EN CONSTRUCCIÓN

por El Responsable

Nuestro obligado éxodo dominical de cada semana.

Bea lleva mi maleta y yo empujo el carrito de Ana Ofelia, que va volcada sobre el reposabrazos, como suele, comiéndose curiosa el mundo con los bellos y enormes ojos que ha heredado de su madre.

Yo, también como suelo, llevo el alma rumiando amargura e impotencia por esta vida trashumante que me obliga a estar lejos de mi familia durante buena parte de la semana.

Y en ese masticado de tristezas me hallo cuando me fijo en una figura humana que camina lentamente unos metros más adelante. Hoy ha habido mercadillo, así que empuja trabajosamente un carro rebosando la compra semanal (o quizá mensual). Una intempestiva gabardina gris le cubre el cuerpo hasta los tobillos, en agudo contraste con el calor vespertino de mayo. El pelo blanco explica el esfuerzo que transmiten sus torpes movimientos.

La imagen me arranca de mí mismo y me proyecta en una nueva tristeza, compasiva esta vez: otra anciana sin compañía, obligada a continuar en la lucha cotidiana; sin poder disfrutar de un merecido descanso en el atardecer de la vida, rodeada de los cuidados de sus hijos, de los mimos de sus nietos.

El mundo es agotador.

En esto, llegamos a su altura en el camino. Aunque no quiero más tristezas en el día de hoy, me preparo para saludarla con toda la educación de la que soy capaz. Ella se sorprende un poco ante nuestra aparición, pero enseguida fija su atención en Ana Ofelia, que, evidentemente, ya está investigando a este nuevo ser. Vieja y niña se miran y se sonríen. La anciana nos mira a los padres, con una de esas sonrisas que sólo puede esbozar el que es profundamente feliz, el que tiene el alma en paz. Como suele ocurrir, a Dios gracias, nos dice lo linda que es la niña, lo despierta que parece. Nosotros se lo agradecemos y continuamos nuestro camino.

Me quedo en silencio durante un rato, mientras sigo empujando el carro.

-Qué fuerza tiene alguna gente… -digo, finalmente.

-Ya -dice Bea; se dirige entonces a nuestra hija, que recibe con una sonrisa especial la atención de su madre-. Y a tus padres, les hacen así -Bea hace un gesto con los dedos- y se vienen abajo.

Seguimos andando, en nuestro obligado éxodo dominical de cada semana. Haciendo de tripas, corazón.

Construyendo nuestro pequeño hogar en el desierto.

Ilustración de Gary Walton

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