dejado atrás los polígonos de Nan y el coche cruzaba una llanura de un color verde sucio, sin árboles, con algunos arbustos rompiendo de vez en cuando la monotonía plana del paisaje.

Media hora más tarde, el coche se adentró en una zona boscosa.

-Supongo que es usted un firme defensor de la Revolución, ¿verdad? –preguntó la Primera Magistrada.

El hombrecillo asintió con vehemencia.

-Por supuesto, no podría ser de otra manera –continuó la mujer-. ¿Qué sería de usted y de mí sin la Revolución, verdad? Seguiríamos siendo simples esclavos, sin posibilidad de hacer todo lo que estamos haciendo ahora. Seguiríamos atados a los deseos egoístas de hombres mediocres -la Primera Magistrada hizo una pequeña pausa, perdida de repente en recuerdos lejanos-. Sí, hay que proteger a la Revolución; hay que proteger a la Unión. Y ha llegado el momento de que usted, Profesor, le dé a la Revolución la posibilidad de seguir existiendo, de vencer a sus enemigos.

El hombrecillo parpadeó y siguió escuchando muy atento a la Primera Magistrada.

-Como usted sabrá, el número de nuestros enemigos crece con el paso de los días; estamos rodeados de ellos, de hecho. Para derrotarlos, para impedir su avance, necesitamos toda la energía de nuestros ciudadanos, toda la energía que nos puedan proporcionar. Para que nosotros, los líderes, podamos usar esa energía con el fin de seguir creciendo, sin miedo a nada ni a nadie. Para incrementar nuestra frágil libertad común.

El coche se detuvo. La Primera Magistrada invitó al Profesor a bajar. El hombrecillo, dubitativo, y un poco temeroso, lo hizo. En el lado de la carretera en que se había detenido el coche, una primera hilera de árboles tapaban un claro inmenso que se extendía en forma de valle. Y en el fondo del valle, había un enorme edificio con algunas zonas derrumbadas.

La Primera Magistrada bajó la cuesta hacia el fondo del valle, seguida por uno de sus guardaespaldas y el Profesor, que trotaba para intentar seguir el paso de los demás.

Antes de llegar al edificio, el Profesor ya sabía qué era.

-Energía, eso es lo que necesita la Revolución –dijo la Primera Magistrada-. Energía que nadie más tenga. La Revolución es la protectora de las ciencias y la razón. Y las ciencias y la razón protegerán a la Revolución, con su energía.

El hombrecillo, con la boca abierta, miraba alternativamente a la Primera Magistrada y al edificio.

-Pero… pero… -trataba de hablar, aunque las palabras no salían fácilmente- …los Protocolos prohíben…

-He decidido anular los Protocolos, Profesor –dijo la mujer, de repente muy seria.

-Pero… pero… si no me equivoco, y puede que sí me equivoque, los Protocolos sólo los puede anular el MetaParlamento, por mayoría de dos tercios y…

El rostro de la Primera Magistrada se tensó.

-Estoy convencida de que el MetaParlamento anulará los Protocolos, Profesor. No dude ni por un momento que así será –tras decir esto, el rostro de la mujer se dulcificó otra vez-. Mientras tanto, éste será su nuevo lugar de trabajo. Le daremos todas las comodidades que nos pida. Investigue todo lo que desee. Y consíganos la energía que necesitamos para sobrevivir.

El hombrecillo volvió a parpadear y fijó nuevamente la vista en el edificio.

-¿Cuándo he de empezar? –preguntó.

-Mañana –dijo la Primera Magistrada, que ya subía la cuesta para regresar al coche.

EXIGENCIAS Y DEBILIDADES

El señor de Rilo contemplaba el océano junto al limonero, la melena bailando al son de la primera brisa otoñal. Bailaba también la capa azul marino que se había puesto para cuidarse del fin del calor. Las manos entrelazadas a la espalda, se fijó por un momento en sus cabellos danzarines, cada vez menos rubios, cada vez más blancos.
Suspiró, soltando el aire lentamente.
Descubrió a su padre cuando ya casi estaba a su lado. El tatarabuelo John saludó a su hijo con una leve inclinación de cabeza y siguió caminando hasta la tumba de su mujer.
Xoán siguió a su padre con la mirada. Le serenaba verlo rezar ante la tumba de su madre, como si fuese un refugio de orden en el inmenso caos en el que parecía estar convirtiéndose el mundo en las últimas semanas.
Xoán devolvió la mirada al mar. Su padre se acercó y se sentó en una piedra a su lado.
-¿Te ha dicho Joan que ha llegado un mensajero? –preguntó el señor de Rilo.
El anciano asintió en silencio, mientras prestaba atención al cielo encapotado.
-¿Por qué a nadie le resulta extraño o molesto que las Casas se estén aliando con esclavistas para enfrentarse a la Unión? –preguntó Xoán, sin saber muy bien si dirigía la pregunta a su padre o al horizonte-. ¿Creen acaso que si los estados esclavistas siguen creciendo nos respetarán más que la Unión?
John miró a su hijo, antes de fijarse nuevamente en el cielo.
-Me temo que el mundo vuelve a ser lo que siempre ha sido. Siento mucho que sea así, pero te ha tocado a ti vivir estos tiempos –el anciano hizo una pausa-. Nuestra forma de vida es incapaz de enfrentarse a estos enemigos. Son más fuertes que nosotros, porque ellos no se exigen lo que nosotros nos exigimos.
Xoán miró a su padre con gesto enfadado.
-¿Qué es eso que nos exigimos, que nos hace tan vulnerables?
-Nos exigimos a Dios, hijo mío –respondió su padre, sonriendo-. ¿Qué otra cosa?
Xoán miró de nuevo hacia el horizonte y suspiró.
-Ninguna solución a este problema te parecerá bien, hijo, por el simple hecho de que este problema no tiene solución –continuó el anciano-. Humana, al menos.
El tatarabuelo John permaneció en silencio durante un rato.
-¿Qué vas a hacer con el padre de tu nieta? –preguntó, finalmente.
-Al parecer, es un guerrero experimentado; trabajó como mercenario; así que he decidido que forme parte de mi guardia personal.
El anciano asintió con la cabeza.
-Quizá, con el tiempo, Frances entre en razón… -continuó Xoán.
Su padre sonrió burlón.
-Lo dudo –dijo-. Aunque con esta muchacha nunca se sabe… ¿Has arreglado las cosas con Joan?
-Más o menos –respondió, bajando la cabeza-. Le he dicho que quiero que sea mi heredero. Eso ha apaciguado las cosas. Pero él parece tener otros planes más inmediatos. Quiere viajar a Penn Ar Bed, para ayudar a su abuelo. Me ha pedido que le ceda cincuenta caballeros voluntarios. Aún no he respondido.
El anciano bajó también la mirada y su gesto se entristeció.
-¿Vas a darle permiso?
-Ojalá pudiera decirle que no. No quiero mandar ya a mi hijo a la muerte.
Los dos hombres callaron y miraron hacia el horizonte. Empezaba a lloviznar. Xoán ayudó a su padre a levantarse y ambos se dirigieron lentamente hacia la Gran Casa.
-Que Dios nos tenga en su regazo –rezó el tatarabuelo John, en un susurro que se diluyó en la fina lluvia.

