SANTIAGO EL MENOR

por El Responsable

La limusina negra avanzaba por el camino, levantando una polvareda blanca, mientras atravesaba un mar verde de campos bien trabajados, salpicado de vez en cuando por el amarillo de una plantación de girasoles o el rojo intenso de un cultivo de amapolas. Los campesinos dejaban por un momento sus labores para ver pasar aquel curioso vehículo. Así como las dos pequeñas tanquetas que le seguían inmediatamente.

Caseríos en buen estado poblaban el paisaje, aquí y allá. La limusina se introdujo por la senda que conducía hacia uno de ellos, de un tamaño particularmente grande. Se elevaba hasta una altura de tres pisos, con dos alas laterales, de dos únicas plantas, que parecían querer abrazar a los recién llegados. Establos, silos, alpendres, y otras construcciones útiles de menor tamaño se distribuían alrededor del edificio principal. Varias docenas de personas iban, venían y se afanaban en diversas tareas agrícolas. Todas dirigieron sus miradas hacia los vehículos recién llegados, que se detuvieron justo delante de la entrada principal. Se abrió la puerta del conductor de la limusina y descendió un hombre vestido de modo marcial, recordando vagamente a un centurión romano escaso de recursos. Se caló un casco de piloto de combate, con penacho de plumas rojas, y se acercó hasta la puerta trasera del vehículo, abriéndola para que saliera su ocupante. Más hombres uniformados salieron de las dos tanquetas y se fueron situando alrededor de la figura que en ese momento emergía del interior de la limusina. Vestido con una ligera túnica negra, que le cubría los brazos hasta las manos y ocultaba sus pies; la cabeza, de pelo moreno y corto, estaba cubierta por un extraño sombrero compuesto de un variado y multicolor juego de plumas. Al moverse el personaje hacia la casa, los campesinos tuvieron la impresión de estar viendo un arco iris cabalgando sobre un oscuro nubarrón de tormenta.

El hombre dirigió su mirada al edificio principal, fijándose en el escudo labrado sobre la entrada: un pegaso blanco rampante, delante de un árbol frondoso. Observó el resto de la finca, deteniéndose sin prisa en los detalles, como si recordara. Al ver que una figura había aparecido en la entrada principal, se dirigió sin más hacia ella.

-Querido Fernando, cuánto gusto volver a verte -dijo el hombre de la túnica, apoyando una mano en su hombro.

-Es un honor volver a tenerle entre nosotros, Cónsul -respondió Fernando, con seca educación-. El Señor le está esperando.

Entraron ambos en la casa, seguidos por el chófer. La iluminación era escasa en el amplio recibidor. El Cónsul y su guardia se descubrieron. Cruzaron rápidamente, bajo la atenta mirada de una docena de estatuas, hasta otra puerta que Fernando abrió, haciendo un gesto que invitaba al Cónsul a pasar. La puerta se volvió a cerrar, quedando el centurión apostado junto a ella.

La iluminación era aún menor en la habitación en la que habían entrado. Fernando se dirigió a una pared y encendió algunos interruptores. El visitante pudo entonces contemplar la estancia, más amplia de lo que cabía esperar; las paredes estaban repletas de cuadros, como si el objetivo hubiese sido no dejar a la vista ni un solo trozo de tabique. Al fondo, un hombre se sentaba tras una sencilla mesa de madera, mientras miraba fijamente una de las pinturas que colgaban en la pared a su derecha.

El Cónsul se acercó a la mesa, donde dejó reposar el sombrero, se sentó en la silla que le acercó Fernando y dirigió la mirada hacia donde la dirigía el hombre.

-¿Qué le pides a San Nicolás de Bogotá, tío?

El hombre giró lentamente su rostro hacia el recién llegado, como si acabase de ser consciente de su presencia. Aparentaba unos cincuenta años, más por el gris de la tupida melena recogida en una floja goma que por el aspecto de su cuerpo, aún rebosante de fuerza y vigor. Cruzaba las manos a la altura de la boca, casi oculta bajo la barba también gris.

-¿Qué otra cosa pedirle a nuestro patrón, sino sabiduría? -contestó, mirando al Cónsul con gesto serio. Éste sonrió, al escuchar la respuesta.

-Por lo que he visto al venir, este año también tendremos una buena cosecha -dijo el Cónsul.

-Así es. La Casa de Simou cumplirá su parte del trato con la Gran Comuna, una vez más.

Los dos hombres se miraron, hasta que el Cónsul bajó la mirada hasta uno de los pliegues de su túnica, que acarició con un par de dedos.

-¿En qué otra cosa podemos ayudar a la Gran Comuna, sobrino? -preguntó, mientras se ponía de pie junto a la silla.

-El Comunal admira profundamente vuestra capacidad productiva, tío Santiago -comenzó-. Hace poco, como seguramente sabrás, la Gran Comuna ha ampliado sus territorios; lo que ha puesto a nuestra disposición una gran cantidad de terreno para cultivar. Así que el Comunal ha pensado en contrataros como gestores de estas nuevas tierras.

Santiago se acercó al cuadro de San Nicolás y volvió a mirarlo.

