THE FLYING INN

por El Responsable

-Los días de la Caída quedan ya lejanos y parece que el progreso llega a todas partes… -comentó Lope, mientras miraba con rostro serio por la ventanilla trasera-. ¿Quién pensaría hace unos años que una horda de escombreros iba a tener esa cantidad de vehículos?

Abraham conducía todo lo rápido que podía a través de avejentadas carreteras de montaña.

-Podríamos estar ya mojando el culo en una playita del Egeo, si a San Abraham de Todos los Tontos no le hubiese dado por recitar una oración fúnebre delante de cada uno de los tipos que nos cargamos -comentó José, agarrándose como podía a su asiento en el giro de una curva-. ¿Por los perros también rezaste…? Ya no recuerdo…

-Hubiese enterrado apropiadamente a cada uno de ellos, con mis propias manos, si no tuviese claro cuáles son las circunstancias de esta misión -respondió Abraham, sin dejar de prestar atención, alternativamente, a la carretera y al retrovisor-. Sé que ya se te olvidó hace tiempo, mientras cazabas caribes para tus clientes esclavistas, pero la vida no es sólo sobrevivir.

-Claro, claro, Abri -dijo, José-. Y para demostrarlo, te has empeñado en conseguir que nos maten a todos. Otro sacrificio para tu dios sediento de sangre idiota.

-Parece que les estamos dejando atrás -dijo Iván, que también miraba por la ventanilla trasera, junto a Lope.

Abraham confirmó la noticia echándole otro vistazo al espejo retrovisor.

-Saldremos de la carretera principal y tomaremos un desvío, unos kilómetros más adelante -dijo, sin bajar el ritmo de conducción-. A ver si así nos los quitamos de encima definitivamente.

-Oh, un desvío, chachi -comentó José-. Igual cuando lleguemos a Atenas, al iluminador le ha dado tiempo de terminar de copiar la Biblia entera…

-No callarás nunca… -rezongó Abraham.

-Soy tu cruz, Abri -respondió José, sonriendo-. Quiéreme mucho. Abrázame. Irás al Cielo gracias a mí.

Iván no pudo evitar sonreír; pero al mirar a Lope, y ver la seriedad de su rostro, dejó de hacerlo.

Una hora más tarde, Abraham, como había dicho, tomaba un desvío y sacaba la furgoneta de la carretera principal.

-Pasaremos la noche en esas montañas y mañana continuaremos nuestro camino a pie, siguiendo la línea de costa hacia el sur -dijo Abraham.

Esas montañas son el monte Olimpo -comentó divertido José.

-¿En serio? -preguntó Iván, abalanzándose hacia la parte delantera de la furgoneta para mirar por el parabrisas.

Los cuatro miraron hacia las montañas que se acercaban. Unas nubes parecían haberse quedado enganchadas en los picos más altos. Iván sonreía como un niño.

Tras ascender un par de kilómetros por la carretera que llevaba hacia las cumbres, Abraham salió de la calzada y metió la furgoneta por un camino de tierra, que se introducía en un espeso bosque de robles. Decidió aparcar en un espacio situado entre varios árboles, invisible desde la carretera.

-Hoy cenaremos frío -dijo Abraham-. Encender una hoguera sería demasiado arriesgado.

-Casi tanto como rezar por la salvación de las almas de los que te acaban de intentar matar… -dijo José.

Abraham empezó a descargar sin responder nada. Pero José descubrió que Lope le miraba con rostro serio. El encuentro de sus miradas apenas duró; enseguida ambos se pusieron también a preparar la cena.

Todos llevaban provisiones de fiambres variados y carnes curadas. Iván cortaba trozos de queso que repartía a sus compañeros. José, a cambio, le ofreció beber de su botella.

-¿Es ron? -preguntó Iván.

-Bourbon -respondió José.

Iván cogió la botella, agradeciéndoselo a José con un gesto, y le dio un trago. Pareció gustarle.

-Dale otro, no te cortes -insistió José-. ¿Prefieres el ron?

Iván dio el segundo trago y le devolvió la botella a José.

-No, ya sabes… -respondió Iván, con timidez-. No, no te lo diré. Te reirás de mí.

José miró a Iván y sonrió.

-No te preocupes, hijo. Después de ver cómo te manejaste con esos escombreros, no creo que me vuelva a meter contigo.

-Abraham es uno de los mejores guerreros que he conocido -dijo Iván, sonriendo- y no dejas de meterte con él.

-Se lo ha ganado -contestó José, divertido-, por rompehuevos.

Ambos sonrieron. Iván le dio un mordisco a un trozo de queso y José le dio un trago a su botella.