ANGER IS A GIFT

Dos sombras cruzaron el claro y llegaron apresuradamente hasta los árboles de la orilla que se inclinaban sobre el río. Se agacharon junto a unos arbustos. Hasta el ruido de sus propias respiraciones agitadas les asustaba, temiendo que fueran escuchadas por los guardias de frontera.

-Este es el punto de encuentro. Ahora sólo queda esperar –susurró el hombre-. ¿Está bien?

La mujer descubrió el bulto que llevaba en brazos: una manita de bebé emergió juguetona entre las telas que la envolvían. Asintió nerviosa con la cabeza, sin atreverse a decir una palabra.

De repente, escucharon un chapoteo en el río: era una pequeña barca que se acercaba con dos figuras, una de las cuales remaba. La otra permanecía acuclillada en la proa, prestando atención a cualquier movimiento en la orilla hacia la que se acercaban. Vestían completamente de negro, guantes y pasamontañas incluidos.

La figura de la proa desembarcó en cuanto la quilla tocó tierra.

-Maurice –dijo, mirando hacia los árboles.

-Sí, sí –dijo el hombre, mientras ayudaba a la mujer a salir de su escondite.

-Rápido, síganme; los guardias están a medio kilómetro, pero no tardarán en volver a pasar por aquí –dijo el encapuchado.

Llegados a la barca, entre Maurice y el remero ayudaron a subir a la mujer. Cuando ya estaba sentada, Maurice se dio la vuelta para ver dónde estaba el otro encapuchado.

Y entonces lo vio.

Su cuerpo estaba tirado en el suelo, con un enorme cuchillo clavado en el cuello. Un guardia de Penn Ar Bed se acercaba rápidamente a la barca, medio agachado, tratando de sorprenderlos, otro cuchillo en su mano derecha.

Maurice sólo pudo abrir los ojos con desmesura, incapaz de reaccionar.

Escuchó un sonido sordo tras él e, inmediatamente, vio caer al agua el cuerpo del guardia, con un agujero rojo en medio de la frente. Se dio la vuelta y vio cómo el remero encapuchado guardaba en su sobaquera una pistola con silenciador. Enseguida se puso a remar hacia la otra orilla, lo que casi acaba con Maurice en el agua. Finalmente, consiguió sentarse y abrazar a la mujer, que trataba de controlar sus sollozos. Maurice miró otra vez hacia la orilla que dejaban atrás; hacia el cuchillo en el cuello del encapuchado que había dicho su nombre.

-Mierda –dijo el remero.

Más guardias aparecieron, armados con rifles. Las balas empezaron a silbar alrededor de la barca. Fuego de respuesta se empezó a escuchar desde la orilla hacia la que se dirigían. Maurice trataba de cubrir con su cuerpo todo lo posible a la mujer.

El tiroteo se había convertido en un estruendo cuando llegaron al otro lado. Media docena de encapuchados disparaban protegidos tras los troncos de los árboles. Otro par de figura negras les ayudaron a desembarcar.

Maurice escuchó un rugido que se aproximaba por el bosque. De repente, tres vehículos todoterreno hicieron su aparición. La mujer y él fueron escoltados hasta el segundo de ellos, mientras un par de encapuchados hacía fuego de cobertura para que sus compañeros fueran montando.

Finalmente, los tres vehículos salieron a toda velocidad, alejándose lo más rápido posible del río.

El encapuchado sentado en la plaza de copiloto se quitó el pasamontañas y se dio la vuelta. Maurice se sorprendió al ver que era apenas un adolescente.

-Ya ha pasado lo peor -dijo el joven-. ¿Se encuentran ustedes bien?

Maurice tardó en responder. Y lo hizo con la cabeza, asintiendo nervioso.

-No -dijo la mujer.

Maurice no entendió. El joven tampoco.

-¿Está herida, señora? -preguntó.

Maurice empezó a palparla. Ella empezó a llorar.

-No, yo no estoy herida… -dijo, entre sollozos.

Maurice notó que sus pies se pegaban al suelo del coche.

El segundo vehículo giró un poco a la derecha y se detuvo. Poco después se detenían los otros dos. Las puertas se abrieron y empezaron a bajar encapuchados, preguntándose qué ocurría.

Una puerta se abrió en el segundo coche. Un sonido inhumano se escuchó entonces en el bosque, como si unos pulmones chirriasen al tratar sin éxito de gritar todo lo posible. El joven desencapuchado bajó del coche y se quedó de pie, con los brazos en jarras. Dejó que su mirada se perdiera en la oscuridad del bosque. Después la dirigió hacia el río. Y más allá.

Y dejó que la ira lo poseyese por entero.

Y en su infinita furia, sintió que su vida era plena y desbordante de sentido.

Y se juró a sí mismo que la próxima vez que cruzase ese río, nada en la Casa de Penn Ar Bed quedaría en pie.

TIEMPO DE COSECHA

Ada vio llegar a la comitiva, haciendo visera con su mano sobre los ojos, cegada por el sol bajo del atardecer. Una luz dorada coloreaba los campos recién segados. Los campesinos de la Casa de Simou, reunidos en grupos para disfrutar de un descanso bien merecido tras un duro día de trabajo, se ponían en pie para saludar el paso de su señor Santiago por delante de sus casas. Éste correspondía con un leve gesto de cabeza. Alguno se acercaba a ofrecer bebida o viandas a los caballeros, que éstos rechazaban con agradecida educación.