-Julián, sabes perfectamente que carecemos del número de manos suficientes para llevar a cabo esa tarea.

-Ciertamente. Así se lo hice ver al Comunal. Pero ellos quieren proponerte otra cosa.

Santiago miró a su sobrino, que bajó la mirada al suelo.

-Los nuevos territorios no sólo han proporcionado nuevas tierras que cultivar; también trabajadores para esos campos.

Julián miró de reojo a su tío, que había enarcado una ceja.

-Esclavos, querrás decir.

Julián cambió el semblante.

-Sería un trabajo muy bien pagado, tío. Os vendría bien.

Santiago miró a su sobrino un momento y después bajó la mirada.

-Es importante saber renunciar en la vida, sobrino. Siempre hay que hacerlo. El asunto es a qué. Y creo que por ahora podemos renunciar a ese dinero.

-Simou pierde población, tío. Como el resto de las Casas. El Mundo vuelve a ser como era antes de la Caída y la gente no quiere pasarse la vida destripando terrones, cuando existen lugares como la Gran Comuna. Pronto no seréis capaces de cultivar vuestros propios campos. ¿Qué haréis entonces?

-Menguar, supongo -dijo Santiago, con gesto indolente.

Julián espiró con vehemencia.

-Y si… ¿Y si alguien quisiera hacerse con vuestras tierras?

Los dos hombres se miraron fijamente.

-¿Quién? -preguntó Santiago- ¿La Gran Comuna?

-No somos el único estado pujante en los alrededores. Quizá sí el más pacífico…

Santiago miró a su sobrino sin parpadear, antes de volver a sentarse.

-Viviremos como vivimos, mientras podamos hacerlo, Julián -dijo, fijándose por primera vez en el sombrero que estaba sobre la mesa.

-¿Sabes que algunos Señores están prohibiendo a sus vasallos abandonar sus tierras?

-Sí, he oído que algunas Casas están tomando esa decisión. Un error, desde mi punto de vista.

-Estoy de acuerdo. Aceleran su final.

-Así es. Pero eso no ocurrirá aquí.

-Ya -Julián se colocó un pliegue de la túnica antes de continuar-. Si una familia se va, ¿sigue siendo propietaria de la tierra?

-Sabes que no, Julián. La tierra es de quien la trabaja, mientras la trabaja.

-¿No crees que quizá sea conveniente cambiar tu ley?

-Es nuestra ley. Desde hace tres siglos.

-Pero podrías cambiarla.

-Podría intentarlo. Pero mis vasallos me lo echarían en cara, con razón.

-No lo tengo tan claro. Quizá algunos vasallos prefieran tener la propiedad de sus campos a que la tengas tú. Eso les animaría a quedarse.

-Los campos no son míos, Julián. Simplemente, los distribuyo cuando es necesario.

-¿No es esta tu casa?

-Es la casa de mi Casa.

-Y por eso hablamos contigo, ¿no, tío? Porque no tienes el poder sobre todas estas tierras, ¿verdad? ¿Por qué no negociamos directamente con cada uno de los campesinos? -preguntó Julián con ironía.

-No es nuestra ley.

-No es tu ley, tío. Por eso la gente se va.

Ambos quedaron en silencio. Los dedos de Julián tamborileaban en la mesa.

-¿Por eso te fuiste tú? -preguntó Santiago.

-Por eso. Porque quería ver otras cosas. No hubo una única razón -la mirada de su tío volvió sobre el sombrero-. Y resultó que me gustó lo que vi. Y he prosperado, me ha ido bien. Soy dueño de mi vida.

-¿Como los nuevos esclavos que habéis capturado? -preguntó Santiago, elevando ligeramente el tono- ¿Como los trabajadores que se amontonan en vuestras fábricas? ¿Son ellos dueños de sus vidas?

-Pueden aspirar a serlo, algún día. ¿A qué se puede aspirar aquí? -preguntó, nervioso, Julián.

-A vivir en paz, con uno mismo y con Dios.

Julián sonrió y negó con la cabeza.

-No conozco a nadie que esté menos en paz consigo mismo que tú, tío -en el mismo momento en que dijo estas palabras, Julián bajó la mirada, como si se avergonzara de haberlas pronunciado.

Su tío, tras unos instantes de silencio, ocupados en mirar con rostro pétreo a su sobrino, volvió a acercarse lentamente hasta el cuadro de San Nicolás, afirmando con la cabeza sin darse cuenta de que lo hacía.

-De eso sólo yo tengo la culpa -dijo Santiago, con la mirada fija en los ojos del santo-. Ni la Casa, ni sus leyes.

Volvió a acercarse a su sobrino, ya recuperado el sosiego.

-La Casa de Simou rechaza la proposición de la Gran Comuna, Cónsul.

Dicho esto, se acercó a una puerta lateral, donde esperaba Fernando para abrírsela.

El Cónsul Julián permaneció sentado unos momentos, con la mirada perdida en los dibujos de la madera cortada, que parecían huir de la arquitectura de colores de su sombrero.

Fotografía de San Nicolás de Bogotá; principal modelo del famoso retrato del santo realizado por Won Su Chang