EL PRIMER HOMBRE

por El Responsable

Se podía sentir la furia del mar golpear contra la roca dentro de la pequeña ermita. Xoán, señor de la Casa de Rilo, observaba arrodillado cómo su padre oficiaba misa, ayudado por uno de sus bisnietos. A pesar de su edad, el anciano se movía con soltura y precisión.

Xoán se irguió y se dirigió hacia su padre para recibir la comunión. Volvió a arrodillarse ante él, sobre el suelo de piedra. Juntó las manos delante del pecho e inclinó un momento la cabeza mientras su padre se acercaba. Sus largos cabellos, aún en su mayor parte de un brillante color rubio, parecieron enredarse entre sus manos orantes. Volvió a levantar el rostro cuando ya la hostia se aproximaba a su boca. La abrió, dejó que su padre depositase la oblea sobre su lengua y sus labios se clausuraron, tensa la mandíbula. Regresó a su banco y permaneció arrodillado, mientras sentía cómo el círculo de pan se iba deshaciendo poco a poco, mezclado con su saliva. Levantó la mirada y la fijó en el crucifijo que presidía la ermita, mientras la hostia atravesaba su garganta.

El viento soplaba con fuerza cuando salieron de la ermita. Allí les esperaba el jefe de la guardia personal de Xoán, junto a cuatro caballos. Se acercó a su señor y le dio una pistola, que éste enfundó en la sobaquera, y un largo cuchillo, que envainó en su cinturón. Una ola rompió en la pared de roca de la peñíscola y algunas gotas saladas salpicaron sus caras. Xoán ayudó a montar a su padre y los cuatro cabalgaron lentamente por el estrecho corredor de tierra que unía la pequeña península con tierra firme.

Xoán observaba a su padre hablar con su bisnieto, seguramente haciéndole alguna recomendación de carácter litúrgico. Aunque estaba cerca, no podía escuchar la conversación, debido al bramido del océano.

Una luz roja se escapó del manto gris en el horizonte. El sol se ponía, el día terminaba. Los ropajes de color azul marino de los cuatro caballeros se agitaban como banderas al viento.

Llegados a la Gran Casa, Xoán volvió a acercarse a su padre para ayudarle a desmontar.

-Me gustaría subir al camposanto -dijo el anciano-. ¿Me acompañas, hijo?

-Claro, padre.

Xoán hizo una indicación a los otros dos jinetes para que se quedaran allí, mientras ellos continuaban por el camino que subía hacia el limonero.

Detuvieron los caballos junto a las tumbas. Xoán ayudó a desmontar a su padre, que se acercó a una de las cruces de piedra. El anciano juntó las manos y comenzó a rezar.

Su hijo contemplaba la oscuridad creciente que se extendía por el mar.

-¿Preocupado? -preguntó su padre.

Xoán sonrió.

-¿Y cuándo no? -preguntó a su vez.

Su padre también sonrió.

-Sin duda, has heredado el carácter de tu madre. A ella le solía sacar de quicio mi flema impropia de un hijo de Adán -el anciano estuvo a punto de dejar escapar una risa-. Qué mujer formidable…

Xoán volvió a sonreír y dirigió una mirada hacia la tumba ante la que había estado rezando su padre.

-¿Has recibido alguna noticia de Iván? -preguntó nuevamente el anciano.

-Aún no. Supongo que ya se habrá reunido con Abraham.

-Seguro que sí -dijo el viejo, mientras se acercaba a su caballo.

Volvieron a recorrer el camino en sentido inverso. Empezaba a llover cuando llegaron a las puertas de la Gran Casa. Al entrar, fueron recibidos por el calor de la chimenea y por el barullo de un animado y concurrido banquete, que apenas dejaba un hueco en la gran sala. Se acercaron dos sirvientes para recoger las capas húmedas de sus señores. Varias mesas, repletas de comensales, disfrutaban de un continuo trajín de comida y bebida. Madres y padres se dirigían con frecuencia a las mesas donde se agrupaban una gran cantidad de niños, para poner orden entre sus respectivos vástagos.

Al dirigirse hacia la mesa principal, Xoán se fijó en que uno de sus nietos le ponía la zacandilla a un joven sirviente que transportaba una bandeja con cordero asado. Incapaz de reaccionar a tiempo, sólo fue capaz de ver caer estrepitosamente al camarero. Algunos niños rieron al ver la caída, sobre todo el que la había provocado. Todos en la gran sala se giraron para ver lo que había sucedido. Xoán se acercó rápidamente al joven para ayudarle a levantarse.