A Ada le gustó la combinación del marrón oscuro de sus ropajes con la calidez de la moribunda luz del día. Salió corriendo hacia el interior de la casa, haciendo ladrar nervioso a Yuri, para anunciar a su padre que se acercaba el señor.

No hizo falta, porque los ladridos de Yuri habían llamado la atención de Luis, que apareció en el umbral de la puerta secándose las manos con un trapo. Ada vio cómo el rostro de su padre se ponía repentinamente serio.

Y notó la tensión en el mismo rostro cuando la comitiva se detuvo delante de su casa, y el fiel Fernando descendió primero de su caballo para ayudar a su señor.

Luis tomó aire y se acercó a la valla de su finca. Antes de que Fernando lo hiciese, Luis abrió la puerta de la valla y franqueó el paso a su señor, saludándolo con una leve inclinación de cabeza.

-Me alegro de verte, Luis -dijo Santiago, mientras se quitaba los guantes-. Ya no recuerdo la última vez.

-¿Quiere entrar en casa, mi señor, o prefiere hacerme reproches de pie, delante de todos mis vecinos? -preguntó Luis.

Ada abrió mucho los ojos al escuchar a su padre. Santiago sonrió con una única comisura y miró sus guantes.

-Si tienes unas sillas, podemos sentarnos fuera -respondió el señor-. La tarde está realmente bella.

Ada sonrió al escuchar las palabras de Santiago; también a ella le parecía que la tarde era preciosa.

Luis llevó a su señor hasta una mesa que tenía delante de la casa, protegida por un pequeño y coqueto cobertizo.

-Ah, espléndido -dijo satisfecho Santiago-. Qué agradable será hablar aquí.

Luis le dijo a Ada que fuera a buscar viandas y cerveza. Santiago sonrió complacido al escuchar aquello. Tomó asiento, mientras Fernando permanecía de pie, a su lado, con las manos cogidas a la espalda. Con un gesto, pidió a Luis que también se sentara.

-¿A qué debo el honor, mi señor? -preguntó Luis, serio.

-Le prometí a tu hermano que cuidaría de vosotros y os prestaría especial atención durante su ausencia. Así que aquí estamos. ¿Qué tal está resultando la cosecha?

-Bien, a Dios gracias. ¿Ha recibido alguna noticia de Lope?

-No -contestó Santiago, mientras tamborileaba con los dedos sobre la mesa-. Ni buena ni mala.

Luis se quedó pensativo, con gesto preocupado.

-¿Me echas en cara que le diera esa misión? -preguntó Santiago-. Tu hermano es un guerrero. El mejor guerrero de Simou. Cuando la Orden de Buscadores pide algo, un señor está obligado a ofrecer lo mejor que tiene, Luis.

Señor y vasallo se miraron.

-¿Quiere mi señor que conversemos sobre las obligaciones de la nobleza? -preguntó Luis.

Fernando tomó aire y bajó la cabeza. Santiago se quedó mirando a Luis, con una sonrisa estropeada en la boca.

-Piensa que, si no estuviera ahora mismo de misión, no me quedaría más remedio que enviarlo, junto a 199 caballeros más, a la guerra -dijo Santiago.

Luis puso gesto de no entender.

-¿De qué guerra habla? -preguntó.

-Masalia Nova nos ha pedido ayuda para atacar a la Unión; así que he decidido enviar 200 caballeros de Simou -respondió Santiago.

Luis elevó las cejas. En ese momento llegó Ada con la comida y la bebida.

-¡Ah, espléndido! -exclamó el señor, con aire despreocupado.

El propio Santiago llenó los vasos de cerveza y se los pasó a Luis y a Fernando. Luis ni siquiera hizo amago de agarrar el suyo. Santiago le dio un largo trago a su cerveza y picó algo de fiambre. Miró de reojo el rostro pensativo de su vasallo.

-Luis, tus opiniones eran muy valoradas en las asambleas de la Casa -dijo Santiago-. Me temo que se acercan días complicados y no quiero prescindir de tu presencia; ni de tu consejo.

Luis miró a su señor, con los brazos cruzados.

-¿Es eso así? -preguntó-. Pues entonces ahí va el primero: no participe de ningún modo en esa guerra.

-¿Qué guerra? -se le escapó a Ada.

Con un gesto de su padre, la niña supo que tenía que meterse en casa.

-¿Crees que no me gustaría, Luis? ¿Piensas que tengo muchas ganas de implicarme en este conflicto? Pero el conflicto está demasiado cerca; y acabará afectándonos de todos modos. Rocamadour y la Gran Comuna también van a participar.

-¿Por qué ahora? -preguntó molesto Luis.

-Supongo que piensan que es más fácil enfrentarse a un león cuando aún es cachorro…

-¿Conocen el futuro, acaso? ¿Ya saben que la Unión acabará siendo un león?

-No lo sé, Luis; tampoco es demasiado importante, ahora mismo. Porque este animal ya es lo suficientemente peligroso. Auguste de Penn Ar Bed también me ha pedido ayuda. Su situación es realmente desesperada.

-¡Y a quién le puede extrañar tal cosa! -Luis se levantó, muy agitado; Fernando dejó su vaso en la mesa, sin perderle de vista-. Sólo a un estúpido se le podía ocurrir la idea de prohibir a sus vasallos irse de sus tierras. No ha hecho más que echar leña al fuego.

Santiago hizo un gesto de asentimiento resignado.

-El caso es que esto es lo que hay -dijo el señor, levantándose y poniéndose los guantes-. Esperemos que nuestros 200 caballeros sean suficientes y el buen Dios no exija aún más de nosotros. Esperemos que todos esos se equivoquen, y el cachorro acabe siendo un gato.

Luis vio cómo su señor se quedaba callado, contemplando el enrojecer del horizonte.

-Pero te ruego, Luis -dijo Santiago, sin dejar de mirar la puesta de sol-, que no abandones a tu señor y a tu Casa en estos momentos.

Fernando miró fijamente a Luis, antes de seguir a Santiago, que se dirigía de nuevo al camino.

