ALEJANDRÍA

por El Responsable

El sol del atardecer iluminaba cansado el inmenso salón de variados mármoles, poblado de estatuas de antiguos dioses que habían recuperado sus honores de otrora. Una de las paredes se abría completamente al mundo exterior, a modo de terraza, donde la hiedra se enroscaba alrededor de altas columnas blancas.

Una puerta se abrió y a través de ella entraron cuatro figuras en la amplia estancia. Un joven alto y delgado, de ojos rasgados y amarillos, con una larga melena negra y lacia, guiaba a los otros tres: dos hombres y una embarazada.

Cruzaron el salón hasta el lugar en que se situaba una tarima de ébano, sobre la que se elevaba un barroco trono del mismo material. Justo enfrente se habían dispuesto tres sillas, de aspecto bastante más humilde.

El joven señaló los asientos educadamente, a modo de invitación.

-El Amo Faruk vendrá enseguida -dijo, antes de volver a cruzar la estancia y desaparecer por la misma puerta por la que habían entrado.

Una vez solos, la mujer decidió acercarse hasta la terraza. El hombre silencioso la siguió, así como la tercera figura, un sacerdote revestido con sus ropas más ricas y elaboradas. El sol hacía brillar el Mediterráneo y los mil abalorios y cruces que lucía el sacerdote. El barullo de la inmensa ciudad parecía quedar muy abajo; se podía disfrutar del canto de los pájaros, que se perseguían entre los arbustos que decoraban la galería. En el puerto era visible el trasiego de los barcos mercantes y las fragatas veleras.

Se oyó el ruido de una puerta que se abría. Los tres personajes se giraron al mismo tiempo y vieron aparecer a un hombre alto, de piel negra, pero con el pelo rubio y largo cayendo lacio hasta el pecho, desnudo y bien cincelado a base de gimnasia. Caminó hacia ellos con el cuerpo completamente recto, de forma elegante y tranquila. Lucía sólo unos pantalones bombachos de seda morada. Toda la piel a la vista parecía perfectamente depilada. Sus ojos eran verdes. Antes de llegar a ellos, se acercó a una estatua que presidía la terraza: acarició el negro falo erecto del dios y siguió su camino hasta los visitantes.

-Que Min os sea propicios, amigos -dijo, haciendo una reverencia ante la barriga de la embarazada-. ¿En qué os puedo ayudar?

-Amo Faruk, os presento a Frances de Rilo y a Ramiro de Mar. Necesitan pasaje para que ella regrese a su hogar, en la Casa de Rilo.

El recién llegado observó con detenimiento a su invitada. De pequeña estatura, el pelo moreno estaba recogido en un delicado laberinto de trenzas. Los grandes ojos oscuros parecían alegres y vivarachos, a pesar del evidente cansancio que reflejaban. Faruk se dirigió a su trono y los visitantes tomaron asiento.

-Así que sois la hija primogénita de Xoán, señor de la Casa de Rilo. Nada menos -dijo Faruk, con una expresión sonriente que quería transmitir verdadera admiración.

-Sí, Amo Faruk -contestó Frances-. Deseo volver a mi hogar. Sé que mi padre os recompensará generosamente si ayudáis a que tal cosa ocurra.

Faruk hizo un gesto con una mano, haciendo entender que aquello no sería en absoluto necesario.

-Será un placer ayudar a los amigos del arzobispo Cirilo. Un gesto de buena voluntad, para honrar nuestra antinatural y obligada alianza.

El sacerdote rió la gracia de forma estridente.

-No tan antinatural, no tan antinatural… -dijo, jocoso.

-No hay nada que parezca unir más que la oposición al movimiento neo-arriano -comentó Frances.

El Amo Faruk sonrió y asintió con un leve movimiento de cabeza.

-En los últimos años, el acercamiento estaba siendo esperanzador; no era impensable la posibilidad de que Alejandría acabase incorporándose a la Liga -comentó el hombre sentado en el trono, fijando la mirada en las estatuas de su derecha-. Pero los últimos acontecimientos hacen que esa posibilidad sea cada vez más remota. Los neo-arrianos no dejan de incrementar su poder en las elecciones de las ciudades; y Alejandría no se puede permitir el contagio de esa plaga. Nuestro pueblo es plural y diverso. Para bien y para mal. Es un equilibrio difícil de mantener, como el arzobispo bien sabe. Los neo-arrianos no harían sino aumentar exponencialmente las posibilidades de que se desate el caos en nuestras calles. Y el caos no es bueno para los negocios -Faruk forzó una sonrisa-. Nuestra minoría neo-arriana ya ha hecho bastante daño.

-Sí, el arzobispo ya nos ha contado el atentado que cometieron en las obras del nuevo Serapeo -dijo Frances.

Faruk suspiró y dejó que su mirada se perdiera en la claridad de la terraza.

-Murieron veintitrés esclavos que había cedido generosamente para la reconstrucción del edificio; artesanos formidables, muchos de ellos. Y una cantidad semejante ha quedado incapacitada para cualquier tipo de trabajo artístico -los ojos de Faruk enrojecieron-. Terrible.

El silencio reinó por un momento entre los mármoles. Pero Faruk se recompuso y fijó su atención en el compañero de la mujer.

-Y bien, Ramiro de… ¿Mar? -preguntó Faruk-. La Casa de Mar, ¿no se encuentra al otro lado del Atlántico?

Ramiro hizo un leve gesto de asentimiento y permaneció callado. El arzobispo Cirilo se removió intranquilo en su asiento y trató de explicar la situación.

-Don Ramiro ha hecho voto de silencio, Amo Faruk… -dijo el sacerdote, nervioso.

-Oh -Faruk parecía divertido e interesado-. Es una curiosa decisión, dejar de hablar cuando uno va a ser padre. A mí me vendría muy bien, la verdad; teniendo en cuenta lo insoportables que pueden llegar a ser mis cincuenta y cuatro hijos.

Faruk soltó una risita y el arzobispo le hizo coro con una estruendosa carcajada. Frances sonrió y miró a Ramiro, que no cambió la expresión de su rostro.

-Don Ramiro, disculpe mi tonta e inocente broma -se corrigió enseguida Faruk, al ver su reacción-. Respeto profundamente el intenso sentido del honor de los cristianos de las Casas. Les deseo sinceramente un feliz alumbramiento y una alegre paternidad. Pocas cosas hay en la vida tan agradables a los dioses.

Ramiro aceptó la disculpa con un ligero movimiento de cabeza, pero permaneció con la mirada baja. El rostro de Frances también se oscureció.

-Vaya, creo que he sido un maleducado -comentó Faruk, serio de repente-. Espero que las atenciones de mi casa sirvan para corregir la estupidez de mis palabras.

Palmeó un par de veces y varios esclavos hicieron aparición en la estancia.

-Acepten mi hospitalidad, se lo ruego -insistió Faruk-. No tardaremos en tener todo listo para que puedan embarcarse en dirección a su hogar.

Frances y el arzobispo se esforzaron en sonreír, pero Ramiro no levantaba la mirada. De repente, los ojos de Faruk se abrieron como platos.

-Llama ahora mismo a Hafuya -ordenó a uno de sus esclavos.

La mirada de todos los presentes se dirigía ahora al suelo, justo debajo de la silla de Frances, donde había aparecido un charco de agua.