BENEFICIOS Y MERCEDES

por El Responsable

La puerta de la celda se abrió. El prisionero alzó la mirada y vio a su señor ante él. Lucía los ropajes con el típico color verde oscuro de la Casa de Penn Ar Bed. En su rostro mulato brillaban dos esmeraldas que miraban fijamente al vasallo, recias, pero serenas. La larga melena, recogida en tres trenzas entrelazadas, y la barba, eran de un blanco casi plateado.

Un sirviente trajo una silla para que su señor tomara asiento. Cuando lo hizo, noble y cautivo quedaron a la misma altura, mirándose a los ojos.

-¿Qué tal te recuperas de tus heridas, Olivier? -preguntó el señor.

-Bien, supongo.

-¿Comes bien?

El prisionero suspiró y bajó la mirada. Se quedó en esa posición durante unos segundos.

-¿Qué quiere de mí, señor? -preguntó, a su vez.

El noble tardó en responder, sin dejar de mirar a su vasallo.

-Una disculpa que me permita perdonarte -dijo, finalmente.

Olivier se quedó mirando a su señor, sin responder.

-¿Por qué quieres abandonar tus tierras, Olivier? -volvió a preguntar-. Las tierras que tu familia ha trabajado durante generaciones, desde antes de la Caída. ¿Acaso te he tratado mal? ¿Tenías algún agravio que reprocharme?

La boca de Olivier se retorció en una mueca cansada, que recordaba vagamente a una sonrisa.

-No, señor. Usted no ha sido malo conmigo.

-¿Entonces? ¿Por qué abandonar la Casa de Penn Ar Bed, justo en este momento, tan delicado para todos?

-Porque quiero que mis hijos crezcan libres. Quiero que ellos mismos se labren su futuro, sin necesidad de atender a los deseos de nadie que se considere superior por el mero hecho de haber nacido en una u otra cuna.

El noble permaneció con la mirada fija en los ojos de su vasallo.

-¿Eso es lo que crees que ocurrirá en una de esas repúblicas libres? ¿Crees que tus hijos no tendrán que cumplir los deseos de nadie que se crea superior, por una u otra razón? Te equivocas, Olivier. Tendrán que obedecer los deseos de sus patronos; o los deseos de sus clientes, si consiguen el dinero suficiente para montar un negocio propio, y quieren vivir de él. Esa libertad abstracta de la que hablas no existe. Sólo existe la libertad de elegir a quién o a qué nos atamos. Y creo que las Casas ofrecen la mejor opción posible en este mundo.

-Señor, esa libertad concreta de la que habla sólo la tiene usted aquí -dijo Olivier-. Nosotros ni siquiera tenemos la opción de elegir. Usted, en su libertad, al parecer ya ha elegido por nosotros. Ha elegido que ésta es la mejor de las vidas posibles para todos. Y nosotros tenemos que ser niños obedientes, que asuman las consecuencias de su decisión, la suya. Pero yo no quiero vivir como un niño toda la vida. Quiero ser libre, porque quiero ser responsable de lo que me ocurra. Aunque sea para soportar las consecuencias de mis errores. Y quiero lo mismo para mis hijos.

-¿Incluso si la consecuencia es no tener qué dar de comer a tus hijos? ¿Ni un techo bajo el que cobijarlos?

-Incluso en ese caso -respondió el preso, mirando a los ojos a su señor.

El noble permaneció callado durante unos momentos.

-Tu deseo pone en riesgo todo lo que somos, Olivier. Debilitas a la Casa de Penn Ar Bed por una fantasía de libertad.

Olivier bajó la mirada. El señor dirigió la suya a una de las paredes de la celda y se quedó así durante un rato. Cogiendo aire, se inclinó hacia adelante y apoyó los codos en las rodillas para seguir hablando.

-¿Soy un mal señor, Olivier?

-Supongo que no, señor -dijo el vasallo, con la mirada baja-. Nuestro padre, sin embargo…

El noble volvió a apoyar la espalda en la silla. Una sombra había cubierto su rostro. Su mirada volvía a huir hacia las paredes.

-Pero ni siquiera a nuestro padre se le ocurrió prohibirnos el exilio -dijo Olivier, mirando a su señor a los ojos.

-Mi… antecesor -dijo el noble, bajando la mirada- apenas tuvo tiempo de entender el nuevo estado de cosas. Soy yo el que tiene que enfrentarse a un estado industrial y ateo justo a la puerta de su casa. Y mis siervos no hacen otra cosa que abandonar el barco que protegió a sus familias durante siglos. Se apresuran inconscientes a ayudar a que la historia se repita. A que se produzca una nueva Caída.

Olivier bajó la mirada.

-No lo permitiré, con la ayuda de Dios -dijo el señor, marcando cada palabra-. Y no puedo entender que arriesgues el bienestar de los tuyos. Recapacita y serás perdonado, tras un leve castigo. Esta lucha es más grande que tú y yo, Olivier.

El vasallo permaneció callado. Su señor se levantó de la silla.

pues en mitad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve -Olivier empezó a declamar de memoria- me parecía a mí que estaba metido entre las estrecheces de la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos, que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recibidas son ataduras que no dejan campear el ánimo libre.

El señor reconoció la cita y su rostro se ensombreció.

Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo… -remató Olivier.

Señor y vasallo se miraron.

-¿Qué harás con los míos, Auguste? -preguntó Olivier, con la voz trémula.

El señor bajó la cabeza.

-Ya lo sabes, Olivier -dijo, casi en un susurro-. Tras tu ejecución, los venderé como esclavos.

El vasallo empezó a llorar. Sin poder evitarlo, las lágrimas empaparon completamente sus mejillas. Sus sollozos pronto se convirtieron en un hipo histérico. Sepultó el rostro entre las manos, pero todo su cuerpo parecía agitarse sin control.

El señor, apartando la mirada, golpeó la puerta de la celda con los nudillos.

Cuando la puerta se volvió a cerrar y el vasallo se encontró nuevamente solo, se acostó de lado en su jergón, sin dejar de llorar. Doblado sobre sí mismo, como un feto en el vientre de su madre.

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