Ada salió de casa y se acercó a su padre, cuando ya la comitiva se introducía en las primeras oscuridades del anochecer. Le cogió la mano, pero Luis no se dio cuenta de que lo hacía.

Aunque era en ella, por encima de cualquier otra cosa, en lo que más pensaba en ese preciso momento.

“Una pesada carga”, de Arthur Hacker

OASIS DE HORROR

Frances daba el pecho a Juana, sentada en la cama de su habitación. Sus hermanos Joan y Jeanne contemplaban la escena; él de pie en medio de la estancia; ella sentada junto a Frances, con la barbilla apoyada en su hombro. Una luz lechosa se colaba por la ventana.

La mirada de Frances se detenía en cada detalle de aquella habitación, pues cada uno de ellos era fuente copiosa de recuerdos. Era extraño dar el pecho a su hija en aquel lugar; como si dos épocas de su vida, completamente alejadas la una de la otra por una eternidad de experiencias, se hubiesen mezclado de forma imperfecta y deslavazada en ese trozo de mundo. El único nexo de unión entre ambas era precisamente aquel espacio; y su cuerpo, a través de todas sus metamorfosis de niña a madre, habitándolo.

Saciada Juana, se quedó casi instantáneamente dormida. Frances dejó que Jeanne la llevase a su cuna. Joan decidió sentarse en una silla, haciendo crepitar el suelo de madera al moverse.

-¿Y bien? -preguntó Jeanne, aunque sin dejar de mirar a su sobrina-. ¿Qué conclusión sacas de tus viajes, hermana?

Frances dejó que su mirada huyese por la ventana, hasta el mar.

-Un saber amargo, me temo -dijo, con una sonrisa triste-. El mundo, monótono y pequeño, hoy, ayer, mañana, siempre, nos hace ver nuestra imagen: un oasis de horror en un desierto de aburrimiento…

-Eso me suena bolañesco… -comentó Joan, tratando de recordar.

-Te suena bolañesco porque eres alérgico a la poesía y para ti la literatura sólo se compone de novelas de miles de páginas -dijo Jeanne, fingiendo tono de reproche-. Es la cita inicial de 2666; pero es un verso de El viaje de Baudelaire.

-Cierto –concedió su hermano-. ¿Puedo preguntar cómo te has ganado la vida?

-Institutriz para hijas de esclavistas –respondió Frances, con una sonrisa agria, al tiempo que bajaba la mirada-. Se puede decir que nuestro amor a la literatura me salvó del hambre…

Sus hermanos esbozaron una leve sonrisa.

-¿Dónde? –preguntó Jeanne.

-Oh, en multitud de lugares, casi siempre por Levante… -respondió Frances, mientras volvía a dirigir su mirada hacia el mar-. Pero a Ramiro lo conocí en La Meca. Él trabajaba de guardaespaldas del mismo amo que me había contratado a mí.

-¡La Meca! –exclamaron sus dos hermanos al unísono.

Frances sonrió.

-¿Cómo es? –preguntó Joan, con vivo interés.

-Una ruina, como casi todo el resto del mundo –respondió Frances, bajando la mirada al suelo-. Dominado por esclavistas crueles e ignorantes. Y ahora con esa peste neo-arriana extendiéndose por todas partes… Cada vez había más violencia en las calles. Por eso decidimos marcharnos. No creo que la guerra tarde en llegar a Oriente.

-Quizá tampoco tarde en desatarse en Occidente, hermana –comentó Joan, serio.

Frances le miró con gesto de no entender.

-¿Te acuerdas de la revolución anti-esclavista que ocurrió en el norte de Francia, cuando nosotros éramos niños? –dijo Jeanne; Frances asintió con la cabeza-. Durante todos estos años la revolución se ha extendido a muchas otras ciudades; y hace no mucho se federaron, creando la Unión de Repúblicas del Loira. Desde hace cierto tiempo, existe una tensión creciente entre la Unión y la Casa de Penn Ar Bed.

-¡Pobre abuelo! –exclamó Frances-. ¿Y cómo está la situación ahora mismo?

-El abuelo decretó hace poco la prohibición a sus vasallos de abandonar la Casa; como casi todas las demás, está perdiendo población, porque los siervos prefieren vivir en repúblicas, o como ciudadanos libres en estados esclavistas. En el caso de Penn Ar Bed es aún peor, porque el régimen democrático de la Unión resulta muy atractivo. Y su territorio está completamente taponado por las fronteras con la Unión. La Unión o el mar…

Frances miró alternativamente a sus dos hermanos, con gesto interrogador.

-¿Y a vosotros os parece bien lo que ha hecho el abuelo Auguste? –les preguntó.

-Sí –respondió Joan.

-No –respondió Jeanne.

-Ya… –dijo Frances, quedándose pensativa-. Yo no sé qué pensar, la verdad. Desde luego, el abuelo ha de estar desesperado, si ha tomado una decisión así… ¿Qué tal se ha tomado madre todo esto?

Los rostros de sus hermanos fueron respuesta suficiente.

-Hay muchos nervios en la Casa de Rilo, últimamente –dijo Jeanne, cogiendo una mano de Frances entre las suyas-. Tenemos que hacer lo posible por mantenernos unidos. Vienen tiempos duros. Así que me alegro mucho de que hayas vuelto a casa, hermana.

Frances acarició a Jeanne, y miró a Joan, que le sonrió con ternura.

-¿Llegaste a ver el Cráter, Frances? –preguntó Joan, inclinándose hacia delante en la silla.

Frances bajó la cabeza y asintió.

-Me conocéis bien y sabéis que no soy la más pía de las mujeres, pero… -la mirada de Frances volvió a huir hacia el mar-. Es difícil explicar lo que siente uno al contemplar aquello. Es… bueno, pues eso: un oasis de horror en un desierto de aburrimiento… -dijo, forzando una sonrisa triste-. Es la Nada. La Nada del hombre. La que sólo él puede crear…

Los tres hermanos se quedaron callados. Joan se quedó con la mirada perdida entre las maderas del suelo. Jeanne apretó la mano de su hermana y se la llevó a la boca para besarla.

-Haremos lo posible para protegernos de esa Nada, aquí, la familia, la Casa –dijo a Frances-. Juntos, con la ayuda de Dios.

