MATE

por El Responsable

Yo era de Kasparov, adoraba su ajedrez desconcertante y apasionado. Karpov, en cambio, era lógico y razonable como un estado moderno concebido en una tarde kantiana de invierno.

Mi admiración por Kasparov sólo se resintió cuando conocí al artista total: Fischer.

Y sin embargo, seguramente la mejor forma de entender hasta qué punto el ajedrez es un lenguaje capaz de comunicar el contenido de un alma humana es repetir en un tablero las partidas de aquellos dos genios.

Uno realmente puede ver cómo sus diferencias a la hora de jugar van definiendo dos formas concretas de estar en el mundo.

Acaso el ajedrez sea precisamente eso: el arte de representar una discusión total sobre la vida sin que nadie necesite pronunciar una sola palabra.

Pero la auténtica verdad realmente aconteció cuando el frío y soviético Karpov intentó, sin éxito, visitar a su archienemigo, detenido por oponerse a los “nuevos” amos del estado ruso.

Ese acaba siendo, sin duda, el mejor y más bello movimiento que Karpov haya hecho en la larga historia de su enfrentamiento con Kasparov.

Un movimiento que trasciende el tablero, la discusión.

Que marca los exiguos límites reales de toda dialéctica en la persecución de la verdad.

Ante la potencia ensordecedora y deslumbrante del más humilde e insignificante acto gratuito de amor.

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