LA UNIÓN

por El Responsable

El hemiciclo rugía como una tormenta de verano.

En el estrado, un hombre pequeño y calvo de piel oscura, vistiendo toga blanca al estilo romano, agitaba en el aire unos papeles doblados.

-¡He aquí las pruebas! -gritaba, tratando de hacerse oír en el barullo reinante-. ¡He aquí las pruebas de la insidia de los feudales!

La tensión se elevaba: se crispaban las discusiones, se lanzaban amenazas, empezaban los empujones.

El presidente trataba de poner orden, sin éxito. El hombre en el estrado trató de calmar los ánimos, elevando ambos brazos y pidiendo silencio para poder seguir hablando.

-Excelentísimos miembros del MetaParlamento: la Unión de Repúblicas no puede permitir que al otro lado de su frontera se trate a seres humanos peor que a esclavos -el griterío volvió a elevarse-. ¡Sí, peor que a esclavos, señorías! Porque estos hombres y mujeres ni siquiera tienen derecho a llamar a las cosas por su nombre, insistiendo sus amos teocráticos en llamarles hombres libres, cuando ni siquiera tienen derecho a moverse libremente por el mundo en el que han nacido. ¡Cuando ni siquiera tienen derecho a poder intentar tener una vida mejor en otro sitio!

Una buena parte de la cámara se puso en pie y aplaudió con entusiasmo. El hombre pequeño abandonó el estrado con cara de satisfacción, siendo recibido con gran efusividad por sus compañeros de escaño.

En el mismo centro del hemiciclo, rodeada por todos los miembros de la cámara, una mujer se sentaba en una silla de madera ricamente trabajada. También estaba vestida con toga, pero la suya era completamente roja. Permanecía seria y callada. Miró al presidente de la cámara y le hizo un gesto sutil.

-Señorías, la Primera Magistrada de la Unión pide la palabra -voceó el presidente.

Docenas de susurros y comentarios se extendieron por el recinto. La mujer se dirigió lentamente hacia el estrado, concentrada en su propio pensamiento. Pero su rostro anguloso pareció afilarse aún más al dirigir la primera mirada al público.

-Señorías -comenzó- quiero agradecer al portavoz de la Facción Ultralibre que haya puesto sobre la mesa el tema fundamental sobre el que debería centrarse toda nuestra atención.

El hombre pequeño enarcó una ceja y sonrió con sorna.

-La Unión de Repúblicas del Loira es un pequeño punto de luz en medio de la más negra oscuridad -prosiguió la Primera Magistrada-. Nuestra condición de ciudadanos libres es una excepción gloriosa en medio de un mundo poblado de esclavistas y feudales -la cámara aplaudió-. Gloriosa; pero aún débil, señorías. Nuestros enemigos son poderosos y no soportan nuestro progresivo fortalecimiento. La Revolución está a punto de cumplir veinticinco años y no dejamos de crecer. Más y más ciudades se unen a nuestra confederación. ¡El futuro nos pertenece! -más aplausos-. Pero para llegar a ser capaces de disfrutarlo tenemos que ser inteligentes y dotarnos de las herramientas necesarias para lograr nuestros honorables objetivos. Evidentemente, es terrible la situación en la que se encuentran los siervos del tirano Auguste. Y no fue poca cosa obligarle a aceptar el Edicto de Libertad, para que cada hombre que cruce nuestras fronteras sea automáticamente reconocido como ciudadano de la Unión, libre para siempre de supersticiosas cadenas feudales -el hemiciclo estalló en una ovación; el rostro de la Primera Magistrada cambió, mostrando algo parecido al enfado-. Pero lo que tampoco podemos permitir, en estos momentos, señorías, es que algunas personas se permitan el lujo de financiar las actividades de grupos violentos, que penetran en territorio de la Casa de Penn Ar Bed y tratan de liberar por la fuerza a los siervos. ¡Nos ponen, a todos, en riesgo de iniciar un conflicto para el que aún no estamos preparados!

El ruido de la cámara se hizo ensordecedor. Los empujones y amenazas entre parlamentarios se multiplicaron.

-El ciudadano Weba -continuó- nos ha contado los terribles hechos que han llevado a la tortura y asesinato de varios conciudadanos de la Unión. Torturados y asesinados por la libertad, fundamento de nuestro régimen político. No deshonraremos su memoria; pero tampoco alabaremos sus acciones, pues han cometido el error de la precipitación -el escándalo volvió a desatarse en los escaños-. La Unión no puede verse arrastrada a una guerra, sin tener antes los medios necesarios para actuar eficazmente en ella. ¡Con sus prisas infantiles, retrasan la llegada de la libertad a aquéllos sometidos a falsos dioses de amor!

La facción de la Primera Magistrada se puso en pie en su totalidad y aplaudió con fervor.

-Hace tiempo ya que esta Primera Magistrada viene pidiendo al MetaParlamento que apruebe una ampliación de sus funciones, para que pueda ser el auténtico mascarón de proa de esta bella, y única, civilización de la razón y la libertad. Para ser el auténtico terror de todos los tiranos, feudales o esclavistas. ¡Para ser la verdadera pesadilla de la Casa de Penn Ar Bed, del Principal de Masalia Nova o de cualquier otra de las múltiples dictaduras que ahora mismo asolan el planeta!

Las bancadas comenzaron a corear el nombre de la Primera Magistrada.

-Denme la posibilidad de hacernos más fuertes -concluyó, mirando fijamente al señor Weba.

Y el portavoz de la Facción Ultraliberal volvió a sonreír con sorna.