Frances miró a su hermana con inmenso cariño y finalmente la acercó a sí para abrazarla. Joan se puso de pie, se acercó a ellas, y acarició el pelo de ambas.

A través de la ventana, un sol sin luz se ponía en el horizonte.

“Retrato de una muchacha”, de Arthur Hacker (1896)

VALOR INCALCULABLE

Bajo un cielo de color perla, una figura negra investigaba el horizonte nevado con un catalejo, desde lo alto de los restos oxidados de una torre eléctrica.

Al pie de la torre esperaba su caballo. Y junto a su caballo, otro caballo, sobre el que comía carne curada otro personaje de vestido oscuro.

A lo lejos, se veía la ciudad desierta, cubierta de nieve. Ciudad era un nombre excesivo para aquello; pero tampoco merecía aún ser llamado ruina. En cualquier caso, sin duda alguna, estaba desierta. Desierta y blanca. Y fría.

Le hizo una señal a su compañero, indicándole una dirección. Después descendió y montó en su caballo. Ambos espolearon sus monturas. Los caballos resoplaron, formando nubes alrededor de sus cabezas, y trotaron decididos hacia donde se les ordenaba.

-¿Alguna vez piensas en la segunda venida de Cristo, Jörgens? -preguntó el que comía carne cruda.

Jörgens miraba hacia los edificios silenciosos a los que se aproximaban.

-Sólo cuando me lo recuerdan en misa -contestó-. Se está demasiado bien en el mundo, últimamente.

El otro hizo un gesto de asentimiento y le dio otro mordisco a su trozo de carne.

-¿Te preocupa, Laurence?

-Ni lo más mínimo; estoy en paz con mi Dios -respondió, antes de tragar el último trozo-. Es mera curiosidad intelectual.

Laurence permaneció pensativo un rato.

-Por otro lado, quizá venga precisamente cuando se esté demasiado bien en el mundo, Jörgens -insistió en el tema-. Como un ladrón al que no te esperas.

-Puede ser -concedió Jörgens-. No vino durante la Caída, que era el mejor escenario posible. Si no sonaron entonces las siete trompetas, no sé cuándo diablos lo van a hacer.

Laurence asintió con un ligero bamboleo de cabeza.

-El Padre O’Hara me comentó hace un par de días que el primer Concilio tras la Caída redujo drásticamente las referencias litúrgicas al libro del Apocalipsis.

-Tiene sentido -dijo Jörgens, pensativo-. Tiene todo el sentido.

La nieve volvía a caer. Los dos jinetes se cubrieron con las capuchas de sus abrigos negros de piel. Ambos enfilaron por el centro de una antigua calle de varios carriles. En el silencio reinante se podía oír el sonido de los copos al desvanecerse sobre sus figuras.

Después de un rato, Jörgens se detuvo ante un edificio. Lo examinó con curiosidad. Conservaba buena parte de su estructura. Descabalgó y permaneció mirándolo, así como al resto de la antigua calle que les rodeaba.

-¿Qué? –preguntó Laurence-. No tiene pinta de arsenal. Ni de refugio. Por aquí no hay ni caribes…

Jörgens se acercó a las puertas del edificio. Vio que estaban cerradas con cadenas. Volvió a su caballo y rebuscó dentro de las alforjas. Sacó un cortafríos y volvió a las puertas.

-Nos esperan dentro de dos días en la Casa de Gill, Jörgens –insistió su compañero con tono aburrido-. No podemos hacer demasiado turismo.

A Jörgens le hizo gracia la vetusta palabra.

-En algún lugar tendremos que pasar la noche, ¿no, Laurence? –preguntó a su compañero, mientras partía las cadenas.

-Eso sí es verdad –reconoció-. Y lo cierto es que, como posada, no tiene mala pinta.

Laurence descabalgó y cogió una antorcha que llevaba sujeta a sus alforjas. Siguió a Jörgens dentro del edificio, ambos tirando de sus caballos. Laurence encendió la antorcha. La recepción era bastante grande. Olía a cerrado, pero no a muerto. Siguieron hacia su derecha, por un ancho pasillo.

-¿Qué sería esto? –preguntó Laurence.

-Algún edificio burocrático, supongo.

-¿Aprovechamos para rezar?

-Vale –aceptó Jörgens, que no dejaba de investigar las sombras a su alrededor.

Laurence sacó de sus alforjas un apoyo para la antorcha y la dejó en el suelo. Se quitaron los abrigos de pieles y dieron de comer a los caballos. Arrodillados, pero con el cuerpo recto y las manos orantes colocadas delante del pecho, ambos comenzaron a rezar. El latín se mezclaba mansamente con el sonido de las mandíbulas de los caballos. Tras las oraciones, desplegaron mantas en el suelo; Jörgens comió algo de carne curada y se aprestó a realizar la primera guardia.

Terminado su trozo de carne, dormido ya Laurence, Jörgens se puso a rezar el rosario; pero se despistó al fijarse en las puertas que daban paso a otra estancia, justo enfrente de ellos; sobre las puertas, pudo leer:

AL H

Se notaba que faltaban dos letras, pues aún permanecía el fantasma de su presencia en la pared, a modo de manchas. Delante de la A, había una S. Detrás de la L, hubo otra A.

Sala H… -susurró Jörgens, en vez de enunciar el quinto Misterio Gozoso.

A la mañana siguiente, Laurence despertó a Jörgens para rezar Laudes. Tras desayunar, y mientras Laurence recogía el campamento, Jörgens se acercó a las puertas de la Sala H. Estaban cerradas. Probó otra vez, con un golpe seco y fuerte. Algo crujió al otro lado.

-Debieron de clavar maderas para impedir el paso -comentó Laurence, que había dejado de recoger para observar lo que hacía su compañero-. Hace mucho tiempo, por lo que se ve, porque la madera ya está completamente podrida.

Con un nuevo empellón, más fuerte aún, las puertas cedieron. Laurence acercó la antorcha. Un manto gris se extendía por el suelo. La habitación estaba repleta de estanterías vacías.

-¿Un archivo? -preguntó Laurence.

Jörgens se agachó. Se quitó el guante y tocó el suelo. Las yemas de sus dedos se quedaron grises.

