LOS INMORTALES DEL OLIMPO

por El Responsable

Aquel ser parecía beber de la herida; pero, cada vez que lo hacía, la recuperación completa de Iván era más cercana.

Tras hacer aquello que hacía, fuera lo que fuese, la pequeña mujercita, que hoy iba vestida con hojas de roble, puso en movimiento sus alitas de libélula y se elevó sobre Iván; no sin antes darle un montón de besitos en la frente, en los labios y en las mejillas, con su eterna sonrisa alumbrando su linda carita.

Iván la vio alejarse con una sonrisa extraña, la misma que tenía José poco antes de pegarle otro trago a su botella de bourbon.

Un poco más abajo del risco en el que se encontraban, Abraham parecía examinar unos papeles, mientras Lope simplemente contemplaba, a lo lejos, el Egeo.

Unos golpes de aire anunciaron la llegada del ángel negro. Así lo había bautizado José. Entre sus prominentes colmillos portaba un jabalí muerto.

-Mira, reparto a domicilio -comentó José-. Una cosa maravillosa del Mundo que deberían copiar en las Casas.

-¿Para qué querrían reparto a domicilio, familias que producen su propia comida? -comentó Abraham, que había guardado sus papeles y se había acercado para preparar el jabalí.

-Coño, pues para poder encargar Delicias de Constantinopla -respondió José-. ¿Conoces algún campesino de alguna Casa que sepa preparar Delicias de Constantinopla?

Iván, como solía, volvió a quedarse con la boca abierta, contemplando a aquel ser que les había salvado la vida. Podía medir, fácilmente, tres metros de altura. Su piel era negra, como las dos enormes alas que salían de sus omóplatos. Se limpiaba en esos momentos la sangre que goteaba de sus enormes incisivos. Estaba completamente desnudo; pero, en la zona donde debían estar los genitales, nada había, salvo una tensa musculatura curva. Los ojos, profundamente negros, lucían un brillante color rojo cuando se hacía de noche.

Tras limpiarse, se acercó a Iván.

-¿Qué tal te encuentras, joven hombre? -preguntó, con extremada cortesía.

-Casi en plena forma -respondió Iván, con una amplia sonrisa-. Muchísimas gracias, no sé cómo agradeceros…

El ángel sonrió.

-No sé qué es lo que hace exactamente ella; quizá tenga que ver con nuestra extraordinaria longevidad. De alguna manera, es capaz de usarla para curar a otros. Quizá fuera la intención de nuestro creador cuando la diseñó… -el ángel se quedó pensativo-. Lo desconozco.

-En cualquier caso, gracias -insistió Iván.

-Sí, muchísimas gracias -repitió José-. Aún no te había ofrecido, porque… ya sabes: infancia cristiana, eso de invitar a beber a un ángel, aunque sea negro… Pues resulta extraño. Pero vamos, que aquí tienes -José le ofreció su botella.

El ángel negro acercó la nariz y olisqueó el contenido.

-¿Enebriadores? -preguntó-. Lo siento, pero no me producen ningún efecto.

-No te puedo creer -dijo José-. Qué cabronazo, tu creador. Con perdón.

El ángel sonrió.

-Lo de dejarte sin pajarito ya me parece suficientemente grave, pero que ni siquiera te puedas agarrar una buena moña para soportar la eternidad… -añadió José.

Abraham y Lope, que estaban cortando el jabalí, le miraron con gesto reprensivo. El ángel, sin embargo, torció la boca en una mueca que reflejaba que le había hecho gracia el comentario.

-Por lo que se ve, los experimentos de mi creador en cuanto a la longevidad iban por buen camino; pero, por alguna razón, no me dotó de órganos reproductores. Quizá exista alguna relación entre ambas cosas: la inmortalidad y la imposibilidad de reproducirse -el ángel fijó la mirada en el mar lejano-. No lo sé. Sólo Dios, si existe, lo sabe. Vosotros pensáis que Dios es Padre, así que igual me equivoco…

-Ellos -corrigió José-. Ellos piensan que Dios es padre. Yo sólo creo en el bourbon. Y en los ángeles negros y las hadas madrinas.

