EL VERTEDERO

El desierto terminaba en aquellas montañas de basura. La cordillera de chatarra parecía extenderse hasta el horizonte. El hombre miró a su compañera, que se acariciaba la ya enorme barriga de embarazada. Ella le devolvió la mirada, tratando de disimular su preocupación.

Escucharon un estruendo sobre sus cabezas: sobre uno de los montículos descargaba más basura un dron de gran tamaño. Acabada la tarea, el aparato cerró sus compuertas inferiores y se fue volando hacia algún lugar desconocido.

El hombre cogió la mano de la mujer y se dirigió hacia uno de los pasadizos que cruzaban aquel continente de desperdicios. Todos los restos de la civilización humana parecían congregarse allí.

Caminaron durante horas sin que el paisaje alrededor cambiase lo más mínimo. Decidieron sentarse a descansar en un par de asientos de avión que encontraron al borde del camino.

-No se acaba nunca… -dijo la mujer-. Espero que la ciudad siga existiendo y no haya quedado aplastada bajo tanta porquería… -forzó una sonrisa con la que acompañar su comentario, que se desvaneció al comprobar que el hombre sólo parecía prestar atención al interior de su mochila-. Aunque, bien pensado, ¿qué otra cosa podría producir esta cantidad de desechos, sino una ciudad a pleno rendimiento?…

-¡¡¡Eh!!!

El grito hizo que ambos se pusieran de pie, el hombre buscando el origen de aquel grito con la mirilla de su rifle.

-¡¡Eh, ladrones!!

Una figurita se dejó resbalar por la ladera de uno de los montículos que rodeaban el lugar donde se hallaban.

-¡Esos asientos son míos! -volvió a gritar- ¡No tenéis derecho a quitármelos!

El hombre apuntaba a la cabeza del personaje, un ser rechoncho y calvo, vestido con harapos, luciendo como únicos complementos una riñonera repleta de artilugios y unas gafas con el cristal derecho roto.

-¡No solamente sois unos ladrones, también sois unos asesinos! –dijo el hombrecillo, asustado.

La mujer trató de poner paz.

-Ni te queremos robar, ni te queremos matar. Sólo estábamos descansando un momento, antes de continuar nuestro viaje.

El hombrecillo la miró con desconfianza, sin dejar de controlar de reojo el rifle que le apuntaba.

-Baja el arma -dijo la mujer al hombre, que obedeció de mala gana-. ¿Nos permites seguir haciendo uso de tus asientos, durante unos minutos más? Estamos muy cansados.

El hombrecillo se fijó entonces en la barriga de la mujer.

-¡¿Estás embarazada?! -chilló nuevamente, llevándose las manos a la boca; se arrodilló, apoyó la frente en el suelo y se cubrió la cabeza con las manos, empezando a gimotear- estás loca… estáis locos… y me queréis robar y matar…

De repente, se volvió a poner de pie, escrutando atentamente sus rostros.

-¿Hacia dónde os dirigís? -preguntó.

-A la ciudad -contestó la mujer.

El hombrecillo volvió a tirarse al suelo, gimoteando.

-…la embarazada va a la ciudad, la matarán, la matarán…, ah, ah… y yo sólo quiero mis asientos y ellos me quieren matar…

El hombre empezó a recoger sus cosas para continuar el viaje, mientras la mujer era incapaz de dejar de mirar las muecas de aquel ser.

Al ver que la pareja se iba, el hombrecillo se levantó y se acercó corriendo hasta ellos, haciendo que el hombre volviese a apuntarle con el rifle.

-¡Tranquilo, tranquilo! Sólo quiero verla otra vez, antes de que os vayáis -y el hombrecillo se quedó mirando la barriga de la mujer, que no pudo evitar sonreír-. Hacía tiempo que no veía una…

-¿Quieres tocarla? -dijo la mujer, provocando la tensión en el rostro de su compañero, al que tranquilizó con una caricia.

-¿En serio?…

El hombrecillo se acercó a saltitos y posó su mano derecha en la barriga de la mujer. Sonrió, antes de volver a apartarse súbitamente y empezar a escudriñar el interior de su repleta riñonera, en compulsiva búsqueda de algo.

Finalmente, volvió donde estaba la mujer, llevando algo en la mano derecha.

-Es para ti -dijo, con repentina timidez, extendiendo su manita, en la que había una pequeña caja de plástico rosa-. Es como… un amuleto. Siempre me ha dado suerte para encontrar muchas cosas bonitas… pero nunca tan bonitas como la que hay dentro de la caja.

La mujer abrió con cuidado la tapa. Su cara se iluminó al ver su contenido, que dejó caer en la palma de su mano.

-Una bellota -dijo al hombre, sonriendo.

El hombre apoyó el rifle en el hombro y pareció un poco menos tenso que de costumbre.

-¿Sabes lo que es? -inquirió el hombrecillo, muy sorprendido.

-Sí. Es una bellota. El fruto de un roble.

El hombrecillo parpadeó.

-¿Qué es un roble?

La mujer no pudo evitar que se dibujara una sonrisa triste en su cara.

-Es un árbol -respondió.

El hombrecillo volvió a parpadear.

-Y… ¿qué es un árbol?

La mujer se acercó a la mochila que portaba su compañero y rebuscó en ella. Extrajo un pequeño paquete envuelto en papel, en cuyo interior había varias fotografías ya avejentadas, pero que aún guardaban algo de sus colores originales. La mujer eligió una y se la dio al hombrecillo, que la recogió con exagerado cuidado entre sus manos.

En la foto, se podía ver una casa al borde de un acantilado.

-Esto son árboles -le indicó la mujer-. Y éste es un roble. De aquí -dijo la mujer, sosteniendo la bellota ante los ojos del hombrecillo- puede salir uno como éste.

El hombrecillo miraba alternativamente a la bellota, a la mujer y a la fotografía, sin poder cambiar su expresión de estupefacción.

-Ahora la foto es tuya -dijo la mujer, sonriendo.

El hombrecillo susurró gracias mientras volvía a contemplar aquella imagen plana. La mujer le besó en la frente y volvió junto al hombre.

Cuando ya habían vuelto al camino, escucharon de nuevo la voz del hombrecillo.

-¿Cómo se llama este lugar? -le oyeron gritar.

La mujer se dio la vuelta, sin dejar de andar.

-La Casa de Rilo -contestó.

El hombrecillo volvió a mirar la fotografía.

-Rilo…

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