-Ceniza -murmuró.

Laurence movió la antorcha, tratando de abarcar más espacio con su luz.

-Libros de papel… -susurró-. Allí. Y allí… Y aquí… Pero sólo restos. Restos de libros. Quemados.

Laurence miró a Jörgens con los ojos completamente abiertos. Jörgens no podía dejar de mirarse los dedos grises.

Dedicaron todo el día a escudriñar hasta el último rincón del edificio. Pero sólo encontraron otras dos habitaciones con estanterías, aunque en ambos casos completamente vacías.

-No nos podemos demorar más, Jörgens; ya nos va a resultar imposible llegar mañana a la Casa de Gill. Cuando lleguemos allí, daremos aviso para que vengan a investigar el lugar.

Jörgens suspiró y asintió pesaroso con la cabeza.

-Sólo una más… -dijo de repente.

Y salió corriendo hacia las siguientes puertas. Laurence resopló, pero siguió a su compañero con una sonrisa traviesa en la cara. Jörgens trataba de leer lo que había escrito encima de las puertas.

Sala… -dijo Laurence-… no sé cuál es esa letra… ¿La G?

-La C, creo -opinó Jörgens.

Estas puertas parecían estar más sólidamente cerradas. Jörgens tuvo que buscar varias herramientas dentro de sus alforjas para hacer saltar los pernios.

Al penetrar en la oscuridad de la estancia y extenderse por ella la luz vacilante de la antorcha, Laurence creyó que su corazón se había detenido para siempre.

Jörgens fue a buscar su propia antorcha para proporcionar más luz. Cuando volvió a la Sala C, encontró a Laurence arrodillado, cogiendo algo del suelo; algo de lo que el suelo estaba lleno.

-Son las obras completas de… de… de… -Laurence tartamudeaba-… San Agustín. En edición bilingüe…

La segunda antorcha permitió ver docenas de estanterías, las paredes, casi cada rincón del suelo; todo repleto de libros. Libros de papel. Hasta el techo.

-Santo Tomás de Aquino… San Francisco de Sales… San Atanasio… obras completas… por todas partes… -Laurence no paraba de recitar sus hallazgos-. ¡Oh, buen Dios! ¡El Señor de los Anillos!

Jörgens, de pie, sólo era capaz de llorar. Y, de vez en cuando, se le escapaba una risa nerviosa.

-Laurence, yo me quedaré haciendo guardia; tú vuelve enseguida. Hay que dar aviso al Gran Maestre.

Tras decir esto, Jörgens lo vio. Había algo más en el suelo, a unos metros de donde se encontraban. Llamó la atención de Laurence dándole unos golpes suaves en la espalda. Se acercaron ambos. El cuerpo momificado de un hombre, doblado como si hubiese estado escribiendo en el suelo de rodillas. Junto a él, un libro de notas. Jörgens lo cogió y leyó la última página.

-No le dio tiempo a terminar de escribir su oración… -comentó.

-¿Él hizo esto? -preguntó Laurence, volviendo a mirar fascinado el contenido de la Sala C-. Si es así, lo que ha hecho no tiene precio. No tiene precio.

Un ruido les sobresaltó, como el estrépito de una campana al caer. Ambos se giraron al mismo tiempo.

-Un tubo de ventilación -explicó Jörgens.

Se fijó en que aquellos restos caídos parecían contener algo. Se acercó para examinarlo mejor. Se acuclilló y acercó la llama de la antorcha.

-¿Qué pasa? -preguntó Laurence, ante el largo silencio de su compañero.

-Otra momia -contestó Jörgens-. Parece que murió de un balazo.

-¿Qué pequeña, no?

-Sí. Creo que era un niño.

“La lección difícil”, de William-Adolphe Bouguereau (1884)

LA SALA C

No sé qué día es hoy, exactamente. Tampoco tengo muy claro cómo he podido perder la cuenta de los días, teniendo en cuenta que llevo un diario. Pero el caso es que no sé qué día es hoy, exactamente.
Así que no recuerdo cuándo fue domingo por última vez. Quizá hoy sea domingo. No lo sé. He perdido la cuenta de los días. Aunque llevo un diario.
Me repito. No tengo nada que contar, la verdad. Hoy no han intentado entrar, sólo eso.
Sigo metiendo los libros en la Sala C.

Hoy tampoco han intentado entrar, gracias a Dios.
Sigo metiendo los libros en la Sala C, gracias a Dios.

Apenas queda comida ya.
¿Cuánto tiempo hará desde mi última comunión? No lo sé. He perdido la cuenta de los días. A pesar de llevar un diario.
Hoy se acercó un grupo, los vi desde la ventana de la Sala H. Pero un humanoide los mató a todos. Después el humanoide se fue volando. Tenía alas, el humanoide. Como si un ángel del Señor me ayudase a proteger estos libros. Sí, el Señor me ayuda a conservar su Verdad y su Belleza.

No es suficiente, Vincent, no es suficiente.
No es suficiente. Y basta. Hay que erradicar. Hay que eliminar. Hay que quemar el Mal.
No todo merece ser conservado. Que sólo sobreviva lo que glorifique a Dios. Sólo eso.
Para el resto, fuego.

Hoy han intentado entrar. Por el aire acondicionado. Gasté mi última bala. Pero lo que sea se quedó inmóvil dentro del conducto. Y sangró. La sangre se derramó encima de algunos libros bellos y buenos. Pero lo que sea ya no se mueve.
Me he encerrado en la Sala C.
Apenas queda agua. Aún recuerdo el día de mi bautismo. El día más bello de mi vida.
Que Dios me ayude a conservar su Palabra.

Pater Nost

Extractos de los diarios de San Vicente Bibliotecario [NHA 34-36]

“Y se oyó un clamor inmenso en Egipto”, de Arthur Hacker (1897)

I WOULD PREFER NOT TO [RECICLADO]

Al entrar en la casa, lo primero que vio Vincent Aldridge fue una reproducción del Cristo Crucificado de Velázquez. Se quedó pegado a la puerta recién cerrada, mirando la imagen con expresión de sorpresa tensa. Ella se dio la vuelta, mientras se iba despojando de bolso y abrigo, y se lo encontró allí, pasmado, con los ojos clavados en el cuadro.

