TAL DEVOCIÓN

por El Responsable

-Ya es visible, señora -dijo el marinero.

Una sonrisa repentina nació en el rostro de Frances, que apenas duró. Cogió a la niña y subió a cubierta.

Allí encontró a Ramiro, que contemplaba con asombro evidente la formidable pared de roca que se erguía ante ellos; era como si alguien hubiese colocado el océano al mismísimo pie de unas montañas.

El cielo era completamente gris y un viento alegre empujaba con ganas el barco hacia su destino. La observación de los acantilados regalaba a cada segundo un nuevo detalle. Caminos imposibles que parecían labrados en piedra por gigantes. Una gran casa de madera oscura, de varios pisos, que hacía equilibrios sobre el mar.

Y un árbol de frondosas e interminables ramas que parecía morar en medio de un cementerio.

Frances cerró los ojos y sus párpados empujaron mil lágrimas por las mejillas. Bajó la cabeza un momento. Volvió a abrir los ojos, miró a su hija, y le señaló el árbol, y la casa, y los caminos en la roca.

-Rilo, hija mía, Rilo… -repetía, como si rezara.

Ramiro sonrió y devolvió la mirada a los acantilados.

El barco enfilaba ya la entrada de la ría. Como si la tierra, deseosa de apresurar el retorno de los suyos, hubiese lanzado sus brazos hacia el océano.

Cruzaron entre las ruinas de los dos castillos que antiguamente vigilaban el paso de posibles enemigos. Pequeños pueblos pesqueros fueron apareciendo en ambas orillas.

Ramiro parecía abrumado por la belleza que contemplaba. Y aunque Frances también sentía mil emociones provocadas por esas mismas imágenes, fue la reacción de Ramiro la que le hizo entender, por primera vez en su vida, la profunda belleza en medio de la cual había nacido y crecido.

Se daba cuenta de que esa belleza había sido el paisaje habitual de su infancia, y que la costumbre había tornado invisible lo extraordinario. Y sólo ahora, tras largos viajes y amargas lejanías, podía entender la grandiosa peculiaridad del lugar en el mundo al que había llamado hogar.

En su niñez el entorno sólo se había hecho presente como teatro de aventuras.

Su mundo de niña pequeña no entendía de categorías estéticas. Lo que sí ocurría, en ciertas ocasiones, era que la luz lograba colarse entre las nubes, y las dibujaba como fabulosas catedrales celestes; parecía entonces que se detenía el tiempo, confirmando que todo estaba bien, en su sitio; que todo sucedería como tenía que suceder.

Era algo superior a la esperanza. Era como saber lo que Dios mismo pensaba.

No había nada que temer.

La belleza del mundo, sin embargo, ya supone una visión fragmentada, rota, de su verdad. Es un mero aspecto, una cualidad más. Vemos menos que un niño; y mucho peor, pensó Frances, mientras miraba a su hija.

Los gritos de los marineros la despertaron de su ensimismamiento. El barco se preparaba para atracar. Ramiro, con ayuda de un par de hombres, empezaba a subir los equipajes a cubierta. En tierra, alguien salió corriendo en busca de un medio de transporte para poder llevar a los recién llegados.

Algunas mujeres arreglaban redes en el puerto. Una de ellas se fijó en la mujer que bajaba en esos momentos del barco, portando un bebé.

Extrañada, se levantó, para ver mejor. Sus compañeras le hicieron bromas por su reacción; pero al seguir su mirada, también ellas dejaron la labor y se pusieron en pie, sin poder creer lo que creían estar viendo.

Algunas mujeres comentaron lo que estaba pasando con los pescadores que andaban por allí, mientras otras se acercaban con tímida cautela al barco recién llegado.

Ramiro observó con sorpresa cómo les iban rodeando poco a poco todos los habitantes del pueblo. Miró a Frances, que en ese momento ponía el pie en el muelle. Ella levantó la mirada, sonrió al pueblo que se había congregado allí, y saludó con una pequeña reverencia.

-¿Doña… Frances? -preguntó la redera que la había visto primero-. ¿Es usted, señora?

Sólo el chapoteo del agua se oía en el puerto, mientras se esperaba la respuesta.

-Así es, buena mujer -confirmó Frances-. Vuelvo a la casa de mi padre.

La redera se abalanzó sobre la mano libre de Frances y, con una rodilla clavada en tierra, la besó con arrebatado cariño y la acarició y se la pasó por la mejilla.

Gritos de júbilo estallaron entre las mujeres y los hombres hicieron volar sus sombreros de paja.

-Señora, no sabe lo feliz que va a hacer a su padre, señora… -decía la redera, medio ahogada entre sollozos de alegría-. Qué feliz va a ser el señor, su padre, qué feliz…

Frances intentaba contener su emoción sin demasiado éxito. Finalmente, la redera, haciendo un evidente esfuerzo de autocontrol, se volvió a poner en pie. Todo el pueblo volvió a quedar en silencio.

-Bienvenida a casa, señora -dijo la redera, mientras volvía a clavar la rodilla en tierra, ahora de forma apropiada-. Que Dios bendiga a la Casa de Rilo.

La tierra y el mar parecieron temblar, al arrodillarse el pueblo entero que estaba allí presente. Y un soplo de nordeste bravo pareció agitarlo todo, cuando repitieron al unísono: Que Dios bendiga a la Casa de Rilo.

Ramiro lloraba sobrepasado por la escena; y por el temor de tener que presentarse, deshonesto y ruin como era, ante hombres capaces de provocar tal devoción.

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