-Gracias, señor… lo siento… mucho, señor… he tropezado y… -se excusaba, muerto de vergüenza, el sirviente.

-No te preocupes, Brais. ¿Estás bien?

El sirviente asintió, sin atreverse a mirar a los ojos a su señor. Ya en pie, Xoán fijó su mirada en su nieto.

-¡Joan! -gritó, sin dejar de mirar al niño, que había dejado de reírse y ahora permanecía asustado en su asiento-. ¡¡¡Joan!!! -gritó con más fuerza aún.

Un hombre rubio, de pelo corto y ojos de un azul casi vítreo, se levantó de la mesa principal, y se acercó lentamente, aparentando despreocupación, con una copa de vino en la mano.

-¿Me llamabas, padre? -preguntó.

Xoán dejó por un momento de mirar a su nieto y clavó los ojos en su hijo.

-Jon le ha puesto la zancadilla a Brais y le ha hecho caer -dijo, con voz fuerte pero serena-. Castígale.

-¿Ahora? -preguntó Joan, molesto.

-Ahora. Castígale.

Joan miró a su hijo, que parecía a punto de llorar.

-Por Dios, padre, estás asustando al niño. Sólo ha sido una burda travesura. Brais está bien, ¿verdad, Brais?

Brais, con la mirada fija en el suelo, asintió nervioso.

-Castígale tú o lo haré yo -insistió Xoán.

Su hijo torció el gesto en una mueca de enfado.

-Padre, estás arruinando la fiesta por un…

Joan no pudo terminar la frase. El revés de su padre lo envió directamente al suelo.

-¿Le haces esto, en público, a tu heredero? -dijo Joan, conteniendo el tono, mientras se limpiaba la sangre de la boca.

Su padre dio un paso hacia él y Joan se preparó para recibir un nuevo golpe.

-¿Acaso está muerta tu hermana? -preguntó su padre, en un susurro rabioso.

Una mujer corrió hacia donde estaba el anciano señor.

-Querido suegro, ¿vas a permitir que tu hijo trate así a tu nieto? -preguntó, agarrándose a uno de sus brazos.

-Claro que sí, nuera -respondió el anciano, mirándole directamente a los ojos-. De hecho, Joan es afortunado; si mi mujer aún estuviese viva, seguramente nos veríamos obligados a encerrarle durante tres días en las cochiqueras, para contentar su sentido de la justicia.

La mujer soltó el brazo del anciano y corrió a ayudar a su hijo, que rechazó enfadado su ayuda y salió inmediatamente de la gran sala, arrastrando al pequeño Jon tras él.

Mientras tanto, Xoán se acercó nuevamente al sirviente, extrajo un pañuelo de un bolsillo y limpió algunas manchas en la cara y en las ropas de Brais.

-No, señor, por Dios… -intentaba negarse el joven.

-Vuelve a tu casa, Brais. Mañana será otro día -dijo Xoán, finalmente, forzando una sonrisa-. Y te ruego perdones la mala educación de mi familia.

El joven fue incapaz de responder. Abandonó el lugar, en medio del más absoluto silencio. Xoán vio cómo se acercaba su mujer. Ambos se miraron un momento, como esfinges de piedra. Después ella se marchó por la misma puerta por la que se había ido Joan. El señor suspiró con amargura al verla marchar.

-Padre, ven a la mesa -dijo dulcemente una mujer de ensortijado pelo castaño y ojos azules, que acababa de acercarse-. Come algo.

-Quizá más tarde -dijo Xoán, marchándose también él de la amplia estancia, por otra puerta.

La mujer se quedó de pie, mirando con rostro apenado la salida de su padre. Giró el rostro, al oír que su abuelo la llamaba.

-¡Jeanne! -dijo el viejo, mientras se sentaba al lado del fuego de la chimenea.

-¿Sí, abuelo? -preguntó, con voz cariñosa.

-¿Me podrías traer un trozo pequeño de cordero y una gran jarra de cerveza? -pidió, con una sonrisa pícara.

-Por supuesto, abuelo. Ahora mismo te lo traigo.

-Uno necesita buena comida y bebida… ¡para contar una historia! -gritó en dirección a las mesas de los niños.

Un clamor se elevó en el sector infantil que se acercó corriendo hasta donde estaba el anciano, rodeándolo, sentándose por el suelo o acercando sillas y bancos. También se acercaron algunos mayores, bebiendo, comiendo o empezando a encender sus pipas.