-¿Te gusta? –preguntó ella-. Es arte católico, creo. Bastante antiguo.

-¿Te gusta a ti? –preguntó él, tratando de desviar la mirada del cuadro.

-Sí –respondió, con una sonrisa-. Soy un poco rara en mis gustos…

Se acercó con gesto pícaro, pero él hizo un apurado regate, disfrazándolo de movimiento para quitarse la cazadora.

-¿Te encuentras bien…? -preguntó ella.

-Sí, claro -dijo, mientras se quedaba de pie en medio del salón, las manos refugiadas en los bolsillos-. Perfectamente.

Ella se sentó en el sofá, dando a entender que otro tanto se esperaba de él. Con cierto retardo nervioso, también Vincent ocupó su lugar en un extremo del mueble, el peso del cuerpo apenas reposando en el filo del cojín.

Se quedaron mirándose un buen rato. Ella sonrió. Él tragó saliva y de un respingo se sentó a su lado. En otro movimiento súbito, puso una mano en uno de sus pechos. Ella le miró con cierta ternura entretenida. Acercó su rostro para besarle y Vincent, torpe, se fue dejando hacer. Ella se desnudó entonces de cintura para arriba. Él se quedó mirando sus pechos desnudos, con una mirada parecida a la que había puesto al descubrir el Cristo de Velázquez. Ella volvió a sonreír.

-Parece como si fueran las primeras que vieras en tu vida.

Vincent la miró con el rostro desubicado, trasluciendo el esfuerzo por ofrecer una respuesta adecuada.

-Oh, no, no… qué va… -dijo por fin-. He visto muchas… últimamente. En internet. En los últimos meses he visto toda la pornografía que he podido.

Acompañó este comentario con repetitivos asentimientos de cabeza, los cuales se fueron contagiando a su compañera, que ahora también le miraba con el rostro ligeramente atónito.

-Ajá -consiguió pronunciar ella-. ¿Te gusta mucho la pornografía?

Su cabeza se movió para negar, pero fue corregida por un repentino esfuerzo consciente.

-Una barbaridad -dijo-. Y la semana pasada pagué por los servicios de una meretriz.

Una sonrisa efímera crujió en los labios de ella.

-Vamos, que te fuiste de putas.

Vincent se quedó pensativo unos momentos.

-Sí, pero sólo con una…

Los dos se miraron durante unos segundos. Él se agarraba los brazos y ella se había olvidado de que estaba medio desnuda.

-¿Te gustó? -preguntó, con forzada curiosidad.

Un sonido lastimero escapó de la garganta de Vincent, mientras buscaba la respuesta adecuada en algún lugar del techo.

-¿No serás gay? -volvió a inquirir ella, elevando un poco el tono, la cara ligeramente crispada.

-Oh, no, no, no, no… para nada, qué va –afirmó Vincent rotundamente.

Ella le miró un momento con suspicacia, antes de acercarse nuevamente a él.

-Bueno, pues enséñame entonces qué has aprendido viendo todos esos vídeos guarrindongos… -concluyó ella, tratando de forzar una voz pícara.

Pero él escapó entonces al otro extremo del sofá.

-Preferiría no hacerlo -dijo en un suspiro.

-¿Preferirías no hacerlo conmigo? -preguntó ella con los ojos muy abiertos.

Vincent asintió con la cabeza.

-Entonces, ¿para qué coño has venido?

-Para hacerlo contigo.

Volvieron a mirarse durante unos segundos. Ella cogió aire.

-Bueno… entonces, ahora qué ocurre, ¿se te han pasado las ganas? -preguntó, tratando de sonar paciente.

-No. No -se quedó callado, mirándose las uñas un instante-. Me había obligado a intentar hacerlo hoy contigo, pero… -otra mirada a las uñas-. Pero creo que, quizá, deberíamos conocernos antes… más. Mejor. No sé, pasear. Hablar, comentar los planes que tenemos para la vida. Ya sabes, ver si pensamos igual en las cosas importantes. Sobre cómo educar a nuestros hijos. Y después ya, casarnos. Y entonces, sí, hacerlo. Me apetece mucho, la verdad -terminó, con una sonrisa.

Ella le miró. Sus ojos tardaron un poco más de lo normal en parpadear. Cuando por fin lo hicieron, una carcajada se proyectó en el silencio denso del salón como si hubiese saltado la alarma de la casa: ocupando cada vértice, rebotando en cada sólido, disolviendo toda la materia alrededor de aquel sonido desesperado. Una supernova en la que temblaba el cosmos.

Vincent vio asustado cómo ella se caía del sofá, retorciéndose en la alfombra, sin poder dejar de emitir aquella risa agónica.

Cuando consiguió calmarse, se quedó sentada en el suelo durante unos minutos, la espalda apoyada en la parte baja del sofá. Él no se atrevía a moverse, ni a decir nada; simplemente esperaba. Finalmente, ella se levantó, se volvió a vestir y, mientras se dirigía al interior de la casa, le dijo que se fuera.

Vincent recogió sus cosas y fue hacia la puerta. Antes de irse, miró de nuevo el cuadro. Hizo un gesto de fastidio y se marchó.

“La tentación de Perceval”, de Arthur Hacker (1894)

EL FUEGO PURIFICADOR DE SAN VICENTE BIBLIOTECARIO

-¿Por qué se fue José de la Casa de Simou? -preguntó Iván, en voz baja, a Lope.

La luz de la hoguera permitía a Abraham limpiar su rifle; no hizo ningún gesto, a pesar de que había oído perfectamente la pregunta. Lope dejó por un momento de afilar su cuchillo de combate y buscó con la mirada a José, que conversaba con el ángel negro sobre un risco situado a unos cincuenta metros; después miró a Iván.

-¿Por qué no se lo preguntas tú mismo? -preguntó a su vez Lope, mientras volvía a afilar su cuchillo.

-Lo hice… pero justo entonces me dispararon -respondió Iván-. De todos modos, no sé si me hubiese respondido…

-Seguramente no -opinó Lope.

Iván se quedó callado y miró hacia donde se encontraban José y el ángel. La mujercita alada miraba el Egeo desde uno de los hombros del mutante.

-A pesar de sus modales, creo que, en el fondo, José es un buen hombre… -dijo Iván.