El ángel e Iván rieron. La mujercita alada apareció de repente, le dio unos besitos en la oreja derecha a José, y volvió a desaparecer en el bosque cercano.

-Le pediré que se case conmigo -dijo José-. Una mujer que no habla. Fantástico. En eso, vuestro creador demostró ser un auténtico genio.

El ángel se quedó mirando el lugar por el que se había marchado el hada.

-He pensado muchas veces en matarme -dijo, como si estuviese comentando el tiempo-, pero entonces la miro a ella y pienso que nunca la he visto triste, desde que nos miramos por primera vez cuando salió de su tecnoútero; por lo que he llegado a sospechar que quizá mi muerte fuera lo único que la entristeciera. Así que no puedo hacerlo. Sigo viviendo, por miedo a que ella no siga siendo feliz.

José se quedó callado y le dio otro trago a su botella. Iván se quedó con la mirada perdida en la herida de su pecho.

-¿Por qué vivís aquí, solos? -preguntó el joven.

-Leí que los antiguos griegos creían que aquí vivían sus dioses. Así que pensé que sería un lugar adecuado para seres que no mueren -respondió el ángel.

José no pudo evitar sonreír.

-Perdí el interés por tratar con los hombres, tras unos años -continuó el ángel-. Al principio, nos perseguían como si nosotros hubiésemos sido culpables de todo; tras la Caída, como la llamáis vosotros. He conocido pocos realmente interesantes. Creo que podría contarlos con los dedos de una mano.

-A mí me pasa lo mismo -dijo José-. Pensé que con más años de vida, la cosa se arreglaría. Veo que me equivocaba.

-La mayoría de los hombres me consideraban un ser diabólico, resultado de una tecnología perversa y fáustica -siguió el ángel-. Puede ser, pero aquí estoy. ¿Soy yo, acaso, culpable de ello? ¿Por qué he de cargar yo con la culpa de mi creador?

El ángel cogió una pequeña piedra del suelo y le dio vueltas, sin demasiado interés. La mujercita alada volvió a aparecer, le dio un par de besos en la nariz, y volvió a perderse de vista.

-¿Por qué os hizo así? -preguntó Iván.

El ángel dejó la piedra, abrió muchos los ojos, y se quedó callado, sin saber qué responder.

-Los creadores siempre son un puto enigma, desde mi punto de vista… -dijo José-. No hay dios que los entienda.

-Los cristianos creéis en la Providencia divina -dijo el ángel-. Me pregunto si realmente existirá algo parecido. ¿Cuál sería, entonces, mi lugar en la historia de los hombres? Y… ¿soy yo un hombre, acaso?

-Sin pilila y sin borracheras, me temo que no -respondió José-. Pero tienes muy buena conversación.

Iván miró a los ojos al ángel, antes de volver a preguntar.

-¿Por qué nos salvaste?

Todos miraron al ángel; incluso Abraham y Lope dejaron por un momento la preparación del jabalí.

-No sé, la verdad… -respondió el ángel-. Supongo que me pareció injusto, ellos eran tantos y vosotros tan pocos… Y este hombre parecía tan poca cosa, cuando se propuso defenderte… -dijo, señalando a José.

José sonrió y le dio otro trago a su botella.

-De verdad, tú más que nadie te mereces una buena noche de bourbon y fulanas -dijo José-. Menudo capullo, tu creador.

-Lo cierto es que era un artista genético muy famoso -dijo el ángel, con rostro serio-. Siempre le ofrecían contratos muy importantes para diseñar soldados o trabajadores, pero él prefería la creación libre. Ganó muchos concursos -permaneció un rato en silencio, antes de continuar-. Nos dio una buena educación. Nos hablaba siempre de proteger a los más débiles. No creo que fuera un mal hombre. Equivocado, quizá. Pero, ¿qué hombre no se equivoca, incluso intentando dar lo mejor de sí?…

Las llamas rodearon el cuerpo despellejado del jabalí. Iván y el ángel se acercaron al fuego. José le dio otro trago a su botella, con la mirada fija en el mar.

Volvió en sí con un repentino besito del hada, que vestía ahora un atrevido vestido hecho de pinochas.