-Érase una vez un hombre, agotado de soportar el Mundo -comenzó el abuelo-. Decidió marcharse a las montañas, anhelando soledad y paz. Eran unas montañas muy bellas, al borde del océano, que parecían hacer equilibrios de piedra sobre las aguas. En ellas moraban caballos salvajes.

Muchos de los niños sonrieron al oír las primeras frases. Reconocían la historia tantas veces escuchada, pero permanecieron atentos a la narración, casi repitiendo en voz baja las palabras de su abuelo.

Explicaba una antigua profecía que aquellos caballos también habían huido del Mundo, hastiados de la traición de los hombres, que los habían sustituido por asquerosos y ruidosos trastos humeantes. Incapaces de asistir por más tiempo a la degradación de los hombres, los caballos se refugiaron en las montañas. Y su líder, un formidable garañón, habló a su manada una única vez, la única vez en que un caballo se ha rebajado a hablar la lengua de los hombres; dijo así: Nunca más soportaremos el peso de la indignidad, hasta que el hombre vuelva a ser caballero.

Los más pequeños escucharon fascinados y divertidos cómo su tatarabuelo imitaba una voz más grave.

-Los descendientes de aquel caballo vieron al extraño y solitario hombre llegar a sus montañas -continuó el anciano-. Durante unas semanas, vigilaron atentamente sus movimientos, para conocer con qué intenciones había llegado a sus dominios, dispuestos a matarlo en cuanto vieran el más mínimo indicio de humo pestilente o ruido de máquina. Pero no hubo tal. El hombre empezó a construir una casa de madera, a plantar un huerto, a pescar. El único humo del que era culpable era el de las hogueras en las que cocinaba y con las que se calentaba. El de las pipas que fumaba tras cada comida. Los caballos se acercaban de noche y le veían leer viejos libros junto al fuego.

El anciano se quedó callado unos segundos, con la mirada fija en las llamas.

-Un día apareció por las montañas una mujer. Apenas llevaba nada con ella, salvo una maceta, que contenía una pequeña planta. Los caballos vieron cómo el hombre recibía a la mujer. Al encontrarse, se abrazaron durante mucho rato, como si se conocieran desde hace mucho tiempo. Como si se conocieran desde niños. Subieron juntos hasta uno de los acantilados más altos y allí plantaron lo que ella había traído consigo en la maceta: un limonero -el anciano disfrutó con la cara de sorpresa que pusieron los más pequeños de sus oyentes-. La mujer se quedó a vivir con el hombre. Le ayudó en la casa, en el huerto, en la pesca. Salieron juntos a cazar. Un tiempo más tarde, ella se quedó embarazada. Una, dos, tres veces. Nacieron uno, dos, tres niños. Mientras tanto, más hombres y mujeres empezaron a llegar a las montañas, también huyendo del Mundo. Construían sus casas cerca de la que había construido el primer hombre. Los caballos seguían vigilando, pero los nuevos habitantes se comportaban como aquél, sin pestilencias ni ruidos; así que decidieron protegerlos de los lobos y otras alimañas peligrosas. Y así vivieron, felizmente, durante unos años. Hasta que llegó la Caída.

El silencio en la gran sala se hizo denso. Muchas miradas de adultos cayeron hasta el suelo.

-Los hombres y mujeres de las montañas contemplaban con terror y compasión lo que ocurría en el Mundo. A pesar de todo por lo que habían pasado, o quizá precisamente por ello, querían ayudar a los que trataban de salvarse. El primer hombre decidió regresar al Mundo para tratar de rescatar a todos los que pudiera. Varios se unieron a él, dispuestos a acompañarle. Cuando estaba a punto de abandonar las montañas, una manada de caballos se cruzó en su camino. Un bello y brutal macho, descendiente de aquel garañón primigenio, se erguía magnífico ante él, sus crines rubias bailando con el viento marino. Confuso y asustado, el primer hombre permaneció quieto, expectante. Entonces el caballo dobló una rodilla y se inclinó ante el primer hombre. Éste acarició las bellas crines y montó sobre el robusto lomo del animal. El resto de la manada se inclinó a su vez y los compañeros del primer hombre también montaron sobre ellos.

El anciano calló un momento y fijó su mirada en los más pequeños.

-Así los hombres volvieron a ser Caballeros y pudieron acudir más rápido en ayuda del Mundo. Así fue como los caballos ayudaron a rescatar a tantos. A Dios gracias.

El anciano sonrió y todos los niños sonrieron con él.

-¿Cómo se llamaba ese primer hombre, Tata? -preguntó un niño de unos cinco años.

-Se llamaba como tú, Juan -respondió el anciano, acariciando la castaña melena del chaval-. Juan Rilo.