Lope volvió a mirar al chaval. Abraham seguía limpiando su arma. Lope guardó su cuchillo y se sentó más cerca de Iván.

-José era muy parecido a ti, cuando tenía tus años -empezó Lope-. Sólo que mejor en todos los aspectos.

Iván no se esperaba el tono de aquel comentario. Abraham no pudo evitar sonreír, aunque siguió a lo suyo.

-Era el guerrero con más talento natural que yo haya conocido -continuó Lope-. Era, además, bondadoso y justo. Valiente. Siempre dispuesto a ayudar. Siempre dispuesto a servir. A tu edad, era ya también uno de los miembros más cultivados de la Casa de Simou: el tiempo que no empleaba en aprender a luchar, lo pasaba leyendo. Demasiado, quizá. O puede que el problema no estuviese en lo mucho que leía, sino en qué cosas leía… -Lope calló por un momento-. Las lecturas que teníamos a nuestras disposición, por otro lado… A los dos nos gustaba mucho Tolkien, como a ti -dijo Lope, con una sonrisa melancólica; Iván también sonrió-. Recuerdo una carta de Tolkien que leí hace mucho tiempo y que, por alguna razón, nunca he olvidado; me llamó la atención en su momento, porque hablaba de la imposibilidad que sentía para escribir una continuación de El Señor de los Anillos.

-¿Por qué le resultaba imposible? -preguntó Iván con vivo interés.

-Porque no le quedaría más remedio que hablar de la rápida corrupción del hombre cuando sólo conoce el bienestar y la paz. Lo cual, a Tolkien, le resultaba algo demasiado triste y deprimente de contar.

-Ciertamente, resulta más grato hablar de heroicidades que de mediocridades -dijo Iván.

Lope miró al chaval y volvió a sonreír con melancolía. Bajó la vista al suelo.

-Yo he llegado a la conclusión de que Tolkien se equivocaba -siguió Lope-. El mal ha de ser sacado a la luz, para que pueda ser conocido, previsto. Para que uno sepa reconocer peligros que, en caso contrario, le resultarían invisibles hasta que le estallasen en su propia cara. Hablar del mal puede ser deprimente, pero es necesario. Es necesario entender, lo antes posible, lo bajo que puede llegar a caer el ser humano, cualquier ser humano; incluso aquellos llamados a dirigir el destino de los mejores. Incluso aquellos que no tienen más enemigo que el hastío y el aburrimiento, en medio de la mayor de las abundancias. Una buena educación ha de insistir en la facilidad con que el ser humano se convierte en traidor.

-¿Para evitar que nos convirtamos en traidores? -preguntó Iván.

-Claro. Pero quizá haya algo más importante aún: evitar que la traición que suframos algún día nos derrote completamente y nos haga renegar de todo aquello que, en el fondo, amamos de verdad.

Lope calló. Iván se quedó con la mirada fija en su rostro.

-¿De qué habláis? -preguntó José, que llegaba en ese momento.

-De Tolkien -contestó Iván-. ¿Y los humanoides?

-Estirando las alas -contestó José-. ¿Has leído algo más en tu vida, aparte de Tolkien? -preguntó a su vez, con ironía.

-Claro que sí -respondió Iván, sonriente-. Aunque a veces creo que no necesito más que leerle a él. Que Dios me perdone, pero en ocasiones hasta me sobra la Biblia. Me gusta más el Ainulindalë que el Génesis.

-¡Eh, chaval! -exclamó jocoso José-. Como te oiga Abraham decir esas barbaridades te vas a quedar sin cena.

Todos sonrieron, incluso Abraham.

-La verdad es que yo también prefiero el Ainulindalë -comentó, dejando por un momento su tarea.

-¡Pero bueno! -exclamó de nuevo José-. ¡Pero en manos de quién estamos! Necesitas un confesor ahora mismo, Abri. Mientras lo buscas, yo me quedaré al mando. Te esperamos aquí, comiendo jabalí y libando bebidas espirituosas.

-Mañana seguiremos nuestro camino -dijo Abraham, de nuevo serio-. Iván ya está recuperado.

Todos miraron a Abraham.

-Eres un cortarrollos insoportable -dijo José-. ¿Cómo va a estar recuperado, si la fiebre incluso le hace blasfemar? ¿No acabas de oír lo que ha dicho sobre Tolkien y la Biblia?

Lope e Iván sonrieron.

-¿Qué libro de Tolkien volverías a leer, José? -preguntó de repente Iván.

La pregunta sorprendió a José, que se quedó pensando.

-Ninguno -respondió-. Creo que Tolkien está sobrevalorado.

Iván miró a Lope, que se miraba los dedos.

-A veces pienso que San Vicente Bibliotecario quizá se equivocó al conservar sus libros en vez de los del pobre C. S. Lewis -dijo José, sin alegría.

-Pero ese escritor era hereje -dijo Iván-. Pertenecía a una secta que aprobaba el divorcio, nada menos.

-Así es -intervino Lope-. Y, sin embargo, conocemos los testimonios de no pocos católicos, todos grandes figuras del pensamiento romano, que afirman la belleza y verdad de muchas obras del tal C. S. Lewis. Los pocos y minúsculos fragmentos que nos han llegado de este autor se deben a la admiración que despertó entre tantos buenos católicos. Incluso en el propio Tolkien, antes de que su amistad se enfriara.

-San Vicente hizo lo que hizo durante la Caída -dijo Iván, un poco desconcertado-. Supongo que en un momento así, cuando ves lo que ha sufrido la Creación por los desmanes de los hombres, sólo quieres que sobreviva lo más puro, lo que realmente tiene poder para curar al mundo. Por eso quemó tantos libros. Por eso quemó los libros de C. S. Lewis.

Al callar Iván, nadie más habló.

Lope hizo amago de decir algo, pero al final permaneció en silencio.

-Quizá el problema está en creer que la pureza salvará a alguien -dijo José, mientras buscaba en el cielo a los dos humanoides-. Los seres humanos tienen que aprender a vivir con la suciedad, no con la pureza.

Iván miró a José y después miró a Lope. Ninguno le miraba a él.

De repente sintió unos besitos en la oreja derecha y no pudo evitar reír por las cosquillas.

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