LA FIESTA DE LA CÓPULA

por El Responsable

-Es un ejemplar magnífico, Excelencia -dijo la mujer, con cierta coquetería-. ¿Puedo…?

-Por supuesto -respondió el Principal de Masalia Nova.

La mujer se aproximó y deslizó con los dedos los tirantes del suave vestido blanco, dejando a la vista un perfecto pecho blanco. Los dedos descendieron acariciando la piel, mientras la mujer fijaba la mirada en los ojos de la joven, que permanecía perdida en un lugar muy lejano. La piel se arrugó y la mujer retiró los dedos, al tiempo que su boca se abría ligeramente.

-Es deliciosa… -comentó, mientras devolvía el tirante a su sitio-. ¿Le debo algo, Excelencia, por este diminuto placer?

El Principal rió y negó con la cabeza.

-Quizá dentro de un tiempo se la pueda ofrecer -comentó-, por un precio razonable.

-No me imagino lo que ha podido pagar por una Vestal constantina… -comentó el hombre que acompañaba a la mujer.

-Nada es suficiente para la Fiesta de la Cópula -dijo el Principal, sonriendo-. Que los Dioses nos sean propicios por estos delicados sacrificios.

-Las crías que tenga con su semental sí que tendrán un precio inimaginable -comentó un tercer hombre, que se había acercado a ellos mientras comía aceitunas.

El Principal sonrió sin entusiasmo al recién llegado e hizo las presentaciones.

-Jean-Luc, te presento al matrimonio Ronsard; creo que eres muy aficionado a su vino.

-Oh, por supuesto -dijo, aparentando sorpresa-. No me extraña que sus caldos tengan ese sabor, si el origen de todo es tal belleza.

El matrimonio agradeció el halago con una sonrisa.

-¿Es usted Jean-Luc Caretti? -preguntó el señor Ronsard.

-Eso me temo -respondió, besando la mano del hombre, que lo miró con embeleso.

El sol se acercaba al ocaso en el horizonte. Una suave brisa refrescaba el ambiente en el templo de If, construido sobre los restos del antiguo castillo. En ese momento apareció el semental del Principal, escoltado por cuatro jóvenes, dos mujeres y dos hombres, de extraordinaria belleza, todos ataviados con túnicas muy cortas de color azul celeste. Una de las parejas, mujer y hombre, se acercó a buscar a la Vestal y la llevaron hasta el lecho que había sido dispuesto en medio del templo.

-¿Cuántos años tiene? -preguntó la señora Ronsard.

-Quince -contestó el Principal-. Creo que es sin duda la mejor edad para empezar a criar.

-Estoy de acuerdo -dijo el señor Ronsard, mientras le daba un trago a su copa de vino, sin apartar la vista de la escena que se estaba desarrollando.

Todos los invitados se acercaron al lecho, mientras las dos parejas de jóvenes desnudaban al semental y a la Vestal.

Al verse completamente desnuda, la muchacha no pudo evitar que se le escapara un sollozo.

-Los Dioses nos perdonen -murmuró el Principal, haciendo un gesto a la pareja que se ocupaba de la Vestal. El joven de ébano empezó a acariciar a la muchacha, mientras la joven de ojos rasgados se arrodillaba entre sus piernas.

-Mal augurio, Excelencia -comentó Jean-Luc, con cierta sorna-. Quizá tenga que ver con lo que ocurre al norte. Preguntémosle a nuestro filósofo -dijo, mientras saludaba a otro recién llegado-. Señor y señora Ronsard, les presento a Georg, consejero de la corte del Principal de Masalia Nova y encargado de la educación de los hijos de su Excelencia.

Se hicieron los saludos de rigor; aunque el filósofo era incapaz de apartar su mirada del lecho, donde la Vestal había sido tumbada, mientras el sol empezaba a introducirse en el océano.

-¿Cree usted que la Unión de Repúblicas puede ser un peligro para nuestra próspera comunidad, Georg? -preguntó Jean-Luc, con tono burlón.

-Ya lo está siendo -respondió el filósofo, que seguía observando los armónicos movimientos del semental-. Las fugas de esclavos se han multiplicado. Las revueltas en las fábricas y plantaciones son más frecuentes. Es una verdad histórica incuestionable que no hay régimen político más potente económica y militarmente que la democracia de mercado con una libertad completa de costumbres; que sea sostenible a largo plazo, sobre todo para la vida en el planeta, es otro tema; pero a corto-medio plazo, resulta invencible.

Jean-Luc se había acercado al señor Ronsard y comenzaba a acariciar la trabajada forma de sus tríceps, ante la pícara mirada de la señora Ronsard.

-¿Y qué sugiere usted que podemos hacer, mi querido Georg, para evitar este peligro que viene del norte? -preguntó Jean-Luc, mientras acercaba sus dedos a los labios de la señora Ronsard.

-Guerra total, antes de que la Unión de Repúblicas se haga más fuerte -dijo el filósofo, mientras se empezaban a escuchar los gemidos de la Vestal y los señores Ronsard desnudaban a Jean-Luc y docenas de grupos se formaban alrededor del lecho y el ritmo pausado de los músicos que tocaban en un lateral del templo se acompasaba con el oleaje tranquilo de la marea del atardecer.

Y en medio de la Fiesta de la Cópula, sólo el Principal de Masalia Nova permanecía vestido, con el rostro tenso y un poco angustiado.