-Pues ya sabes… -dijo Iván, con timidez-. San Gilberto es el patrón de mi Casa… Y aquí estamos, fugitivos, compartiendo queso y… bourbon.

Iván hizo un gesto con una mano, dando a entender que sabía que era una tontería lo que estaba diciendo.

-Como en La Taberna Errante, ¿no? -completó José, sonriendo.

-¡Sí! -exclamó Iván-. ¿Conoces La Taberna Errante?

-Claro. Leía mucho, de joven -la sonrisa de José desapareció, al decir esto.

Iván se quedó callado, mordisqueando otro trozo de queso. Miraba dubitativo a José, que se había perdido en sus pensamientos.

-Hace un rato, Abraham dijo -se decidió Iván- que habías trabajado para los esclavistas.

José afirmó con la cabeza, aunque su mirada seguía perdida.

-Me marché muy joven de mi Casa -explicó-. No sabía nada del Mundo y necesitaba ganarme la vida. Los guerreros de las Casas son muy apreciados como mercenarios. Y así empecé, capturando hombres, mujeres y niños para los esclavistas, en centroeuropa.

-¿Caribes? -preguntó Iván.

José bufó.

-Eso dicen algunas veces sus leyes… -contestó-. La realidad es que nosotros capturábamos todo tipo de hordas, comieran carne humana o no. Nunca vi a ningún jefe parándose a preguntarle a nadie: “Oye, ¿tú te comes a tu vecino o eres vegetariano?” El negocio es el negocio.

Iván se volvió a quedar callado. Mordisqueaba el queso sin apenas darse cuenta de que lo hacía, buceando en sus propios pensamientos.

José se limpió las manos, se levantó y se metió en la furgoneta. Volvió con una bolsa, de la que salía un sonido metálico al moverse. Se sentó otra vez junto a Iván y vació el contenido de la bolsa delante de él. Eran cuatro pistolas. Iván dejó de mordisquear el queso. José empezó a examinar las armas, una por una. Al terminar, volvió a coger una de ellas, y la examinó de nuevo, con más detenimiento esta vez.

-Ésta -dijo, finalmente, dándosela a Iván-. Para ti. Como primera pistola no está mal.

Iván cogió la pistola como si recibiera entre los brazos a un niño pequeño. Miraba el arma con los ojos muy abiertos y después miraba a José, incapaz de pronunciar palabra.

-No sé qué decir… -balbuceó Iván-. Muchísimas gracias. Me hubiese gustado buscar una antes, pero con todo el barullo, lo olvidé… Muchísimas gracias. Muchísimas gracias…

José sonreía.

-Te la has ganado, muchacho.

Iván seguía dándole vueltas a su pistola, mientras José le daba algunos consejos. Abraham y Lope observaban la escena en silencio, sin dejar de comer.

-¿Por qué te fuiste de tu Casa? -preguntó Iván, sin dejar de admirar su primera arma de fuego.

José no respondió. Cogió un trozo de hierba y lo toqueteó en silencio. Lope elevó la vista hacia el cielo. Abraham masticaba, con la mirada perdida. Iván empezó a sentirse mal por haber hecho aquella pregunta.

El trozo de hierba se rompió en dos mitades entre los dedos de José, cuando un estallido rompió el silencio del bosque. Iván, empujado por una fuerza invisible, cayó sobre su espalda. Una flor bermeja brotó en su pecho.

-¡Nos encontraron! -gritó José, mientras se inclinaba sobre el cuerpo de Iván.

Abraham disparó en dirección al lugar desde donde había llegado el ataque. Lope se disponía a acercarse al herido, pero un par de sombras se abalanzaron sobre él, obligándole a defenderse con furia.

Más sombras surgieron en la noche, rodeando completamente al grupo. Abraham disparaba a discreción, pero tuvo que dejar de hacerlo y buscar refugio, ante la intensidad del fuego enemigo.

José, mientras intentaba taponar la herida de Iván, veía cómo se iban encarnando media docena de sombras a su alrededor, armadas con machetes y hachas.

José se levantó, desenvainó su cuchillo y adoptó postura de defensa, sin fijar la mirada en ningún punto concreto.

Ave Maria, gratia plena… -comenzó José.

Entre el ruido de los disparos, los golpes de Lope, los gemidos de Iván y los gritos de los escombreros que se abalanzaban sobre José, temblaron el bosque y la noche ante un rugido que parecía provenir del cielo.

Y José creyó escuchar como un batir de alas gigantes.

Y pensó que los ángeles venían a arrebatarle, justo antes de morir, la poca cordura que aún le quedaba.

Advertisements