NON VENIT UT MINISTRARETUR EI, SED UT MINISTRARET

Aliénor llevó su caballo hasta el lugar donde esperaba su marido. El señor de la Casa de Rilo la recibió con una mirada dulce.

Toda la comitiva se puso en marcha, siguiendo a su señor. Fueron descendiendo lentamente por el camino que llevaba desde la gran casa hasta Seaña, el pueblo de pescadores al que se dirigían.

El día había amanecido gris, aunque no hacía frío.

-¿Cómo se encuentra mi señora, en esta mañana? -preguntó Xoán.

-Como el cielo, supongo -contestó su mujer.

Xoán se quedó callado. Desde el pueblo se elevaban una mezcla densa de cantos y lamentaciones. Los señores ya podían ver la playa, en la que parecían congregarse casi todos los habitantes.

-La tristeza de mi señora es mi tristeza -dijo Xoán, mirando a su mujer.

Aliénor permaneció en silencio, fija su atención en los grupos que se movían en la playa.

Los señores desmontaron de sus caballos y comenzaron a andar por la arena, seguidos de cerca por el resto de su séquito. Todo el pueblo de Seaña se arremolinaba alrededor de tres ataúdes que habían sido colocados en medio de la playa. Cada uno de ellos era vigilado por cuatro monjes, que rezaban arrodillados situados en los cuatro puntos cardinales. Otro monje portaba un pendón de la Virgen María, de cara al océano. Los ataúdes estaban abiertos y vacíos.

Todo el pueblo hincó la rodilla en tierra al acercarse los señores. Xoán agradeció el gesto y con un movimiento de sus manos pidió que se pusiesen en pie. Uno de sus caballeros se adelantó, portando el estandarte de la Casa de Rilo: una imagen de San Gilberto de Campalmenara tomando entre sus manos el escudo de los señores de Rilo, con el limonero acantilado sobre el océano.

Uno de los habitantes del pueblo le hizo una indicación a su señor, señalándole la presencia de cinco mujeres.

Xoán se acercó a ellas. Al llegar a su altura, clavó en tierra la rodilla derecha y bajó la cabeza.

-¿Qué puede hacer Xoán, señor de la Casa de Rilo, por los siervos a los que prometió servicio? -preguntó, elevando el tono de su voz.

Una de las mujeres ante las que se había arrodillado comenzó a llorar. Las otras intentaron calmarla, sin conseguirlo. Xoán elevó la mirada y la volvió a bajar.

-Nada puede hacer Xoán contra la muerte, pues es un pobre pecador, como todos nosotros -contestaron las mujeres al unísono, salvo la que aún lloraba, abrazada por una de sus compañeras más viejas.

-Razón tenéis -respondió Xoán-. Señor de vivos soy y a los vivos serviré y a los muertos honraré.

Xoán se puso en pie y fue conducido hasta una silla que se encontraba situada ante el féretro que ocupaba la posición central. A su lado había otra silla, en la que se sentó Aliénor.

Un nuevo monje apareció, revestido el hábito con alba y casulla. Comenzó el rito funerario, ayudado por otros dos monjes.

Xoán observó a su pueblo. Triste y negro, en aquella ocasión. La mujer que había roto a llorar parecía inconsolable. Su rostro aún era joven. Recién casada, quizá.

Y ahora el cuerpo de su marido yacía en el fondo del mar, comido por los peces.

El señor de la Casa de Rilo bajó la mirada hasta la arena. El latín del monje sacerdote parecía llenar la playa. Parecía rebotar en las paredes de los acantilados y en las nubes del cielo, proyectándose como eco en el océano.

Xoán volvió a levantar la mirada. El sacerdote bendecía los ataúdes. Un monje se acercó a Xoán con una antorcha encendida. Los señores se levantaron y el pueblo amplió ligeramente el diámetro del círculo que formaba alrededor de los tres féretros.

Uno por uno, Xoán fue encendiendo las maderas amontonadas bajo las cajas abiertas. Al terminar, volvió a sentarse junto a su mujer. Las llamas de las tres hogueras pronto se elevaron varios metros sobre la arena de la playa. El crepitar del fuego se armonizaba con el romper rítmico del oleaje. Los monjes, unidos en oración, cantaban la despedida de los ahogados y pedían su recepción en el cielo.

Cuando la fuerza de las llamas empezó a disminuir, Xoán se levantó de su silla. Los habitantes del pueblo iban abandonando la playa, de regreso al pueblo. Aliénor se acercó a las cinco mujeres y habló con ellas.

Xoán observó cómo su esposa abrazaba a la joven llorosa, a la que parecía hablar dulcemente, mientras le secaba las lágrimas con su pañuelo.

Xoán pidió a uno de los miembros de su acompañamiento que se acercase.

-¿Hijos en edad de ser formados? -preguntó el señor.

-Dos de los tres matrimonios. Un chiquillo de siete años y otro de cinco. Pero el matrimonio más joven aún no tenía hijos.

Xoán se quedó callado.

-Propónselo a los padres -dijo, finalmente-. Hablaré con mi mujer, a ver si podemos poner a la joven viuda a su servicio.

-Así lo haré, señor.

Xoán permaneció de pie, esperando a su esposa. Cuando ésta se acercó, tras haberse despedido de las mujeres, la ayudó a montar en su caballo. Iniciaron el camino de regreso, dejando la playa, donde aún ardían los restos de las tres hogueras.

El gris del cielo se tornaba cada vez más oscuro.

-Había pensado que quizá podrías tomar a tu servicio a la joven viuda -dijo Xoán.

Aliénor miró a su marido con gesto de sorpresa.

-Xoán, sabes perfectamente que no tengo ninguna necesidad que esa pobre mujer pueda cubrir -respondió-. Tenemos más servidores de los que la economía de nuestra Casa puede soportar.

El rostro de Xoán se tensó.

-Deberías reservar algo de la bondad que prodigas a tus siervos para los que comparten tu propia sangre -añadió Aliénor, en un tono de enfado difícilmente contenido.

-Tu hijo ya está en edad de tener nietos y aún no ha aprendido a comportarse como el señor que quizá algún día sea -dijo Xoán, sin mirar a su esposa.

-Tu forma de ser señor no es la única que existe, esposo.

-Sí, ya sé, también existe la de tu padre… -respondió Xoán.

Aliénor miró furiosa a su marido.

-Al menos él no está llevando a los suyos a la miseria -respondió-. Acabarás rogando por su dinero, como ya hago yo.

Xoán detuvo el caballo y fulminó a su mujer con la mirada.

-¿Qué es lo que ya haces, Aliénor? -preguntó Xoán.

Toda la comitiva se detuvo y reinó el silencio en el camino que subía por los acantilados.

La boca de Aliénor temblaba.

-¿Crees que los tuyos pueden tener una vida digna, sólo con el dinero de tu Casa? -dijo la mujer, tratando de no sollozar.

El caballo de Xoán se encabritó. El señor se aferró a las riendas, sin dejar de mirar a su esposa.

Finalmente, picó espuelas, y se fue al galope, dejando sola a su mujer al frente de la comitiva, justo cuando empezaba a llover.

‘Lavatorio’, de Giotto (principios del siglo XIV)