EL DRAGÓN DE LA CASA DE GILL

por El Responsable

Espera tranquilo a que José empiece a hablar.

-¿Cuánto?

Abraham no hace ningún gesto. El joven sentado a su lado, sin embargo, deja escapar una sonrisa.

-¿Cómo se llama tu nuevo novio? -pregunta José, devolviéndole la sonrisa al compañero de Abraham.

-Iván -responde el joven, incómodo.

José hace un gesto de falsa cordialidad.

-Cada vez te gustan más jóvenes, Abraham…

Iván se pone en pie con violencia, el cuerpo completamente tenso.

-Siéntate -le ordena Abraham, sin perder la compostura.

Iván vuelve a sentarse, sin dejar de mirar a José, que parece divertirse con la escena.

-Sí, siéntate, Iván. Deja hablar a tus mayores -José se acerca la cerveza a la boca-. ¿Aún eres virgen, Iván? O Abraham ya te…

Iván intenta volver a levantarse, pero Abraham lo detiene agarrándolo por el pecho con una mano y tirando de él hacia abajo. Iván se ve obligado a hacer un giro brusco para apoyarse en la mesa y evitar golpearse con ella. José hace un rápido movimiento para rescatar su cerveza antes de que caiga al suelo.

-Siéntate y cállate, o te mando de vuelta para tu casa -le dice Abraham, sin alzar la voz.

Iván vuelve a sentarse, tratando de aparentar que se ha calmado. Fracasa ostensiblemente.

-Teniendo en cuenta la pinta de vuestras nuevas generaciones, supongo que me vas a pagar un pastizal por el trabajo, ¿no? -comenta divertido José.

-Que yo recuerde, tú no eras mucho mejor a su edad -responde Abraham, al tiempo que deja una tarjeta en medio de la mesa.

-¿Qué coño te pasa ahora con las tarjetitas, Abri? -pregunta José, mientras se estira para recoger el trozo de papel-. ¿Has hecho voto de no pronunciar más de cincuenta palabras al día?

José mira la tarjeta y su rostro no puede evitar informar de su sorpresa.

-Qué bien le va a las Casas, ¿no? Para vivir fuera del Mundo, manejáis bastante de su dinero.

-Es un esfuerzo necesario -dice Abraham.

José le aguanta la mirada durante unos segundos.

-Sabes que me lo gastaré en mujeres y alcohol, ¿verdad? Y no en ese orden.

-Tu decisión, José.

Otro trago de cerveza, otro cruce de miradas.

-Un mal menor, ¿no, Abri? En pos de un bien mayor.

-Exacto.

Con un lento parpadeo, José vuelve a centrar su atención en Iván.

-Entonces, aquí tu efebo, ¿también formará parte de la misión?

-Sí -contesta Abraham secamente.

-Y dime, joven Iván, ¿habías estado alguna vez fuera de tu Casa?

Iván mira a Abraham antes de contestar, esperando su permiso para hacerlo. Abraham asiente con un ligero movimiento de cabeza.

-No -responde inquieto.

-Y… ¿qué te está pareciendo, hasta ahora? -pregunta José, con falsa jovialidad.

-Feo -Iván se queda mirando la pista de baile-. Feo y asqueroso.

José sigue la mirada de Iván. Dos hombres se besan mientras bailan en el centro de la pista. Iván baja la mirada al suelo. José mira a Abraham, que le devuelve la mirada en completa calma.

-¿Nadie te ha contado la terrible historia de la caída de la Casa de Gill, Iván? -pregunta dramatizando José.

Iván mira a Abraham, que sigue mirando impertérrito a José.

-Los Dragones destruyeron esa Casa -empezó el joven-. Alguien encontró un pequeño Dragón y lo alimentó, hasta que creció lo suficiente para convocar a otros Dragones y destruirlo todo.

José miró a Abraham, sobreactuando una burlesca sorpresa. Abraham no cambió su semblante.

-Como cuento de hadas, resulta un pelín abstracto, desde mi punto de vista -comentó jocoso José-, pero supongo que es una manera de decirlo. El caso es que el Señor de la Casa sodomizaba a sus numerosos hijos; hasta que uno de ellos, celoso porque ya no era tan sodomizado como uno de sus hermanos más pequeños, mató a éste. Su padre, furioso, al enterarse, intentó matarlo, a su vez; pero murió a manos de su celoso hijo, al defenderse éste del ataque paterno. Desesperado por lo que había hecho, quemó la casa principal, muriendo casi todos los miembros de la familia.

Los ojos de Iván se habían abierto de par en par. Abraham seguía mirando a José, que estaba pidiendo otra cerveza.

Iván miró a Abraham, que le devolvió la mirada sin decir palabra.

-Mi abuelo nunca haría algo así… -balbucéo el joven.

-¿Cuál es tu Casa, Iván? -preguntó José, por primera vez en tono serio.

-Rilo -respondió.

-No es de las peores… -comentó José-. Es uno de los muchos problemas de nuestra bienamada revolución feudal. Ser vasallo no deja de ser una lotería. Lo era hace milenios. Lo sigue siendo ahora. ¿Sabes por qué?

Antes de que contestase Iván, Abraham tomó la palabra.

-Al final, hemos acabado teniendo la misma mierda de conversación de siempre.

José asintió con sorna.

-Forma parte de mi precio -le dijo a Abraham-. Al fin y al cabo, os hago un favor, espabilando a estos ángeles puros e ingenuos que criáis en vuestras villas medievales.

-¿Por qué? -preguntó Iván, que no había olvidado lo que había dicho José antes de la interrupción de Abraham.

-Porque se sigue usando la misma mierda de material -respondió José, sonriente-: Hombres.

José se levantó y se preparó para marcharse.

-Acepto -le dijo a Abraham.

-¿No quieres saber los detalles de lo que vamos a hacer? -preguntó éste.

-Me los cuentas cuando ya nos hayas reunido a todos los superhéroes; no quiero que malgastes saliva y traiciones tu voto de escribir tarjetitas. Buenas noches, caballeros de tristes figuras.

Abraham siguió con la mirada la marcha de José, mientras Iván, de reojo, volvía a fijar su atención en la pista de baile.

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